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¡Adiós, Luis Fernando!

21-Ene-2022

CARTA LITERARIA Por Modesto Peralta Delgado
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FOTOS: Modesto Peralta Delgado.

El Beso de la Mujer Araña

Por Modesto Peralta Delgado

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Fue un hombre único y maravilloso. Entre sus varias virtudes: era leal y sumamente honrado —no por nada era el administrador de la casa y del negocio—; era de una carácter positivo, intenso y lleno de chispa, quien siempre se dirigía a las personas con sonrisas y palabras amorosas; y de una apariencia pulcra, un caballero siempre oloroso a perfume, todo un publirrelacionista nato; muy auténtico y orgulloso de ser lo que era. Era mi cara opuesta y mi mejor complemento: él era la rica bebida del martini, mientras yo era la amarga aceituna.

Luis Fernando Azcárraga de la Peña —o Güicho, Fer u Osito— nació en su amada La Paz el 4 de septiembre de 1979. Falleció el pasado 17 de enero, por complicaciones por COVID. Hijo de doña Irma y don Alberto; la primera vive junto con su otro hijo, Alberto; el segundo, ya finado. En abril, cumpliría con su servidor, 15 años de haberse conocido y ser una pareja y una familia en toda la extensión de la palabra. Me deja solo, si bien, acompañado en el dolor por mucha gente, y al cuidado de Jumbo, nuestro gatito. Y aunque no estudió una carrera profesional —de haberlo hecho hubiera sido la meteorología, pues era un aficionado al clima—, no le hizo falta, pues deja unas lecciones impresionantes a quienes lo conocimos de cerca, como el tener con poco para ser completamente feliz. Y lo fue. ¡Vaya que sí!

El idioma de la energía

Fernando Querido, hago este ejercicio inútil de la escritura, sólo por que mereces todos los homenajes, pero es inútil porque esto no regresa los relojes, ni tus cenizas vuelven a ser tu cuerpo. He tenido que aprender, a fuerzas, del dolor, de la resignación, y me doy cuenta que todos los clichés que se dicen ¡son ciertos! Que no alcanzan las palabras, que parece que quitaran un pedazo de mi vida, como si te hubieran arrancado de mi pecho… Todas esas palabras trilladas, son ciertas. Y yo he tenido que repetir mil veces Gracias, gracias a todos los que se acuerdan de ti y me dan su alivio. Pero estas Gracias ya suenan gastadas, no porque sea insincero, sino porque ha sido cansado explicarte a cada rato y traer tu nombre hasta mi boca para recordarte.

Es cierto: no hay palabras. Las palabras son las herramientas imaginarias que nos inventamos para nombrar al mundo y no perdernos, para intentar coger el agua o tatuar el humo —como dijo un poeta. Yo también recurro a ellas para expresarme, y hasta te hablo quedito para sentir tu presencia que está en toda la casa: en el refrigerador, en la cama, en tus pastillas, en tus novelas, en la mirada del gato esperando verte cada que abro la puerta. Por eso, aunque sea inútil escribirte, acudo también al idioma de la energía, al lenguaje de la luz y el viento, donde las letras ya no importan. Donde Ser es Estar.

Quiero imaginarte en todos lados y decirte que no tengas miedo, y que encuentres mucha luz. Decirte que muchísima gente te hemos amado, y aunque es cansado de contestar mensajes, todo lo hago por ti, Osito hermoso. Que merecías todo lo que compartimos y cómo te chiqueaba, y que fuiste una parte vital, importantísima, para mí. Que ya estás libres de medicamentos, de los achaques y las preocupaciones de la diabetes y otros males. Yo comeré tus paletas de hielo sin azúcar, por ti, y sobaré el lomo del gato diciéndole cuándo le amabas.

Aunque te he llorado, te he homenajeado por todos los medios posibles y me dueles tanto, necesito dejarte ir. Agradecer a la Vida, que eso es Dios para mí, que un día hace 15 años nos encontramos en un chat, nos conocimos en persona y nos fuimos a vivir juntos. Aunque hubo viajes y ausencias, tú estabas ahí y estaba yo contigo en la distancia, nos sentimos en ese idioma de la energía en el que las palabras sobran. Aunque suene también trillado, lo cierto es que me dueles en el alma y te amo. Siempre estarás en mí. Caminemos juntos todavía. Tú, en el camino de la luz, yo en el de esta tierra de sombras.

Los Heraldos Negros

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma… ¡Yo no sé!

Son pocos, pero son… Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡Pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

César Vallejo.

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