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Del último fracaso panista al temor a Dios por el virus más perrucho

29-Jun-2021

OPINIÓN por Roberto E. Galindo Rodríguez
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FOTO: Archivo

La Última Trinchera

Por Roberto E. Galindo Domínguez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El último gran fracaso del gobernador Carlos Mendoza Davis en Baja California Sur —después de perder la entidad a manos de la oposición obradorista—, es la exacerbación de la crisis sanitaria del coronavirus, que se da tras el proceso electoral pasado, pero no sólo fueron las campañas políticas, de todos los partidos, y la elección misma los detonantes de la tercera ola de la Covid-19 que afecta a la entidad. El desastre sanitario es, en gran medida, el resultado del comportamiento del sudcaliforniano promedio, además de otros factores, como el turista irresponsable y el valor del dinero por encima de la salud.

Desde que la pandemia alcanzó a BCS, y se registraron los primeros casos de contagios, así como muertes en marzo de 2020, el gobierno de Mendoza Davis tomó distancia del Gobierno Federal y de los lineamientos de la Secretaría de Salud, al grado de desechar el semáforo COVID de cuatro colores y sustituirlo por uno de seis niveles, con dos naranjas y dos amarillos, además del verde y del rojo, en el que las restricciones a las actividades económicas y de esparcimiento son menos estrictas. Entonces, pocos fuimos los detractores de tal decisión, pues era evidente que dicho semáforo tenía el propósito de privilegiar al turismo y la actividad comercial por encima de la salud de las personas, ya que dicha actividad es, en la media península sureña, la principal fuente económica. Sin embargo, hoy queda claro que privilegiar al turismo de la manera en que el Gobierno Estatal y los empresarios lo han hecho ha derivado en una afectación mayor: el detrimento de la salud de los sudcalifornianos y la muerte de varias centenas de estos.

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Tras la primer ola COVID-19 que azotó al país, el Gobierno Estatal desoyó en varias ocasiones los llamados federales a ubicar a la entidad en el semáforo naranja; y mantuvo al Estado en los dos tonos amarillos la mayor parte del tiempo. El año pasado, cuando la Secretaría de Salud ubicaba a Sudcalifornia en naranja desde octubre, el Gobierno del Estado esperó hasta finales de diciembre para decretar el color naranja más permisivo, y así se mantuvo hasta mediados de enero, cuando la elevó al siguiente nivel naranja, lo que derivó en que febrero sea hasta ahora el mes más letal por coronavirus en BCS. Con la retirada del invierno y el descenso de contagios y de muertes, se volvió a decretar el nivel amarillo en marzo. Vinieron las campañas políticas, las vacaciones de Semana Santa y el Día de las Madres, la gente se relajó en los cuidados elementales, principalmente, en la sana distancia. Entonces los contagios se incrementaron y la federación nos ubicó otra vez en naranja, pero el Gobierno Estatal esperó hasta que la situación se salió de control en Los Cabos para subirnos a las tonalidades naranjas.

A la par de las aglomeraciones por los eventos electorales, en los que se pudo ver a militantes y simpatizantes con cubrebocas y sin éste —incluidos algunos candidatos tomados de las manos o abrazados para la foto—, en el espacio público la gente comenzó a dejar de lado las restricciones y fue cada vez más claro el acercamiento entre las personas, inclusive sin usar cubrebocas. Durante este tiempo se incrementó la aplicación de las vacunas, se inoculó a los mayores de sesenta años con dos dosis, así como a parte del sector de cuarenta y cincuenta años de edad; y aunque la aplicación de ellas protegió al sector más vulnerable ante la enfermedad, parece haber tenido un efecto de generación de falsa seguridad entre toda la población, pues se hizo más evidente la desatención de las normas de distanciamiento social, de higiene en los establecimientos comerciales y del uso del cubrebocas.

El municipio más relajado en todos los sentidos ha sido Los Cabos, por ello es lógico que ahí se iniciara la exacerbación de la crisis. La mayoría de los turistas que llegan a la entidad lo hacen por vía aérea en el municipio cabeño, de entre estos visitantes son muchos los renuentes a mantener las normas de distanciamiento y menos a usar el cubrebocas; se aglomeran en restaurantes y bares, muchos de estos establecimientos no siguen los protocolos de seguridad sanitaria, pero dinero es dinero y el turista lo trae al Estado. Así como entraron los turistas, sin restricción sanitaria alguna, lo hicieron las nuevas variantes más agresivas de la COVID-19, mismas que ya están afectando a la población local. En este sentido es plausible creer que ya están vacunados, al menos la mayoría, pues entre los enfermos leves y los graves son pocos los casos de extranjeros, lo que no los exime de ser portadores y transmisores del virus.

En la BCS y en México, hay un gran sector social que aún no está vacunado y en este tenemos a los más jóvenes. Los hospitales de Los Cabos y de La Paz están siendo saturados por pacientes que en su mayoría tienen una edad entre los 30 y los 49 años, los que están en sus treintas todavía no han sido vacunados y los que están en sus cuarentas apenas tienen una dosis de la vacuna. Además, aún hoy se está completando el esquema de vacunación de los mayores de 50 años y de este grupo también hay un considerable número de personas que están ingresando a los nosocomios como pacientes COVID.

La estrategia de contención del Gobierno Estatal panista contra el coronavirus, basada en más pruebas de detección que en el resto del país, para localizar a los contagiados y aislarlos para evitar la propagación del mortífero virus, sólo fue en parte efectiva en la primera oleada de contagios, cuando la gente estuvo resguardada y acató las normas de distanciamiento, con esto el Comité de Salud Estatal, que el Gobernador presumió como verdaderamente, científico, ha quedado evidenciado en su incompetencia; pero que se puede esperar de un grupo de científicos liderados por Víctor George Flores, un secretario de Salud que aduce que la tercera ola de la COVID-19 es causada por “la falta de temor a Dios de los jóvenes” y por que las variantes del virus que han llegado a Sudcalifornia son, y cito textual: “las más perruchas”.

Si a un Gobernador presuntuoso y soberbio, agregamos un Secretario de Salud risible y una población, en su mayoría, inconsciente de la gravedad de la pandemia, que cansada de más de un año de crisis sanitaria hoy se vuelca a las calles para divertirse, satura antros junto a extranjeros tarambanos y pasea como si de cualquier tarde veraniega se tratara, pues tenemos el escenario perfecto para que un virus cada vez más letal lleve a BCS al colapso sanitario y económico. Estamos en alerta máxima, pues ya se han rebasado las cifras de más contagiados y de casos activos de agosto del año pasado durante la primera ola de contagios y de enero de este año cuando nos avasalló la segunda ola. De continuar el agravamiento de la crisis será inevitable el confinamiento del color rojo, aunque ese sea el color del más rotundo fracaso panista en el Estado. Sin embargo, puede ser que a pesar de todos nuestros muertos el Gobernador prefiera un naranja más turístico.

Polilla política: El Gobernador presume que somos la entidad con menos letalidad por la COVID-19, pero no dice que estamos entre los diez estados con más muertos por cada cien mil habitantes.

Los gráficos fueron hechos por Luis Eduardo Chávez Gamboa con datos oficiales de la Secretaría de Salud Estatal.

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