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FRENA, la pasarela de la mezquindad

14-Sep-2020

OPINIÓN Por Pablo Chiw

FOTO: Tribuna de Los Cabos

Colaboración Especial

Por Pablo Chiw

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Regis Debray advierte sobre el auge del fundamentalismo como una consecuencia defensiva ante la pérdida del sentido de pertenencia; las palabras de Debray se ciernen sobre México, cuando atestiguamos el levantamiento del Frente Nacional Anti AMLO (FRENA), un movimiento de corte fascista caracterizado por un discurso racista, misógino y clasista.

El Frente Nacional se articula como respuesta defensiva por parte de un sector poblacionalmente minoritario, pero con recursos políticos y económicos superiores al ciudadano promedio, el cual reacciona frente a la pérdida de un sentido de pertenencia. La pregunta es obligada, ¿pertenecían a qué?

FOTO: El Sudcaliforniano

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La respuesta no se responde en términos de jerarquía económica, al final de cuentas, los ricos siguen siendo los ricos. Víctor Frankl diría que se trata de valores (irónicamente de interpretación prosocial), los cuales dan coherencia, propósito y finalidad a nuestra existencia, al perderlos se produce un estado general de desesperanza, desamparo.

Pero ¿qué valores se perdieron con la llegada de MORENA al poder?

Me parece necesario contextualizar, los valores se entienden como virtudes o cualidades de gran importancia para un grupo social determinado; ahora, tal entendimiento no es universal sino particular, por ejemplo, las corridas de toros son un tesoro social para algunas personas y una aberración para otras.

Recobro el hilo, había una alucinación colectiva muy valorada entre las élites nacionales: la del México pintado de Europa, tanto para las familias de alcurnia como para la ciudadanía transburguesa*, la continuidad del proyecto neoliberal obedecía fielmente a las premisas del colonialismo interno: un gobierno rubio, constituido por hombres educados en el extranjero, expuestos a una experiencia política internacional invaluable y fielmente acompañados por los intereses corporativos trasnacionales, una metaidentidad que se antojaba inmutable por su imperceptible transformación.

Para ellas y ellos, existía un México que navegaba por los canales de Venecia, con un Lord Peña inmortalizado en el Times Magazine como “el gran salvador de México”; la continuidad del delirio anunciaba la llegada de un Steve Jobs mexicano a la presidencia, el joven maravilla del inglés perfecto, diestro en el uso de las tecnologías y las triangulaciones aritméticas: Mr. Richard Anaya.

Pero conocemos esa historia y su final. Así, el valor que se pierde el dos de julio es el de la blanquitud como clase gobernante, un sistema de castas estratificado a partir de las directrices de la pigmentocracia, certidumbre financiera vitalicia como su derecho universal irrevocable, amparado bajo el contrato del compadrazgo y el capitalismo de cuates, endorsado por poderes extranjeros que daban fe de una democracia inexistente, a cambio de cuotas, préstamos y contratos infames.

Las élites tienen razón, México era suyo e hicieron con él lo que quisieron, lo confirma la CFE y sus ductos inoperantes por los cuales debemos pagar 21 mil millones de dólares, el Narcoestado de Felipe Calderón con todo y su suavicrema, el escándalo de Altos Hornos de México, los negocios con Obredecht.

México fue una tarjeta de crédito sacada a nuestro nombre, mientras nosotros acumulábamos deuda, ellos gozaban el placer de crearla.

La cruda realidad

Después de una inolvidable borrachera transgeneracional, los juniors del poder amanecieron empiernados con una vergonzosa resaca existencial, despertaron en un país gobernado por indios prietos quienes les extendían la factura de sus excesos: 155,000 millones de pesos en impuestos adeudados, órdenes de aprensión, cuentas congeladas, contratos suspendidos, apellidos en desgracia.

Sigmund Freud podría fácilmente predecir el comportamiento consecuente de quienes son incapaces de aceptar la angustia o ansiedad que significa la pérdida de control sobre la realidad para el yo consciente: negación, proyección, escisión.

Un aspecto fundamental para entender el comportamiento del fascismo mexicano es la negación; curiosamente, en su narrativa, dejan fuera el hecho de que fueron más de 30 millones de personas quienes exigieron la salida del PRIAN en las urnas. Pero asimilar que son millones de seres humanos que buscan una realidad distinta a la anterior, les resulta insoportable. Por lo tanto, la opción es invisibilizarles y condensar al enemigo en una sola persona: el presidente.

El México que se hunde en las profundas aguas del Maracaibo es en realidad la proyección de un grupúsculo que conocía perfectamente las paupérrimas condiciones económicas en las que se encontraba la nación, condición construida a fuerza de privatizaciones, triangulaciones y préstamos internacionales.

Para alcanzar una consciencia más certera sobre sí misma, la humanidad debe ser capaz de reconocer las consecuencias de sus actos, de hacerlo, las élites se darían cuenta de la bancarrota moral en la que habitan. Aceptar el daño causado es un paso imprescindible para la construcción de la paz, pero tal posibilidad requiere ciertas capacidades intrapsíquicas por ahora inexistentes en las derechas nacionales: vergüenza, por ejemplo.

Al no haber quórum para la madurez comportamental, sus opciones de acción se remiten a lo primitivo y disfuncional: separarse de la insoportable realidad creada con los actos propios y construir una realidad alterna, en el caso mexicano, una alucinación dentro de otra alucinación: el México que transmuta, “fuimos Luxemburgo, ahora Venezuela”.

Sin antipsicóticos, las alucinaciones se vuelven indiferenciables de la realidad, hoy los tambores de guerra azuzan sus pulsiones, de pronto la patria les llama al oído, allá van, montados en sus Rocinantes de lujo, cabalgando a toda prisa, con el heroísmo empuñado en su lanza mediática, desbocados para derrumbar al dictador que habita en los molinos de viento.

A estas alturas, no sabemos si se trata de esquizofrenia social o de simple psicopatía de clase, lo indiscutible son las desgarradoras grietas, fronteras y barrancos que existen entre nosotros y ellos. El dos de julio no cambiaron las cosas, se volvieron radicalmente honestas, hoy se devela la obra magna de quienes tuvieron el cincel del poder: desigualdades abismales, injusticias seriales, violencia enraizada al subgénero gore, corrupción conspicua y entreguismo desenfrenado.

*Transburgués: Persona burguesa, que siente y piensa como burgués, pero que nació en la precariedad, creció en la precariedad y actualmente vive en la precariedad.

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