La huella de Hernán Cortés en la exploración y arribo a la península de California

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La historia de la exploración de la península de Baja California y del golfo que hoy denominamos “Golfo de California” o “Mar de Cortés” está íntimamente ligada a las ambiciones, decisiones y fracasos del conquistador Hernán Cortés. Más allá de su papel —mucho más conocido— en la caída del imperio mexica, Cortés desempeñó un rol fundamental en la expansión hacia el océano Pacífico y en los primeros contactos europeos con lo que hoy es nuestra península sudcaliforniana. Su influencia —mezcla de determinación, visión imperialista y pragmatismo económico— marcó el rumbo de una empresa colonial que, aunque efímera en su intento de poblar, no pudo borrar su significado simbólico: la “descubierta” (o “recuperación”, según perspectiva) de California.

Tras la conquista del ámbito mexica y la consolidación de su poder en la Nueva España, Cortés fijó su mirada al Oeste. El descubrimiento del océano Pacífico por Vasco Núñez de Balboa en 1513 despertó nuevas esperanzas en los conquistadores de hallar riquezas, rutas hacia Asia o civilizaciones desconocidas. Cortés, con el firme respaldo de una capitulación real, recibió de la corona el mandato de explorar y “descubrir” nuevos territorios en la llamada “Mar del Sur”. En ese contexto, entre 1532 y 1534 patrocinó diversas expediciones marítimas —como las de Diego Hurtado de Mendoza y Hernando de Grijalva— que, recolectando relatos de marineros y nativos, fueron tanteando el litoral pacífico del actual México.

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Estas primeras exploraciones, aunque plagadas de naufragios, desapariciones y fracasos materiales, fueron decisivas: levantaron un sistema de conocimiento geográfico y marítimo que habilitó la ambiciosa empresa siguiente: enviar a Hernán Cortés mismo hacia lo desconocido. En abril de 1535, Cortés tomó personalmente la decisión de encabezar una expedición con tres barcos y un contingente de soldados, jinetes y colonos con la intención de poblar lo que hoy es Baja California. El 3 de mayo de 1535 desembarcaron en una bahía cercana al puerto que hoy se llama La Paz, Baja California Sur; Cortés bautizó ese lugar como “bahía de la Santa Cruz”, sin tener la claridad de si esta tierra era una península o una isla.

El nombre “California” —que con el tiempo sería patrimonio toponímico de una enorme región— empieza a usarse en ese contexto, posiblemente influido por las leyendas y la topografía insular que proyectaba la imaginación de los europeos.  Pero el proyecto de colonización pronto se convirtió en un desastre: las tierras resultaron áridas, el clima duro, los suministros insuficientes y, sobre todo, la resistencia de los pueblos nativos (como los guaycuras y pericúes) obstaculizó cualquier intento de asentar una colonia estable. Para finales de 1535 y comienzos de 1536, más de setenta de sus hombres habían muerto por hambre, escaramuzas o enfermedad. Ante ese desastre, tras algunos intentos fallidos de proveer víveres desde la Nueva España, la corona ordenó abortar la empresa. La naciente colonia se abandonó, y los supervivientes —o quienes quedaban— fueron repatriados.

Aunque fracasó como asentamiento, ese episodio fundacional dejó una marca indeleble: ese primer contacto formal con la península, el inicio del nombre “California” en documentos europeos, y el antecedente de posteriores exploraciones que, décadas más tarde, permitirían cartografiarla con más detalle. El saldo del esfuerzo de Cortés en el Pacífico no debe medirse solo en colonias permanentes.

Su verdadero legado está en tres dimensiones fundamentales:

Geográfico: Al encabezar personalmente la expedición, Cortés vinculó la península de Baja California a la geografía imperial española. Su bautizo de “Santa Cruz” y la concepción de “isla de California” establecieron el marco simbólico y cartográfico para los europeos. Más aun, al organizar viajes posteriores (como el de Francisco de Ulloa en 1539), se sentaron las bases para explorar todo el golfo y, eventualmente, reconocer la península como tal.

Política/colonial: El proyecto de poblar la tierra formaba parte de un propósito mayor: afirmar la soberanía española en el Pacífico, inscribir nuevas tierras bajo la corona, y preparar rutas que, acaso, condujeran hacia Asia o hacia otras riquezas. Esa visión expansionista era típica del periodo, pero en este caso, Cortés fue pionero entre los conquistadores en mirar hacia el Pacífico.

Simbólica y narrativa: Aunque la colonización falló, la “descubierta de California” se convirtió en un mito fundador —una promesa incumplida que, sin embargo, alimentó sueños de riquezas, de reinos desconocidos, de perlas y metales preciosos. Esa aspiración motivó exploraciones posteriores y dejó una huella en cartas, crónicas y mapas que —antes de nada— fijaron a Baja California en la imaginación colonial europea.

Por eso, aunque no veamos hoy vestigios vivos de la colonia de 1535-1536, esa gesta pionera representó el inicio formal de la presencia europea en la península.

Desde nuestra perspectiva actual, es muy fácil ver en el intento de Hernán Cortés un fracaso: pobres resultados, colonia abandonada, sufrimiento para quienes quedaron. Sin embargo, reducir todo a eso sería ignorar su enorme trascendencia simbólica y estratégica. El episodio de 1535-1536 no fue una mera aventura fallida, sino un pivote histórico que abrió un nuevo rumbo para la Nueva España —hacia el océano, hacia territorios que pocos europeos conocían y hacia una geografía que hoy forma parte esencial de México y Estados Unidos. Cortés, con sus contradicciones —soldado, conquistador, colonizador, buscador de fortuna—, adoptó una visión expansiva: no se contentó con dominar el centro de México; proyectó su ambición hacia lo desconocido. Ese impulso expansivo fue clave para que la península saliera del anonimato, apareciera en los mapas europeos y comenzara su lento proceso de integración al mundo colonial.

Es cierto que sus fines fueron personales, de lucro, de prestigio, de ambición imperial. Pero ese afán —tan criticable desde hoy— resultó, paradójicamente, en un acto fundacional: la península de Baja California fue presentada al mundo occidental como espacio de conquista, exploración y proyecto europeo. En ese sentido, el “fracaso” material contrasta con el “éxito” simbólico y geográfico. Su llegada marcó el visceral comienzo de lo que siglos después daría forma a identidades, territorios, ciudades, incluso la riqueza cultural y biológica propia de ese rincón del continente

Hoy, viviendo en Baja California Sur, es imposible soslayar el legado contradictorio de Hernán Cortés. Sus motivaciones fueron coloniales, su trato a los pueblos originarios violento, sus expectativas de oro y riquezas muchas veces ingobernables. Pero también puso en movimiento engranajes históricos: exploraciones, mapas, nombres, rutas. La península, la Mar de Cortés, las costas de California, son parte de una historia larga, compleja, con heridas, con olvidos, pero también con memoria. Reconocer la influencia de Cortés en ese proceso no significa celebrarlo sin crítica. Significa entender que parte de nuestra identidad territorial y cartográfica comenzó con ese primer arribo de 1535, con esa “Santa Cruz” nombrada por un conquistador.

Como comunidad del Pacífico Mexicano, conviene recordar: la conquista no fue el final, sino el principio —de contextos coloniales, de mestizajes, de resistencias; de una relación con el territorio que continúa definiéndonos. Y en ese principio, la huella de Hernán Cortés es indeleble: difícil, polémica, fundacional.

Referencias bibliográficas

  • Duverger, C. (2015). Hernán Cortés. Fondo de Cultura Económica.
  • León-Portilla, M. (2004). Cartas de relación de Hernán Cortés. Editorial Porrúa.
  • Mathes, W. M. (1973). Cortés and the Baja California explorations, 1533–1535. Dawson’s Book Shop.

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AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.




Hernán Cortés: Explorador, conquistador y fundador de la Nueva España

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Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Hernán Cortés, Marqués del Valle de Oaxaca, es una de las figuras más significativas en la historia de la exploración y la conquista del Nuevo Mundo. Nacido en 1485 en Medellín, Badajoz, Cortés fue un hombre visionario, cuyo genio militar y político sentó las bases para la construcción de una nueva nación: México. Su vida fue una combinación de astucia, ambición y determinación que lo llevó a enfrentarse a desafíos sin precedentes y a dejar una huella indeleble en la historia.

Hernán Cortés nació en el seno de una familia hidalga, aunque con recursos limitados. Su padre, Martín Cortés de Monroy, y su madre, Catalina Pizarro Altamirano, pertenecían a linajes respetados pero de modesta fortuna. Desde joven, Cortés mostró un carácter inquieto y una inclinación por la aventura. A los 14 años, fue enviado a Salamanca para estudiar leyes, pero su espíritu rebelde y su desinterés por la carrera jurídica lo llevaron a abandonar los estudios tras dos años. A pesar de no obtener el título de bachiller, Cortés adquirió conocimientos fundamentales en latín, leyes y gramática, habilidades que serían clave en su posterior éxito como líder y estratega.

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Tras regresar a Medellín, su vida tomó un giro inesperado. En busca de aventuras y nuevas oportunidades, Cortés decidió embarcarse hacia el Nuevo Mundo en 1504, a la edad de 19 años. Fue recibido en La Española, donde comenzó su carrera como colono y administrador, actividades que le proporcionaron una comprensión profunda de las dinámicas sociales y económicas en las colonias.

Primeros años en América

Durante 14 años, Cortés residió en La Española y posteriormente en Cuba. Allí, su talento administrativo y su habilidad para manejar situaciones complejas lo llevaron a ganar notoriedad entre los colonos. Participó en la conquista de Cuba bajo el mando de Diego Velázquez y fue designado secretario del tesorero de la expedición, encargándose de la administración del Quinto Real. Durante este periodo, acumuló riqueza y experiencia, estableciendo plantaciones y explotando minas de oro. Sin embargo, sus ambiciones lo llevaron a desear más que una vida de hacendado en las colonias.

En 1518, Diego Velázquez eligió a Cortés para liderar una expedición hacia el continente americano. Aunque su designación generó controversia debido a su falta de experiencia militar, Cortés demostró ser un líder visionario y estratega excepcional. Esta decisión marcaría el inicio de una de las epopeyas más extraordinarias de la historia: la conquista del Imperio Mexica.

La conquista del Imperio Mexica

En febrero de 1519, Cortés zarpó hacia las costas de Yucatán al frente de una expedición conformada por poco más de 500 hombres, 16 caballos, algunas piezas de artillería y cinco barcos. Su fuerza militar era modesta en comparación con los ejércitos que enfrentaría, pero su habilidad para forjar alianzas estratégicas con los pueblos indígenas fue clave para su éxito.

Al llegar a Tabasco, Cortés recibió a Malintzin, conocida como doña Marina, quien se convertiría en su intérprete, consejera y aliada. Malintzin no solo dominaba el náhuatl y las lenguas mayas, sino que también comprendía la estructura política y social del Imperio Mexica. Su papel fue crucial para que Cortés pudiera comunicarse con los pueblos indígenas y comprender las divisiones internas que debilitaban al imperio.

Cortés fundó la Villa Rica de la Vera Cruz como base de operaciones y rompió formalmente con Diego Velázquez al quemar sus naves, simbolizando su decisión de no regresar. Avanzó hacia el altiplano central, donde logró alianzas decisivas con los totonacas y los tlaxcaltecas, enemigos históricos de los mexicas. Estas alianzas proporcionaron refuerzos esenciales para su ejército y debilitaron la posición de Tenochtitlán, capital del Imperio Mexica.

El 8 de noviembre de 1519, Cortés y sus hombres entraron en Tenochtitlán, donde fueron recibidos por Moctezuma, el tlatoani mexica. Sin embargo, la tensión entre ambos grupos creció rápidamente. En mayo de 1520, tras un enfrentamiento entre los españoles y los mexicas, estalló una rebelión que obligó a Cortés a abandonar la ciudad en la conocida «Noche Triste». A pesar de las graves pérdidas sufridas, Cortés reorganizó a su ejército y, con el apoyo de sus aliados indígenas, emprendió una campaña para reconquistar Tenochtitlán.

El 13 de agosto de 1521, tras un asedio de tres meses, Tenochtitlán cayó en manos de los españoles. La victoria no solo fue un logro militar, sino también un triunfo político, ya que Cortés supo aprovechar las divisiones internas del imperio para consolidar su dominio. Con la caída de Tenochtitlán, se inició el proceso de construcción de la Nueva España.

Fundación de la Nueva España

Como gobernador y capitán general de la Nueva España, Cortés emprendió una serie de reformas y proyectos que sentaron las bases para la nueva sociedad. Fundó la Ciudad de México sobre las ruinas de Tenochtitlán, siguiendo un diseño urbano moderno. Estimuló el mestizaje como una forma de integrar a las comunidades indígenas y españolas, y promovió la evangelización con el apoyo de misioneros franciscanos.

Cortés también impulsó la economía mediante la agricultura, la ganadería y la explotación minera. Estableció plantaciones de caña de azúcar y trigo, desarrolló sistemas de riego y promovió el comercio entre las regiones conquistadas. Además, financió expediciones para explorar y expandir los territorios bajo su control, incluyendo las regiones del Pacífico y Baja California.

Últimos años y legado

En 1528, Cortés regresó a España para defender su posición ante la corte y buscar el favor del emperador Carlos V. Aunque recibió títulos nobiliarios y reconocimiento, perdió gran parte de su poder político en la Nueva España. Durante sus últimos años, enfrentó dificultades económicas y conflictos legales, pero continuó participando en expediciones y proyectos.

Cortés falleció el 2 de diciembre de 1547 en Castilleja de la Cuesta, Sevilla. Su muerte marcó el fin de una era, pero su legado perdura como uno de los personajes más influyentes en la historia de América. A través de su genio militar, visión política y ambición, Hernán Cortés no sólo conquistó un imperio, sino que también inició la construcción de una nueva nación que evolucionaría hasta convertirse en el México contemporáneo.

Cortés fue más que un conquistador: fue un arquitecto de cambio, un explorador que supo aprovechar las oportunidades y superar las adversidades para dar forma a un nuevo orden en el Nuevo Mundo. Aunque su figura es objeto de debate, su impacto en la historia es innegable. Su vida y obra reflejan la complejidad de un hombre que, con determinación y visión, transformó el curso de la historia y sentó las bases para una nueva nación.

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Historiador francés Christian Duverger dictará conferencia sobre Hernán Cortés

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La Paz, Baja California Sur (BCS). Este 3 de mayo, el famoso historiador y antropólogo Christian Duverger impartirá una conferencia magistral en la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS) titulada Hernán Cortés. Fundador de la Nueva España y descubridor del Mar del Sur. El evento, que es abierto al público interesado, tendrá lugar de manera presencial en el Poliforo Cultural Universitario del Campus La Paz, en punto de las 11:00 horas, aunque con un aforo limitado. Para quienes no puedan asistir, la institución también transmitirá en vivo la ponencia a través de su página oficial de Facebook.

De acuerdo con el comunicado de prensa por parte de la Universidad, Duverger, quien es profesor de antropología y director de estudios en la Escuela de Estudios Superiores en Ciencias Sociales en París, Francia, es ampliamente reconocido por su trabajo de investigación acerca de las civilizaciones mesoamericanas. Ha dedicado gran parte de su vida al estudio de las culturas precolombinas tanto en México como en otras partes de América Central, partiendo desde la historia, la arqueología y antropología.

 Esto lo ha llevado a colaborar con diferentes instituciones mexicanas, como las universidades Nacional Autónoma de México y de Guadalajara, la Escuela Nacional de Antropología e Historia y el Instituto Nacional de Antropología e Historia.

En su haber, se cuentan múltiples artículos científicos y de divulgación, entrevistas, así como casi una decena de libros de su autoría donde destacan Vida de Hernán Cortés. La pluma y la espada, Crónica de la eternidad. ¿Quién escribió la historia verdadera de la conquista de la Nueva España y El ancla de arena, finalizó el comunicado de prensa.




Sí al rescate del nombre original de nuestra tierra: California

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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El siglo XXI es el espacio y tiempo idóneo para que se derrumben viejos y anquilosados paradigmas que se han sostenido en el tiempo, ya sea por ignorancia o por costumbre. El nombre que actualmente tiene nuestro estado: Baja California Sur, al cual muchos nativos y extranjeros han reducido al ignominioso adjetivo de baja, se le impuso bajo un esquema toponímico que ya es innoperante, para rescatar el verdadero nombre que nos corresponde y del cual fuimos los primeros en poseer: California.

Hagamos un recuento histórico. En el año de 1535, llega a nuestra península el explorador español Hernán Cortés y durante su estancia, envía diferentes contingentes a explorar esta tierra con el propósito de conocer sus recursos así como para saber si estaba en una isla o no. Nuestro personaje en comento bautizó diferentes puntos de la geografía peninsular como fueron la Bahía de Santa Cruz, Isla de Santiago, Isla de las Perlas, Sierra de San Felipe pero no llegó a bautizar toda esta larga lengua de tierra sobre la que permaneció por casi un año. El historiador Carlos Lazcano Sahagún, uno de los grandes eruditos sobre la historia peninsular con los que contamos en México, sostiene que fueron los hombres enviados por Cortés hacia el sur de la península, los cuales a mediados del mes de noviembre dieron con un sitio al cual los naturales llamaban “Yenekamú”, y en cuya bahía se encontraba un hermoso arco de piedra, el cual estaba rodeado de “bravas costas“, semejantes a las descritas por Garcí Rodríguez de Montalvo en su legendario libroLas Sergas de Esplandián, por lo que es de suponerse que ellos, los soldados y no Cortés, fueron quienes por primera vez llamaron a ese sitio California.

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¿De dónde obtuvieron la palabra California las huestes de soldados que llegaron a esta tierra peninsular? La teoría mayormente aceptada indica que el nombre proviene de una palabra que aparecía en un cantar de gesta romántica titulado La canción de Roland, la cual dice Muerto está mi sobrino que tantas tierras conquistó, contra mí se rebelarán los sajones, y los húngaros y los búlgaros y tantos otros, los romanos, los pullés y los de Palermo, y los de África y los de Califerne.

Sin embargo el término “California” aparece como tal en la novela de caballería Las Sergas de Esplandián, escrita a principios del siglo XVI y que se atribuye su autoría a Garcí Rodríguez de Montalvo. En la mencionada novela se puede leer: Sabed que a la diestra mano de las Indias hubo una isla llamada California, muy llegada al Paraíso Terrenal, la cual fue poblada de mujeres negras, sin que algún varón entre ellas hubiese, que casi como las Amazonas era su modo de vivir. Eran éstas de valientes cuerpos y esforzados y ardientes corazones y de grandes fuerzas. La ínsula en sí la más fuerte de riscos y bravas peñas que en el mundo se hallaba. Sus armas eran todas de oro y también las guarniciones de las bestias fieras en que, después de haberlas amansado, cabalgaban; que en toda la isla no había otro metal alguno. Moraban en cuevas muy bien labradas; tenían navíos, muchos, en que salían a otras partes a hacer cabalgadas, y los hombres que prendían llevábanlos consigo, dándoles la muerte que adelante oiréis. Esta novela era muy popular entre los exploradores españoles por lo que seguramente al ver las costas del Sur de nuestra península, creyeron estar frente a la famosa “isla California” y así le pusieron por nombre.

El registro más antiguo de una exploración, en donde aparece mencionado el nombre de California para aplicarlo a nuestra península, se obtuvo en el diario de navegación de Francisco Preciado en la navegación que realizara Francisco de Ulloa. La fecha de esta anotación fue en noviembre de 1539: Aquí nos encontramos a cincuenta y cuatro leguas de distancia de la California, poco más o menos, siempre de la parte de garbino, viendo por la noche tres o cuatro fuegos por los cuales se demostraba que el país estaba muy habitado y por mucha gente, porque la grandeza de la tierra así lo demuestra y pensamos que no puede ser que no haya ciudades grandes habitadas tierra adentro.

El primer mapa donde aparece el nombre de California fue el realizado por Diego Gutiérrez, titulado Americae Sive Qvartae Orbis Partis Nova et Exactisima Descriptio (Exacta Descripción de América, parte nueva del Orbe) fechado en 1562. El término no se aplica a la península, sino al Cabo San Lucas, en donde se lee C. California, es decir Cabo California. Debido a que Cortés no le dio un nombre oficial a toda la tierra descubierta, y ante la necesidad de nombrar a toda esta región con un nombre que permitiera su más fácil manejo tanto en mapas como en descripciones, se procedió a generalizar el toponímico California hacia toda esta península.

Con el paso de los siglos, el nombre de California quedó definitivamente ligado a nuestra península, siendo la media mitad sur de la misma la que por espacio de más de dos siglos tuvo el honor de llevar este toponímico. Durante el año de 1769, con la puesta en marcha del proceso expansionista de los Borbones en la península, que incluía la colonización de las tierras al norte de la California; los franciscanos se trasladan a este sitio y, por cuestiones administrativas deciden dividir este vasto territorio en dos grandes porciones: a la península le dejan el nombre de Baja o Antigua California, y a las tierras de la parte norte, que recién estaban colonizando, y a las que el pirata inglés Francis Drake las había bautizado como Nueva Albión en 1579, le colocan el de Alta o Nueva California. Como bien dice Carlos Lazcano: La California estadounidense nació y se consolidó gracias al gran apoyo que recibieron de las misiones de la California mexicana. La Nueva California recibió un amplio apoyo, material y humano, por parte de la Antigua California. Sin este apoyo la nueva provincia hubiera fracasado.

Esta denominación de Alta y Baja California continuó utilizándose posteriormente al nacimiento de nuestro país, México. En ocasiones como Departamento y en otras como Territorio. Fue durante la guerra de invasión que realizó el gobierno de Estados Unidos contra nuestro país en el año de 1847, que nos arrebató una gran porción de tierra, entre la que se incluía la Alta California. A partir de su incorporación como un nuevo estado de aquella nación, el adjetivo de Alta se hizo innecesario por lo que procedieron a eliminarlo y desde entonces utilizan sólo California para referirse a esta pujante y rica porción de tierra. Una solución igual debió seguir el gobierno mexicano, pero sumido en las constantes y encarnizadas luchas de facciones por lograr el control del poder político y económico de la joven nación mexicana, continuaron utilizando, lamentablemente, el nombre de Baja California para nuestra península. Con el paso de los años nuestro nombre ha sufrido leves variaciones hasta que en el año de 1974 se procedió a realizarse la última modificación legislativa en donde se decide apostarle a lo seguro, aunque no por ello lo mejor, de dejar inamovible el nombre de “Baja California Sur” para nuestro naciente Estado.

Como el Lector se habrá podido dar cuenta, los habitantes de esta tierra tenemos el derecho y la posibilidad de eliminar el adjetivo –baja– y el sustantivo –sur– del actual nombre que tenemos como entidad federativa, los cuales nos fueron impuestos por cuestiones administrativas que ya son inoperantes. Refrendo aquella frase de Lazcano que dice “El nombre es parte esencial de la identidad de un pueblo, del arraigo y sus raíces”, y por lo mismo debemos promover la iniciativa ante las instancias legislativas correspondientes para que se retome el nombre original que tuvimos durante más de 200 años y que jamás debimos de haber abandonado. El ignorar la historia de nuestra tierra y de nuestro mar sólo nos llevará hacia la pérdida del amor que aún le tenemos, de la identidad que ha sido avasallada una y otra vez por aquellos malos mexicanos y extranjeros ignorantes que insisten en llamar a nuestro estado como “baja”, creyendo que la única California que existe o ha existido es la que se encuentra en los Estados Unidos.

La propuesta de rescatar el nombre de California para que sea el único que tenga nuestro Estado, está respaldada por muchos hombres y mujeres que amamos profundamente esta península. El nombre tiene un grave significado ya que es parte de nuestras raíces, esencia e identidad. Nuestro compromiso es honrar, conservar y respetar este nombre que nos fue heredado desde hace más de 400 años para que las generaciones venideras continúen esta tradición, y lo veneren como se hace con una madre la cual les dio la vida y los sigue sosteniendo.

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El descubrimiento de California: la navegación Becerra-Ximénez, 1533

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Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Los movimientos políticos, sociales y económicos de la Europa de finales del siglo XVI, iniciaron una serie de exploraciones a través de los mares que contribuyeron en la construcción de un nuevo orden mundial. Cristóbal Colón, Hernán Cortés, Diego Becerra de Mendoza y Fortún Jiménez, entre muchos otros, fueron eslabones de la gran cadena de exploraciones que finalizaron con el descubrimiento, sometimiento y colonización de América, o mejor dicho “con la construcción de América” en palabras del historiador y filósofo mexicano Edmundo O´Gorman.

El tema que hoy nos ocupa es la segunda expedición que envió Hernán Cortés en su deseo por encontrar, por un lado, una ruta hacia las islas de Especiería, sitio del cual se extraían una gran cantidad de productos vegetales (las especias), las cuales eran cotizadas en su precio en oro en la Europa de aquellos años. Por otra parte, Cortés también estaba deseoso por conocer si en estas partes del Occidente de la Nueva España, se localizaba la mítica isla California y sus incalculables tesoros. Recordemos que ya en el año de 1532 había enviado una expedición consistente en dos navíos completamente equipados con personal y bastimento, al mando de Diego Hurtado de Mendoza. Esta expedición había dado frutos amargos puesto que a medio camino, una parte de la gente se insubordinó y fueron devueltos a Acapulco en uno de los barcos, el resto del contingente, encabezado por Hurtado de Mendoza continuó su periplo, pero desapareció sin dejar rastro alguno, en algún lugar de las tierras que recientemente había conquistado Nuño de Guzmán y que corresponden al actual estado de Sinaloa. Como colofón de este viaje, se comenta que los amotinados que fueron devueltos, llegaron a un sitio llamado “Bahía de Banderas”. Procedieron a desembarcar y rellenar sus ya exhaustas provisiones de agua. Lo que ellos ignoraban es que debido a los malos tratamientos que había dado Nuño de Guzmán a los naturales que poblaban el sitio, al verlos llegar creyeron que eran gente de este mal capitán y cayeron sobre ellos con singular violencia. Aquello fue una carnicería, sólo sobrevivieron dos de los españoles, los cuales huyeron rumbo a la Ciudad de México en donde narraron su triste final a Cortés.

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Conociendo el carácter empecinado y perseverante de Cortés, esto no fue un impedimento, sino más bien una motivación, para enviar una nueva expedición para indagar el paradero de Nuño así como continuar con las exploraciones. El marqués del valle de Oaxaca había empeñado su palabra y fortuna en las famosas “Capitulaciones” que suscribió con el rey de España, Carlos V, el 27 de octubre de 1529, y en donde se comprometía a descubrir, conquistar y poblar cualesquier isla, tierras o provincias que hay en la Mar del Sur de la Nueva España, que no sea en paraje de las tierras que hasta agora hay proveídos gobernadores. En este último punto se refieren a los capitanes Pánfilo de Narváez y Nuño de Guzmán, los cuales habían emprendido desde años antes la conquista de estos parajes y se les había concedido potestad sobre ellos.

Durante el resto de este año y buena parte del siguiente, el extremeño se dedica a supervisar personalmente la construcción de nuevos barcos en los cuales enviaría la nueva expedición que ya estaba preparando. Fue el día 30 de octubre de 1533 que zarpan del puerto de Santiago dos naves, la San Lázaro y la Concepción, que iban al mando de Diego Becerra de Mendoza. En la nave Concepción, como piloto mayor de la armada se encontraba Fortún Jiménez, natural de Vizcaya, España. Al parecer, este Jiménez era un sujeto que gozaba de mucho ascendiente sobre los tripulantes del barco, principalmente los de su misma región natal. Según lo consignado por Bernal Díaz del Castillo en su libro “Historia verdadera de la conquista de Nueva España”, donde nos dice Y el piloto Ortuño Jiménez, cuando estaba platicando con otros pilotos en las cosas de la mar, antes que partiese para aquella jornada, decía y prometía de llevarles a tierras bien afortunadas de riquezas, que así las llamaban, y decía tantas cosas cómo serían todos ricos, que algunas personas lo creían. Si concedemos completa veracidad a este testimonio de Díaz del Castillo, nos damos cuenta de la personalidad poco confiable de este piloto, en primer lugar él no sabía si era cierto que encontrarían las riquezas que contaba, y es muy probable que el contarles estas suposiciones a sus compañeros fuera para contar con su confianza y que en un dado caso, lo secundasen ante cualquier curso que tomara. Tal vez desde este momento, Jiménez ya estaba fraguando el apoderarse de la nave para capitanear la búsqueda de las riquezas que tanto pregonaba.

Una vez que los exploradores se hicieron a la mar, el barco San Lázaro, el cual iba comandado por Hernando de Grijalva, se separó del rumbo que tenían marcado y jamás volvió a reunirse con la tripulación de la Concepción. De acuerdo a las investigaciones del historiador Carlos Lazcano, comenta que al separarse Grijalva, en realidad no buscó el reencuentro con la capitana para no estar bajo el mando de Becerra y llevarse él solo la gloria de los descubrimientos que hiciera. Mientras tanto, en el barco San Lázaro se daban una serie de desencuentros entre el capitán Diego Becerra y una parte de la tripulación. Al parecer, Becerra tenía un carácter colérico y altivo que lo hacía “malquistarse y hacerse de palabras” con las personas con las que interactuaba.

De acuerdo al testimonio de Díaz del Castillo, en un momento no determinado del viaje, una parte de la tripulación, consistente en los vizcaínos y soldados con los que había tenido desencuentros Becerra, se amotinan bajo la dirección de Fortún Jiménez. Aprovechando la noche y que la mayor parte de la tripulación estaba durmiendo y desprevenida, los amotinados caen sobre el comandante y lo asesinan, así mismo combaten a los pocos marineros que trataron de defenderlo o se negaron a unirse a los rebelados. Afortunadamente, de entre los expedicionarios había un par de sacerdotes franciscanos los cuales mediaron la situación, y evitaron que hubiera más muertes. Al día siguiente, negociaron con Fortún Jiménez y su gente para que les permitiera desembarcarlos en una costa cercana y llevarse con ellos a los heridos y a los que no quisieran permanecer en la nave, a lo cual acceden y los abandonan en una parte de la costa del actual estado de Jalisco.

Recientemente, el historiador Carlos Lazcano dio a conocer un documento en donde aparece el testimonio de uno de los integrantes de la expedición y que fue testigo presencial de los hechos. El documento se llama “Informe a pedimento de Hernán Cortés sobre la muerte que se dio por Ortún Ximénez, piloto de una de dos embarcaciones que envió al Mar del Sur, y Pedro Ximénez, su hermano, a Diego Becerra, Caballero de Extremadura, que iba por capitán de las dos embarcaciones”. El testigo se llamaba Juan de Carasa y tenía el puesto de Contador en el barco La Concepción.

Gracias a este texto sabemos que el 27 de noviembre, después de navegar un mes por la actual costa de Oaxaca y Guerrero, Becerra llegó a la altura Zacatula y de ahí decidió irse a Cihuatán para aprovisionarse de agua. Al día siguiente 28 de noviembre, por la noche es cuando Jiménez inicia la rebelión apoderándose de la nave en forma violenta. Hieren gravemente a Becerra y asesinan a varios de sus allegados, sometiendo y apresando a los otros. No los asesinan a todo gracias a la intervención de los franciscanos. El 29 de noviembre los amotinados nombran capitán a Fortún Jiménez, a quien le juran lealtad. El primero de diciembre muere Becerra a consecuencia de sus heridas. Los amotinados arrojan su cadáver al mar envuelto en una manta junto con muchas piedras a manera de lastre. Navegan durante once días hasta que deciden dejar en la costa a los no amotinados es decir que fueron abandonados entre el 10 y 11 de diciembre de 1533. El mismo día de su abandono fueron auxiliado por Manuel de Cáceres, vecino de Colima, quien se encontraba en el pueblo de Apoztlán, a donde habían llegado caminando Juan de Carasa y el padre Juan de San Miguel. Así termina esta odisea para los no amotinados. Por desgracia no se conoce un testimonio así sobre lo ocurrido a Fortún y su gente.

A partir de este momento, Jiménez y sus amotinados se convierten en proscritos y pierden cualquier facultad legal para poder ser reconocidos por la corona Española como descubridores. De igual forma la posesión que hicieran de algún sitio y el nombramiento de los parajes por los que transcurrieran no tendrían ninguna validez debido a haber infringido la ley y cometido varios delitos. No les quedaba otra opción que continuar su viaje hacia un destino lo más lejano de las tierras gobernadas por Nuño de Guzmán y Pánfilo de Narváez, puesto que si los descubrían seguramente sería apresados y conducidos ante la justicia.

Los únicos testimonios que existen del derrotero que siguieron Jiménez y sus hombres, así como su trágico final se encuentran en las siguientes narraciones. Bernal Díaz del Castillo en su “Historia verdadera de la conquista de Nueva España”, nos dice Y Ortuño Jiménez dio vela y fue a una isla que la puso por nombre Santa Cruz, donde dijeron que había perlas, y estaba poblada de indios salvajes. Y como saltó en tierra y los naturales de aquella bahía o isla estaban en guerra, los mataron, que no quedaron, salvo los marineros que quedaban en el navío. Y de que vieron que todos eran muertos, se volvieron al puerto de Jalisco con el navío y dieron nuevas de lo acaecido, y certificaron que la tierra era buena y rica de perlas; y luego fue esta nueva a México. Y como Cortés lo supo, hubo gran pesar de lo acaecido.

Antonio de Herrera en su libro “Historia general de los hechos de los Castellanos en las islas y tierra firme de el Mar Océano” comenta y que decían que habiendo salido a tierra el piloto, y 22 personas, los indios los mataron y que habían hallado muchas muestras de perlas. El historiador Carlos Lazcano concluye lo siguiente: El piloto de esta nave, Fortún Jiménez, se amotinó y asesinó a Becerra apoderándose de la nave. Los amotinados, en plan de prófugos siguieron explorando y llegaron a una tierra que creyeron ser isla. Se trataba del sur de la actual península de Baja California. A fines de diciembre de 1533 o principios de enero de 1534 desembarcaron en lo que hoy es la bahía de La Paz y entraron en problemas con los indios guaycuras, los habitantes milenarios de la región. Jiménez y veinte personas más fueron muertas. Los sobrevivientes huyeron a las costas de la Nueva Galicia y fueron capturados por Nuño de Guzmán.

Lo cierto, es que todas las versiones coinciden en que Fortún Jiménez y la mayor parte de sus amotinados encontraron la muerte en un punto indeterminado de lo que hoy se conoce como el puerto de La Paz, Baja California Sur. El motivo del ataque que sufrieron por parte de los habitantes del lugar, que pudieron ser miembros de las etnias guaycura o pericúe, ya que ambos grupos dominaban espacios dentro de la ensenada, no ha quedado claro, y debido a que no se cuenta con testimonios verídicos, se han realizado algunas especulaciones.

Seguramente el motivo del desembarco en la bahía fue con el propósito de rellenar sus ya casi vacíos depósitos de agua y conseguir alimentos, además de lo anterior, explorar el lugar para identificar si era esta la mítica tierra de la que hablaban las leyendas de Cihuatlán y Calafia en donde había metales preciosos y perlas. Hasta el momento se desconoce cuál fue el motivo que inició la lucha entre los recién llegados y los naturales que habitaban el lugar. De acuerdo a Pablo L. Martínez los blancos intentaron violentar a las mujeres indígenas, lo que provocó el furor de los nativos, quienes se echaron sobre los españoles, matando a Jiménez junto con veinte compañeros [1]. Esta suposición surgió de algunos españoles que quedaron en el barco, y que al ver que sus compañeros eran asaltados por los naturales, deciden abandonar apresuradamente el sitio y ponen rumbo hacia Sinaloa en donde son apresados por gente de Nuño de Guzmán al cual narran sus peripecias en este sitio.

Bernal Díaz del Castillo, da otra versión sobre los motivos del ataque de los californios a la gente de Jiménez: Y como saltó en tierra y los naturales de aquella bahía o isla estaban en guerra, los mataron, que no quedaron, salvo los marineros que quedaban en el navío. Esta versión es poco probable, debido a que si bien es cierto que los grupos nativos de la California son descritos por los jesuitas como belicosos entre ellos y que por cualquier motivo iniciaban pleitos entre sus rancherías, las cuales involucraban al poco tiempo a varias de ellas, cuando llegaban grupos de exploradores europeos, lo primero que hacían los naturales era escapar hacia el interior de sus tierras y sólo después de pasado ciertos días se acercaban a conocer a los extranjeros. Era imposible que los hubieran confundido con otro grupo de nativos de la California puesto que ni su apariencia física, vestimenta, armamento o lengua era conocido por los habitantes de esta tierra.

En lo que respecta a la primera hipótesis, que fue sostenida por Pablo L. Martínez, en donde se dice que los españoles intentaron abusar de las mujeres indígenas causando el enojo y agresión de los naturales, esto es también muy remoto. No olvidemos que tanto los guaycuras como los pericúes eran los grupos étnicos que poblaban la ensenada de La Paz así como islas cercanas, y entre sus costumbres estaba el ofrecer a sus mujeres a los visitantes para que tuvieran sexo con ellas, lo anterior como una muestra de amistad, por lo que es difícil que se hayan molestado si acaso algunos de los recién llegados quisieran cohabitar con sus mujeres.

Existe una tercera hipótesis que hasta el momento considero como el detonante más probable de la agresión de los naturales al contingente de Jiménez. Esta hipótesis la ha desarrollado el investigador Julio César Montané Martí y ha expuesto en sus libros el historiador Carlos Lazcano Sahagún: “Algo más probable quizá fue la defensa de las fuentes de agua por parte de los guaycuras. Los navegantes españoles siempre andaban en busca de agua fresca y en cualquier punto que se detenían, una de sus prioridades era el agua. Para los indios californios, debido a lo hostil de la geografía californiana, el agua también era una prioridad y la defensa de sus fuentes motivo de guerras y ataques. El misionero Jaime Bravo menciona en una de sus cartas como los guaycura de la bahía de La Paz defendían el único aguaje que tenía: “. . . mezquitales y otros árboles que estaban inmediatos al aguaje, desde donde disparaban flechazos los Guaycuros a los buzos, siempre que venían a hacer aguada, y para poderla hacer, habían de estar disparando tiros a dicho monte”[2].

Dando por finalizado el análisis del periplo de la expedición Becerra-Ximénez, es importante pasar a hacer un análisis de otros sucesos acontecidos y que nos ayudarán a comprender mejor no sólo la figura de Hernán Cortés, sino las implicaciones que tuvieron sus exploraciones para la colonización de nuestra península.

Aunque en los documentos que se han consultado sobre esta expedición no aparece información al respecto, es muy probable que antes de partir Diego Becerra, Cortés le haya hecho entrega de sus acostumbradas “Instrucciones”. Este documento consistía en una serie de mandatos que Cortés les hacía a sus capitanes de cómo conducirse durante el viaje, también les aconsejaba sobre qué decisiones tomar en caso de que encontraran tierra habitada y cómo debía ser su relación con los naturales. Desde su primer expedición hacia estos rumbos, la cual fue comandada por Diego Hurtado de Mendoza, Cortés le entregó una serie de “Instrucciones” en donde trataba los puntos ya descritos, así que no es de extrañarse que también lo hiciera con esta.

La relevancia que tiene este documento es el trato justo y respetuoso que Cortés ordenaba que sus hombres tuvieran con los naturales. Un ejemplo de este tipo de órdenes lo vemos en las Instrucciones que tiempo después el mismo Cortés suscribiera a Juan de Jasso, el cual realizó exploraciones dentro de la península durante el tiempo que Cortés estuvo en ella:

No molestar a los naturales

Item si topardes alguna gente de los naturales de la tierra aora en poca cantidad aora en mucha, aora en pueblo o ranchería o fuera della, trabajaréis por todas las formas que pudierdes de darles a entender que no váis a les enoxar ni a facer daño ni perjuicio alguno sino que váis a ver la tierra y a buscar bastimentas, y que si los /al/ardes se los pagaréis del rescate que lleváis hasta hacer en esto todo lo que vos a posible no consentiréis que ninguno de los de vuestra compañía los enoxe en persona ni en haciendas y si alguno sin vuestra licencia se desmandara, castigarlo éis con toda riguridad en presencia de los naturales y darles éis a entender que por el enoxo que les hicieron los castigáis.

Item si habiéndoles fecho todos los cumplimientos y diligencias necesarias para darles a entender que no les queréis enoxar y no obstante todavía ellos fueren pertinaces y quisieren ofenderos, defenderos éis, e darles éis a entender e conocer el yerro que ficieron en acometeros e quereros ferir sin causa.

Item si en la manera susodicha y por su culpa con los naturales, trabajaréis que a mujer ni a niño no les faga daño ni se les queme mieses ni casas ni otras heredades, pero el despojo mueble que /al/ardes hacerlo éis recoger e inventarias ante tres personas de las de vuestra compañía, las que más autoridad para esto tuvieren mandado sopena de muerte, que ninguno esconda cosa aunque sea de poco valor de lo que se oliere de dicho despojo.

Item porque muchas veces suele acaecer que la gente de guerra movida con la codicia dexando seguir la vitoria se ocupan en el despojo, apercibís/os éis que ninguno tome cosa aunque sea de comer del despojo de los enemigos hasta ser echados del campo y con siguridad enteramente de la votiria dellos, porque suele volver hallando la gente desconcertada y sin orden, los vencidos ser vencedores y esto habéis de amonestar con mucha instancia y castigarlo con mucha riguridad.

Probablemente, a muchos de los que por primera vez conocen este tipo de documentos escritos de puño y letra de Cortés se queden asombrados, y sobre todo, intrigados de cuál fue en realidad la personalidad de esta figura. Hasta el día de hoy se nos ha manejado tanto en los libros de texto como en la historia oficial, que Cortés fue un hombre sanguinario y que al mando de sus hombres conquistó y diezmó, a base de asesinatos despiadados, a miles de habitantes de lo que ahora era la Nueva España, sin el menor remordimiento. Si lo anterior fuera cierto, ¿Por qué entonces Hernán Cortés escribiría este tipo de instrucciones de forma tan detallada y pormenorizada? ¿Qué sentido tendría el que obligara a los comandantes de sus expediciones que se ciñeran a ellas y que castigaran con toda severidad a quienes bajo su mando hubieran cometido desacato a las mismas? La respuesta a estas y otras preguntas no soy yo quien debe proporcionarlas, sino cada uno de los que me escuchan lean, reflexionen y concluyan sobre el particular. Ustedes público, son los que tienen la última opinión.

Para muchos, ésta y otras expediciones a nuestra península, que envió o comandó Cortés, se inscriben entre las derrotas y descalabros más tremendos que tuvo, no sólo por sus escasos resultados sino por las pérdidas millonarias que tuvo el extremeño en cada una de ellas. Sin embargo, para aquellos que vemos con calma y relatividad los hechos de la historia, podemos decir que no fue así. Cortés fue un hombre visionario y perseverante, lo primero distinguió a muchos exploradores de su generación, pero lo segundo era muy escaso en el carácter de esos hombres. Debido a esta personalidad, él porfió una y otra vez en ensanchar los territorios de la Nueva España, en fortalecer las actividades productivas en cada uno de los sitios a los que llegaba, en promover matrimonios entre sus oficiales y soldados con las mujeres de los caciques de cuanta tierra visitaba, y lo más importante, en tratar a toda costa de conquistar nuevos territorios pero siempre por la vía de la alianza y negociación. Algunos historiadores creen ver en ello, un proyecto de formar un reino independiente del de España, en donde el extremeño sería el monarca. Sin embargo esto nunca lo sabremos puesto que siempre fue la Corona Española y sus instituciones los que pusieron dique a sus empresas.

Hernán Cortés

Hernán Cortés

El historiador francés, Christian Duverger, en su magnífico libro «Cortés», anota lo siguiente: No se puede estudiar al hombre sin analizar al mismo tiempo la leyenda impregnada a su piel, ya sea negra, ya dorada. Sin embargo, reducir también a Cortés a su leyenda sería perder la ocasión de descubrir al hombre y a su tiempo. Su itinerario personal no se limita a los dos años de la conquista de México, ese lacónico 1519-15 21 de los diccionarios. Cortés tiene una trayectoria: una infancia, deseos, ambiciones, voluntad e inteligencia, pero también puede ser presa del abatimiento; conoce tanto el éxito como el fracaso; posee familia, amigos y se debate entre amores complicados; envejece, sus sienes encanecen; no esquiva las lindes de la amargura, tiene penas y alegrías; sus reflexiones profundas chocan con sus preocupaciones más terrenas y cuando ve venir la muerte juzga a su época, piensa en el porvenir de España y México. En una palabra, Cortés lleva una vida de hombre, una vida plena de 62 años.

Sorprende que la historiografía tradicional no haya tratado de escrutar al personaje en su totalidad y en su continuidad. ¿Acaso se habla del Cortés que se valía de todos los medios en la administración de Santo Domingo?, ¿del Cortés agricultor en Cuba? Y quién sabe que Cortés está al lado de Carlos V en su expedición de 1541 contra los berberiscos. Con dificultad, la memoria colectiva concibe a Cortés como el explorador del Pacifico que descubre California, que comercia con el Perú o que intenta abrir la ruta del poniente hacia las Malucas y Filipinas, por ejemplo. Le es difícil reconocer Al hombre que desafiaba a la Corona al tomar posesión de México (…) Resulta ilusorio tratar de comprender al hombre sin entender su siglo, pero aquí hay que mirarlo desde dos ángulos (…) No es posible limitarse al estudio del contexto hispánico, hay que intentar también pasar del lado indígena, para apreciar ese extraño itinerario cartesiano trazado en la frontera del Viejo y del Nuevo Mundo.

[1] Pablo L. Martínez, Historia de Baja California, La Paz, Instituto Sudcaliforniano de Cultura, 2011, pág. 83

[2] Carlos Lazcano Sahagún (2006). LA BAHÍA DE SANTA CRUZ. Cortés en California 1535-1536, Ensenada, Museo de Historia de Ensenada, 2006, págs. 67-68

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