El problema del progreso (I)

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La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La creencia de que los hechos se desarrollan en el sentido más deseable, lo que logra una perfección creciente, fue una noción casi desconocida en la Antigüedad en la que primó más bien una noción de decadencia o caída.

Se puede, sin embargo, rastrear un pensamiento parecido en Jenófanes cuando declara que el saber humano mejora a través del tiempo: “Pues los dioses no revelaron desde un comienzo todas las cosas a los mortales, sino que estos, buscando con el tiempo descubren lo mejor”. También en el siglo II Aulo Gelio formuló que la verdad es fruto del tiempo, según el verso de un viejo poeta cuyo nombre se ha perdido: veritas temporis filia.

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El optimismo se dirigía más bien en retomar los conocimientos definidos que producir nuevos, según Abagnanno, y así se debe entender la frase de Bernardo de Chartres de que somos enanos aupados a hombros de gigantes, frase que parafraseó Newton en una carta dándole una connotación distinta.

Se atribuye a Francis Bacon el desarrollo del progreso hermano de la experiencia en el estudio de la naturaleza. En su lucha contra el pensamiento escolástico, Bacon declaró que la Antigüedad fue escasa de conocimientos y que la Modernidad era progreso. Era el año de 1620, en una época en donde se quemaban brujas, se exorcizaba a diestra y siniestra, el demonio era sujeto en la legislación  y se perseguían hombres lobo; el optimismo de Bacon era sobresaliente. Según el primer barón de Verulamium, la armonía entre los hombres puede alcanzarse mediante un control de la naturaleza que les facilite los medios precisos para su vida y este control solo puede ser racional. Un mundo gobernado por la razón debería ser perfecto.

Ya en su novela utópica de La nueva Atlántida, anticipa que los constructores de la luz realizarán experimentación con plantas y animales, manipulación biológica, construirán laboratorios óptica y acústica además de submarinos, naves voladoras, armas químicas, cinturones para nadar y laborarán en un laboratorio de movimiento perpetuo. Han pasado 400 años y todo lo profetizado por Bacon se ha hecho realidad exceptuando la consecución del movimiento perpetuo.

La relación entre el progreso científico junto con el progreso social y moral se afianzó en el programa filosófico de los enciclopedistas franceses del siglo XVIII. Una de sus creencias principales es que la ciencia puede desvelar secretos de la naturaleza. Aplicar dicho conocimiento puede mejorar la condición humana. ¿Hay una condición humana? ¿Hay una esencia común a toda nuestra especie? Tal pensamiento hace saltar las alarmas. Cada vez que un programa político se basa en el mejoramiento del hombre termina en genocidios y un autoritarismo atroz.

Uno de los más optimistas fue Nicolás Condorcet que defendió las desmitologización como el progreso del espíritu. Según el marqués matemático “si el hombre puede predecir, casi con total seguridad, los fenómenos cuando conoce sus leyes, y si, incluso cuando no las conoce, puede predecir el futuro con mucha probabilidad de éxito gracias a su experiencia del pasado, ¿por qué, entonces, habría de considerarse empresa fantástica la de trazar, con cierta pretensión de verdad, el destino futuro del hombre a partir de su historia?”.

La clave de los enciclopedistas es que la susodicha condición humana es básicamente… la bondad.

El final de Condorcet es una desilusión cruda y un triste despertar. La misma revolución que surgió del fuego ilustrado le devoró, los mismos entes racionales encargados de mejorar la sociedad le condenaron a muerte y tuvo que huir. Probablemente se envenenó en su celda.

En el Romanticismo se potenció la idea de progreso. Fue Fichte quien expuso el concepto del plan progresivo de la historia en 1806 como la necesidad de lo existente. Que todo lo que existe, existe necesariamente como es, recuerda a un determinismo divino. Este pensamiento fue la base de la dialéctica histórica de Hegel y la materialista de Marx y Engels, e idéntica a la concepción de Auguste Comte.

El padre del Positivismo identificó al progreso como el desarrollo del orden extendido hasta el mundo animal. Tal idea permeó el programa de Spencer que igualó la evolución darwiniana al evolucionismo cósmico. Los más aptos sobreviven se volvió sinónimo de un progreso desde lo primitivo hacia lo más evolucionado como si fuese mejor.

Es a partir de la segunda mitad del siglo XIX en el que el progreso dependerá del progreso científico en sí mismo como un destino fisiológico de la historia. Sin embargo, el cambio radical de modelos físicos a partir del siglo XX conlleva la noción de que el progreso científico no se admite como una aproximación a la verdad, sino como una mayor eficacia para resolver ciertos problemas

Ciertas teorías científicas sí progresan, según Sábato la física de Einstein es mejor que la de Aristóteles y ciertos conocimientos actuales son mejores que los antiguos. Saber la correlación entre ciertas bacterias y las enfermedades hace que hoy puedan morir menos personas de tales infecciones que antaño.

Si se separa la noción de progreso científico del progreso universal cósmico, podríamos considerar una mejora en las condiciones de vida humana y casi contagiarnos de la certeza de Carl Sagan cuando escribió que “la ciencia es una vela en la oscuridad”.

Hay autores que consignan estúpida la idea de una Arcadia feliz, por ejemplo Antonio Cantó en su ensayo El pasado era una mierda radicaliza el pensamiento ilustrado con datos ad hoc para su tesis. Consigna que hasta la llegada de la medicina basada en experimentación científica, la tasa de mortalidad infantil en el mundo oscilaba entre el 20% y el 40%, alcanzando su máximo en épocas de hambruna o peste. Las vacunas, el desarrollo de fármacos, la generalización de la higiene o la explosión de la industria alimentaria son, según Cantó, maravillas que eliminan o minimizan terribles problemas que durante siglos los humanos han enfrentado.

En el polo opuesto hay escépticos como Nietzsche para el cual, todo conocimiento es efímero y no puede alcanzar a ser conocimiento verdadero. En un pequeño escrito titulado Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Nietzsche abre fuego de manera contundente: “en algún apartado rincón del universo, desperdigado de innumerables y centelleantes sistemas solares, hubo una vez un astro en el que animales astutos inventaron el conocer. Fue el minuto más soberbio y más falaz de la Historia Universal, pero, a fin de cuentas, sólo un minuto”.

El poeta de Weimar criticó la visión antropocéntrica del evolucionismo así: “no es sino humano, y solamente su poseedor y creador lo toma tan patéticamente como si en él girasen los goznes del mundo. Pero si pudiéramos entendernos con un mosquito, llegaríamos a saber, que también él navega por el aire con ese mismo pathos y se siente el centro volante de este mundo”.

 

Continuará…

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¿Hay belleza en lo científico?

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La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El poeta inglés William Blake acusó a Newton de no mirar por el ojo espiritual sino concentrarse en una teoría óptica en donde el ojo recibía partículas y nada más. Blake retrató a Newton en su abstracción matemática, desnudo, doblado sobre un compás, ajeno totalmente a la belleza sublime de la naturaleza que le rodea.

Como buen romántico, Blake era enemigo de la Ilustración y acusó a Newton junto con Francis Bacon y John Locke de repugnantes materialistas que conformaban una trinidad infernal.

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Otro poeta romántico, John Keats, también acusó a Newton de destejer el arcoíris en un poema. Parece que el genio inglés fue blanco de muchos ataques poéticos, pues al proponer su teoría sobre los corpúsculos de luz había vulgarizado la belleza de esta. Para Keats la belleza es la verdad y la verdad belleza. La ciencia física de su época considerada como filosofía natural engraparía las alas de los ángeles.

Do not all charms fly

At the mere touch of cold philosophy?

There was an awful rainbow once in heaven:

We know her woof, her texture; she is given

In the dull catalogue of common things.

Philosophy will clip an Angel’s wings,

Conquer all mysteries by rule and line,

Empty the haunted air, and gnomèd mine—

Unweave a rainbow, as it erewhile made

The tender-person’d Lamia melt into a shade

También en su libro de 1945, “El Uno y el Universo”, Ernesto Sábato declaró que la ciencia estricta —matematizable— es ajena a todo lo que es más valioso para un ser humano: sus emociones, sus sentimientos de arte o de justicia, su angustia frente a la muerte, etc. Sábato fue físico que había renunciado a la investigación por motivos éticos. Trabajó en París en el laboratorio Curie con radiación, de hecho fue testigo de la fisión del átomo de uranio. Aunque después trabajó brevemente en el MIT y como profesor en Argentina, renunció a la ciencia en 1941, quizá perseguido por el vacío y la oscuridad de las intenciones de sus colegas por desarrollar bombas atómicas. Su ensayo se publica justo el año de la barbarie que terminará la guerra más icónica de la historia, y por eso el desencanto de Sábato se permea de una época en donde el positivismo y el naturalismo se desarrollaron en direcciones pragmáticas, al servicio de los Estados en pugna.

Al contrario de Blake, Sábato no satanizó la actividad científica en sí misma como método de conocimiento sobre la realidad, sólo se preguntó si una sociedad regida por la razón científica podría extraer el calor y la belleza de las sensaciones humanas.

¿Acaso la ciencia priva al universo de todo sentido poético? Richard Dawkins contra argumentó en 1998 en su libro Destejiendo el arco iris, en el que intenta mostrar cómo el conocimiento científico, al descubrir los mecanismos del funcionamiento natural, revela aspectos inimaginables que ensalza la sensación de arrobamiento y placer.

Quizá no sea la actividad científica en sí misma, ni la mayoría de sus actores lo que deleita en un arrobamiento. Muchos científicos son grises, tan híper racionales que desdeñan el arte o todo aquello que se aparta de sus hipótesis sobre el mundo. Pero, lo cierto, es que los conocimientos y las teorías conllevan una carga asombrosa que puede deleitar desde el terror hasta la sublimación de una realidad inaudita.

Ya desde su base matemática, lo científico derivó históricamente de un pensamiento sagrado y mágico que evolucionó hacia la armonía y el sentido del cosmos. Viene al caso la frase de Bertrand Russell en su ensayo de 1919 The Study of Mathematics: «La matemática posee no sólo verdad, sino también belleza suprema; una belleza fría y austera, como aquella de la escultura, sin apelación a ninguna parte de nuestra naturaleza débil, sin los adornos magníficos de la pintura o la música, pero sublime y pura, y capaz de una perfección severa como solo las mejores artes pueden presentar. El verdadero espíritu del deleite, de exaltación, el sentido de ser más grande que el hombre, que es el criterio con el cual se mide la más alta excelencia, puede ser encontrado en la matemática tan seguramente como en la poesía».

La valoración de la belleza es subjetiva y varía según el concepto, la época, la sensibilidad de los individuos y hasta la moral de ciertas culturas.

Sin embargo, de entre los sistemas estéticos que intentan dilucidar de dónde proviene el sentimiento de lo bello, uno de los más sólidos es el que propuso Immanuel Kant. Para el idealista trascendental, experimentar un sentimiento de armonía en la contemplación de algo es muy diferente a la experiencia de observar las propiedades de un objeto con propósitos cognitivos. «Gusto es la facultad de juzgar un objeto o un modo de representación por una complacencia o displicencia, sin interés alguno. El objeto de tal complacencia se llama: bello».

Bien, las explicaciones actuales de la física teórica no solo nos llevan a la sensación de lo bello sino que incluso pueden activar la sensación de lo sublime, es decir, el grado mayestático de la belleza que es casi insoportable.

Me aventuro a pensar que la imaginación se desborda no solo cuando disfrutamos de un canon musical – que a fin de cuentas tiene una base matemática- sino también cuando podemos entender algo tan apartado del sentido común como la teoría de la relatividad de Einstein que diluyó las cosas en una abstracción tan etérea como el espacio tiempo.

Si las teorías son representaciones abstractas de la realidad y los mitos son representaciones poéticas de la realidad, muchas de las teorías actuales devendrán mitos poéticos en el futuro. Quizá en unos siglos se entiendan a los modelos del Big Bang como ahora entendemos el Ramayana, el Popol Vuh o el Génesis hebreo. Pero lo que me interesa no es la representación como inferencia a la mejor explicación de un fenómeno sino el grado de belleza que conlleva esa misma inferencia. Pensar en la bariogénesis, en el tiempo de Planck o en la geometría de las intuiciones como el espacio tiempo en donde ya no hay cosas sino sólo sucesiones de hechos impele a sensaciones de asombro que rayan en lo poético.

Incluso algunas nociones derivadas de estas teorías son tan increíbles que las propias metáforas que surgen son hermosas o altamente absurdas. Al tratar de explicar con palabras los resultados de ecuaciones complejas, los científicos crean símiles a ciegas. ¿Alguien sabe que es el trino de la masa? Pues esa es la metáfora del pulso de las ondas gravitacionales. Tenemos ahora hipótesis como la evaporación de los electrones, los taquiones que podrían ser más veloces que la luz, la anti materia,  la cromodinámica cuántica o el Fantasma de Faddéyev-Popov. Por ejemplo, la inteligencia eterna de Dyson afirma que los seres inteligentes serían capaces de pensar un número infinito de pensamientos en un universo abierto. Según esta teoría al enfriarse el universo los pensamientos…¡se harían más lentos! ¿Qué significa esto en una realidad material?

Más allá de la posibilidad de que estos modelos infieran correctamente los fenómenos, el grado poético que conllevan hace pensar que las metáforas de Shakespeare o Lorca son coplas para novatos en comparación con los símiles y las posibilidades tan inauditas que nos regalan los científicos contemporáneos.

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El lenguaje instrumental en las nociones sobre la vida y lo viviente (II)

Daniel Smith Paredes / Dr. Bhart-Anjan S. Bhullar / Nikon Small World 2019

FOTO: Daniel Smith Paredes / Dr. Bhart-Anjan S. Bhullar / Nikon Small World 2019

La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La organización de lo vivo fue evolucionando de una idea molecular de la vida a mediados del siglo XIX hacia un regreso a las regulaciones orgánicas. No es banal el que J.D Watson —quien descifrara con Crick la estructura del ADN— cambiara el título de su obra de Biología molecular a Biología molecular de la célula.

Por otro lado, el concepto de Ciberciencia de Keller en 1948 abrió nuevas perspectivas. La telegrafía o tele transportación de mensajes entre los seres vivos permearon como metáforas biológicas provenientes de las teorías de la información.

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Para François Jacob, el organismo vivo es una máquina cibernética. De ahí se filtraron conceptos como mensaje genético o programación genética hacia la biología del desarrollo. Las células se comparan a computadoras que intercambian información entre sí. Sin embargo, como piensa Anne Fagot-Largeault, ni la nutrición, ni la reproducción, ni la defensa contra la depredación son problemas que se plantean las computadoras.

Lovelock, en 1979 hizo una analogía del planeta como un super organismo: Gaia, lo que derivó en una metafísica totalitaria de su unidad en las teorías sistémicas.

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Otros no están de acuerdo con que la Naturaleza sea un Ser debido a sus creencias religiosas. Lamark y Buffon, desde su cristianismo, consideraban a la Naturaleza como un sistema de leyes establecidas por el Creador. Según ellos, la Naturaleza no es un Ser sino una potencia viva, inmensa, que abarca todo pero se subordina a Dios.

Como la vida se resiste a clasificaciones rígidas —pues la evolución es un hecho, hay muchos tipos de reproducción y en algunos organismos sus estrategias reproductivas pueden cambiar, las células forman tumores, hay mutaciones, etc. — algunos pensadores tienden a usar conceptos plásticos. Como François Jacob que usó el término bricolaje (tinkening) para expresar el carácter oportunista de la evolución. Según Cournot la aparición de formas nuevas es un desafío para la racionalidad nomológica.

La inasibilidad de la vida a los conceptos lleva a los filósofos y científicos a rozar la poesía. Por ejemplo Anton Danchin escribe que “los organismos vivos son sistemas materiales que están construidos para construir lo imprevisto”. Ciertas metáforas se consideran hipótesis irrefutables pues, epistemológicamente no pueden confirmar que el objetivo es a lo que se apunta. Estas son teleológicas como: los virus realizan una estrategia de invasión celular.

En el Mundo como Voluntad y Representación, Schopenhauer lo llama asombro teleológico. 

Adorno y Hockheimer realizaron una crítica de la razón instrumental preguntándose sobre el fracaso del Iluminismo constatado por las atrocidades de la Segunda Guerra Mundial. Según la Escuela de Frankfort, en el siglo XX  la técnica fue la esencia de saber. (positivismo lógico). Lo que los hombres quieren aprender de la naturaleza es la forma de utilizarla para lograr su dominio integral. Ninguna otra cosa cuenta. Sin miramientos hacia sí mismo, el Iluminismo quemó el último resto de su propia autoconciencia. Así, la naturaleza se transforma de un en sí, en un para él, esto es, en sustrato de dominación, de apropiación por parte del hombre. El sujeto, a su vez, siendo el dominador en cuanto tal, para serlo determina una relación consigo mismo de sojuzgamiento.

Muchos científicos dejan de ser sabios para convertir su trabajo en un oficio al servicio de lo inmediato. El pensamiento de muchas investigaciones se reduce a reproducir regularidades. Expresa el predominio de un pensamiento que se detiene en los datos inmediatos, en el nomen, nombre, dato como número sin un concepto desarrollado. De esta forma «lo pensado», ya no es lo nuevo sino lo que ha sido decidido de antemano en su estructura.

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Ya no son las matemáticas de Pitágoras ni Galileo sino una estadística ramplona. Según Adorno y Hockheimer el número se convierte en el canon del iluminismo positivista, reduciendo a priori lo heterogéneo a lo abstracto. El mundo como gigantesco juicio analítico pierde la dimensión de lo nuevo y del misterio.

Recordemos que la palabra riqueza en la antigüedad significaba lo que no tiene precio como la luz solar. Actualmente es sinónimo de dinero y producción material. La naturaleza devino en recursos naturales. Concepto ligado a la economía; la vida adquiere un valor monetario y se incorpora al mercado. La alienación total es supeditar absolutamente lo interno a la lógica del dominio, al dominio de la naturaleza y de otros seres, la adaptación absoluta al mercado, o al consumo.

Así, la vida se calcula, no se aprecia. Por ejemplo, en 1991 se filtró públicamente un memorándum del Banco Mundial en donde su economista en jefe de investigación apoyaba la exportación de residuos a países subdesarrollados.

El argumento detrás de esta decisión se sustentaba en que la esperanza de vida en estas naciones es menor que en las desarrolladas y las rentas percibidas son más bajas; así que, económicamente, es más acertado exportar contaminación ya que se cuantifica el precio de las vidas de los pobladores de países pobres en una décima parte de la vida de los de países ricos.

En un reporte del gobierno japonés defendiendo la caza de las ballenas se puede leer que los cetáceos consumen tal cantidad de recursos pesqueros que se han vuelto una plaga[1].

El uso de nombres de animales como epítetos peyorativos es un claro ejemplo del pensamiento de superioridad. Cerdo, zorra, cabeza de chorlito, cucaracha, insecto o la misma palabra animal pueden operar como insultos. Otra vez la tradición religiosa nos guiña en la base de estas nociones. En el Evangelio de Mateo, el autor compara a los cristianos no judíos (circuncidados) con cerdos y perros. San Cipriano, obispo del siglo III, los herejes son bestias con forma humana y dragones venenosos. Las compara con machos persiguiendo a muchas cabras o con garañones que relinchan al olfatear la yegua, y también  con cerdos gruñidores y verriondos: a sus creencias las tacha de balidos, aullidos bestiales y ladridos.

El santísimo doctor de la Iglesia Católica y traductor de la biblia, San Jerónimo decía que los herejes eran reses para el matadero del infierno.

En el Corán los que se han separado del camino recto, es decir, los infieles, son: “aquellos a quienes Alá ha maldecido, aquellos contra los cuales está irritado, a quienes ha transformado en monos y en cerdos”.

Históricamente, también se han aplicado insultos humanos ligados a características de un animal. Por ejemplo, el caló español del siglo XVI incorporó el vocablo marrajo— matarife perdonavidas y bravucón— como sinónimo de un tiburón grande. También el lenguaje de esta época se refiere a los tiburones como cobardes y estúpidos; y en el siglo XX como máquinas perfectas de matar.

También hay un lenguaje exagerado que opera en sentido contrario. Después de la publicación en 1976 de Liberación animal de Peter Singer, ciertas ideologías exploran la homologación de los individuos humanos con los individuos animales y surgen conceptos como especismo antropocéntrico. Incluso la noción filosófica de persona tiende a extenderse hacia perros, delfines y otros primates

Cierto lenguaje tiende a antropomorfizar a los animales. Eso conlleva a cambiar la percepción sobre ellos, que a veces tiene consecuencias fatales. Werner Herzog explora esta tesis en su documental Grizzly man sobre la muerte de Timothy Treadwell, hombre que pasaba meses junto a los osos en Alaska.

Treadwell comenzó a alienarse y en su lenguaje llamaba a los osos hermanos o hablaba sobre la necesidad que tienen los osos de nuestro amor. Quién sabe qué tanto este lenguaje reflejaba una perspectiva torcida, el caso es que Timothy murió devorado por un oso grizzli.

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Ahora, para los estudiantes de ciencias biológicas ¿qué lenguaje es el adecuado para referirnos a los fenómenos de la vida? ¿Cuáles son los argumentos detrás de nuestras decisiones?

Quedan ciertas cuestiones para el lector que desea filosofar:

¿Nuestras nociones sobre la vida son objetivas? ¿Es congruente el fenómeno de la vida con nuestras nociones de los seres vivos? ¿Podemos tener conceptos objetivos sobre un fenómeno en constante evolución como es la vida? ¿Inciden los vocablos en la percepción de los fenómenos vitales? ¿El lenguaje sobre los seres depende de los intereses y el entorno social e histórico o del conocimiento científico?

FOTO: Julia Gimmerlin

Considerando que el uso del lenguaje nos define y establece nuestras relaciones con el medio, no es banal pensar sobre el tema.

 

[1] Nótese el uso de los vocablos. Las ballenas no comen: consumen.  No comen animales o presas sino recursos pesqueros y en lugar de ser animales que hacen lo que hacen por sobrevivir se vuelven una plaga en perjuicio de los humanos.

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El lenguaje instrumental en las nociones sobre la vida y lo viviente (I)

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La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En el pensamiento de Nietzsche si no hay fundamentos últimos no existe un lenguaje privilegiado sino muchos lenguajes que reclaman sus propios derechos.

Si todo es lenguaje nada puede escapar al dominio de lo simbólico. Según el loco genial, no hay hechos sino interpretación de los hechos. El lenguaje crea el objeto, no lo expresa nada más. El sistema de poder (sea cual sea) señala qué hay que entender y cómo entenderlo, ya sean los medios de comunicación, los padres de familia, las autoridades religiosas o los profesores y académicos. El lenguaje se vuelve un instrumento de poder y los conceptos herramientas al servicio de ideas o ideologías imperantes.

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¿La palabra es la cosa o evoca la cosa? ¿La palabra Nilo cabe en el Nilo como escribe Borges en su poema? Este problema filosófico irresoluble que Platón trata en su Cratilo es básico para abordar las relaciones de la posible realidad con la concepción humana. La verdad deviene en una construcción social surgida en un momento histórico dado que se vuelve dominante. Esta verdad incide sobre las ideas de muchas personas que son pensadas bajo ella en lugar de pensar sobre ella.

Michel Foucault plantea que en toda sociedad, el discurso es seleccionado y redistribuido por procedimientos que tienen como función conjurar el peligro. ¿Peligro de qué? ¿De qué el discurso haga tambalear el poder de los que lo detentan? ¿Algo así sucede en el ámbito científico cuando se someten artículos o trabajos ante el escrutinio de un comité?

Respecto a la vida, las palabras y los conceptos han evolucionado hasta adquirir una configuración propia del momento histórico en que se utilizan.

El conocimiento no es un asunto desinteresado. Su uso reditúa y ayuda a establecer jerarquías. Es por eso que el predominio de ciertas palabras sobre otras en el discurso biológico tenga una base nada inocente. El uso de metáforas, eufemismos y conceptos condiciona la relación entre el pensamiento y la cosa.

Así por ejemplo, el uso de justificaciones en los informes científicos se condiciona a un interés político o económico. ¿Por qué se tiene que justificar una investigación? ¿No basta con la pretensión de conocer la naturaleza?

El concepto de vida ha cambiado con los siglos. La palabra no significa hoy lo que significaba hace mil años. Pero el significado que se le de puede determinar las relaciones de aquellos que la utilizan con sus fines específicos. Según Foucault, la vida no existía antes del siglo XIX pues la noción entre ser vivo y ser no vivo no operaba claramente. La misma palabra biología fue usada en sentido moderno por Lamarck en 1802, antes de él se hablaba de una filosofía natural o de “historia natural”.

En la actualidad se utilizan eufemismos para referirse a los seres vivos y sus relaciones con nosotros como si fuéramos seres aparte. Por ejemplo, no se masacran tiburones o atunes, se capturan. Tampoco se asesinan ratas en el laboratorio sino que se sacrifican. A veces no se habla de monos o ratas sino de agentes control.

La separación del humano (hombre) de los demás seres vivos es una noción de poder. Para Descartes, por ejemplo, el hombre tiene una sustancia pensante y otra extensa o física mientras que los animales y las plantas sólo tienen sustancia extensa y por lo tanto carecen de alma y de raciocinio.

Negarle el alma o la razón a lo no humano ayuda a justificar la crueldad y la matanza. Despojar al otro de lo que nos hace humanos, contribuye a minimizar la responsabilidad de nuestros actos y a engrandecernos como si fuésemos los dueños y señores del planeta. Por ejemplo, entre los pescadores y marineros aún pervive la idea de que los tiburones no sienten dolor. Algunos fanáticos a la tauromaquia tienen la misma idea respecto a los toros de lidia. La filosofía judeo-cristiana y en general, la mediterránea de la antigüedad. le niega el alma a los no humanos e incluso a las mujeres.

En el Génesis 1: 27-28 podemos leer:

«Creó, pues, Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo Creó; hombre y mujer los Creó. Dios los bendijo y les dijo: ´Sed fecundos y multiplicaos. Llenad la tierra; sojuzgadla y tened dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo y todos los animales que se desplazan sobre la tierra´» (Las cursivas son mías).

Esta noción es mucho más antigua que el Génesis, escrito en tiempos del rey Josías. En el texto egipcio La Enseñanza para Merikare, del 2 200 a.NE se ilustra la relación de la divinidad con el hombre:

«Bien cuidada está la humanidad, el ganado de dios.

Él hizo el cielo y la tierra para ellos

Él dominó al monstruo marino,

Él creó el aliento para que pudieran respirar.

Ellos son sus imágenes, que surgieron de su cuerpo,

Él brilla en el cielo para ellos;

Para ellos él hizo las plantas y el ganado, las aves

y los peces para alimentarlos.»

Este dios creador es Ptha o Atum, principios divinos. Los mitos subrayan el carácter antropocéntrico. La tierra está creada para que nosotros la explotemos, nos nutramos de ella, la sojuzguemos.

En el Corán podemos leer: “Entre los animales, unos están hechos para llevar fardos y otros para ser degollados.” El dualismo alma-cuerpo se justifica en pos de un idealismo que busca la inmortalidad y la Gracia Divina como destino del hombre, pensamiento que en el siglo XIX se trocaría en un dualismo Naturaleza-Cultura, en la que los animales seguirían siendo servidores del hombre sin posibilidad de trascendencia.

¿De dónde viene el eufemismo sacrificio que se usa para justificar la investigación invasiva sobre otros seres vivos? Los sacrificios han sido una constante en casi todas las religiones. Derramar sangre y ofrecer la vida de otros para alimentar a los dioses es una actividad persistente de los ritos mágicos. Pero cuando se han disuelto esos vínculos entre el más allá y nuestra realidad, queda sólo la violencia. Entonces se cosifica al otro para minimizar el acto.

 

Una de las pocas religiones que se apartó de esta práctica es el Jainismo. Según la tradición, el Jainismo se escindió del Hinduismo por estar en contra de los sacrificios de animales. Así, el ahimsa, o la no violencia se extiende hacia todos los seres vivos. Los jainistas no consideran que los seres seamos iguales pero sí que el alma es material y por lo tanto atómica. La materia está llena de almas y al ser material cambia de tamaño, así el alma de un mosquito es pequeña mientras que la de un rinoceronte es muy grande. Según Juan Miguel de Mora, el Jainismo hace depender la ecología de la metafísica. Lo viviente es Jiva y es sinónimo de alma. El jiva siente y actúa por lo que la abstención de matar a cualquier viviente es la máxima virtud jaina.

En otro plano, que Mircea Eliade denominó religión de grado cero, el chamanismo, crea su lenguaje, crea las palabras que pueden designar lo que carece de nombre. Según Sergio Espinosa es porque el lenguaje nace de la noche y es temporal y único. El delirio provoca un lenguaje sin idioma, primitivo o místico según se desee parecido a la improvisación musical. Este lenguaje tiene como objetivo la curación mediante la conciencia de que ni el cielo ni el infierno son para nosotros. En el trance el cuerpo y el lenguaje se funden, lo desconocido es la fuente del saber y lo que se vive no es comunicable en el sentido de los conceptos.

La ciencia, por otro lado, tiende a clasificar a la naturaleza nombrándola y encasillándola. ¿Cómo clasificar lo que cambia, lo que evoluciona? A diferencia del chamán que entiende que el hombre no está escindido de lo natural, el científico separa a los otros de sí.

 

Ciertas doctrinas metafísicas piensan que el hombre participa de la autoconciencia de sí mismo y de sus acciones, evaluando las consecuencias mientras que los animales tienen sólo una conciencia inmediata que le impiden los actos reflexivos. Según esta doctrina pensada por Heidegger el hombre es la conciencia libre de la vida, mientras que el animal tan sólo vive.

No todos los filósofos occidentales han defendido la separación del hombre y los otros seres vivos. Boerhaave y La Mettrie redujeron el alma a un sentido interno basado en el movimiento corpóreo. Ligar los animales al hombre en este sentido no era nuevo, ya lo habían pensado los discípulos de Aristóteles: Estratón y Dicearco.

Para La Mettrie los animales y los hombres son máquinas orgánicas y más que máquinas pues alcanzan un lenguaje. La Mettrie en pleno siglo XVIII plantea una teoría de  la evolución orgánica, pues el hombre es un mono que ha adquirido un lenguaje especial.

En el siglo XIX Luis Büchner escribió  La Vida Psíquica de las Bestias donde señaló la importancia que presenta el estudio del alma animal.

Alfred North Whitehead pensaba en el orden de la vida en términos de una organización poética, con relaciones orgánicas:

«Así, un electrón dentro de un cuerpo vivo es diferente de uno fuera de él, a causa del sistema total del cuerpo. El electrón corre ciegamente tanto dentro como fuera del cuerpo, pero corre dentro del cuerpo, y este proyecto incluye el estado mental. Sin embargo, el principio de modificación es perfectamente general en toda la naturaleza y no representa ninguna característica peculiar de los cuerpos vivos.»

Continuará…

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Ciencia y religiones: ¿son compatibles? (III)

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La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El Corán copia de la tradición talmúdica el mito de los ángeles rebeldes, en el que son los demonios que enseñan ciencia y magia a los hombres y por lo tanto son infieles. El islam permitió el cultivo de las matemáticas. El álgebra se desarrolló a su amparo, también la geometría, la astronomía y la óptica; pero como nos recuerda Michel Onfray, eso está al amparo de la religión pues estos lenguajes científicos eran para calcular mejor la dirección hacia La Meca con las estrellas o establecer calendarios religiosos.

Según Onfray ningún conocimiento científico ha surgido durante siglos en los países musulmanes. El físico paquistaní Abdul Mohammed recibió el Premio Nobel en 1979, pero su trabajo lo realizó con equipos de investigación en Italia e Inglaterra.

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Lo anterior no es rigurosamente cierto, parece que Onfray cae en el error del universalismo prejuicioso. Si usted revisa artículos científicos realizados en universidades o institutos de países islámicos como Irán,  se encontrará con una pléyade de estudios principalmente en química, microbiología y medicina.

Durante más de cuatro siglos a partir de Muhammad, los imperios islámicos rescataron conocimientos de la antigüedad clásica como tratados aristotélicos y cultivaron el pensamiento científico. En el siglo IX, Al-Haziz desarrolló una teoría de la evolución biológica en donde los seres cambiaban mediante un mecanismo parecido al de la selección natural.

Al-Hazen desarrolló el método científico moderno seis siglos antes que Galileo, e Ibn Al- Shatir ya había modelado el movimiento de los planetas en un cosmos heliocéntrico dos siglos antes que Copérnico.

¿Qué sucedió entonces? Al-Ghazali, el filósofo del islam más influyente en la historia del islam en el año 1100 se opuso a la idea de las posibles leyes naturales pues, de existir, estas leyes ataban la voluntad de Alá. A partir de ese momento esta religión se volvió más estrecha. El ulema de Córdoba ordenó quemar en el 1194 todos los textos médicos y científicos considerándolos blasfemia.

Las religiones teístas tradicionales no avanzan en un mundo que cada vez adquiere conocimientos más complejos. Es muy desalentador el observar cómo antiquísimos modelos de una zarza ardiendo, de un dios que hace llover fuego en una ciudad aislada en medio del desierto, un carpintero que multiplica pescados o un dios invisible que amenaza a camelleros, sigan vigentes en una época que tiene modelos cosmológicos con agujeros negros, teoría de supercuerdas, teoría de la epigenética ambiental, medicina molecular, nanotecnología y aceleradores de partículas.

Algunas religiones han tratado de adaptarse, como la Cienciología inventada por Hubbard que ya incorpora dioses alienígenas y bombas nucleares en su teología.

El que la realidad todavía —y quizá para nuestra inteligencia— sea incognoscible de manera esencial, no significa tampoco que las religiones sean el mejor método para acceder a esa sustancia. Si la física está lejos de saber qué es la materia o qué es exactamente la base material de la gravitación, esto no significa que la creencia en un dios semítico que separa la luz de la oscuridad sea la mejor respuesta. Si la biología no sabe aún cómo surgió la vida con exactitud, esto no significa que una divinidad sopló e insufló a la materia inerte como una creación especial. Si la psicología o la neurología no son capaces de resolver el problema de cómo la conciencia o el pensamiento emergen de un sustrato orgánico, eso tampoco significa que la teología sea una mejor respuesta.

La ciencia (o más bien los científicos) admite su ignorancia, la religión (o más bien ciertos fanáticos) jamás, se jacta de tener la verdad revelada. Esta última al tener un componente idealista realiza el proceso de antropomorfización; hace depender a la naturaleza de una Inteligencia Superior Divina con un propósito casi siempre ligado al hombre como creación especial.

El que ciertas religiones rechacen las teorías de la evolución biológica se debe a varias razones. Una es la materialidad de la teoría. El religioso no puede aceptar que la conducta de los seres vivos se deba a una conformación material: genética, fisiológica o bioquímica, que se va desarrollando con el tiempo y que el alma no esté separada del cuerpo. Dos: la ausencia de un Dios creador en la biogénesis. Tres: la noción de que el humano no es una creación especial sino uno más entre la diversidad de los tiempos geológicos. Cuatro: la idea de que la evolución es contingente va en contra de un Creador con un propósito.

En su fanatismo, el religioso rechaza las pruebas evolutivas como los fósiles, alegando el argumento de los fósiles intermedios. También es incrédulo respecto a las dataciones con isótopos de carbono y arguye la metáfora del diseñador inteligente. Sin embargo, no investiga o pone a prueba sus hipótesis. Descree de las rocas y los estratos geológicos pero acepta algo nunca experimentado como el espíritu, como cosa dada.

En la actualidad algunos teólogos hacen trampa, escogen algunos conocimientos científicos para supeditarlos a sus doctrinas particulares. Esta es la falacia de ligar hechos especiales a un principio general, o falacia non sequitur.

Por ejemplo, en la Internet usted puede entrar a una página titulada Ciencia e Islam en donde se relaciona la supuesta rotación de los electrones en siete órbitas con el deber de los musulmanes de girar siete veces alrededor de La Meca en su peregrinación. Semejante estulticia no toma en cuenta que su modelo atómico está ya pasado de moda sino que lo relaciona, mediante una hermenéutica espuria, con una tradición de hace siglos.

Escuché a un pastor cristiano en la radio que mezclaba naranjas con cebollas, o sea confundía la gimnasia con la magnesia escupiendo estupideces de esta calaña: que los humanos estábamos genéticamente corruptos desde la caída de Adán en el jardín del Edén. Otro ejemplo, según el Rabino Joseff Bitton en su ensayo Big-Bang y Judaísmo, la teoría de la Gran Explosión que es un modelo cosmológico, confirma el Génesis. Visión simplista y adecuada si no se ahonda en los principios de la física actual y su diferencia con un libro de la época del Rey Josías como mera propaganda religiosa que sincretiza mitos egipcios y sumerios.

La religión es compatible con la ciencia mientras esta última no desarrolle teorías y modele esquemas del mundo en contradicción con los dogmas religiosos. De lo contrario, el aparato de poder religioso prefiere el ataque y la condena antes que el pensamiento crítico. Ciertos modelos cosmológicos como el de Copérnico fueron condenados mientras que el del Big-Bang es aceptado por la Iglesia Católica pues no contradice la Creación ex – nihilo.

Y es que la religión ya no cambia sus dogmas tan fácilmente, debido quizá al temor de verse como lo que siempre ha sido, una institución defensora de supercherías para sostener un poder político y económico. Las religiones combaten a ciertas ideas y hombres que sostienen la mentira de las doctrinas religiosas bajo la supremacía de las teorías científicas.

Pero, voy a agitar el avispero. En un sentido estricto, las teorías científicas son mitos (mito es un ejemplo, narración, un conocimiento poético que se vuelve modelo de pensamiento). El científico puede volverse un sacerdote que, si cree que su modelo científico es verdadero, puede institucionalizar este mito y, por lo tanto, trocar a la ciencia en religión. ¿Acaso no es un instituto o un laboratorio una especie de templo sagrado? ¿Y las jerarquías académicas y los congresos no son sino conciliábulos de hierofantes y modelos olímpicos?  Las ciencias describen fenómenos, pero cuando intentan explicar el universo hay que pensar en la sustitución de Dios como principio por otras teorías absolutistas.

El modelo cosmológico del Big-Bang es tan mítico como La Creación por parte de dioses arcaicos (entiéndase esto como modelo matemático).

Lo único que puede salvar a la ciencia de convertirse en religión es el escepticismo: la lucidez de pensar que los conocimientos científicos pueden acercarse o no a una mejor comprensión de la realidad, pero en última instancia no pueden ser verdades reveladas ni mucho menos la metodología científica nos llevará a una Verdad Absoluta. Por lo tanto, el científico no debe dejar de filosofar —de dudar—, pienso que el científico debe ser hereje de su propia actividad pues de otra manera la ciencia y la religión no sólo serían compatibles, sino lo mismo.

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