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El drama de la libertad como espacio entre el azar y la necesidad (III)

16-Mar-2021

ARTÍCULO Por Mario Jaime

IMAGEN: Animales Peligrosos

La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Hay que tener que eso llamado voluntad o instinto, también puede ser el área oscura de nuestros cerebros de reptil o de pez.

Pienso en los tiburones blancos que saltan en False Bay, al emboscar focas. Se camuflan con el fondo e interceptan el nado del pinnípedo como un torpedo que intenta noquearlas. De veinte intentos solo observé uno exitoso. El tiburón blanco es una criatura poderosa, tiene la maldición de Orestes, no puede dormir dos veces en el mismo sitio. Debe mantenerse en constante movimiento para bombear oxígeno a sus branquias. Navega solo durante setenta años de existencia en medio de peligros y aventuras. Para mí es el símbolo de la libertad individual, no forma sociedades, no cuida de otros ni lo cuidan, si el azar le es propicio y su voluntad firme vivirá por sí mismo, si no morirá pronto. Su cerebro es principalmente un bulbo olfativo sin neocorteza con áreas primitivas que regulan sus hormonas y su metabolismo. Aun así, es capaz de aprender, memorizar y establecer estrategias de caza debido a que estas funciones dependen del hipocampo.

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Nosotros conservamos los resabios de las huellas en dicho hipocampo, que libera cortisol cuando nos alarmamos y en el sistema límbico que nos mantiene vivos organizando funciones básicas como la respiración y de la que también corresponde la liberación de fuertes neuroexcitadores del placer.

Y el placer es un grado de dolor relacionado con el deseo, base animal de nuestras sofisticadas decisiones.

Aunque la tesis de Haeckel de que la ontogenia recapitula la filogenia ha sido refutada tal como se enunció originalmente, es una buena aproximación para sostener que tenemos un cerebro de tiburón, de pollo o de rana. Lo que llamamos inconciencia tal vez es solo el resabio de esas decisiones primigenias que no tomamos con nuestro cerebro mamífero.

Divago, vuelvo a la pugna entre el neurólogo y aquel que comienza a espiritualizar el asunto. El materialista puede alegar que el determinismo biológico no implica predictibilidad; es decir, un sistema determinista no tiene por qué ser cognoscible.

Puede haber una estructura que determina un suceso, o dispare una acción, pero al mismo tiempo el conocimiento del resultado de la acción sea inaccesible, impredecible.

El azar sería entonces la medida de nuestra ignorancia y no necesariamente un caos. Ontológicamente el azar absoluto sería imposible a menos que exista una divinidad total incausada. Un suceso sería azaroso cuando no es causado por nada, sería pues un fenómeno totalmente libre. En este caso no solamente no conoceríamos las condiciones determinantes de su realización, sino que ni siquiera podrían existir tales condiciones.

Aunque eso explicara nuestros errores, la contingencia o la irracionalidad de nuestros actos, no sería óbice para justificarlos ¿o sí?

Es imposible comprender al otro con totalidad al no poseer su individualidad ni sus circunstancias, solo podemos entenderlo bajo la premisa de que nada humano nos es ajeno.

¿Cómo actuar?

Ante el otro, cuando me enfrento a él tengo cinco opciones primarias. Puedo sentir empatía por el otro, en diversos grados, desde una simpatía lejana hasta un enamoramiento obsesivo. Puedo conversar con el otro, argumentar con él, no juzgarlo como pretendía Spinoza sino entenderlo, incluso estudiarlo. Puedo sentir aversión por el otro, en diversos grados, desde un asco sutil hasta un odio homicida. O me puede ser indiferente su existencia y olvidarlo de inmediato.

La opción que decida tiene un componente moral. Pero esa moral no me incumbe en principio, pues es norma y costumbre. La que me interesa particularmente es la opción ética.

Nuestra actuación depende de tantos factores que aventurar una hipótesis resultaría en una falacia de generalización apresurada. Responder ligeramente es casi invitar a una mentira y juzgar moralmente ya caería en el pozo doctrinal de cualquier ideología.

Aventurar teorías universales sobre las causas de nuestras conductas es muy tentador, requiere establecer sistemas y caer en incongruencias. Tal es el intrincado laberinto al que se enfrenta el pensador.

La paradoja de la complejidad la cantó con precisión Shakespeare cuando en su soliloquio hizo decir a Hamlet: “¡Qué obra maestra es el hombre! ¡Qué noble en su raciocinio! ¡Qué infinito en sus potencias! ¡Qué perfecto y admirable en forma y movimiento! ¡Cuán parecido a un ángel en sus actos y a un dios en su entendimiento! ¡La gala del mundo, el parangón de los animales! Y, sin embargo, ¿qué es para mí esta quintaesencia del polvo? El hombre no me agrada”.

El no encontrar teoría universal válida puede también ocasionar un impacto, una epifanía negra que nos arroje a una realidad sin otro sentido que la crudeza de devorar y ser devorado. Charles Darwin sufrió algo parecido no sólo cuando murió su pequeña hija sino cuando la experiencia de la naturaleza hizo tambalear su educación cristiana en donde el mundo es un símbolo de una providencia bondadosa. Darwin deseaba explicar el advenimiento de la moral humana como una consecuencia de la selección natural a través de la evolución, pero cuando se enfrentó a la familia de avispas ichneumonidae un terremoto anímico derrumbó su certeza. Esas avispas paralizan otros artrópodos y los mantienen vivos mientras desovan en ellos. Cuando las pequeñas nacen devoran vivo a su hospedero.  En una carta fechada en 1860, Darwin escribió: “Parece haber mucha miseria en el mundo. No puedo persuadirme que un Dios benéfico y omnipotente podría haber diseñado y creado a las ichneumonidae con la intención expresa de alimentarse dentro de los cuerpos vivos de los ciempiés o que un gato deba jugar con un ratón”.

Una visión contemporánea exige pensar que la naturaleza no contiene mensajes éticos, ni mucho menos morales. Pero esto puede contradecir nuestra percepción de que somos también naturales, de otra forma habría una imposibilidad axiológica del bien y del mal y la justicia no sería más que un eufemismo para la venganza bestial.

¿Son los mercenarios que posaron sobre el cadáver del niño congolés como las orcas cuando matan pelicanos sin devorarlos? ¿Es lo mismo un batallón de soldados que una marabunta que barre la selva? ¿Tienen religión las hormigas, el tiburón blanco construye campos de exterminio? ¿En realidad el humano es una especie tan única en todo sentido?

¿Es cierto que cada acción conlleva la posibilidad del daño inexorable?

Ciertas ramas del Budismo, el Cristianismo y el Jainismo consideran que para acabar con el sufrimiento hay que menguar el deseo, alejarse del mundo, inmovilizarse. El jaina extremo para cumplir el ideal de la no violencia ahimsa, trata de no moverse jamás, comer al mínimo y si lo hace barrer su camino con una escobilla para alejar cualquier criatura en su camino. Al considerar que cada criatura tiene alma hace depender la ecología de la metafísica, pero parece contradecirla al darle un valor sagrado a lo vivo de forma absoluta. En su afán de no lastimar al otro no queda otra opción que la pausa. El problema es que no podemos pausar la existencia sin cercenarla.

¿Es posible matar el deseo? ¿Derrotar a nuestra animalidad en una pureza anti natural?

Retirarse no solo del mundo sino de las propias acciones puede ser la salida para minimizar el impacto. Podemos recordar a los anacoretas o esos santos imposibles de la Tebaida, a los ancianos venerables del Tíbet o las monjas emparedadas por sumisión. Sin embargo, prefiero evocar a Sábato que renunció a su investigación nuclear para no ser cómplice de las consecuencias previsibles y buscadas de la fisión del átomo. Pero fue uno entre miles de científicos que defendieron el proyecto, lo alentaron y llevaron a cabo, abriendo una nueva era de un poder capaz de extinguirnos.

En contraposición de la renuncia de San Antonio se encuentra Prometeo y el mundo se ha vuelto fáustico, más veloz en lugar de ascético.

Según Spinoza todas las cosas, incluyendo a los seres humanos, se esfuerzan por persistir en su ser y este conato subyace a nuestras emociones o afecciones. La única manera de evitar los conflictos no sería el retiro sino el control de las pasiones. De otra manera, estas atormentan a la humanidad, y hace imposible vivir en armonía.

En una realidad tan irracional pedir al hombre que se guie por la razón al modo del imperativo categórico resulta utópico. A menos que sea una razón instrumental adecuada para el fin de satisfacer justamente las pasiones.

Spinoza deduce que el origen de la maldad está en poner toda la dicha o la desdicha en la calidad del objeto al que nos adherimos por amor pues aquello que no se ama, no provoca nunca luchas, ni tristeza ni envidia, si otro lo posee. Amar lo que fenece ocasiona conflicto. En papel se lee muy convincente, pero ¿para que usamos nuestra libertad si no es para adquirir lo que amamos? ¿Y quién ama cosas que no fenecen?

Esos mercenarios que volaron de nuevo a las zonas de conflictos, la ruta de los diamantes sangrientos, pugnan y matan por objetivos nada espirituales sino materiales. ¿Qué otra cosa desea el que detenta el poder sino satisfacer su obsesión? ¿Pudo haber obtenido Tiberio César sus piscinas repletas de niños desnudos si no hubiese sido emperador?

Quizá la historia depende de los caprichos de mentes delirantes.

¿Usted, lector, toma las decisiones con base en razones matemáticas? Lo dudo, y si lo hace, lo hace solo en pocos momentos. Lo cierto es que no somos seres racionales, casi nunca lo somos, sino seres vehementes. La irracionalidad, la inconciencia, las emociones derivan de nuestro cuerpo y nos vuelve impredecibles, falibles, caóticos. No somos redes neurales numéricas, sino celulares. Nuestras neuronas sintetizan transmisores, cocteles químicos que cambian nuestros ánimos, nos drogan, nos estupidizan, nos deprimen, nos exaltan. Pensamos con el hígado, con los músculos y con las gónadas, las hormonas fluyen por nuestra sangre y nos trastornan. Cómo cualquier mamífero buscamos alcaloides que nos neuroexaltan o neurodeprimen. Los delfines se drogan con toxinas de peces globo, los gatos con caolín y los lémures con veneno de ciempiés. Nuestros cerebros funcionan como fibras palpitantes que se rigen en pos y bajo las emociones, no es un lenguaje pitagórico y lógico.

Nuestros nocireceptores nos provocan dolor, pero no es una mera señal, sino que se potencia hacia el sufrimiento, la exaltación o el éxtasis.

Al escuchar las carcajadas de los mercenarios en el bar, abrazados a sus chicas de ocasión, brindando por victorias pasadas o futuras me pregunté si volverían a vivir de nuevo cada acto y cada episodio de sus existencias.

Los momentos efímeros de victoria pueden embriagarnos en estados dionisiacos. Evoqué al errabundo, solitario y desconocido que vagaba por las calles de Turín enfermo de dolor por un caballo. Por un instante aquellos hombres me parecieron arquetipos de la actividad, la afirmación, la creación, el goce como afirmación de la propia forma de ser y de vivir. Los poderosos y superiores que se consideran a sí mismos como aristócratas.

Han pasado años de esas espinas que me confundieron en la pequeñísima porción del África que viví. Y su sombra me persigue como el espectro al que los sän llaman nagloper, una especie de influjo negro, me inunda más de preguntas sin respuestas.

¿Hay cierta naturaleza humana que no alcanza a ser esencia, pero tiende a la libertad? ¿La expresión de los actos sin coacción en pos del placer tiene un alto costo de dolor? ¿Tiene la libertad la maldición de ser juzgada moralmente? ¿Somos culpables por nacer o inocentes por nuestra ignorancia?

Me llegan las voces de Kierkegaard donde la posibilidad de poder resulta una forma superior de la ignorancia y también de la angustia. ¿Estaremos condenados a la libertad? ¿Cómo afirmarnos en ella sin juzgar?

Recuerdo el Titus Andronicus de Shakespeare y la metonimia superlativa del poeta. En una tragedia en que ya el espectador está ahíto de sangre y ha visto lo peor del humano hay una escena que parece fuera de lugar. El pequeño nieto del general Titus aplasta a una mosca y el abuelo se escandaliza hasta aullar de dolor. A Titus le parece una injusticia y un crimen espantoso matar a una mosca y el espectador se sorprende cuando a esas alturas ya ha visto sacrificios, incesto, empalamiento, mutilación, violación, ejecuciones y canibalismo.

La clave es cuando Titus subraya el hecho mortal provocado a una criatura inocente.

La genialidad del bardo se magnifica y entonces uno puede entender la naturaleza humana.

En estado puro es imposible precisar una axiología universal, lo que hay es compasión, crueldad, sufrimiento, decisiones, empatía, solidaridad, apego, cariño, odio, placer, envidia, avaricia, codicia, lujuria, humildad, soberbia, ignorancia, estupor, egoísmo, compromiso, alienación y un sinfín de etcéteras tan complejos que se imbrican e integran frondosidades inextricables que a distintas escalas conforman nuestros relatos y el consabido drama de la libertad.

Miro la luna en otros estratos, los tiburones siguen en el océano, rastreando, otros mercenarios pugnan en las selvas, cazando y millones de presos sueñan con escapar de sus prisiones para ejercer los actos posibles entre nuestra necesidad y las contingencias ocultas.

 

Referencias

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