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El problema del progreso (II)

04-Feb-2020

ARTÍCULO Por Mario Jaime

FOTO: Internet

La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Para Nietzsche no hay un progreso real. La creencia en ello radica en un ego ciego de una criatura que se dice racional y cuyo paradigma es la figura del filósofo. Escribió el loco de Sajonia: “Nada hay en la naturaleza tan despreciable e insignificante que, con un mínimo soplo de aquel poder del conocimiento, no se hinche inmediatamente como un odre; y del mismo modo que cualquier mozo de cuadra quiere tener sus admiradores, el más orgulloso de los hombres, el filósofo, quiere que desde todas partes, los ojos del universo tengan telescopicamente puesta su mirada sobre sus acciones y pensamientos”.

Desde el pensamiento entrópico el progreso es ilusión debido, no sólo a la pequeñez y el azar, sino también a que el conocimiento será siempre subjetivo y limitado.

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Pero no fue entendido así por los positivistas, secuaces de Comte que inundaron de optimismo el ideal civilizatorio de finales del siglo XIX. Según tal doctrina, la razón instrumental es el medio para todo fin y, en su más alta fase, es decir, la científica, el hombre deja la barbarie y se lanza con las banderas del orden y el progreso hacia un objetivo más alto cuando se habrían superado las fases teológicas y metafísicas. En sus diversas vertientes, este pensamiento justificó genocidios, matanzas y expoliaciones de cientos de etnias que, bajo la etiqueta de salvajes o bárbaros, fueron exterminados sistemáticamente bajo la égida de gobiernos progresistas en todo el mundo. Recuerde el lector la bravata que lanzó Domingo Faustino Sarmiento en 1885 al festejar el triunfo militar argentino en contra de los pueblos mapuche, pampa, ranquel y tehuelche: “la ola de bárbaros que ha inundado por siglos las llanuras ha sido por fin destruida”.

Igualar los avances del conocimiento tecno científico con el desarrollo de un hombre mejorado de lo natural a lo moral es la base de una evolución equivalente con “evolucionismo” tal como creía Spencer.

La gran marcha de la humanidad como relato justificante de la política es solo eso, un relato, un mito, tal como lo analiza John Gray en su tratado “El silencio de los animales” ya que la humanidad es tan solo un fantasma, uno de esos espectros noumenales que criticó Max Stirner.

Hijas del evolucionismo fueron las doctrinas que optimizaron el ascenso del fascismo, el nacionalsocialismo, el comunismo o el neoliberalismo y otros ismos recurrentes que parecen derivaciones de un mito base en el que se espera una edad de oro, una ascensión prometeica o un paraíso en la tierra.

Mientras unos aplaudían el ascenso del hombre racional otros le negaban de manera acerba, como Octave Mirbeau en su novela sádica y misántropa “El jardín de los suplicios”. Dentro de una sórdida y descarada conversación sobre los avances tecnológicos del momento como el teléfono, la máquina de escribir o el ferrocarril, un capitán muestra su entusiasmo por una bala que acaba de inventar; la bala Dum-Dum, que prueban en indostanos y puede atravesar hasta una docena de cuerpos humanos, es glorificada como un gran avance del progreso. La tesis de Mirbeau es que somos los mejores salvajes, pues aun teniendo conciencia de ese salvajismo persistimos en él.

La Primera Guerra Mundial estrelló el evolucionismo en una decepción caótica, y como tal arrasó en conciencias como Wells o Sweig. Luego, como un torbellino de ceniza, la Segunda Guerra Mundial pareció triturar cualquier idea de progreso moral. Sin embargo, ni las armas químicas, la ingeniería al servicio de la matanza sistemática o el horror de las bombas atómicas logró disminuir el optimismo en algunos, por el contrario, las guerras totales fueron un parteaguas en el desarrollo de la tecnología y de los descubrimientos científicos cada vez más asombrosos y veloces.

De la mano de los Estados victoriosos y con conocimientos adquiridos de los derrotados, la tecnociencia se convirtió en superciencia casada con los programas armamentísticos y las corporaciones mundiales. Los sueños de los iluminados se yerguen en realidades gracias a los conflictos violentos, y no a pesar de ellos.

Para alguien que defiende el progreso tecnocientífico simplemente como un avance (¿hacia dónde?) o una mejora de las condiciones de existencia, varios ejemplos pueden darle el espaldarazo. El descubrimiento de la penicilina y el desarrollo de antibióticos, la invención de múltiples aparatos electrodomésticos, la investigación de materiales como el plástico, las nuevas ciencias de cómputo amparadas en invenciones de ordenadores cada vez más precisos, superconductores, redes virtuales globales, la industria espacial, el boom de la  industria alimenticia o los organismos transgénicos han revolucionado el mundo.

Por supuesto que las condiciones materiales y tecnológicas condicionan la vida de los humanos, la economía, sus dinámicas sociales y las tradiciones culturales; así el desarrollo tecnocientífico cambia la percepción de la realidad. Pero, ¿cambia los deseos o la condición biológica de los hombres?

La tecno-genómica y los conocimientos biomédicos han dado paso a tecnologías biológicas. El desarrollo de la edición genética y la clonación han abierto puertas hacia la cura contra el SIDA, cabras con genes de arañas, cerdos modificados para resistir virus y desarrollar órganos afines a los humanos, mandarinas radiadas sin semillas, vacas que producen tres veces más leche, “arroz de oro” que gracias a una bacteria y los genes del narciso es capaz de producir beta caroteno y otras linduras, que para los pesimistas pueden considerarse aberraciones.

Se acerca el imperio que soñó Julian Huxley cuando acuñó el término transhumanismo, en 1957: “La especie humana puede, si lo desea, trascenderse a sí misma – y no sólo de forma esporádica, un individuo aquí de una manera, un individuo no de otra manera, sino en su totalidad, como humanidad”.

De nuevo el fantasma, la falacia de generalización –la mentada humanidad-.

En su artículo de 2007 “What Is Scientific Progress?”; Alexander Bird sostuvo que el progreso científico es directamente proporcional al crecimiento del conocimiento científico (“La ciencia -o un campo o teoría científica particular- progresa precisamente cuando muestra acumulación de conocimiento científico”) pero no confunde progreso con progreso científico, sino lo restringe al mero conocimiento. ¿Es el progreso una cuestión epistémica pero teleológica al fin?

Hay otra postura en el que el progreso científico puede entenderse como la resolución de problemas. Esta se denomina funcionalista-internalista y fue planteada por Thomas S. Kuhn y Larry Laudan. ¿Desde este punto de vista cuál es el sentido del progreso? ¿mejorar la calidad de la existencia?

Si la respuesta es tal, entonces la química ha sido la ciencia más importante y contundente. Los avances médicos, industriales y los procesos biológicos le deben todo al conocimiento químico. La realidad en la que vivimos es material, entonces la ciencia que se aboca a conocer el cambio de las sustancias y la base de la materia resulta primordial desde lo pragmático hasta lo teórico. Hay una relación directa entre la esperanza de vida y los descubrimientos e inventos químicos. En la actualidad, hay proyectos como la síntesis de poliamidas para sustituir al petróleo, encapsulación de semiconductores, células antisolares para funcionar de noche, microscopios con resolución de attosegundos para –por fin- poder ver átomos, baterías de sodio, producción de miles de nanopartículas complejas y otras maravillas. Hoy, se desarrolla la piel electrónica para robots compuesta por sensores magnéticos y circuitos orgánicos.

Pero quizá todo este cúmulo de conocimientos no se refleje en una realidad inmanente, o no del todo, debido a que lo científico como actividad está permeado y condicionado por la política. También hay que considerar que el conocimiento no tiene una carga ética per se; ya lo anunció Anaxágoras: “La ciencia daña tanto a los que no saben servirse de ella, cuanto es útil a los demás”.  Echar las campanas al vuelo por el mero conocimiento no es conocer tampoco la variabilidad del carácter humano.

Así como se puede enumerar avances en pro de la mejora de la existencia, se puede enumerar ejemplos en contra de la existencia y la calidad de vida. La contaminación química y nuclear, los desastres de Chernobyl, Bhopal, Fukushima, Tokaimura, etc; el lanzamiento de las bombas atómicas en 1945 o la detonación de la primera bomba de neutrones en 1988. Las extinciones de especies en el Yangtsé​ y otros ríos debido a la polución de pesticidas y fertilizantes, el desarrollo de armas químicas desde el gas cloro y mostaza hasta el fósforo blanco; de armas biológicas como toxinas y venenos; armas nucleares de sexta generación y armas sónicas o drones programados para matar, no se pueden entender sin la idea de progreso tecnológico.

Que haya un progreso epistémico o técnico no necesariamente implica una mejora ética. Cito a John Gray: “El conocimiento humano aumenta pero la irracionalidad humana se mantiene igual. Se puede considerar a la investigación científica como la razón hecha cuerpo, pero lo que demuestra esa investigación es que los seres humanos no son animales racionales”.

Esta aseveración es polémica pero si usted, amable lector, no está de acuerdo; simplemente lea cualquier día las noticias de política y la nota roja.

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