Luis Fernando o la fragilidad de la vida

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FOTOS: Modesto Peralta Delgado.

El librero

Por Ramón Cuéllar Márquez

Para Modesto Peralta Delgado.

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Pienso en el dolor de Modesto o en el de sus padres. Luis Fernando Azcárraga se ha ido de este plano terrenal en el que habitamos los vivos, o que decimos estar viviendo. Me ha impactado la noticia, como todas esas que nos llegan como balde de agua fría, como si de pronto la vida se hubiera eclipsado por un segundo para decirnos que un alma buena nos ha abandonado. A donde fuere, seguro iluminará, como a nosotros, ese Más Allá tan especulado desde el territorio de la imaginación, pero que sin duda tiene sus cimientes en nuestras esperanzas y vivencias: de algún modo seguimos viviendo en la muerte aunque jamás podamos probarlo. Pero Luis Fernando sí podrá. Él allá podrá seguir con su tea radiante, ayudando a que nazcan, con su luz, nuevas estrellas. Tanta vida, tanto amor, tanta energía, tantas sonrisas, tantos afectos no pueden quedarse en este horizonte donde debatimos el futuro del instante de la humanidad.

Su partida me ha dejado partido. Era un hombre dulce, generoso, dispuesto siempre a ayudar sin pedir nada a cambio. No lo digo como un cliché, conmigo siempre tuvo voz de alegría y atenciones que sólo los buenos amigos saben dar. Ver que Modesto sufría, que se dolía, que todos los mundos vividos con él se derrumbaban, era descubrir que la fragilidad de la vida es un hilo delgado que no sabemos por dónde se va a romper. Comencé a mirar de cerca mi propia fragilidad y cómo ésta puede ser arrancada de tajo.

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Desde hace dos años estamos así, vulnerables, expuestos al paso de la vida y del tiempo, que se alarga y acorta según el afán fantasmal de un bicho que nos ha quitado la vida cotidiana. Hemos descubierto también no solo la solidaridad, la ternura, el amor, sino incluso la miseria humana que está dispuesta al aplastamiento con tal de lograr su propia supervivencia. Luis Fernando me ha abierto los ojos a mi propia alma que como una pluma es llevada por el vaivén de la fragilidad. Verlo partir es un aviso de que, como decía mi madre, “la vida no la tenemos comprada”, y que en algún momento debemos dejar esta hermosa vida a la que a veces no sabemos respetar ni venerar, pues es la única diosa a la que deberíamos rendirle culto con el templo de nuestra sabiduría y relaciones sanas.

Este bicho que está en todas partes nos muestra claramente que sólo somos carne y agua, nervios y fuego, sangre y tierra, aire y sentidos. La chispa de la vida, su jalea sabrosa que puede ser extraída en un santiamén, es solo una ilusión pasajera instalada en nuestras conciencias que luchan por entender el propósito de la vida. Nos llegó de súbito, pero así de súbito estamos aprendiendo que la mayor importancia es poseer un pedacito de significado y de amor para retirarnos en paz en cualquier instante.

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El librero

Ramón Cuéllar Márquez

Nació en La Paz, en 1966. Estudió Lengua y Literaturas Hispánicas en la UNAM. Actualmente se desempeña en Comunicación del Instituto Sudcaliforniano de Cultura. Ha publicado los libros de poesía: “La prohibición del santo”, “Los cadáveres siguen allí”, “Observaciones y apuntes para desnudar la materia” y “Los poemas son para jugar”; las novelas “Volverá el silencio”, “Los cuerpos” e “Indagación a los cocodrilos”; de cuentos “Los círculos”; y de ensayos: “De varia estirpe”.

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