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La insoportable levedad del privilegio

09-Feb-2022

OPINIÓN Por Ramón Cuéllar Márquez
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FOTO: BID / INTERIOR: GQ.

El librero

Por Ramón Cuéllar Márquez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Hace unas semanas el mexicoestadounidense John Ackerman (Philadelphia, 1973) entrevistó al actor mexicano Tenoch Huerta (CDMX, 1981) en su programa Diálogos por la democracia y en él habló sobre la situación de discriminación racial y de clase que se padece en México, negado durante décadas y que sólo la clase blanca es la que puede hablar desde su posición privilegiada. Es una entrevista que merece la pena verse y hacernos preguntas con ella, de tal modo que comencemos a visibilizar no solo la cuestión racial, sino el cómo los privilegios se construyen partir de la opresión y sujeción del otro, que en la mayor parte significa explotación social y que proviene fundamentalmente de las clases blancas.

La entrevista abarca un universo más amplio, que habla de las élites, las redes de compadrazgo blanco y el cómo todas pertenecen a la misma raíz de las clases altas y clase media aspiracionista, que han elaborado un constructo cuyo fin es perpetuar los privilegios que han acumulado no sólo de décadas recientes, sino de siglos atrás, que vienen directamente de la Colonia española o que descienden de sus nexos europeos. De entre las cosas interesantes en las que profundizó el actor Tenoch Huerta, me llamó la atención la declaración siguiente: Entonces estos güeyes y estas morras, y estos morros que vienen desde el privilegio —que no tiene nada malo que tengan privilegios, mis hijas van a detentar el privilegio que yo he acumulado—, vienen del privilegio, pero no se atreven a ir más allá y el asunto es que no tengan que ir más allá, ellos que sigan contando sus historias de La Condesa, porque es lo que habitan.

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Entonces me pregunté: ¿los privilegios deben acumularse y esa acumulación se debe eternizar como algo “natural”? ¿Por qué las clases blancas han asumido que los privilegios son derechos de clase? Y es que los privilegios se confunden a veces con tener “oportunidades”, es decir, que la vida nos concede una mano ante tanta desgracia, infortunio y pobreza hasta que estas se convierten irreversiblemente en privilegios. Las “oportunidades” siempre nos fueron presentadas como que sólo ocurren una vez en la vida —lo cual es tramposo y una gran mentira—, cuando en realidad las oportunidades deben estar a la mano de cualquiera siempre, porque de eso se trata lo universal, que en cualquier tiempo y época las personas tengan la seguridad de estudiar.

Nadie debe quedar fuera solo porque un sistema de élites decidió que los “más aptos” tenían derecho a los estudios. Eso se llama discriminación y clasismo. Sí, hay que ganarnos las cosas, pero a partir de una sociedad ética y moralmente capaz de ser sensible frente a las necesidades de los demás, que incluye especialmente a los que menos tienen. En ese sentido, debemos acabar con la romantización de la pobreza, esa que algunos ven como si fuera una gracia para la “superación personal” o incluso esa torva forma de “la cultura del esfuerzo”, que ya está visto es una falsedad del aspiracionismo clasemediero que desconoce la marginación, la pobreza y menosprecia a las clases populares.

Así que el privilegio es sólo una forma del clasirracismo y de las élites que ven en ello la manera de mantener su estilo de vida a costa de los demás, aunque esto implique sufrimiento y muerte. La acumulación de privilegios lleva siempre a que una sociedad se torne egoísta, distanciada de la realidad y a asumir roles de poder que le permita extenderse en el tiempo hasta convertirse en una clase indolente y funcionalmente clasirracista, haciendo hincapié en el tono de piel como forma de supremacismo por sobre las personas de piel menos blanca.

Por ello, de la cita anterior dicha por Tenoch Huerta, destaco esta parte: Que no tiene nada malo que tengan privilegios, mis hijas van a detentar el privilegio que yo he acumulado, es decir, Huerta de alguna manera, no sé si se dé cuenta, acepta que No es malo tener privilegios, cuando es el centro mismo de su crítica, y luego remata: Mis hijas van a detentar el privilegio que yo he acumulado; o sea, el fin último es tener privilegios, quitárselos a los privilegiados para repetir el modelo en nuestros descendientes. ¿No sería mejor que esos privilegios dejaran de ser una ideología de clase social que utiliza la opresión como sistema y veláramos más por derechos que estén ahí siempre, en cualquier momento y en cualquier circunstancia y no por “golpes del destino”, “buena suerte” o “aprovechar la oportunidad”?

Sin duda, todavía nos falta mucho debate, tocar fibras, romper esquemas, atrevernos a otra realidad, mientras tanto debemos seguir explorando nuestra propia conciencia y hacia dónde queremos dirigirnos.

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