Ciencia y religiones ¿Son compatibles? (II)

FOTOS: Internet.

La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El que Dios sea algo opcional, es decir, una entre muchas creencias y no el primer móvil es lo que rechazan los religiosos. ¿Qué dios? Un aspecto demencial es que las religiones teístas parten de la adoración a Dios. ¿Qué Dios? ¿Es lo mismo Alá que Cristo o que Shiva? ¿Por qué la creencia en alguno de estos tendría que chocar contra el conocimiento científico?

No podemos demostrar que Dios (cualquiera) no existe. En todo caso, el que defiende su existencia debe demostrarla, pero las argumentaciones lógicas al estilo de Tomás de Aquino o racionales como la de Descartes, no demuestran su existencia como ente físico sino tan sólo como una idea. Bertrand Russell es muy claro al respecto: no porque algo se defina entonces existe.

También te podría interesar: Ciencia y religiones ¿Son compatibles? (I)

La noción de Dios es semejante a la de alma, un modelo, una intuición o una teoría sobre la conciencia o el cosmos. Este vocablo Dios (Theos, Zeus) o God en inglés (Wotan, Odín) tiene tantas definiciones e interpretaciones que su uso se vuelve absurdo si el que lo utiliza no lo define con anterioridad.

¿Es lo mismo Jehová que Alá que Atón? Para muchos antropólogos y mitólogos claro que es lo mismo. Pero Robert Graves plantea que Yahvé o Jehová es una transliteración de una diosa de Palestina: Evohé, y Alá una derivación de la diosa árabe Alalita. Entonces el sentido cambia, lo cambia radicalmente.

¿Por qué el biólogo Morgan dijo que la fuente de los emergentes es una actividad inmanente a lo real llamada Dios? ¿Es lo mismo el Primer móvil aristotélico que el Demiurgo platónico? ¿El Arquetipo de Malebranche que la Inteligencia? ¿El Dios de Algazali que es la noción del hombre religioso y no el primer móvil natural? ¿El Dios de Malebranche que es lo infinitamente infinito que contiene en su esencia todas las finitudes?  ¿El de Leibniz como Mónada Suprema? ¿Una persona como sostienen los católicos o una fuerza como defienden algunos rabinos? Así, Dios puede ser la Voluntad, el Espíritu, el Ser, el dinero, el Orden, el Bien, el Uno, un carpintero judío, un dictador celestial, un furibundo con relámpagos, una Fuerza, una partícula, la luz, el rey de los fantasmas, un soplo impersonal, una realidad impersonal, lo incognoscible, un noúmeno, etc.

Escribir una historia sobre la idea de Dios sería relatar la historia de la humanidad. Parafraseando a un jesuita si todo es Dios entonces Dios es nada. Apelar a Dios nada significa pues puede ser cualquier cosa. De pronto tengo la ingenua y grosera idea de que a veces es fácil ser filósofo, mezclo palabras y escribo, luego pongo a Dios como causa, lo defino como quiera y lavo mis manos ignorantes. Además, ¿por qué no Diosa? ¿Qué acaso es macho?

La creencia en los dioses o en Dios como principio implica que él explique todo. El problema es que Dios no es perceptible, no es distinguible para nuestros sentidos. Lo que ciertas teorías científicas destacan es que la noción de Dios es prescindible. Si existe o no, no afecta a las hipótesis. Es más, quitar a Dios como hipótesis es mejor, pues se soslaya el problema de un fin último y la teoría se enmarca en un ámbito materialista. Como menciona el filósofo argentino José Pablo Feinmann, si Dios existe no tiene caso pensar pues ya todo está pensado. O mejor, la máxima de Epicuro: o los dioses no existen o, si existen, no se ocupan de nosotros.

Los dogmas religiosos pueden refutarse con investigación antropológica si estudiamos cuándo y en qué contexto histórico fueron inventados, pero esos dogmas son defendidos como verdades absolutas por los sacerdotes. La diferencia es que en la ciencia, los modelos de la realidad son falseables y cambian continuamente, mientras que las religiones teístas conservan sus mitos como verdad anquilosada. En una época en donde la embriología y la genética han demostrado que ciertos cromosomas determinan el sexo del embrión humano, conservar la leyenda de la virginidad de María resulta hilarante.

El científico rechaza el milagro divino y lo sobrenatural, el religioso creyente los acepta como revelación de un dios no inventado por él mismo sino dado ya por una educación que le ha enajenado. Irónicamente, piensa Anne Fagot-Largeault, la pérdida del punto de vista en Dios en el siglo XX significó la pérdida del absoluto en el universo, lo que sembró la duda sobre la verdad científica pues significó la pérdida de todo privilegio humano para enunciar lo verdadero. A mí me parece esto excelente. El científico debe dudar de la propia ciencia.

Lo que algunas doctrinas religiosas condenan es el escepticismo y que exista una ética no basada en la divinidad. Las religiones teístas son las que más han condenado algunas teorías científicas, especialmente ciertos mecanismos de evolución biológica y algunos modelos cosmológicos.

Las religiones ateas como el Jainismo y el Budismo no han tenido problemas con la ciencia actual, incluso el último Dalai Lama envió a un grupo de monjes a que meditaran mientras eran examinados por neurólogos de la Universidad de Chicago, y en sus escritos se ha mostrado abierto al conocimiento de las últimas teorías de física cuántica.  El hinduismo, tradicionalmente no ha mostrado rechazo con el conocimiento científico, debido quizá a que su postura es que la realidad es sólo una ilusión incognoscible (Maya).

Pero el Cristianismo —en todas sus sectas—, el Islam contemporáneo y, en menor medida, el Judaísmo, son hostiles a ciertas teorías y conocimientos científicos. La hostilidad tiene su base en la conservación del poder. Incontables personas fueron torturadas y asesinadas como herejes[1] debido a que no profesaban la fe imperante. Tanto la condena a Giordano Bruno como la acusación contra Galileo fueron porque sus tesis de la infinitud del universo, el que el espíritu estuviese hecho de átomos y el modelo copernicano, podían hacer tambalear los dogmas del cristianismo imperante. La condena de los rabinos de Ámsterdam a Spinoza por negar la inmortalidad del alma, era en realidad por defender el hedonismo, y eso que en ese momento el filósofo no había publicado aún nada y tenía 23 años.

La Carta al personal de la salud del Vaticano condena la experimentación con el embrión, las fecundaciones in vitro y la transferencia embrionaria; también la procreación asistida médicamente para las parejas no casadas u homosexuales, la clonación terapéutica y la eutanasia.

En el mismo Génesis se condena el conocimiento, Iahvé prohíbe comer el fruto de la sabiduría pues los humanos serían como dioses y el castigo es la muerte. Poéticamente es un símbolo poderoso, el que la lucidez total destruye al estilo de Rimbaud es el mismo principio de la Esfinge edípica. Pero si como mito es sabio, como dogma es nefasto pues prohíbe la curiosidad y la investigación, el anhelo de ser dioses en lugar de prosternarse ante ellos.

El Génesis es una obra probablemente escrita en el siglo VI a.NE en la corte del rey Josías. Ni siquiera es un texto original, sino que toma mitos egipcios y sumerios en un sincretismo propio de la época. La condena al conocimiento se explica en que sólo los nobles y los colegios sacerdotales tenían acceso al conocimiento, la coerción es el arma predilecta de los poderosos.

En 1340, Nicolás d’Autrecourt propuso que la luz era un corpúsculo y por lo tanto su teoría era atómica. La Iglesia Católica lo obligó a abjurar y quemó sus escritos. Quemar escritos y personas, condenar, prohibir ideas, coaccionar, vigilar, castigar, imponer dogmas parecen acciones propias de criminales. Eso es lo que las iglesias cristianas, y algunas islámicas, han hecho sistemáticamente por más de 1500 años de poder.

Las opiniones de líderes religiosos son tomadas como guías morales y, si alguien piensa que ya han pasado los excesos de tiempos en que una turba de cristianos instigados por el obispo de Alejandría linchó a Hipatia, considere algunos ejemplos recientes: el Cardenal Alfonso López de Trujillo, presidente del Consejo Pontificio para la familia del Vaticano, aseguró que los condones se fabrican con agujeros microscópicos para que pase el virus del SIDA, mientras que el Cardenal Wamala de Uganda escupió que las mujeres que mueren de SIDA deben considerarse mártires cristianas.

Timothy Dwight, rector de Yale, se opuso a la vacunación  pues  la consideraba una injerencia contra la voluntad de Dios.

¿Sigue usted creyendo que la religión y la ciencia son compatibles? No tanto desde la estética religiosa. Algunas lindezas del Concilio Vaticano I en 1968 bajo la autoridad del Papa Pío IX anatemiza a “quien diga que la ciencia humana debe proseguirse con tal espíritu de libertad, que puedan considerarse sus afirmaciones como verdaderas, aun cuando se opongan a la verdad revelada” y a “quien diga que la revelación divina no puede hacerse creíble por pruebas exteriores”.

 

Continuará…

[1] Hereje es una palabra hermosa, significa él que decide por sí mismo, o sea, él que piensa.

__

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, esto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.




Ciencia y religiones ¿Son compatibles? (I)

FOTOS: Internet.

La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Una religión es un sistema cultural de creencias en lo sobrenatural, teleológica y que funda una moral. Se caracteriza por ser grupal y ritualista. Hay religiones teístas y ateas.

Los rituales ligados a la religión son prácticas sociales, pero la base religiosa es la fe. La fe es la creencia ciega a ciertos dogmas, nociones o doctrinas, sin el uso del pensamiento crítico. ¿Es compatible con las metodologías científicas que se basan en la duda? Históricamente, la respuesta es sí.

También te podría interesar: ¿El Método o los métodos? Feyerabend y su anarquismo (II)

Tan sólo si revisamos la biografía de la mayoría de los naturalistas, filósofos y científicos, resulta que han sido personas religiosas. Sobre todo los matemáticos y físicos como Napier, que —al tiempo que desarrollaba los logaritmos—escribió un tratado sobre el día del juicio final. O Newton o Galileo. Quizá el alto índice de matemáticos que cree en Dios se deba no sólo a su educación, sino a la noción de cosmos, de estructura lógica que para ellos posee el universo, lo cual lo liga a una Creación ordenada.

La noción de causalidad del científico es compatible con la del mago. El pensar que los fenómenos son causados por otros, que pueden ser descubiertos, es un principio religioso. Platón, en el Sofista, sostiene que la naturaleza no engendra sin inteligencia pues, si no, el mundo no sería ordenado, por lo tanto la causa debe ser una divinidad artística, y en el Timeo nombra a este creador como: “Demiurgo”.

Algo similar ocurría entre los naturalistas como Cuvier o Agassiz, quienes, a pesar de sus nociones evolutivas, pensaban que Dios era el primer motor, ya que la belleza de la vida podía clasificarse.

Sin embargo, la ciencia moderna entendió la filosofía kantiana de no hacer de la relación causal un nexo ontológico, sino una conexión de las cosas como objetos de la experiencia. Según Kant, no hay medio para remontarse desde la causalidad empírica hasta una causalidad divina o, como lo interpreta Brunschvicg: un Dios que por hipótesis no lo es, es una operación imposible.

Las ideas sobre el origen y la estructura universal ya no son principal doctrina religiosa y, los dioses, para la mayoría de la población, no son entidades cósmicas que parten de ideas filosóficas sino ídolos reales, al servicio de los anhelos personales, que viven en lugares incognoscibles y existen atentos a las banalidades humanas.

Dios no sería un principio de movimiento sino un ídolo gigantesco y omnipotente, que ha creado humanos a su imagen y semejanza para regir el planeta con un sentido misterioso, pero especial. Según González Rojo, esta psicosis —tratar lo ficticio como real— proviene de una introyección mediante la educación o, en palabras groseras, i.e., lavado de cerebro.

Casi todas las doctrinas religiosas parten de los mitos institucionalizados. La única diferencia entre el mito de Zeus preñando a Dánae en forma de luz dorada y el dogma del Espíritu Santo preñando a María, es que en el primero ya nadie cree, mientras que el segundo es venerado como un hecho milagroso. Al institucionalizar los mitos, la religión se vuelve una charlatanería alienante.

Convertir una metáfora o un símbolo en una verdad se conoce como psicosis (creer que lo ficticio es real)[1]. Muchas religiones aluden a la resurrección o al regreso de los muertos, reencarnados de un más allá. La putrefacción de los cuerpos muertos ni siquiera es una teoría científica ¡es un hecho natural! Sin embargo, las religiones, al tomar los mitos como hechos, psicotizan al creyente.

De esta manera, la religión como sistema político puede condenar la observación y forma el sentido común. Como escribe Edward Gibbon en Decadencia del Imperio Romano, lo que más condenaba la Iglesia de Bizancio a partir del siglo VI, era el estudio de la naturaleza. Tristemente, somos animales que esculpen una verdad no basada en los hechos, sino en la interpretación de los hechos.

Los que piensan que ciencia como pensamiento crítico, y religión, pueden convivir de manera armónica, son ingenuos o ignorantes de los hechos históricos y de las doctrinas religiosas. Una cosa es que los científicos tengan una fe individual y otra es que la fe como institución no sea hostil a las teorías científicas.

La religión es una abstracción, lo que la sustenta son los creyentes. Y muchos creyentes siguen siendo hostiles a diversas consideraciones de conocimiento científico. Quizá, lo que algunas personas fanáticas atacan, no sea a la ciencia como tal sino al pensamiento crítico, que es la base del científico. Las preguntas son incómodas y las probables respuestas, o hipótesis, tienden a abrir panoramas más bastos que las doctrinas de religiones anquilosadas. Esa pérdida de certeza es lo que temen los sacerdotes, teólogos y autoridades eclesiásticas, pues el negocio se les viene abajo.

Casi no existen registros de una incompatibilidad entre la ciencia y las religiones antiguas. Esto puede deberse a que la ciencia era considerada una actividad mística, que los propios iniciados ejercían en los colegios de sacerdotes, como las enseñanzas de Hermes en Egipto. La misma geometría era considerada dentro de los aspectos religiosos, cuyo conocimiento era tanto esotérico como exotérico entre las culturas sumerias, babilónicas y egipcias. Incluso los pitagóricos tenían la creencia de que el número era la esencia del universo, desde una estética doctrinal. En la Academia de Platón, por ejemplo, la ciencia —conocimiento— de la música, las matemáticas y la astronomía, estaba ligada al culto a las musas y se relacionaban con sacrificios rituales.

Dos ejemplos ilustran que no es tanto la ciencia como el ateísmo lo que sancionaba la sociedad: la condena a Anaximadro, por haber considerado al sol como una bola de fuego más que como un dios, y el desprecio de San Jerónimo al pensamiento atomista de Lucrecio, que negaba a los dioses o les restaba importancia. De aquí, podemos inferir que los científicos debían ser creyentes, por lo menos para la opinión pública, ya que de otra forma serían condenados a muerte por blasfemia.

El atomismo le horrorizaba a Platón, pues el agnosticismo de Leucipo y Demócrito consideraba que los dioses no eran necesarios y, según el cosmos platónico, la causa del orden es el Demiurgo o la Divinidad Creadora, que teólogos medievales identificaron como su propio Dios cristiano, falsificando o torciendo las doctrinas platónicas. Irónicamente, Newton contribuyó a establecer explicaciones no deístas para entender el movimiento físico, aun cuando él consideraba que no podía existir otra explicación que Dios.

La idea de que la religión es mera superstición se afianza en el siglo XVIII, gracias a materialistas como La Mettrie o el Barón de Holbach. Lo que critican, más que la filosofía como base de la doctrina religiosa, es a la religión como detentora del poder.

Los enciclopedistas sustituyeron a Dios por la Diosa Razón y se mostraron hostiles al clericalismo. Pero el sueño de Condorcet de que el Iluminismo sustituiría a las prácticas religiosas no se cumplió. Incluso la célebre muerte de Dios según Nietzsche, en una época donde el psicoanálisis freudiano atacaba a la religión como mecanismo represivo, el darwinismo social de Spencer se afianzaba como dominante, la tesis de Feuerbach sobre la religión como aparato de alienación y el anarquismo de Bakunin que clamaba que mientras existiera un dios en el cielo el hombre no sería libre en la Tierra; no llegó realmente a cumplirse.

¿Puede morir algo que no existe como realidad material? Pues sí, muchos dioses han muerto, ya no se les considera reales y sus ritos han sido abandonados, pero esto se debe a procesos de guerra en donde el conquistador somete al conquistado ideológicamente; recordemos cómo se expandieron Judaísmo, el Islam o el Cristianismo, mediante  rutas de sangre y genocidios.

Lo que los filósofos materialistas comenzaron a cuestionar, era que los dogmas eran invenciones. Ya Nietzsche pensó en que la moral era un invento de las clases poderosas para mantener su poder mediante las doctrinas y espetó a los sacerdotes de parásitos. La noción de que las religiones surgieron en una época de ignorancia absoluta no es del todo cierta, pues en la actualidad siguen surgiendo doctrinas y sectas, pero la noción de que toda aseveración metafísica es falsa, permea en un pensamiento crítico radical, tal como lo pregonaba Christopher Hitchens. Esta es una postura un tanto simple, ya que la misma concepción de vida y materia son también metafísicas y no han impedido el desarrollo de la biología ni de la química.

 

Continuará…

[1] Una discusión filosófica de este tipo ocurre en las matemáticas; la noción de si los números son reales (concretos y materiales)  o no.

__

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, esto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.




¿El Método o los métodos? Feyerabend y su anarquismo (II)

FOTOS: Internet.

La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Cito a  Kurt Huebner (1969) el origen del progreso científico no radica ni en las reglas abstractas de la falsación, ni en las inferencias inductivas y semejantes, sino en la situación completa, mental e histórica, en la que se encuentra el científico. De este pensamiento se colige que nada permite decir a priori qué vía de investigación o hipótesis no será importante. Los científicos escogen y prueban diversas vías, en pos de encontrar la solución a un problema determinado sin que exista una autoridad, receta o código epistémico que sirva para cada caso. Este anarquismo teórico, según Vásquez Rocca, es más humanista para estimular el progreso que un rígido orden racional.

Ahora bien, Feyerabend prefiere, en ediciones posteriores, el término dadaísmo al de anarquismo. Dadaísmo epistemológico es aquel en el que todo vale para poner a prueba una hipótesis o desarrollar una teoría. Feyerabend sólo ratificó que la ciencia no es algo sagrado pues no puede conocer los hechos desnudos, sino que estos hechos son interpretados de alguna forma por los descubridores y, por tanto, esencialmente son teóricos. Por eso la historia de la ciencia es compleja y caótica, llena de autocorrección y errores —hasta intereses económicos y políticos — al igual que otras actividades humanas que intentan moldear la realidad.

También te podría interesar: ¿El Método o los métodos? Feyerabend y su anarquismo (I)

Imagino la molestia de ciertos científicos positivistas cuando Feyerabend afirma que una teoría nueva es aceptada por la comunidad científica no por su verdad sino por medios irracionales como la propaganda, sensibilidad, hipótesis ad hoc y apelación a prejuicios de todas clases. Necesitamos de estos ‘medios irracionales’ para defender lo que no es otra cosa que una fe ciega, hasta que hayamos descubierto las ciencias auxiliares, los hechos, los argumentos que conviertan la fe en puro ‘conocimiento’.[1]

Pero ¿acaso no es la propaganda y el medio histórico particular —no únicamente le evidencia científica a su favor, pues también hay mucha en contra— lo que ha ayudado a que se acepte en nuestros días la teoría del calentamiento global tal como se formula?

Pienso en Al-Jahiz, sabio de Basora en el siglo IX que en su Libro de los animales describió un principio de selección natural, como la lucha de los animales por los recursos. En su tratado podemos leer que: Los animales que sobreviven y se reproducen pueden traspasar descendencia. Sin embargo, no es por el sabio árabe que el paradigma de la selección natural como base de la evolución biológica ha llegado hasta nosotros, sino por la obra de Darwin diez siglos después. ¿Será porque el genio del inglés es más que el genio del árabe? Pensemos sobre las condiciones políticas e históricas de cada época, no sólo los argumentos de las teorías.

Feyerabend no se deja impresionar por la santificación de los científicos como mentes privilegiadas ajenas a las pasiones humanas. Entiende que la historia de la ciencia será tan compleja, caótica y llena de errores como las ideas que contiene y, a su vez, estas ideas serán tan complejas, caóticas, llenas de errores y divertidas como las mentes de quienes las han inventado. Así, el éxito de una investigación no se da por la medida en la que se aplican las reglas y fórmulas generales; es más, ni siquiera se conoce explícitamente el método con el que se logró tal éxito. El condenar a Feyerabend como enemigo de la Ciencia es ridículo e ignorante. Él es uno más de una tradición que parte del siglo III a.NE., pensadores lúcidos y sinceros, tradición que podemos rastrear hasta el escepticismo de Pirrón.

El escéptico entiende que no hay ningún saber firme ni opinión absolutamente segura. Escépticos como Arcesilaeo y Carneades defendieron teorías sobre la probabilidad. Sexto Empírico pensó sobre la cuestión del criterio de verdad, el cual requiere de otro criterio para decidir del primero y así infinitamente; de esta manera no puede existir un último criterio de verdad.

Se puede resumir el pensamiento escéptico así: si existiera el conocimiento seguro no habría cambios en el contenido del conocimiento. Dilthey atribuyó esto a lo que llamó anarquía de los sistemas filosóficos. Los escépticos disputaban para demostrar que toda discusión era inane.

¿No es acaso esto lo que caracterizó a Feyerabend? Su pensamiento se opuso a la idea de que existan estándares invariables de racionalidad en cualquier campo, incluido el de la ciencia. Es más bien el objeto de una ciencia el que determina el método apropiado o correcto en dicha disciplina. Es uno más de los escépticos.

Uno de los más divertidos problemas filosóficos es semántico, pues el escepticismo sería imposible si se atribuye verosimilitud al enunciado de qué ningún enunciado es verdadero. Resulta una paradoja sensacional. Los lógicos la resuelven así: Ninguna proposición es verdadera, es verdadera. Y volvemos a la rueda loca.

En la lucidez que lo caracterizó, Feyerabend aclaró que el escepticismo sólo puede tener sentido si la idea de fundamentación última se considera imprescindible de forma epistemológica. Así, cuando esta idea pierde su capacidad de hechizar la conciencia del científico, toda argumentación escéptica puede ser desechada sin menoscabar el rigor técnico. El científico debería ser escéptico pero no puede, eso le constreñiría a nunca formular leyes, a menos que entienda que esa ley no puede ser absolutamente verdadera. De esta forma los científicos tenemos fe en nuestros métodos, pero como escribe Santayana, es una fe con superposición de símbolos. De esta forma no es que existan diferentes tipos de realidad, sino que existen diversas categorías en la realidad.

[1] Tratado contra el método, capítulo 12.

 

__

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, esto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.




La Profecía de Prometeo. El umbral del hombre como un nuevo dios

Detalle del mural «Hombre en llamas» de José Clemente Orozco.

La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Cuando Zeus emasculó a Cronos, éste le maldijo. Algún día perdería su divino reino. Prometeo sabía la manera de cómo Zeus perdería su potestad; sería derrocado por un hijo más poderoso. “Nada podrá evitar que caiga la ignominia con caída insufrible. Un adversario tal se está preparando por sí mismo invencible prodigio, que una llama inventará que el rayo más potente y una explosión que ha de vencer al trueno…”, profetiza el titán en la tragedia de Esquilo, Prometeo encadenado.

Diversos comentaristas han interpretado quién o cuál podría ser tal llamarada. Para algunos era Heracles; para los primeros cristianos: Jesucristo. Me aventuro a interpretar la profecía. Prometeo no ser refiere al uno ni al otro. Él que derrocará a Zeus es el hombre. La humanidad por medio del poder que su creador –Prometeo, el filántropo[1]— les concedió: el conocimiento que lleva a la técnica.

También te podría interesar: La tergiversación de la divulgación científica 

Según el mito, el titán creó al hombre con agua y arcilla. La humanidad horrorizada ante la muerte, vivía en cavernas, así que Prometeo nos regaló el olvido. Pero no era suficiente así que nos transmitió la arquitectura, la astronomía, las matemáticas, la navegación, la medicina y la metalurgia. Robó el fuego del carro ígneo del Sol y se lo dio a los hombres para que comenzara su aventura tecnológica.

Enfurecido, Zeus ordenó encadenar al titán a una montaña del Cáucaso donde devoraba su hígado a diario en forma de águila. Pero, en medio de la borrasca, encadenado, Prometo sabe que Zeus-Dios- sucumbirá al regalar a sus hijos el secreto para derrocarle. Ahora el hombre desea elevarse y sustituir a Dios[2]; ser él mismo un nuevo Dios.

En el umbral de nuestro destino prometeico, el ascenso hacia el Olimpo se ha configurado como desarrollo científico. Sin embargo, ese ascenso también puede significar la caída, el ocaso del hombre como un nuevo dios que no sabe cómo detener la pesadilla que ha disparado, tal como un doctor Frankenstein [3].

El nuevo Zeus indaga y cambia. Es un mago que intenta predecir los fenómenos sustituyendo el laurel y el hongo alucinógeno por la teoría. El nuevo lenguaje mítico ya no habla de quimeras o gorgonas sino de partículas, genes, ondas electromagnéticas y probabilidades cuánticas. Sustituye a Eros por neurotransmisores y la teleología innecesaria en la selección natural o la epigénesis. Este lenguaje también se hace viejo, mejor pensemos en los micro agujeros negros y las partículas supersimétricas.

Pero no es el significado que le damos al universo lo que nos impele a sustituir a Dios sino la transformación de la materia y la consolidación del mundo —y de los mundos posibles— por hacer. El fuego de Prometeo es nuestra inteligencia, no nuestra conciencia. Nuestra capacidad o ceguera, nuestra facultad gracias al pulgar y nuestra mente. Tal fuego nos ha servido y de él nos serviremos. Desde curtir pieles hasta construir aceleradores de hadrones ese fuego interior se exterioriza.

El hombre ya no sueña con modificar la vida, lo ha logrado. Cuando Niu en 2014 dio a conocer la técnica de la edición genética en su trabajo “Generation of Gene-Modified Cynomolgus Monkey via Cas9/RNA-Mediated Gene Targeting in One-Cell Embryos”; la historia de la humanidad cambió. La pesadilla de Mary Shelley es ya línea de investigación común. El desarrollo de la edición genética por medio del CRISPR ha logrado ya bebés modificados para lograr inmunidad hacia ciertas enfermedades como el SIDA. Los ejemplos de increíbles animales transgénicos son ejemplos puntuales de que aun no sabiendo qué es la vida podemos jugar con lo vivo. Los chinos ya han seleccionado perros transgénicos sin la miostatina que inhibe el crecimiento muscular. Tales caninos son hipertrofiados, perros “hulk” listos para el servicio militar y policial. Cabras con genes de araña que pueden dar seda en vez de leche y conejos con genes de medusa para ser bioluminiscentes son el parteaguas de cualquier posibilidad den el futuro.

Gato transgénico con genes de medusa que le permiten brillar en la oscuridad. FOTO: Clínica Mayo.

¿Qué nuevos dilemas bioéticos emergerán de estos procesos? Ya surgieron con la experimentación con células madre, la clonación de diversas especies incluyendo al humano, manipulación de estados mentales a través de fármacos, experimentación animal, etcétera.

Prometeo clama sobre el usurpador de Zeus, el nuevo dios dominará un rayo más potente y detonará una explosión que acabará con el trueno. Bien, ahora pensamos en bombas arcoiris; armas generadoras de energía electromagnética que pueden destruir total o parcialmente el equipamiento eléctrico y electrónico dentro de su radio de acción. Desde 1962, las potencias nucleares han incorporado a su arsenal armas capaces de producir un ataque de pulso electromagnético.

Bombas N, bombas H, bombas A y demás lindezas representan el arsenal bélico con el cuál se pueden destrozar ciudades y asesinar a millones de personas. No sólo eso, en el siglo XXI ya se tienen robots de guerra, los SWORD (Special Weapons Observation Remote Direct-Ation System) que han entrado en batalla.

Hoy mismo la innovación tecnológica se aboca a mejorar ambulancias robots, vehículos de combate de alta velocidad, bombarderos, tanques no tripulados y minas inteligentes (¿inteligentes?). Ahora mismo, los drones sirven tanto para cartografiar terrenos como para asesinar personas.

¿Inteligentes? Vuelvo a preguntar. En el siglo XXI ya hay ordenadores que vencen al campeón mundial de ajedrez, así como sistemas terapéuticos que permiten detectar emociones para interactuar con niños autistas. Nuestra existencia ligada a sistemas automatizados puede continuar en la pesadilla del golem cibenético.

“La terminación del momento en que el ábaco se transformó en un ente dotado de raciocinio consciente es tan ardua como la tarea de señalar el momento en que el simio se transformó en hombre.” Esta es una de las frases más geniales de la literatura y lo que Stanislav Lem plantea en su novela Golem XIV, el enamoramiento del hombre de sí mismo al crear espejos de su conciencia. Pero esos espejos podrán a su vez encontrar un camino autónomo, aunque, según Lem, lo construido sea más imperfecto que el constructor. La ignorancia del humano es –según Lem— ver el progreso precisamente en la pérdida de la perfección inicial.

Aún la humanidad requiere de Dios, de cualquier dios, no lo hemos derribado pues no hemos vencido a la muerte. La profecía de Atenea: El hombre algún día alcanzará a Urano, a Poseidón y vencerá al Hades, está en proceso. Pero ya comenzamos, minúsculos satélites, transbordadores espaciales, quizá un viaje lunar, batiscafos que otean un miserable porcentaje del océano y medicamentos avanzados, terapias génicas, trasplantes. Vamos en camino.

Somos protodioses jugando a Dios, la clonación y la creación de conciencias artificiales. Hemos endiosado al cerebro como si este fuera el parangón del polvo. Cómo dice Golem XIV, ¿salvaremos al hombre rechazando todo lo humano?

Quizá el sueño teleológico de los estoicos al considerar la razón que penetra como pneuma la materia, consiste en que el hombre podrá ser un dios mediante el uso de tal razón al homologar el cosmos. Esa razón fue la base de los iluminados que fundaron las sectas empíricas.  Las tecnociencias actuales en su delirio racional parecen consagrar el camino que los iluminados abrieron en el siglo XVI.

Los nuevos dioses jugando con sus criaturas extenderán la profecía de Prometeo, imaginemos a una supercomputadora encadenada, a una conciencia abstracta y virtual encadenada a un Cáucaso de sílice y micro sensores, a un ciborg clonado, todos ellos blasfemando contra el nuevo Zeus.

La pregunta fundamental de su nuevo alegato será: ¿Quién destronará al hombre?

NOTAS:

[1] Philan Thrópos: amar al carácter de los hombres.

[2] ¿Qué otra cosa representa el mito en el Génesis. La serpiente al otorgarle el fruto del conocimiento a Eva y Adán les promete: Seréis como Él.

[3] No en balde, Mary Shelley subtituló a su novela: El moderno Prometeo.

__

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, esto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.

 




¿Cómo puedo saber cuántos años tiene una caguama?

FOTOS: Internet

SudcaliCiencia

Por Marián Camacho

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Las caguamas, como coloquialmente conocemos a la especie de tortuga marina Caretta caretta, son parte de la fauna marina que habita en los mares sudcalifornianos. Asimismo, las caguamas forman parte de los recuerdos de muchos de nuestros ancestros pescadores que las vieron nadar, flotar y sumergirse en cientos de ocasiones en los viajes de pesca. Actualmente, forman parte de aquel grupo de animales llamados “carismáticos” y se encuentran protegidas por las leyes mexicanas para evitar su captura y permitir que sus poblaciones se recuperen de la explotación sin regulación de la que fueron especie objetivo.

Derivado de nuestra convivencia con estos reptiles, las caguamas despiertan gran interés para los sudcalifornianos acerca de las particularidades de su forma física y su modo de vida; es así que existen algunas dudas que, en ocasiones, sólo se responden con meras suposiciones y requieren respuestas científicas para maravillarnos de la realidad que nos rodea. Este es el caso de la pregunta “¿cómo puedo saber cuántos años tiene una caguama?”.

También te podría interesar: ¿Los animales sienten dolor? ¿La almeja chocolata también? (I)

Estimar las tasas de crecimiento de las tortugas marinas no es una tarea simple y se han desarrollado varias metodologías para hacerlo. El método más obvio para obtener dicha información es el uso de mediciones múltiples de la misma tortuga a lo largo del tiempo, utilizando el método de capturar el animal, marcarlo y recapturarlo para conocer cuál fue el aumento de su tamaño; sin embargo, estos procedimientos pueden ser complicados de llevar a cabo porque las tortugas son tan “vagas”, que recorren miles de kilómetros en sus viajes a las zonas de alimentación y reproducción, y con un crecimiento relativamente lento, que se requieren programas de captura-marcado-recaptura costosos, intensivos y a largo plazo.

De tal forma, la esquelotocronología, una técnica basada en el análisis de las marcas de crecimiento anuales en los huesos, resulta ser una excelente opción para saber cuánto crece una caguama. En este sentido, los húmeros —los huesos grandes y gruesos de las aletas— han sido utilizados con éxito para conocer la edad en las tortugas marinas. Para ello, se analizan tortugas muertas que han sido capturadas accidentalmente por artes de pesca o que fueron encontradas varadas, o flotando en el mar en un estado insalubre; a estos organismos se les realiza una necropsia para extraer los húmeros, éstos se limpian y hierven para eliminar cualquier resto de tejido blando.

Posteriormente, los huesos son enjuagados en una solución de agua con blanqueador y se dejan secar al aire libre durante 15 a 20 días; luego se cortan secciones de 3-5 milímetros de espesor de cada húmero utilizando una sierra circular. Después, estos cortes se colocan en una solución de un líquido fijador (formol) por 24 horas para preservar la estructura de las células óseas. A continuación, las secciones de huesos se enjuagan y se descalcifican en otra solución a 37-60 °C durante 2 a 60 días, dependiendo del diámetro de la sección y la estructura del hueso; después de la descalcificación, se lleva a cabo un nuevo corte más fino de los huesos, 20-24 micras de espesor (una micra es la milésima parte de un milímetro). Finalmente, estos cortes óseos se tiñen con un colorante y se observan con un estereomicroscopio para analizar las líneas de crecimiento.

Sin embargo, aún después de un proceso tan largo y detallado como el anteriormente descrito, las marcas de crecimiento no siempre son claramente reconocibles y la reabsorción y remodelación ósea requieren protocolos de corrección. Por lo anterior, los científicos deben hacer muchos cortes de los huesos y análisis estadísticos para determinar, con la mayor precisión posible, la edad de las tortugas marinas. Adicionalmente, existe una gran variabilidad de la tasa de crecimiento entre individuos de una misma especie, la cual puede atribuirse a varios factores, incluidos los de base genética, poblacionales —por ejemplo, existen poblaciones formadas por muchos juveniles pequeños, como la del Mediterráneo— o espaciales —como la disponibilidad de alimento.

Así, querido lector, si a partir de este pequeño breviario científico usted ha generado más preguntas o dudas, de este y otros temas, que quiera sean respondidas con base en la investigación científica, lo felicitamos, ya que la curiosidad por la ciencia ha sido encendida en su mente, y lo invitamos a escribirnos para dar atención a ello.

—–

AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.