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Nueve días, 36 años sin Juan Rulfo y una vuelta de tuerca a Henry James

12-Ene-2022

RESEÑA Por Ramón Cuéllar Márquez
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FOTOS: Internet.

El librero

Por Ramón Cuéllar Márquez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El cine y la literatura están imbricados por las historias, son prácticamente la misma cosa. Cuando uno se topa con un gran libro o una buena película, las horas cotidianas adquieren matices y nociones nuevas de la realidad, que no sólo nos dan un punto de vista, sino una experiencia de algún tipo que nos conmueve o nos hace reflexionar en torno al asunto de la existencia.

Hace algunos años, allá por 2002, vi Los otros (The Others, 2001, España-Estados Unidos), un filme del hispano-chileno Alejandro Amenábar (Tesis, 1996; Abre los ojos, 1997), quien siempre se ha caracterizado por el cine gore o temas fantásticos; estuvo protagonizado por Nicole Kidman, Alakina Mann, James Bentley y Fionnula Flanagan, entre otros. Mientras la veía, no dejé de pensar en el Pedro Páramo (1955) del mexicano Juan Rulfo (1917-1986). Había tantas coincidencias y paradigmas que se acoplaban perfecto, que hasta llegué a pensar que se inspiraba en ella —incluso, en el plagio. No fue el caso, pero los puentes eran en realidad sorprendentes: la muerte como centro motor de las relaciones.

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Así que me puse a indagar. Debo decir que tenía el vano deseo de que sí hubiera alguna relación con la obra de Rulfo (por aquello de que es mexicano), pero me encontré con que Los otros no estaba basado en ningún relato, antes bien en el cuento de Henry James, Otra vuelta de tuerca, que yo había leído años atrás y del que ya no me acordaba. Así que lo leí de nuevo; encontré que en realidad no había mucho de dónde cortar, pero sí había cierta inspiración y una influencia muy forzada, que el propio director no ha negado esas posibles semejanzas. La película de Amenábar era un relato propio, como casi todos sus guiones, con los que saltó a la fama, desde Tesis, en 1996.

Y tal vez esas relaciones entre obras no es otra cosa que la vuelta en círculos que damos al ser creadores, pues los temas universales son inherentes a nuestras preocupaciones estéticas y filosóficas: en algún punto tendemos a cruzarnos, al grado de que hasta pareciera la misma historia contada de modo diferente. No obstante, no es así, sino que la propia condición humana nos somete a paradigmas que no hemos resuelto como especie, y que quizá por ello se diga que la historia tiende a repetirse. En Pedro Páramo no existe un limbo, un infierno, sino muertos conviviendo entre murmullos como si de la vida se tratara, lo cual nos hace inferir que son la misma cosa, donde trasladamos a la muerte lo que hemos repetido como vivos, de generación en generación.

Me viene a la mente Juan Rulfo porque en estos días su cumplieron treinta y seis años de su fallecimiento, el 7 de enero de 1986. En las redes lo han estado recordando con afecto y admiración. No se puede evitar el regreso a sus libros, a su poética particular que ha influido a tanta gente. Bueno, el asunto es que justamente ayer me encontré con una película que no tenía gran publicidad: Nueve días (2020), del escritor y director brasileño-japonés Edson Oda, pero de la que se comenzó a hablar desde el Festival de Cine de Sundance; lo vinculé indirectamente con la obra de Rulfo.

Edson Oda se ha especializado más en cortometrajes, videos de corte comercial y musicales (algunos premiados), por lo que este sería su primer película en forma, que según la crítica especializada ha logrado una obra metafísica y convincente, arriesgando una voz poética en la estructura y atreviéndose a cerrar con el Canto a mí mismo de Walt Whitman, que resulta un deleite y para nada fuera de contexto, pues resulta un remate estrujante y conmovedor. Al menos a mí me dio mucho sentido la fuerza de las palabras, precedidas de una historia profunda y al mismo tiempo poseedora de una simpleza genial. Por otro lado, si la vida tuviera algún significado, tendría que ir soportado por ese poema de Whitman, que me impactó desde la adolescencia, y que incluso hice una paráfrasis, perdida en una revista paceña de la década de los ochenta.

Nueve días no era una historia sobre la muerte. O mejor sí, sobre la muerte y la vida. Mientras la veía recordé lo que les conté al inicio de esta nota: ahí estaban Rulfo, Amenábar y hasta Henry James. Bueno, no exactamente los tres, sino más bien Rulfo, que derivó en una memoria más amplia de los otros autores. Nueve días es un drama que está mezclado con cuestiones fantásticas y que de alguna forma se inspiran (otra vez esa costumbre que da vueltas y vueltas sin descanso), dicho por el propio Edson Oda, en trabajos como El árbol de la vida, del estadounidense Terrence Malick, y Después de la vida, de la polaca-estadounidense Agnieszka Wojtowicz-Vosloo.

Nueve días es la historia de un hombre que le hace entrevistas a posibles candidatos que van a nacer, y para ello deben pasar varias pruebas durante nueve días hasta que obtengan el permiso para entrar a la vida. Este hombre, Will, es quien dirige esta aduana donde todos quienes desean una oportunidad de vivir, deben demostrar que tienen la fuerza, la capacidad de resistencia y el entendimiento de que la existencia en ese mundo nuevo los someterá a distintos aspectos de la vida orgánica y el placer de sentir la naturaleza y los sentimientos de otros seres humanos. Will les impondrá una serie de estrategias para colocar a esas almas al límite y ver si podrían resistir, una vez que adquieran forma corpórea.

Los aspectos emocionales, espirituales, filosóficos, sociales que nos ofrece este filme de Edson Oda sin duda logran engarzarnos con otros de la vida cotidiana, a través del mismo arte y de nuestras relaciones humanas. Así que no solo sería un recorrido por esta historia de nueve días, sino el volver a Pedro Páramo, a Rulfo, a Henry James para tener la memoria fresca de que el dulce huracán de estar vivos es toda una proeza que solo las historias y la poesía pueden contar.

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