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Después de Zapata, no somos machos pero somos muchos

27-Dic-2019

OPINIÓN Por Roberto E. Galindo Domínguez

FOTOS: Internet.

La Última Trinchera

Por Roberto E. Galindo Domínguez

 

Ciudad de México (CdMx). Pintar a Zapata desnudo y con un cuerpo a medias entre lo masculino y lo femenino, imitando por igual a un travesti que a una mujer, usando tacones con punta de pistola, con un sombrero rosa y cabalgando en una posición sensual y tan lasciva que sugiere que el jinete sin género se masturba —todo lo anterior de acuerdo al autor es mostrar su lado femenino—, no atenta contra el héroe nacional, pues lo que representa la pintura es la interpretación de una persona; ahora se dice que sobre un personaje histórico, a mi me parece que es la proyección del autor.

La construcción de la identidad nacional sobre figuras históricas ha sido usada por la derecha y la izquierda; no dudo que Andrés Manuel López Obrador, quien cimenta su proceder y su discurso en la constante mención de los héroes que nos dieron patria, haya hecho un esfuerzo inmenso en conciliar con los ofendidos descendientes del revolucionario y en respetar la interpretación feminizada del Caudillo del Sur manufacturada por Fabián Cháirez; aunque permitir montar una placa de protesta por parte de la familia Zapata junto al dibujo coloreado no es lo más acertado, pues la figura del General zapatista es pública y todos tienen derecho a interpretarla como sea; y aunque a muchos no nos agrade ver a Emiliano Zapata feminizado, eso no debe impedir ver que es una expresión válida del ilustrador, por que de pintor Cháirez tiene lo que Zapata de Drag queen.

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Si Emiliano Zapata, siendo más hombre que cualquiera, tuvo una relación homosexual como se registra en el diario de Amanda Díaz, hija de Porfirio Díaz, quien menciona una relación entre el que sería asesinado en Chinameca y su esposo Ignacio de la Torre y Mier, ya no es algo que nos toque a nosotros juzgar; Zapata está muerto y no nos podrá decir si el dibujo de calendario le agrada, si él así hubiera querido cabalgar la pradera revolucionaria. Además, no es la primera vez que se hace mención a la diversidad sexual de Zapata; en la novela homónima de Pedro Ángel Palou se refiere la relación del revolucionario con de la Torre y Mier, aunque el escritor ficcionaliza a un caballerango activo y a un terrateniente pasivo.

Lo anterior me recuerda la película El lugar sin límites, basada en la novela homónima de José Donoso, en la que Gonzalo Vega representa a Pancho, el macho homosexual y Roberto Cobo a La Manuela, un homosexual travesti y muy femenino; esa, la de La Manuela, es la figura que el crayolista de marras representó, sólo que le quitó el vestido. El dibujo coloreado no atenta contra Emiliano Zapata, ni expone como han sugerido varias mujeres, entre ellas Ana Clavel, la fragilidad masculina; al contrario, ha expuesto la fragilidad de los feminismos más recalcitrantes que han salido a alabar el cuadro pero no han visto que atenta contra la mujer y los homosexuales, pues mediante la figura del que se dice es el prócer revolucionario, Cháirez los sienta —literal— sobre un macho de verga larga, éste sí macho total y, como el lindo corcel está inmensamente excitado y no hay otro motivo que el sujeto que lo monta y este representa lo femenino, pues no es difícil concluir que la figura femenina u homosexual es la que causa el erguido falo del animal, luego entonces se sugiere una relación zoofílica, pero que no es la de lo masculino sino la de lo femenino.

No es un macho lo que se representa, es la mujer y la femineidad, sólo que el autor se valió de manera oportunista del nombre de un héroe nacional para obtener reconocimiento, eso en su discurso, pues el rostro en la pintura se parece más al de Cháirez que al de Zapata.

Antes de ser parte de la exposición Zapata después de Zapata el coloreado sólo se llamaba La Revolución y puede representar la revolución sexual del pintorcito —pero nada más—, sí, así chiquito, como la valía estética de su pintura: desproporcionada en las figuras, el caballito parece el de una lotería o el de un carrusel pero más falso, volando en el aire, que aunque de trazo de brocha gorda, se pierde por lo simple, igual que el cuerpo plano y andrógino del jinete, todo sobre un fondo llano. En todo caso la ilustración reduce a la mujer y a lo femenino a un cliché de calendario de carnicería o de taller de mecánica, en donde ella o los atributos femeninos son usados para vender, sólo que en el caso de la obra —cualquier elaboración manual puede serlo, lo que no implica que tenga calidad— primero está el disfrute del animal y después la mirada del público.

Que el bosquejo revolucionario forme parte de la exposición Zapata después de Zapata en el Palacio de Bellas Artes, al lado de obras de verdaderos artistas como Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Jorge González Camarena, Alberto Gironella y Arnold Belkin, entre otros, es la verdadera ofensa y sólo se explica desde la perspectiva de una estrategia mercadológica. Con esta trastada el director del Museo de Bellas Artes, Miguel Fernández Félix, y la secretaria de Cultura, Alejandra Frausto, ya llevan dos; la otra fue conceder el recito al pederasta y líder religioso Naasón Joaquín de la iglesia La Luz del Mundo.

Aunque debe reconocerse que el dibujo ha causado controversia y que le ha dado sus 15 minutos de fama al autor, logrando dividir al público entre los que defienden la obra y los que nos parece un bodrio; los hombres que la criticamos más allá de la virilidad de Zapata no somos machos pero somos muchos. Mientras la leyenda y el legado del héroe cabalgan en la historia veremos si Cháirez da el ancho como pintor después de su dibujito.

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