Las migraciones son los ríos de la cultura

El librero

Ramón Cuéllar Márquez

La Paz, Baja California Sur (BCS).  Leer El blues del migrante del escritor Ramiro Padilla Atondo es un viaje no solo por su vida personal, de alguien que tuvo que emigrar a causa de las crisis económicas en las que nos zambulleron los políticos e intelectuales del neoliberalismo, sino la identidad de los paisanos que se ven en la necesidad de abandonar a sus familias y sus terruños. El migrante es la gota de agua en el río de las civilizaciones, sin ella es imposible que el agua circule, alimente y genere vida, aunque haya unos necios que se afanen en detener el río con diques porque piensan que las aguas de las culturas humanas tienen dueño. Entender esta fundamental premisa ayuda a ser solidarios con el migrante, en un mundo que está lejos de adherirse a dicha sentencia, en especial en los Estados Unidos de América, uno de los países que se ha forjado y beneficiado una historia a partir de la migración. Todos ahí son migrantes, excepto los pueblos originarios, que han sido relegados a reservaciones donde no molesten el porvenir ni el progreso de los blancos, o más bien del capitalismo, base sobre la que se construyó ese país y que diseñó una oligarquía con el propósito de expandirse económica y territorialmente.

Su libro es un largo recorrido por el pensamiento que se va forjando cuando uno se convierte en migrante en un país extraño, pero con el que tiene lazos históricos —no solo consanguíneos y nacionales— debido a la intervención del colonialismo estadounidense, cuando a México le fue arrebatado más de la mitad del territorio allá por mil ochocientos cuarenta y siete. Padilla Atondo no solo nos ofrece la voz de una experiencia sino las voces de miles que han tenido que desplazarse para superar las crisis económicas que gobiernos siniestros implementaron. Porque eso son, siniestros. La manera en que nos cuenta las razones por las que tiene que abandonar a su familia, su llegada, su búsqueda, lo que tiene que enfrentar, su adaptación y la toma de conciencia de lo que significaba vivir en una nación ajena, que sin embargo le ayudó a entenderse y comprender a los propios mexicanos que, como él, tuvieron que migrar por las mismas razones, nos muestra el dolor y el sufrimiento por el que tienen que pasar quienes van en pos de una vida nueva y de un porvenir.

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Dueño de una narración vigorosa, que nos envuelve en su historia de enfrentamientos y superaciones en una tierra que no es la propia y donde se ve forzado a padecer la marginación, el racismo y el clasismo estadounidense, ese que trata de negar en el discurso y muy presente en sus conductas cotidianas, Ramiro Padilla Atondo hilvana las palabras desde las venas de la vivencia, donde podemos hacer un acto de inmersión y palpar sus cadencias, sus ritmos y reflexiones poderosamente poéticas porque ha logrado el acto de la transmutación hacia un nuevo ser humano, uno que se identifica con quienes han tenido que verse a sí mismos como invisibles, como fantasmas, como ausentes luchando por hallar sus destinos, que no obstante sabe perfectamente que a pesar de todo sus raíces mexicanas son más fuertes que la estupidez de los políticos que hundieron a México.

Cada una de las anécdotas son universos que contienen la raíz de lo que sienten y piensan los migrantes, pero sobre todo lo que como mexicanos nos llevamos al estar por allá, de tal modo que el sistema estadounidense no termine por borrarle su rostro identitario, que no le robe su esencia ni que la sustancia sirva para lucrar con ella para justificar sus atrocidades alrededor del mundo. El migrante Padilla Atondo logra con este libro darnos en todo instante, en cada párrafo, las claves para desarrollar un puente con quienes de alguna manera dejaron atrás su mundo y se ven forzados a revolucionarse a sí mismos. No todos lo logran, porque algunos terminan por negar su origen, rechazarlo para que no los identifiquen con el otro, el menospreciado por los blancos sajones, quienes se han erigido en la norma de belleza, ideología y pensamiento del mundo. Hay recreaciones extraordinarias como la de Ernesto Guevara, El Che, y James Bond, el espía ficticio en la gran pantalla; me parece a mí que ese pasaje retrata muy bien las relaciones entre el tercer mundo y el primero, donde el tercer lleva la ventaja porque ha entendido en lo que han convertido la Patria Grande que es Latinoamérica, debido a que se tiene que entender desde lo profundo de nuestras sociedades lo que somos y de cómo la lucha social nos ha dado mayor comprensión de nuestras cosmogonías.

Todo migrante y todo mexicano debe leer este libro, lleno de pedagogía política sin que tenga ese propósito, sino el de contar las vivencias para conectarnos con el migrante y de cómo las revoluciones de conciencias son las nuevas formas de transformación de las sociedades.

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AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.




Aloha Vaquero: Un Encuentro Cultural entre Ranchos de México y Hawái

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Este sábado 13 de enero del 2024, los amantes de la cultura y la historia tuvieron el placer de sumergirse en el fascinante mundo de Aloha Vaquero, una exposición que revela la sorprendente conexión entre los rancheros mexicanos y la arraigada cultura vaquera que ha perdurado en las hermosas islas de Hawái durante casi dos siglos. La invitación, cortesía de nuestro buen amigo Miguel Ángel de la Cueva, nos permitió descubrir un capítulo poco conocido pero crucial en la historia de estas tierras paradisíacas.

La inauguración de la exposición tuvo lugar en un entorno acogedor, con el personal del museo desplegando calidez y profesionalismo desde nuestra llegada. Cada detalle en la organización fue cuidadosamente atendido, garantizando una experiencia inolvidable para todos los presentes.

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La ceremonia de apertura, puntualmente a las 13:00 hrs., nos brindó una visión integral del propósito de Aloha Vaquero. Se destacó la importancia de los rancheros mexicanos de la Alta California como pioneros fundamentales en la configuración de la tradición vaquera que aún perdura en Hawái. El resumen histórico ofrecido nos sumergió en un viaje a través del tiempo, revelando la conexión cultural única entre dos mundos aparentemente distantes.

La Sala de Exposiciones Temporales del Museo del vaquero de las Californias en el poblado de El Triunfo, B.C.S., fue el marco de nuestro viaje visual y educativo. Allí, nos encontramos con el renombrado artista visual y fotógrafo naturalista, Miguel Ángel de la Cueva. Sus cautivadoras fotografías, tomadas en los ranchos de nuestra querida Sudcalifornia, sirvieron como puentes visuales entre dos culturas aparentemente divergentes. La similitud sorprendente entre la vestimenta y las herramientas de trabajo de los rancheros mexicanos y los vaqueros hawaianos se hizo evidente, creando una narrativa visual que ilustra la fusión de estos dos mundos aparentemente dispares.

La tarde transcurrió con una generosa oferta de alimentos y bebidas para los asistentes, creando un ambiente de camaradería y celebración. Un espectáculo artístico envolvente, con bailes alusivos y canciones típicas de Hawái, agregó un toque festivo a la experiencia, consolidando la conexión cultural entre estas dos regiones.

La exposición Aloha Vaquero no es solo un evento cultural; es un puente que une dos tierras distantes a través de una tradición compartida. Invitamos a toda la ciudadanía a sumergirse en esta reveladora exposición, que estará abierta al público a partir del lunes 15 de enero. Descubran la riqueza de la historia vaquera, la conexión entre ranchos mexicanos y la isla de Hawái, y la continuidad de esta fascinante tradición que ha resistido la prueba del tiempo. No se pierdan la oportunidad de explorar «Aloha Vaquero» y descubrir la inesperada hermandad entre estas dos culturas aparentemente dispares.

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Aquaman y el Reino Perdido: en el mar no toda la mierda flota

Colaboración especial

Alejandro Aguirre Riveros

La Paz, Baja California Sur (BCS). En el mar toda la mierda flota pero ni siquiera eso logra Aquaman y el Reino Perdido: la segunda entrega del superhéroe acuático es un pedazo de cerote que se hunde más rápido que el ancla de un crucero. Dirigida por James Wan, mejor conocido por las sagas de Saw y El Conjuro, esta vez pasa de ser el maestro del terror a ser el terror de taquilla. Con un presupuesto de 215 millones de dólares estamos ante una de las películas más caras de la historia de la humanidad y aún así, ¿no pudieron comprar un guion decente? Porque claro: ¿quién necesita un guión cuando tienes efectos especiales?

Martin Scorsese ya nos lo había advertido al expresar su postura ante las películas de superhéroes: “eso no es cine. Son como un parque temático”. Una frase que recalca la manera en que los grandes estudios gringos detrás de estos bodrios tratan a su público: como adultos infantilizados capaces de consumir cualquier cosa que se les pongan enfrente. ¿Trama? ¿Sentimientos? ¿Para qué? Tenemos explosiones y capas. O en este caso mallas verdes y tridentes.

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Dejémoslo claro: Aquaman es más un meme que un superhéroe. El gran contrasentido es su postura especista y utilitaria hacia la misma vida marina que pretende defender. No obstante, la revisión que hace Wan del mismo no parece abarcar el más mínimo atisbo de autocrítica. Al contrario, expande la narrativa tóxica tan característica en las grandes sagas norteamericanas: Aquaman es otro hombre blanco salvador, pero esta vez, de peces. Porque, obviamente, los delfines y los tiburones necesitaban un líder humano… blanco y hermoso. Y carismático. Tan hermoso y carismático como puede ser Jason Momoa (eso no lo vamos a negar). Pero ni siquiera esto logra sacar a flote este titánico fracaso.

Aquaman y el Reino Perdido, al igual que la mayoría de las películas de superhéroes, con algunas excepciones (te estamos viendo a ti Logan), recurre a un lenguaje audiovisual superficial y cacofónico. No obstante, en esta ocasión se torna aún más cringeoso al ser básicamente Thor pero con un título diferente: un heredero (Aquaman/Thor) de un reino mágico oculto (Atlantis/Asgard) enfrentando un peligro inminente (Black Manta/Destroyer) con la ayuda de un hermano conflictivo (Orm/Loki). Mientras tanto, el interés amoroso (Mera/Jane Foster) oscila entre una figura pasiva y una mujer empoderada.

En pocas palabras, la trama de esta cinta está basada en la función Ctrl+C y Ctrl+V. El resultado son dos horas de diálogos intentan ser humorísticos pero provocan más bostezos que risas. Aunque quizás lo peor son los efectos especiales cuya estética se asemeja a un videojuego de los años noventa. Las escenas de acción son tan cutres que más de un espectador desprevenido podría dudar si la calidad en declive de la experiencia Cinépolis ahora incluye copias piratas.

Lo más lamentable es ver actores de renombre esforzándose por formar parte de estas lamentables producciones en un intento desesperado por ser chidos y estas en la “onda” de los superhéroes. En la última película de DC, Blue Beetle, vimos a Susan Sarandon y Damián Alcazar haciendo el ridículo. Y ahora, es Nicole Kidman quien se encuentra en esa situación, sin una verdadera necesidad más allá del generoso cheque que probablemente recibió por su papel robado de La Sirenita.

 

Aquaman y el Reino Perdido es un gran letrero de bienvenida al nuevo Hollywood post SAG-AFTRA donde actuar es solo un filtro de Instagram. Si es que se puede llamar actuación a una serie de personajes y tramas que parecen escritos por una desalmada inteligencia artificial.

La película a pesar de su presupuesto da la impresión de que no se realizó con un auténtico interés creativo. Su existencia parece estar motivada únicamente por consideraciones comerciales, careciendo de una verdadera visión artística. La segunda entrega de Aquaman ejemplifica a la perfección como el cine de superhéroes se ha vuelto repetitivo y carente de originalidad. Aunque quizás, en un esfuerzo por ver el vaso medio lleno, podríamos decir que la cinta funciona como un acertado test para diagnosticar individuos con tendencias esquizoides: si alguien te dice que le gustó Aquamany el Reino Perdido, ¡alerta roja!, estás ante una víctima de lobotomía cultural. Consejo: mantén distancia, puede ser contagioso.

@Alex_Escribe

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El Triunfo de la Cruz: La Epopeya Marítima del Padre Juan de Ugarte en Baja California

 

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En la vastedad inhóspita de la península de California, el Padre Juan de Ugarte, misionero incansable, llevó a cabo una gesta que desafió los límites de lo posible: la construcción de la Balandra El Triunfo de la Cruz. Este relato de valentía y fe se entrelaza con la perseverancia del Padre Ugarte, quien, tras atravesar toda California, se enfrentó a un nuevo desafío: la pérdida del barco que transportaba los vitales suministros para las misiones.

En medio de la urgencia y la necesidad en el Presidio, entre indígenas y misioneros, el Padre Ugarte se propuso la tarea aparentemente imposible de construir un nuevo barco en una tierra donde cada clavo y tabla eran tesoros escasos. Aunque la gente dudaba de la viabilidad de la empresa, el Padre Ugarte, conocido como el hombre que conseguía lo que intentaba, aceptó el desafío con la firme convicción de que nada era imposible para él con la ayuda divina.

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La historia cuenta que incluso un hombre se ofreció a ser quemado con las astillas del barco que Ugarte construiría, tan grande parecía la locura de la empresa. La falta de herramientas, materiales y hasta un maestro carpintero no disuadió al Padre Ugarte. Su fe animosa y su deseo ferviente de difundir la fe y la religión católica en la región lo impulsaron a emprender esta tarea monumental.

Lo más destacado de este episodio fue la construcción de la embarcación en una tierra desprovista de recursos marítimos, donde cada paso parecía un desafío insuperable. El Padre Ugarte, mostrando una humildad ejemplar, se unció a un indígena para tirar del arado, imitando así a San Francisco de Borja. Sin madera, hierro, instrumentos o artesanos, el Padre Ugarte, a la manera de los héroes jesuitas, se convirtió en maestro, carpintero, herrero y todo lo que la construcción del barco requería.

A pesar de los innumerables obstáculos, el Padre Ugarte, apoyado en su fe inquebrantable, logró lo que parecía imposible. Con una determinación admirable, juntó hierro, madera y bestias de carga, abriéndose camino por cerros inaccesibles.

Manejando el hacha y cortando árboles, conocidos en la actualidad como guéribos, de las intrincadas hondonadas de la sierra de Guadalupe, Ugarte llevó a cabo una hazaña que dejó perplejos a aquellos que observaban la aparentemente imposible tarea.

El esfuerzo extraordinario del Padre Ugarte no se limitó a la construcción del barco.

Con un costo personal de tres mil pesos, equivalentes a su trabajo en la misión, asumió deudas para completar la obra. Incluso compartió el último rastro de chocolate con los aprendices, evidenciando la magnitud de sus sacrificios.

Esta nave, bautizada como El Triunfo de la Cruz y botada para hacer su travesía inaugural el 14 de noviembre de 1719, se convirtió en un testimonio de la capacidad del Padre Ugarte para superar adversidades. La embarcación, que desafiaba las predicciones más pesimistas, se convirtió en un símbolo duradero de triunfo sobre las tormentas, navegando exitosamente durante doce años y realizando sesenta viajes en medio de tempestades y peligros marítimos.

La construcción de El Triunfo de la Cruz no solo fue un logro técnico y marítimo, sino un reflejo del espíritu intrépido y la fe inquebrantable del Padre Juan de Ugarte. Su legado, plasmado en la madera de esa balandra, sigue siendo una inspiración en la historia marítima de Baja California, recordándonos que, con fe y determinación, los imposibles pueden convertirse en triunfos duraderos.

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Ecos de Crisis y Confinamiento: Dejar el Mundo Atrás

FOYOS: Internet

 

Colaboración especial

Alejandro Aguirre Riveros

La Paz, Baja California Sur (BCS).  Sam Esmail, hijo de emigrantes egipcios en Estados Unidos, se ha consolidado como una figura prominente en la industria del entretenimiento con su obra más conocida, la icónica serie Mr. Robot, protagonizada por Rami Malek. Este diciembre, Esmail nos ofrece su más reciente producción cinematográfica, una de las grandes apuestas de Netflix para las vacaciones decembrinas: Dejar el mundo atrás. Este film cuenta con un elenco estelar integrado por Julia Roberts, Ethan Hawke, Mahershala Ali, Myha’la Herrold y Kevin Bacon.

La película adapta la novela homónima del autor estadounidense de origen bangladesí Rumaan Alam, quien utiliza su pluma para explorar de manera intimista un tema recurrente en la narrativa norteamericana: el fin del mundo. La trama se centra en Amanda Sandford, interpretada por Julia Roberts, quien, en un impulso, decide llevar a su familia a una casa de Airbnb en Long Island, a las afueras de Nueva York, para pasar el fin de semana y distraerse de su convulsa vida cotidiana. Después de un misterioso incidente en la playa con un buque petrolero, la familia descubre que se han quedado sin señal de celular e internet. La tensión escala cuando los verdaderos dueños de la casa, un distinguido hombre afroamericano y su hija veinteañera, buscan refugio tras un apagón en la ciudad, añadiendo una potente tensión racial a la trama.

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La novela ganó popularidad no solo por su habilidad para contar una historia apocalíptica desde un ángulo periférico, sino también porque fue escrita justo antes de la pandemia de Covid-19 y publicada durante sus primeros meses, otorgándole un carácter casi profético al reflejar de manera impactante el aislamiento y la incertidumbre que acompañó al largo confinamiento.

La película, al igual que el libro, destaca por evitar los clichés habituales del género apocalíptico, enfocándose en la experiencia cotidiana de sus protagonistas quienes no saben qué sentido dar a lo que ocurre a su alrededor. El resultado es un thriller psicológico que resuena profundamente con las experiencias vividas durante la pandemia, tocando fibras emocionales muy sensibles.

Sam Esmail imprime en la película una dimensión visual extraordinaria, donde la casa y su entorno natural se convierten en elementos narrativos esenciales. Los planos secuencia y las escenas con animales como ciervos y flamencos añaden profundidad a la narrativa, intensificando la sensación de encierro y desconcierto.

El reparto actoral brilla por su talento y capacidad para encarnar personajes convincentes: Julia Roberts como una madre gruñona, Ethan Hawke como un padre despreocupado, Mahershala Ali en el papel de un exitoso hombre de negocios, y Kevin Bacon como un paranoico supervivencialista. Los actores jóvenes también destacan, con Myha’la Herrold como la veinteañera cínica, Farrah Mackenzie como la hija pequeña ignorada y Charlie Evans como el adolescente calenturiento.

Un aspecto distintivo de la película es la participación de Barack Obama, a través de Higher Ground Productions, la compañía productora de la película que él y Michelle Obama fundaron en 2018 y que tiene un acuerdo con Netflix para producir contenido original para la plataforma. Obama aportó notas al guión desde su experiencia como ex-presidente dando un mayor realismo a la cinta. El resultado es una película cuyo clímax resulta imposible de leer entre líneas como una potencial radiografía de la situación geopolítica actual de Estados Unidos.

Aunque «Dejar el mundo atrás» no es una obra maestra, destaca en el catálogo de Netflix por su originalidad, siendo una excelente opción para matar el tiempo durante las vacaciones decembrinas. Sin embargo, su enfoque poco convencional también se suma a una larga lista de tramas apocalípticas que, con un aire de auto-compasión y victimización, resuenan particularmente con el público estadounidense, revelando la ironía de una nación que proyecta en la pantalla las consecuencias de sus propias acciones en otros países.

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