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El drama de la libertad como espacio entre el azar y la necesidad (II)

02-Mar-2021

OPINIÓN Por Mario Jaime

IMAGEN: EUGÈNE DELACROIX

La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En toda indagación los conceptos deben aclararse. Parto del pensamiento kantiano de que “la libertad no es ni naturaleza ni azar” y de la precisión que Martín López Corredoira hace al sostener que la libertad no se encuentra entre el azar y la necesidad, sino que tiene que encontrar su lugar frente al azar y la necesidad.

Yo concibo la libertad como la distancia entre el azar y la necesidad. Específicamente propongo que la libertad es la distancia o el espacio de acción entre una necesidad material y un azar como insuficiencia de las probabilidades en la previsión.

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En una realidad material y corpórea basada en patrones estructurales que poco a poco se han podido dilucidar, a través de procesos fisicoquímicos existen limitaciones evidentes. Somos animales restringidos a procesos celulares y genéticos. La entropía como dispersión de energía nos impele a sobrevivir mediante la depredación. Nuestros procesos cognitivos dependen de nuestras estructuras neuronales y metabólicas. Tocamos el mundo o el universo nos toca, como pensaba Aristóteles, pero no podemos desvincularnos de la realidad material, pues nuestra mente es un epifenómeno de la materia.

¿Qué es la inteligencia? Una facultad práctica para resolver problemas a través de la acción, de escoger entre diversas alternativas. Por lo tanto, es subjetiva, imposible de medir objetivamente a pesar de diversos tests lógico matemáticos, e inconstante. La raíz latina inter – entre–  y legere– leer o acumular–, designa esta potestad, filosóficamente podría ser sinónimo de entendimiento.

Parménides y Anaxágoras definieron el entendimiento como la facultad de pensar relacionándola a un modelo cósmico; función ordenadora de la realidad.

Menos idealista es la noción del entendimiento como actividad técnica del pensar. Noción propuesta por Aristóteles como una facultad.

Pensar para Descartes era lo mismo que sentir. Definamos entonces pensamiento a partir de la neurobiología. Pensamiento es el flujo de imágenes mentales. Se entiende imagen no solo la visual sino todas las pautas mentales provenientes de los sentidos, pautas auditivas, olfativas, somatosensoriales y gustativas. Así, toda imagen proviene de los cerebros, por ende de la actividad neuronal. Esta concepción es de Antonio Damasio y partiré de allí por ser una noción materialista. Vivimos en un mundo material y real, somos cuerpos y construimos y programamos otros cuerpos artificiales.

Nuestra forma determina nuestras potencialidades, y por mucho que soñemos no somos omnipotentes ni omniscientes. De esta manera, la libertad no puede tener un origen espontáneo sin antecedentes causales ajenos a nosotros. La capacidad personal para elegir opciones nos lleva al drama, pero esta elección no es necesariamente espontánea ya que no podemos sustraernos a un cosmos del que no somos ajenos.

¿Hay un ego separado de la naturaleza o somos títeres de la misma? No hay respuesta definitiva sino matices que deben encontrarse entre nuestra potencia y lo indeterminado. Ha habido intentos para evitar la fatalidad de un determinismo absoluto sin tener que recurrir a explicaciones sobrenaturales o metafísicas. Desde Epicuro, que introdujo la teoría del clínamen como una desviación espontanea de los átomos, hasta John Thorp que defendió al albedrio contra el determinismo fisiológico mediante la lógica y las descripciones neurológicas.

Lo que me interesa no es bucear en las condiciones de libertad de decisión solamente, si no las consecuencias de esas decisiones y los efectos que consciente o inconscientemente afectan a los demás.

Es en este sentido donde aparece inevitablemente el aspecto ético de la cuestión, ya que no es lo mismo la libertad de decisión que la libertad de acción. Y es justamente esta última la que implicaría el drama de la libertad. Imaginemos a un hombre apuntando con su fusil a un prisionero atado. El potencial verdugo tiene la libertad de decidir si accionará el gatillo o no, pero su libertad de acción dependerá de las condiciones adecuadas a dicha acción.

Tradicionalmente, la indagación ética no intenta responder la pregunta: ¿Puedo hacerlo? o ¿cómo hacerlo? , si no ¿Debo hacerlo? o ¿por qué hacerlo?

Pero no podríamos contestarnos lo segundo sin tener la capacidad de realizarlo primero. Aquí es donde emerge como un monstruo inevitable la temible noción de poder.

Como animales tenemos necesidades básicas que cubrir. El deseo brota para acuciar la satisfacción de esa necesidad. Sus consecuencias son el placer o el sufrimiento que solo difieren en intensidad, ya que los dos son grados de dolor. Esta concepción aristotélica es realista y nos lleva a un esquema muy básico de un ciclo de deseos inagotables hasta la muerte. Para Schopenhauer la base del deseo es un movimiento primitivo y vital, un impulso sin conciencia que nombró voluntad. A partir de esta idea, lo real no está regido por la razón si no por la voluntad y el hombre como un animal más en las cadenas tróficas sería voluntad hecha cuerpo. En “Los dolores el mundo”, el amargado genial clama que la vida es una cacería incesante, una historia natural del dolor que se resume como un querer sin motivo, un sufrimiento perenne y así sucesivamente por los siglos de los siglos, hasta que nuestro planeta se haga trizas.

Dentro de esa realidad tan cruda hay espacio para los actos y esos definen lo que podemos ser. Así, nuestra capacidad imaginativa, gracias al lóbulo frontal, neurocorteza y manos nos hacen animales sui generis con una capacidad para el cálculo, el razonamiento y poiesis tan admirables que nos consideramos como el súmmum de la inteligencia, la civilización y la estética. Una especie de animal superior en vías de convertirse en un dios, tal como pregonaron los estoicos y es el centro de la filosofía humanista cuyo campeón es Pico della Mirandola. Pero también podemos erigirnos como los animales más bondadosos, empáticos y respetuosos, como una de las pocas especies que no solo desea conservar a otras si no que las cuida y hasta llega a amarlas. Se concibe al hombre como amor, con una capacidad altruista y misericordiosa. Tal es la base ética del cristianismo o el budismo.

Pero también somos capaces de los actos más atroces y malignos. La historia de la humanidad puede resumirse como una serie de crímenes donde los infames desean incrementar su fortuna y su poder. El hombre puede ser visto como el peor de los demonios que goza con el sufrimiento ajeno y ha logrado la capacidad tecnológica para destruirse a sí mismo. Esta es la base de la concepción gnóstica o la tesis del Marqués de Sade.

Pero el hombre también se ha visto como un ser pasional, hipócrita cuya racionalidad es muy pobre tal como lo vio Hume. En general, todos estos conceptos no son antitéticos y nos remiten de nuevo a la concepción aristotélica de que el ser no se puede conocer si no solo sus accidentes; en este caso, la contingencia no sería solo lo que ocurre si no lo que el hombre puede lograr que ocurra. Así, en potencia, usted amable lector es un tirano, un santo, un asesino, un filántropo o un genio, pero esto depende si puede lograrlo y decide hacerlo en el limitado espacio entre el azar y la necesidad.

Algunos experimentos han mostrado que varias decisiones se originan en el sistema nervioso central, anticipándose desde milésimas de segundo hasta 10 segundos a la conciencia de la acción. Este retraso podría reflejar la operación de redes neuronales en áreas de control de alto nivel que comienzan a “preparar” una decisión mucho antes de que seamos conscientes de ella (Soon et al. 2008).

Por ello, algunos científicos piensan que somos mecanismos químicos, sistemas que producen conductas, tan compleja que caemos en autoreferencias sobre lo mismo que hace el sistema y le llamamos conciencia. La conciencia como el relato del pasado en donde nuestra libertad es ilusión.

Contrario a ello, algunos filósofos piensan que los actos no se derivan de impulsos electroquímicos, sino del propio agente personal que origina sensaciones superconscientes o subconscientes. En todo caso, el intelecto no se reduce a mero fenómeno neuronal (Seifert 2011), Karl Popper y Eccles coincidieron en que la inteligencia es irreductible a epifenómenos neuronales. La experiencia de dialogar, analizar y criticar equivale a un libre albedrio que da sentido a una argumentación no determinada. Aunque Eccles quiso hacer la causa de ello a una divinidad de acuerdo a su anglicismo, Popper prefirió aludir a la ignorancia. Que la mente sea un epifenómeno material no es nada nuevo, Hipócrates en el siglo V a.C enseñó que del cerebro, y nada más que del cerebro, vienen las alegrías, el placer, la risa y el ocio, las penas, el dolor, el abatimiento y las lamentaciones. Tomás de Aquino en el siglo XIII estaba convencido de que para realizar procesos de abstracción el intelecto debía posarse sobre la imagen sensible, cuerpo y alma sería una unidad sustancial.

La conciencia como el diálogo del alma consigo misma o la mente que se sabe mente es una noción estoica. Fue Crisipo quien separó la conciencia del pensamiento. ¿Puede haber pensamiento sin conciencia? Por supuesto, los estoicos defendían que los hombres la poseen, pero las bestias no. Por tanto, la razón estoica era basada en causas efectos y el hombre consiente de ellos. Esa filosofía fue también defendida por los neoplátónicos y así llegó al cristianismo. Los materialistas científicos como Comte o Pavlov rechazaron que exista alguna conciencia. Tan solo hay pensamiento y es solo producto de estímulos externos que podemos medir de manera objetiva. Roger Penrose sugirió que la conciencia era sinónimo de conocimiento.

Ahora, no es lo mismo deducir que escoger, pues la opción implica un hiato, una no determinación a posteriori. No tomamos decisiones mediante fórmulas algorítmicas como programas de cómputo. La realidad no necesariamente es lógica ni racional, entenderla racionalmente podría ser un truco para calmar una angustia insoportable, así como nombrar lo desconocido funciona como un placebo contra el horror.

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