Somos legión

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La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En el Evangelio de Marcos, Jesús exorciza a un poseído e intenta sacar un espíritu inmundo que parasita el cuerpo del tipo. Jesús le pregunta: ¿cómo te llamas? Y el poseído respondió: Me llamo Legión, porque somos muchos.

¿Somos muchos o soy yo?

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Filosóficamente, el Yo es un pronombre con el cual el hombre se designa a sí mismo.

Como atman (principio de vida, lo que respira) fue definido ya en el Īśa-upaniṣad –texto sagrado hindú– del siglo III a. C. El atman sería la superación de la conciencia en la vigilia que el Ser Mental acepta como sí mismo y que está organizada alrededor de la sensación de un yo central. ¿Existe un yo central?

René Descartes se preguntó: ¿Qué es lo qué soy yo? Una cosa que piensa. El yo es conciencia, relación consigo mismo, subjetividad.

A partir de estas dos concepciones podemos encontrar las discusiones sobre la conciencia individual en el plano principalmente idealista –Locke, Fichte, Schelling, Kant– y algunas veces realista.

Pero, desde un punto de vista materialista y a la luz de los conocimientos que tenemos en la actualidad, ¿existe el Yo? ¿existe el individuo como núcleo esencial en una realidad molecular que evoluciona?

¿Soy uno o somos legión? ¿Qué eres tú, lectorpe? ¿Un individuo o billones de seres que modifican tu conciencia?

Joshua Lederberg –Premio Nobel por describir la transmisión del material genético entre las bacterias–, se preguntó si hay un Yo bacteriano, considerando que el DNA modifica sus características.  Definió al holobionte como “la comunidad ecológica de microorganismos comensales, simbióticos y patógenos que literalmente comparten nuestro espacio corporal”

Rosenberg piensa que el holobionte es un hongo, planta o animal con todos sus microorganismos asociados, es decir, su microbioma. El holobionte es entonces una comunidad biótica que se retroalimenta debido a las actividades y características de sus componentes. ¿Cuáles son sus componentes? Otros seres vivos.

Se calcula una relación de 1:1 entre células de tu cuerpo, lector, y las bacterias que viven en él. Aproximadamente 3.8 x 1013 bacterias respecto a 3 x 1013 de células. Una bacteria por cada célula humana y diez virus por célula humana. Somos un poco más de 50 % bacterias. Cada parte de nuestro cuerpo es un ecosistema, el colón, la nariz, la boca, el estómago, la piel, etc. Y no solo para bacterias sino para ácaros, protozoarios, virus y hongos. Un árbol es un cosmos, desde la raíz hasta la copa, en varias dimensiones y profundidades. Es imposible contabilizar el numero de seres vivos que viven en y de los árboles, miles de especies de artrópodos y vertebrados, más micorrizas que a su vez son holobiontes de hongos que unen a otras raíces, plantas epifitas y miríadas de microorganismos.

Las termitas contienen en su intestino comunidades de protistas que viven dentro de bacteriocitos, células especiales que las albergan dentro de la grasa de los insectos que se transfieren verticalmente mediante los huevos.

Lactobacillus sp. que viven en las vaginas humanas, sintetizan ácido láctico de tal manera que el pH vaginal disminuye, lo que atenúa la colonización de otros organismos patógenos.

Uno de los fenómenos más interesantes es el Microquimerismo, la presencia de células genéticamente diferentes a las células propias, es decir, posee células de otro ser como parte del nuestro.

Las células de la madre pasan al feto por la placenta, pero se han encontrado neuronas del bebé que colonizan el cerebro de la madre también. No solo eso. Algunas células de tu cuerpo, lector, tienen DNA de otros hombres ¡que no son tu padre! Tu madre, al haber tenido relaciones sexuales con otros hombres, ha incorporado células de ellos cuyo genoma también es parte de ti en una cantidad pequeña.

Se estima que en los océanos existen un total de 1030 partículas de virus que a su vez tienen viriontes. La virosfera es un universo casi infinito para nuestra comprensión. Quizá se han estudiado menos del 1 % de los virus existentes. Algunos genes de virus se encuentran en regiones del DNA que producen proteínas esenciales.

A lo largo de la historia evolutiva, estos genes han sido incorporados para el funcionamiento esencial de animales, hongos y plantas.

¿Hay genes de vertebrados que son meros genes de virus?

Aún más, hay tipos de holobiontes que pueden ser vistos como superorganismos con homeostasis, conductas emergentes, jerarquías entre sus componentes y desequilibrios consistentes. Las colmenas de himenópteros, los sifonóforos e incluso el mismo planeta puede verse de esta manera.

Los seres vivos somos asociaciones, sistemas que establecemos relaciones entre sí y construimos nichos ecológicos, nos derivamos, interaccionamos, mezclamos y nos imbricamos en diversas escalas, desde los molecular hasta lo ecosistémico.

¿Tiene sentido real defender una noción del Yo en un mundo real? ¿Somos legión?

 

Referencias:

Bianconi, E., et al. An estimation of the number of cells in the human body. Ann Hum Biol. 2013 Nov-Dec; 40(6):463-71

Berlanga M, Paster BJ, Guerrero R (2007) Coevolution of symbiotic spirochete diversity in lower termites. Int. Microbiol 10:133-139

Cerqueda-García, D., & Falcón, L. I. (2016). La construcción del nicho y el concepto de holobionte, hacia la reestructuración de un paradigma. Revista mexicana de biodiversidad, 87(1), 239-241.

Chan, WF., Gurnot, C., Montine, TJ., Sonnen, JA., Guthrie, KA., Nelson, L. 2012. Male microchimerism in the human female brain. Plos One, 7(9); e45592.

Martone, R. 2012. Scientist Discover Children’s Cells Living in Mothers’ Brains. Scientific American online

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AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.

 




Algunos apuntes sobre poesía y ciencia

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La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

Pero del científico como del poeta,

es el pensamiento desinteresado lo que se intenta honrar aquí.

Que aquí al menos no se los considere como hermanos enemigos.

Pues sostienen la misma interrogación sobre un mismo abismo,

y únicamente difieren sus modos de investigación.

Saint-John Perse

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Era el año 2005, Ernesto Cardenal leía su ‘Cántico cósmico’ a menos de un metro de mi mirada. Había asistido al programa de radio ‘Poiesis’ que yo conducía junto a Sandino Gámez y Rocío Maceda.

Esa noche hubo una atmósfera de luz. Mi mirada bebía de la suya porque sus palabras me hipnotizaban. No porque fuera un sacerdote, tampoco por su pasado de ex guerrillero o por ser candidato a Premio Nobel. Era la magia en la voz de un hombre que cantaba al polvo de estrellas y a las galaxias dentro de nosotros mismos. Esa noche estuve junto a un verdadero poeta.

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Dice Cardenal:

Observando la danza de los astros/ percibieron que había orden en el cielo/ y así un día podría haber orden en los hombres. / El cosmos canta. ¿Pero para quién? / ¿Por qué el mirlo  es tan musical/ pasada le época de la reproducción?

Sandino Gámez me instó a escribir algo sobre esa experiencia. Cardenal habló sobre la ciencia en la poesía y de eso justamente aquí expongo. Mi percepción de ambas maravillas que se imbrican como las dos actividades dignas de llamarse humanas.

Siempre he sostenido que el científico es primigenio ante el poeta en una escala de la percepción, pues el primero induce, deduce y modela y el segundo imagina. Los dos intuyen.

Las ciencias naturales son operaciones pertinentes que los humanos detentamos para conocer la realidad; operaciones confiables a pesar de sus errores y limitaciones. Nos llevan a pensar, y a pesar de su amoralidad -porque es realizada por humanos- trata de ser una luz en las tinieblas de la ignorancia y la superstición. La ciencia es un derrotero de lo maravilloso.

La filosofía y la epistemología ya anidaban en los cantos de poetas como Heráclito, Parménides o Lucrecio. Este último desarrolló la teoría de la materia en sí misma, la ciencia como liberadora del hombre y la vida en el universo en su poema ‘Sobre la naturaleza de las cosas’ escrito en el siglo IV a.C.

La poesía nació como un canto sagrado donde la palabra y la eufonía sirven para henchirnos, aterrorizarnos, sentir lo maravilloso y tremendo del caos ansiado como cosmos que no entendemos. Como un resabio de la magia, no mueve los astros pero nos ayuda a perfeccionar nuestros ideales por medio del sueño.

Las ciencias nos dan la ilusión de argumentar si existe o no un libre albedrío, conceptos como materia o energía por medio de la lógica y la inteligencia.

La poesía se nutre de la ciencia, de sus conceptos, de sus palabras porque hace suya la traducción del universo hacia la belleza.

No en balde algunos poetas han sido científicos como Nabokov (entomólogo) o Nodier (zoólogo). En la Antigüedad no se definía todavía el concepto de ciencia como lo aceptamos ahora, pero muchos tenían un viso en la medicina, la astrología y la alquimia como Dante; que también fue boticario.

Los poetas han abierto canales de intuición maravillosos que después los científicos descubren o inventan en analogías sorprendentes. Por ejemplo, ya Bocaccio había cantado sobre las lenguas de piedra como reminiscencias de animales antediluvianos mucho antes que se descubriese que eran dientes fosilizados de tiburones. Para algunos, Eureka de Poe es la anticipación del electromagnetismo y en el Fausto de Goethe se prefigura el mar como cuna de la vida material mucho antes de Oparin. Por cierto, Goethe, fue el padre de la anatomía vegetal e intentó refutar la teoría de la luz de Newton.

Cyrano de Bergerac, en su afán por explicarlo todo escribe en ‘Historia cómica de los estados del sol y la luna’:

Esto me hizo imaginar que descendía hasta la luna (…) –Pues- me decía a mí mismo-, al ser esta masa menor que la nuestra, la esfera de su actividad debe tener menos extensión y, por lo tanto, he tardado más en sentir la fuerza de su centro.

Cyrano presiente las leyes de la gravitación universal ¡Casi medio siglo antes que Isaac Newton las describiera matemáticamente!

Por supuesto que la imaginación cumple con reverberaciones de intuición, se me reprochará que existen muchos ejemplos contrarios donde parece que las metáforas no tienen que ver nada con el universo real que codifica la ciencia y es lógico, pues el poema cae en el reino de la posibilidad total.

Los poetas se han nutrido de los conocimientos y teorías científicas, falsas o verdaderas, para enmarcar una atmósfera, recordemos a Dante que utilizó el sistema astronómico de Ptolomeo y el modelo de Aristóteles para situar el viaje en La Divina Comedia. En la misma, acerca de los vientos dice:

Oíase a través de las turbias ondas un ruido, lleno de horror que hacía retemblar las dos orillas, asemejándose a un viento impetuoso impelidos por contrarios ardores.

Dante se refiere a una causa de los fenómenos atmosféricos, cuando el calor que enrarece el aire aumenta su volumen y disminuye su densidad, de lo cual resulta que busca su equilibrio en diversas partes del planeta provocando vientos.

También los poetas critican el poder oscuro que emanan los descubrimientos científicos.

Pablo Neruda escribe toda una ‘Oda al átomo’ donde acusa el poder horroroso que los hombres desencadenaron con la bomba atómica, remite:

Pequeñísima estrella, / parecías para siempre enterrada en el metal: /oculto, / tu diabólico fuego. / Un día golpearon en la puerta minúscula: / era el hombre.

Luego:

eras una fruta terrible, / de eléctrica hermosura, / y entonces el guerrero te guardó en su chaleco /  como si fueras sólo una píldora norteamericana, y viajó por el mundo /  dejándote caer en Hiroshima.

Machado poetizó en contra del Principio de Lavoisier; en realidad, contra la aparente esperanza que nos pueda dar:

Dices que nada se pierde/ y acaso dices verdad;/ pero todo lo perdemos/ y todo nos perderá.

Borges en su poema a la cantidad, después de analizar lo infinito, lo inconmensurable del tiempo y de las cosas, no se atreverá a juzgar la lepra ni a Calígula.

Pedro Salinas en ‘Cero’:

Invitación al llanto. Esto es un llanto, / ojos, sin fin, llorando/ escombrera adelante, por las ruinas / de innumerables días. / Ruinas que esparce un cero- autor de nadas, / obra del hombre-, un cero, cuando estalla.

Imbricados por los fenómenos de los universos conocidos, llamamos a la poesía como un peldaño más verdadero que la ciencia, siendo esta una disciplina que ha abierto caminos imposibles e increíbles para nuestro deleite. Pero si nuestras sensaciones nos engañan, como aseveran los hindúes y Bacon sostuvo, la poesía nos abre camino.

No quiere decir esto que la ciencia es un método de conocimiento menos efectivo, al contrario, es mejor. Es un peldaño donde conocemos la realidad de manera más exacta que otro cualquiera, incluyendo la poesía. Los fenómenos del universo que descifra son altamente poéticos en el rango de la belleza y la imaginación. Saber que los tiburones poseen una mandíbula protusible o que el diseño de la cabeza del tiburón martillo que detecta el campo electromagnético en el fondo, evolutivamente coincidió con un cambio de polaridad magnética terrestre, es fascinante. Einstein dijo que la mejor cualidad del científico es la imaginación, esto aplica para el poeta.

Nada más poético que la posibilidad de que las partículas elementales estén hechas de ondas que vibran, como si la energía fuese música. Bueno, esa es parte fundamental de la teoría de las supercuerdas. Conocer que existe un hongo dorado bajo el humus en la jungla que mide cerca de 20 m es habitar un sueño y más, cuando conocemos la comunicación hormonal y mineral entre las raíces de los árboles por medio de canales micóticos. La mínima turbulencia en un sistema como el aleteo de una abeja puede provocar una tempestad, y saber que la entropía conlleva irreversibilidad es tan estremecedor como el verso de T. S Eliot:

I will show you fear in a handful of dust (Te mostraré el miedo en un puñado de polvo)

Uno de los versos más hermosos que he leído y que remite trascendencia es que la luz no envejece. No lo escribió ningún poeta, fue el Premio Nobel de física Brian Green.

Cardenal hace lo mismo en su cántico cósmico, toma el descubrimiento de que todo nuestro carbón ha sido forjado en las supernovas y, al ser de carbón, entonces tenemos en nuestra constitución material polvo de estrellas.

Remito al lector as que lea el monumental ‘Canto a un dios mineral’ de Jorge Cuesta, que, como químico experimentó la ergotina para ampliar sus percepciones (quizá descubrió el LSD antes que Hoffman pero no publicó sus resultados) y se aplicó un tratamiento enzimático buscando la reversibilidad del envejecimiento. Su genio lo llevó al suicidio después de emascularse. Quedó ‘Canto a un dios mineral’ como un himno a la materia constructora y destructora de sí misma.

El poeta traduce el universo a su sensibilidad e inteligencia, su arma es la imaginación dinámica y su terreno el cosmos sin restricciones, analiza cantando.

Un ejemplo profundo de Shams-ud-din Muhammad Hafiz, poeta persa nacido en 1325:

Me dijiste una vez: «Deja tu vida
en mis manos y te daré la paz».
Y mi vida te di sin pesadumbre
mas la paz no me llegó.

En cuatro versos abrió umbrales en todos los humanos que lo han leído hasta la fecha, universalmente nos deleita con la impotencia, la desilusión, incluso el problema teológico o nihilista; lo mismo puede referirse a un amigo, al ser amado o una divinidad. Las posibilidades son tantas como lectores y la cadencia y el color, a pesar de ser traducción de su lengua original, no se pierden con el tiempo. Eso no sucede en la ciencia, las teorías científicas del siglo XIV han cambiado, evolucionado, algunas se han desechado. En cambio, el poema sigue vibrando en nuestra sangre porque mientras seamos humanos tenemos el comportamiento específico.

En la ciencia la magia sobrenatural no tiene cabida, se busca siempre una respuesta empírica o lógica porque lo mágico está en la materia y se le despoja del adjetivo al encontrarlo racional. La poesía es el resabio de la magia porque la palabra provoca un estado anímico especial. No en balde aún está unida en los cánticos místicos de las culturas como en esta canción sagrada tehuelche:

Üloküs iagülwawütr gaiau küsüna

waptsjülnana salpün kanana

kalwum a atasajou

ka amaha kalwun, amahaja kalwum,

sagap atütgütchanük.

No es para jugar nuestro emblema;

partía al medio la manada (o bandada)

(el) corazón de tigre,

tigre del sol (o luna), del sol (o luna)

brazo pintado (dibujado).

Es notable la presencia del tigre (jaguar americano) en los linajes de toda la Patagonia. Es dable recordar, que este felino vivió hasta en Tierra del Fuego. El último jaguar del que se tiene registro en esta zona, fue cazado a fines del siglo XIX, en la margen norte del Río Colorado. También el zoólogo puede reconstruir la biogeografía de un animal por la tradición de los pueblos.

En la poesía la belleza es el trasfondo y objetivo, hay una danza que evoca, estos versos eróticos del chileno Santiago Azar:

Eres una pantera de barro fresco,

ansiosa de carnes rojas, hambrienta de vapores.

La ciencia no puede cuantificar suspiros y, aunque se ha descubierto que la esperanza en cualquier cosa produce efedrinas en el cerebro (lo que explicaría la fe), no hay otro lenguaje más preciso para el erotismo que el arte.

En la poesía está lo verdadero del hombre, en la ciencia la realidad respecto al hombre, según pruebas de confirmación y error. No hay otros métodos mejores para entender y aprehender el caos en el que habitamos.

En su discurso para recibir el Premio Nobel de literatura, el poeta Saint-John Perse dijo:

Por más lejos que la ciencia haga retroceder sus fronteras, y sobre todo el arco extendido de esas fronteras, se escuchará todavía correr la jauría cazadora del poeta. Ya que si la poesía no es, como se ha dicho, «lo real absoluto», es sin duda su más próxima aspiración y la más cercana aprehensión, en ese límite extremo de complicidad donde lo real en el poema parece informarse a sí mismo.

Así pues, el poeta es más poderoso en su visión. Lo dice mejor este poema de José Emilio Pacheco:

Segismundo Freud / tras arduo estudio/ descubrió lo que al otro/ le costó un verso / el delito es haber nacido.

Refiriéndose a Calderón de la Barca.

Roald Hoffman, que recibió el Premio Nobel de química en 1981, experto en la estructura molecular, es un poeta cuyos libros de arte enlazan las dos visiones. Hoffman advierte que en el mundo de la ciencia es más fácil construir un devenir que en el mundo de las letras. Mientras que el 65 % de los trabajos científicos son aceptados en cualquier revista especializada del mundo, sólo el 5 % de los poemas que se reciben en el mundo del arte son publicados. Uno de sus poemas diferencia al arte de la ciencia, se refiere al ‘Grito’, pintura de Munch y acaba:

Pero la intromisión de la molécula de pintura es muy fuerte/ libera sólo moléculas de pintura, en patente demostración/ del Principio de Incertidumbre. La pintura cuelga; / el cielo noruego y el puerto recogen el grito/ reflejándolo hacia el cráneo del observador. / Allí, resonando, se produce el cambio.

La ciencia, poderosa herramienta que nos deslumbra, el arte, el que nos traduce la emoción del cosmos. El científico puede llegar a ser un esteta, pero el poeta siempre es un pequeño dios. Por mucho que los experimentos nos desvelen discusiones lógicas nada nos abrirá más puertas de la percepción que el arte. ¿Qué puede superar Les Nuits d’Été, para mezzosoprano, compuestas por Hector Berlioz, basadas en los poemas de Théophile Gautier? ¿Qué puede superar el Primero Sueño de Sor Juana?

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La Ciencia no existe

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La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Tal título es sólo para atrapar y escandalizar al lector, en realidad este texto debe nombrarse “El cientismo y la falacia de generalización apresurada” pero con tal nombre ninguno de  ustedes lo hubiese leído.

De cualquier manera, la idea de que la Ciencia no existe como fenómeno es defendible desde un punto de vista kantiano. Asimismo, afirmo que la Ciencia no existe como un corpus unificado, o como un concepto universal. Lo que hay son ciencias– con minúscula- como actividades y oficios, como estudios y conocimientos sobre numerosos aspectos de la realidad.

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Desde el idealismo trascendental de Kant, los noúmenos son objetos no fenoménicos opuestos a la precepción sensible.  El concepto “universal” de ciencia solo pertenece a la intuición intelectual pero no es un fenómeno. El fenómeno es el laboratorio, el microscopio, la computadora o el científico pero no “la ciencia”.

Además hay muchas nociones de ciencia diferentes entre sí y que cambian según la época.

Los marxistas entienden la ciencia de manera distinta a los positivistas, y en el siglo XVIII alemán, la noción de ciencia organicista no tendría nada que ver con el concepto de episteme de un neoplatónico del siglo I.

Sirva de ejemplo la definición de Mario Bunge: “La ciencia es el conocimiento racional, sistemático, exacto, verificable y por ende falible”.

Para Auguste Comte las ciencias se limitan a establecer relaciones entre los fenómenos observables y como el método es el mismo para todas las ciencias, las diversas disciplinas se diferencian sólo por la mayor o menor complejidad de su objeto específico. Aquí se encuentra una noción de «Ciencia” unificada.

Aristóteles concibe la ciencia como el conocimiento de las causas

Ahora compárelo con la definición de Gustavo Bueno: “Una ciencia es una construcción operatoria racional en donde varios investigadores compiten tratando de encontrar predicados universales. No es una construcción formal, no se reduce a formas o a meras ideas, sino que está compuesta de elementos materiales (equipo de laboratorio, sujetos experimentales, elementos químicos, etc.). Es operatoria, es decir que el científico construye, experimenta, modela y a partir de los resultados de tales operaciones emergen los conocimientos.”

A veces, los filósofos que no son científicos plantean definiciones muy técnicas, a veces los propios científicos ni siquiera saben definir su propia actividad.

Louis Althusser afirmaba que cuando alguien alude a la Ciencia su discurso es ideológico, no científico.

A diario aparecen noticias cuyos titulares son falacias de generalización apresurada cuando no supremos idiotismos. Sirva de ejemplo los siguientes:

La ciencia descubre la clave de la felicidad (El País, 2008).

La ciencia descubre el lado bueno de Frankenstein (redibinforma.com 2020).

Seis meses de coronavirus, lo que la ciencia ya sabe (NIUS 2020).

“Dark” cuando la ciencia y el ocultismo se unen (Proceso 2020).

Los niños se portan mal cuando está la mamá, lo confirma la ciencia (El Diario 2020).

Y así, ad infinitum…

Bien, lo que se entiende como actividad científica, por lo menos en cuanto referente a las ciencias naturales, tiene que ver directamente con la experimentación y con la discusión de datos empíricos. La mayoría de las noticias antes citadas son difusión de un artículo que describe un estudio en donde se discute cierto experimento. Pero la redacción final lo divulga como una ley o una verdad autorizada. Tal cosa cae tanto en el cientismo como en la falacia de generalización apresurada.

El cientismo consiste en que añadir la palabra “científico” a la evidencia personal le otorga a un argumento un peso especial. La falacia de generalización es un error inductivo, consiste inferir una conclusión general a partir de una prueba insuficiente, deficiente o incompleta. El problema es que en la experimentación, los datos serán incompletos, sesgados o deficientes por qué el empirismo es contingente y no eterno ni determinado.

Entonces, cualquier resultado científico debe restringirse a sus propios resultados y métodos, no dar un salto hacia legislar universalmente su discusión. Es por eso que los estudios científicos no tendrán fin.

Inferir entonces una ley universal a partir de estudios particulares y contingentes podría no ser sólo por el analfabetismo funcional del que lo interpreta sino también por una postura cientificista, consciente o no.

 

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Filosofía de la química (II)

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La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La alquimia occidental tiene una base árabe —operatoria y positiva—; y una base esotérica idealista grecoegipcia. Esta última se relacionó con la figura legendaria de Hermes Trimegisto, sincretismo helénico del dios Thot quien enseñó el lenguaje mágico de los jeroglíficos a los hombres.

El vocablo hermético se relaciona con el misterio, lo secreto, lo sellado. Las obras atribuidas a este ser se compilaron en textos que, desde el siglo I, se conocen como el Corpus Hermeticum. Fórmulas mágicas y principios filosóficos, desde su concepción universal hay correlaciones y leyes cósmicas; como es arriba es abajo pues el microcosmos es espejo del macrocosmos. El Corpus fue traducido en el siglo XV por Marsilio Ficino, maestro e iluminado cuya filosofía bañó el Renacimiento italiano. Sin embargo, estos conceptos fluyeron desde la Baja Edad Media entenebreciendo el pensamiento químico.

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Fue precisamente una mezcla de esoterismo, persecución religiosa e idealismo, lo que estancó la química en su forma alquímica. Alquimista, hechicero o brujo prácticamente eran sinónimos y ser acusado de serlo podía implicar la muerte por ejecución y la tortura por tradición. Experimentar con sustancias era peligroso. Así que los médicos, parteras, sanadores y químicos tuvieron que esconderse y refugiarse en símbolos ininteligibles. Obscurum per oscurius, ignotum per ignotius (lo oscuro por lo más oscuro, lo desconocido por lo más desconocido) era el lema del alquimista. La meta, o gran obra, se simbolizaba con nombres que a veces parecían sustancias reales y otras más bien metáforas de espiritualizaciones ambiguas como el Aqua permanens, el Lapis philosopharu, el Elixir vitae, el Vitrum aureum o el Vitrum malleabile.

El objetivo de transmutar cualquier metal en oro (deus terresti) parecía una metáfora de elevación espiritual para llegar al anthropos gnóstico (el hombre originario divino) mediante el aqua permanens y el ignis noster.

La química era entonces una ciencia materialista tanto como una ideología casi religiosa. Eso ya puede entenderse en el tratado de alquimia del Seudo Demócrito del siglo I, en donde el proceso alquímico se entiende Tam ethice quam physice (Tanto ético como físico). Confusión que hace plantearse las siguientes preguntas: si el alquimista usó procesos químicos de manera simbólica, ¿por qué trabaja con material de laboratorio como atanores crisoles y retortas? De igual forma, si la alquimia describió procesos químicos ¿por qué los fenómenos aparecen oscurecidos mediante símbolos astrológicos hasta casi hacerlos desconocidos? Una posible respuesta la dio Jung cuando deduce que: “El alquimista vivía su proyección como cualidad de la materia. Lo que en realidad vivía era su propio inconsciente”.

Lo interesante es que la creencia de uno de los últimos magos fue base para la teoría de la gravitación como fuerza: Isaac Newton fue principalmente alquimista y su noción de la relación entre los astros es fundamental para describir su revolución física. Pero fue un contemporáneo suyo quien iba a darle una dirección distinta a la ciencia de las transmutaciones: Robert Boyle.

Boyle pertenecía al Colegio Invisible que se transformaría en la Royal Society, justo el cambio de las sectas esotéricas a los institutos científicos. Inspirado por la filosofía matemática, ya que muy joven había estudiado las paradojas de Galileo, enunció la ley que describe como el volumen de un gas varía inversamente con su presión.

En 1661, Boyle publicó “El químico escéptico”, en donde ridiculizaba la postura ocultista de la alquimia en favor de una teoría mecanicista y racional sobre la materia. Defendía el atomismo y tenía la misma idea de Epicuro sobre que el tamaño y la forma de los átomos determinan las cualidades de las sustancias. En su libro, argumentó que los experimentos niegan que los elementos químicos se limiten sólo a los cuatro clásicos y alentó la experimentación. Defendió que todas las teorías deben ser probadas experimentalmente antes de ser consideradas como verdaderas. Observó la cualidad inflamable del hidrógeno mezclando limadura de hierro con ácido y lo describió como un aire impuro. Sin saberlo había logrado sintetizar agua.

En 1673, Johann Becher intentó sintetizar oro para el príncipe de Baden, con el fin de financiar la guerra contra Francia. Lo curioso es que no creía en la alquimia sino en una química que negara el ocultismo. Aunque no logró su propósito debido a una persecución política que le obligó a huir, propuso un principio llamado tierra pingüe como causa de la transformación de las sustancias.  El discípulo de Becher, Georg Ernst Stahl rebautizó la tierra pingüe como “flogisto”, palabra griega que significa quemar. La teoría del flogisto fue una de las primeras teorías unificadoras de la química, según la cual, cuando un metal se calienta al aire, se libera el flogisto y el metal queda deflogisticado. El residuo puede volver a ser metal reflogisticado mediante otra sustancia, como el carbón, rica en flogisto. De esta manera, los seres vivos liberamos flogisto y las plantas lo absorben.

Robert Boyle explicó que la combustión no se daba en el vacío, de lo que se deducía que el aire es un recurso mecánico que transportaba el flogisto. Esta teoría se mantuvo cerca de un siglo, hasta que nuevos hechos provocaron nuevas descripciones y explicaciones posibles.

En 1774, Joseph Priestley repitió un experimento que había ya realizado Boyle: calentó óxido de mercurio para separar el mercurio, cosa muy común desde el medioevo. Pero Priestley descubrió que el aire liberado por la reacción promovía una combustión más violenta que el aire común. La explicación, según la teoría vigente, es que ese aire tenía menos flogisto. Pero en 1775 se dio cuenta de que este aire desflogisticado mantenía vivo a un ratón que lo respiraba, más tiempo que el que otra criatura hubiese agotado sin antes morir de asfixia. Priestley respiró ese aire y lo encontró puro y revitalizante. Fue en este año cuando un francés entró en escena explicando el fenómeno.

Antoine-Laurent de Lavoisier trabajaba en un laboratorio particular gracias a la dote de su casamiento.  Como padre de la estequiometria, desarrolló el cálculo de las relaciones entre los reactivos y productos en el transcurso de una reacción química. Lavoisier y su círculo de colegas y discípulos, inventaron una nueva nomenclatura para iluminar la oscuridad promovida por los alquimistas. Esta idea ilustrada tenía su antecedente en la idea de Condillac, según la cual el éxito de una ciencia estaba relacionado con el tipo de lenguaje utilizado. Lavoisier deseaba crear una nomenclatura universal estandarizada que se alejaba del mecanicismo de Descartes y Newton. La química se determinaba en ese instante como una ciencia autónoma, un principio de cierre categorial como podría definirlo Gustavo Bueno según su materialismo filosófico.

 

Continuará…

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Filosofía de la química

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La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Actualmente se investigan enzimas como fuente de combustible con base en el hidrógeno, propelentes sólidos eléctricos para la pirotecnia o síntesis orgánica de drogas. Asimismo, el mundo actual bulle de tecnología basada en hidrocarburos, plásticos, alcaloides que cambian la percepción y enajenan, toxinas de largo alcance y fármacos de todo tipo. El tipo de vida, la esperanza de la misma y nuestra determinación biológica dependen de la alimentación, la cual ha sido modificada y constituida mediante los conocimientos de las reacciones y el metabolismo.

La Química ha demostrado, con lauros y ejemplos sublimes y nefastos, ser una ciencia cuyos conocimientos han cambiado la realidad y, por lo tanto, ha sido capaz de entenderla mucho mejor que otras ciencias.

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Comúnmente se considera a la matemática como la reina de las ciencias, sin embargo, debemos considerar que, al habitar una realidad material, el conocimiento sobre la materia condiciona todo el conocimiento sobre la realidad. De esa manera no pudo construirse la bomba atómica sin bases químicas. La biología contemporánea tiene una base química común y podemos reducir casi todas las características de lo viviente a lo bioquímico. Alexander Oparin pensaba que la complejidad de la vida no puede explicarse con la química, pero su origen debe entenderse como una gradual evolución de compuestos orgánicos. Para él, una teoría de la naturaleza de la vida no puede separarse de una teoría del origen de la vida y ese origen solo puede rastrarse de manera química. Amable lector, examine los vestidos que porta, los alimentos que hoy consume, la tecnología que posee y piense entonces quien es la verdadera reina de las ciencias.

Se entiende a la química como la ciencia que estudia la composición, estructura y las propiedades de las substancias, además de las reacciones por las que una de éstas se convierte en otra.

La noción de sustancia es metafísica y significa la estructura necesaria. Esta definición aristotélica implica lo que necesariamente es, e implicaría la esencia (quod quid erat ese). Aunque con los siglos este problema de los universales se ha decantado más hacia el idealismo, la química al tomar el nombre de su objeto de estudio como la definición metafísica por excelencia, ha convertido la sustancia en un objeto que tiende hacia el materialismo. Pero, al hacerlo, disuelve la semejanza con la esencia, pues químicamente la sustancia se divide en elementos y compuestos. A su vez, los elementos se subdividen en elementos atómicos y elementos moleculares.

Así, según Lombardi y Labarca, la química resulta una ciencia ‘fenomenológica’ que sólo describe los fenómenos tal como se nos presentan. La noción actual de fenomenología se basa en el pensamiento de Husserl, quien considera a los fenómenos sucesos reales que se insertan en el espacio tiempo, en el cual la conciencia del sujeto cognoscente es un movimiento de trascendencia hacia el objeto a estudiar y por el cual el objeto se presenta “en vivo” a la conciencia.

Llegar a estos estadios del conocimiento de la materia ha implicado una aventura histórica que se confunde con la magia, el esoterismo y la religión, hasta que se purificó con el escepticismo pragmático de las ideas ilustradas. Pensar en la transformación de las sustancias nos llevaría hasta los orígenes mismos de la especie humana, hitos como la manipulación del fuego o la historia de la metalurgia, que incluso condicionó épocas enteras.

Consideramos a la química como una ciencia materialista-realista. Aunque podemos considerar las doctrinas de los atomistas –Leucipo, Demócrito, Epícuro, Lucrecio– como materialistas, tal vocablo fue propuesto por Robert Boyle en 1674 y designa que toda causalidad proviene únicamente de lo material, o sea, los cuerpos.

Ya Demóctiro de Abdera sostuvo que átomos y vacío son lo único real. Todo lo demás es convención u objeto de opinión. Las diferencias que existen entre los átomos son las que permiten explicar las diferencias que existen entre las cosas, y son tres: figura, orden y posición. Por lo que se colige que “hay infinitos mundos, sujetos a generación y corrupción. De lo que no existe, nada se hace; ni en lo que no es, nada se corrompe”. Su cosmos es una mezcla de elementos míticos sin muerte, solo transformación: “Fuego, agua, aire y tierra, pues todas estas cosas constan de ciertos agregados de átomos, los cuales por su solidez son impasibles e inmutables”.

Debemos considerar la aventura de la química como alquimia, su madre imbricada. Alquimia es un vocablo que deriva de alkimiya, atribuida al egipcio kmm, “negro”. Es el arte negro por excelencia.

En el templo de Edfu están grabados procedimientos para la fabricación de perfumes y parece que el templo fungía como un gran laboratorio.

Desde tiempos legendarios, la alquimia china se ligó a los fangshi (maestros en artes ocultas), expertos en técnicas respiratorias, medicina, astronomía, geomancia, adivinación, música y, por supuesto, experimentos con las sustancias. Los alquimistas chinos consideraban cinco agentes –wu xing– madera, fuego, tierra, metal y agua, que mediante interacciones genésicas y progresivas constituyen la realidad a través del Tao, o la vía.

La alquimia se nombraba Dan, que literalmente significa cinabrio (sulfuro de mercurio) y se refiere a las transformaciones o procesos de cambio. El objetivo era transmutar toda sustancia en oro. El oro como arquetipo universal ha sido el símbolo en la razón poética  de la belleza, la bondad y la verdad. En el 122 a.C., Huai-nan-tzu recita en su libro “Tsou Yen”:

El oro tiene carácter imperial

Se encuentra en el Centro de la Tierra

Sostiene relaciones místicas con el Chüe (sulfuro)

el mercurio y la Vida futura.

 

También Ts’an t’ung Ch’i, dos años después escribiría en “Wei Pong Yang” la tesis de la alquimia interior:

¿Por qué no pruebas de introducir el Elixir en tu boca?

El oro, por su naturaleza, no daña;

Por algo es, entre todos los objetos, el más precioso

Cuando el alquimista lo incluye en su dieta

La duración de la vida se vuelve eterna…

Los cabellos blancos vuelven a ser negros

Los dientes caídos vuelven a brotar

Aquel que ha escapado de los peligros de la vida (ha cambiado)

Lleva por título el nombre de Verdadero Hombre.

Y es que para los antiguos chinos, hay dos tipos de Dan: Wai dan, alquimia externa o de la materia circundante que encuentra su eco en el trabajo interior del adepto y Nei dan, la alquimia interna, en donde se transmuta la mente, el alma o el corazón del practicante. Debemos considerar esta protoquímica como una filosofía idealista-realista que iba a perdurar por miles de años y que, paradójicamente, frenó el desarrollo de la química como conocimiento progresivo en lugar de alentarlo debido a su carácter místico y poco científico. Así en el Nei dan, durante el proceso de creación de un oro perfecto, el cuerpo y el alma del alquimista se irían purificando simultáneamente, transformándole en una mejor persona, liberada de toda la escoria adquirida durante la experiencia de la vida, y capaz de recrear el mundo.

La alquimia permeó el mundo antiguo en su afán por la gran obra. Demócrito la presentó como la ciencia primera de los sacerdotes egipcios y Plinio cuenta que el emperador Calígula quiso fabricar oro; en Babilonia se fabricaba vidrio, metales y piedras preciosas cuyas fórmulas se pueden leer en las tablillas de Arsubanipal.

En Europa, la alquimia llegó por vía de los árabes, egipcios, griegos y bizantinos. En el siglo I a.C., la alquimia oriental se fusionó con doctrinas griegas en la Alejandría Helénica. Se encuentra un documento titulado “Física y mística”, erróneamente atribuido a Demócrito, donde se trata ya de la transformación de los metales.

La alquimia árabe de fuerte tradición egipcia comenzó en Siria y alcanzó su apogeo durante los califatos Abasidas. El más célebre de los alquimistas fue Geber (Ŷabir ibn Hayyan) quien restituyó la teoría griega de las sustancias por sobre los elementos y-como buen hijo de farmacéutico- ponderó la importancia de la experimentación en el siglo VIII. Fue en el siglo IX en que otro alquimista, Ḥunayn ibn Isḥāq al-ʻIbādī, introdujo una nueva terminología científica para entender las teorías alquímicas.

Para los árabes los metales eran cuerpos compuestos, formados por mercurio y azufre en diferentes proporciones. En el siglo X, Al Razi -Abū Bakr Muhammad ibn Zakarīyā al-Rāzī- clasificó a los compuestos en cuerpos, boratos, vitriolos, sales y espíritus. Se le atribuye el descubrimiento del ácido sulfúrico y el etanol, además de estudiar la etiología y síntomas de la viruela. Lo curioso es que Al Razi ponderaba la razón sobre la magia, negando cualquier intervención divina y sus textos están exentos del misticismo común de la mayoría de los textos alquímicos de su época. El imperio musulmán de la época permitía tales casos de racionalidad sin ser considerada herejía, por lo que se considera la era dorada de las ciencias islámicas.

Continuará…

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