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De radicales y tibios. La cultura de la cancelación

26-Ago-2020

OPINIÓN Por Elisa Morales Viscaya

FOTO: Internet

Hilo de media

Por Elisa Morales Viscaya

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En recientes días circuló por las redes sociales una campaña para exigirle a Netflix que sacara de su catálogo la película Cuties o Guapis –traducción del francés Mignonnes—  por promover la pedofilia, ya que mostraba en su cartel promocional una imagen hipersexualizada de niñas de once años, haciendo tendencia el hashtag #NetflixPedofilia. Incluso se lanzó una petición en Change.Org para que la plataforma retirara la película de su catálogo. Y por si fuera poco, acosaron virtualmente a la directora de la cinta al grado de llevarla a cerrar sus redes sociales.

 Todo esto, sin haber sido estrenada en la plataforma y, por tanto, sin que los miles de denunciantes hubiesen visto la película. Lo cierto es que el filme, antes de llegar a Netflix, participó en la Berlinale y en Sundance, la meca del cine independiente en EU y en donde se llevó el galardón a la mejor dirección de una cinta dramática internacional, la cual, por cierto, va precisamente de una crítica al conservadurismo islam y a la cultura occidental donde se sexualiza a las niñas.

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Esta es unas de las más recientes muestras de la “cultura de la cancelación” que en los últimos meses abundan en las redes sociales: Twittivistas que, en un par de segundos, con poca o nula investigación de fondo sobre un tema, declaración, obra o autor, atacan públicamente o hacen peticiones globales para boicotear labores profesionales, plataformas, empleadores, y más. Le sucedió también recientemente a la escritora británica J.K. Rowling, autora de la exitosa saga de Harry Potter, por declaraciones consideradas transfóbicas, quien, junto a otros 150 conocidos intelectuales, entre los que se encontraban Margaret Atwood, Noam Chomsky o Salman Rhusdie suscribieron una carta donde, en términos generales, pusieron de manifiesto su rechazo a este fenómeno y alertaban de una “restricción del debate”.

“La manera de derrotar malas ideas es la exposición, el argumento y la persuasión, no tratar de silenciarlas o desear expulsarlas. Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para la experimentación, la asunción de riesgos e incluso los errores. Debemos preservar la posibilidad de discrepar de buena fe sin consecuencias profesionales funestas”, dice un fragmento de esta carta.

Según Wikipedia, la cultura de la cancelación “es el fenómeno extendido de retirar el apoyo moral, financiero, digital y social a personas o entidades mediáticas consideradas inaceptables, generalmente como consecuencia de determinados comentarios o acciones, o por transgredir ciertas expectativas”. Que en muchos casos genera “una llamada a boicotear a alguien —usualmente una celebridad— que ha compartido una opinión cuestionable o impopular en los medios sociales”.

En contrapartida, se argumenta a favor y en defensa de la cultura de la cancelación que es correcto que las personas afronten las consecuencias de sus actos, y que este boicot cibernético es una herramienta de masas necesaria para hacer justicia social o colectiva contra aquellos que son inaceptables donde el término inaceptable abarca desde quien retwittea un chiste que pueda resultar ofensivo, hasta quien es señalado de cometer algún presunto acto delictivo. En palabras del poeta Camonghne Felix: “La cancelación no es personal. Es una forma de que las comunidades marginadas afirmen públicamente sus sistemas de valores a través de la cultura pop”.

Hay mucho de cierto en esto: de la mano de la libertad que siente alguna persona de expresar tal o cual postura, verbalmente o en sus redes o por medio de su obra y contenidos, viene la libertad de los demás de no consumirlo o dejar de hacerlo; pero, hacer un llamamiento para acabar con carreras profesionales y reputaciones, basado en que tiene una postura distinta a mis códigos morales/éticos se parece mucho a la censura. Y el problema se agrava cuando no nos ocupamos de revisar los fundamentos de una acusación.

Es formidable que las víctimas de males sociales como el acoso, racismo, sexismo y discriminación ya no sientan temor de denunciar a sus agresores, que los colectivos virtuales acojan a una víctima y le den el apoyo que hace falta para tomar valor y realizar las denuncias correspondientes. Pero en las redes sociales abundan las Fake News, y es peligroso cuando se reacciona de manera automática bajo un estado emocional colectivo al llamado al linchamiento cibernético, sin hacer un análisis del fondo del asunto y las fuentes fidedignas de información.

Censura vs libertad de expresión

El fondo de la cancelación es castigar a sus objetivos y, de paso, con su poder de intimidación, busca acallar las voces controversiales. Proteger la libertad de expresión no es una cuestión banal, y en México, un país al que la organización Reporteros Sin Fronteras sitúa en el sitio 144 de 180 países en la Clasificación Mundial de la Libertad de Prensa 2019, la censura no debería considerarse una cuestión menor. Ríos de sangre han corrido en nombre de la censura.

Siempre y cuando estemos dentro del marco de lo legal y no se hagan apologías de conductas delictivas como la pedofilia, el homicidio, el segregacionismo, etcétera, obedecer al canon de lo políticamente correcto y exigir que todos expresen la misma postura sobre cualquier tema, bajo la amenaza de una cancelación de quien no lo haga e incluso del medio donde esta expresión se transmita, es una postura con un trasfondo de radical antidemocracia.

No estamos para eso.

La censura limita el debate, impide el intercambio de ideas y estrangula el análisis crítico. ¿Cómo erradicar los males sociales si no podemos debatir contra sus postulados? ¿Se genera una conciencia social sobre un tema al imponerlo, al impedir que sus opositores se expresen? ¿Queremos un cambio social de fondo, de conciencia, o nos conformamos con que no se diga en voz alto aquello que no queremos oír?

La tolerancia no es tibieza. La radicalización no es pureza.

“Podré no estar de acuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo” Voltaire

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