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De la diamantina a los chingadazos

21-Ago-2019

OPINIÓN Por Roberto E. Galindo Domínguez

FOTOS: Internet.

La Última Trinchera

Por Roberto E. Galindo Domínguez

 

Ciudad de México (CdMx). Los grupos sojuzgados, agredidos y vilipendiados, han tenido que revelarse contra sus opresores. Las transformaciones sociales no son tersas, y como vimos en la manifestación feminista #NoMeCuidanMeViolan del 16 de agosto en la Ciudad de México, tampoco lo son en cuanto a las conductas sociales agresivas y criminales, sobre todo las que tienen que ver con la violencia de género que sufren las mujeres; y en este asunto los cambios requerirán por parte de las afectadas un largo batallar, pero también la participación de todos, pues como sociedad estamos involucrados en la reproducción de conductas violentas contra las mujeres. Y en ese batallar, que se gesta desde hace décadas, sólo hubo un paso de la diamantina a la violencia.

El 12 de agosto una mujer le arrojó diamantina al jefe de la policía Jesús Orta, durante una manifestación afuera de las oficinas de la Secretaría de Seguridad Ciudadana en la Ciudad de México, poco después un grupo de sus compañeras vandalizaron las instalaciones; esos actos se dieron en el marco de varias protestas de mujeres por la supuesta violación de una menor de edad por parte de cuatro elementos de la policía capitalina, en la alcaldía de Azcapotzalco.

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Tras esos primeros hechos violentos, las críticas y las opiniones a favor de la violencia ejercida por algunas mujeres no se hicieron esperar, muestras de apoyo y de repudio llenaron las redes sociales. Muchas mujeres dijeron que violentar autoridades, monumentos y propiedad privada no es nada comparado con violentar sus cuerpos y sus mentes, con las agresiones que ellas sufren; y sí, no lo es. Cabe resaltar que tras esos hechos no hablaron de infiltrados o infiltradas en su movimiento, se percibía a un amplio sector del género femenino solidario y orgulloso de la violencia que acababan de generar. Si es necesario que lo destruyan todo, que así lo hagan, dijeron en las redes otras y otros entusiastas de la violencia; otros, por supuesto, no compartíamos esa opinión.

Me queda claro que ninguna rebelión ha logrado grandes cambios sin infringir las leyes y el orden establecido por los grupos opresores, el mismo Gandhi tuvo que quebrantar la ley para ser tomado en serio por los ingleses. Es así que la indignación y la rabia de las mujeres encontró desfogue en la violencia, y es verdad que los daños a los monumentos históricos serán reparados; los daños materiales, públicos y privados, serán sufragados, y no se comparan en lo más mínimo con un solo feminicidio de los miles que debemos contabilizar en el país.

Sabemos que en muchas protestas ciudadanas hay infiltrados que buscan reventar  y desacreditar los movimientos, a veces los envían las autoridades, otras veces partidos políticos antagonistas,  o empresarios y líderes sindicales. Los infiltrados, vándalos y golpeadores, van disfrazados de anarquistas, militantes o manifestantes, en su mayoría son jóvenes que desatan el temor y la violencia arrojando petardos, rompiendo vidrieras, haciendo correr a la multitud para permitir a los policías encapsular manifestantes y aprehenderlos; los he visto trabajar en coordinación con los cuerpos policiales, en especial con el extinto grupo de granaderos. En la marcha del 16 de agosto no sucedió así.

También sabemos que, a veces, los que generan la violencia son miembros de los grupos que se manifiestan, pero son los más radicales y aprovechan el anonimato del tumulto y la rabia colectiva; en ocasiones esos individuos alientan a otros que se entregan a la agresión. De la marcha del 16 de agosto ya se han identificado a algunos infiltrados, sobre todo los sujetos relacionados a la agresión del periodista de Canal 40, ahora habrá que determinar quienes los mandaron y por qué.

Así mismo, hubo mujeres vandalizando, agrediendo, golpeando, arrojando objetos contra otros ciudadanos y puede que algunas de ellas fueran también infiltradas, y eso sería lo peor, pues estaríamos hablando de violencia ejercida por mujeres contra mujeres, pues estarían intentando reventar una manifestación cuyos reclamos son fundados y justos; pero la bajeza de la condición humana no es privativa de los hombres. También puede ser que muchas de ellas sean feministas radicales o, simplemente, legítimas manifestantes que al estar en el alboroto callejero también ejercieron la agresión, y de ser así sería la reacción lógica de un movimiento que busca una reivindicación social, que pelea la supervivencia de muchas de sus integrantes.

Es en parte debido a la violencia de las manifestaciones de la semana pasada, que la terrible situación de las mujeres mexicanas ha sido visibilizada nacionalmente y a nivel mundial, y eso deberá provocar que la autoridades tomen acciones efectivas para solventar sus legítimos reclamos. Desafortunadamente, la violencia desbordada genera otros daños, incluso a las mismas mujeres. El llanto de una mujer ante la impotencia de ver destrozado el vehículo en el que se trasladaron ella y su colectivo desde el estado de Guerrero, con el propósito de apoyar la marcha feminista, da cuenta de cómo la violencia ejercida por muchas de las manifestantes incluso afecta a sus compañeras.

También hubo mujeres que agredieron a mujeres reporteras, a mujeres policías y a bomberos. La violencia no es la ruta deseable para solventar las abismales diferencias entre los géneros, las injusticias, ni los crímenes; pero a veces parece que no hay otra salida; aunque también ha habido otros movimientos y otras manifestaciones que no han tenido que desbordar la violencia para conseguir sus metas.

La violencia no puede ser la única manera de detener la violencia. Tan sólo imaginen que el gremio periodístico, ese sí, una minoría en el país, saliera a golpear transeúntes y vandalizar cada que uno de sus miembros es agredido o asesinado; o que los luchadores sociales y ambientales hicieran los mismo, y que cada grupo que reclama algo siguiera ese camino; la sociedad sería caótica. Y el que no vea que la violencia nos desborda ya, es que no habita nuestra realidad.

Los cambios que requiere nuestra sociedad para lograr la integración de hombres y mujeres desde una perspectiva de igualdad y de equidad no se van a dar tan rápido como queremos, por desgracia, en el proceso se van a dar manifestaciones feministas violentas, y lo peor de todo es que hay quienes alientan esa canalización de la furia de las mujeres, cuando lo que deben buscarse son canales de comunicación con las autoridades. No se ha mencionado el actuar de contención de los grupos policiales de la Ciudad de México, de las agentes que participaron en los operativos; y se debe resaltar que no agredieron, o se llevaron a alguien, como sí se hizo en muchas otras manifestaciones de protesta durante otras administraciones capitalinas.

Ya se oyen voces diciendo, sin pruebas y estúpidamente, que es el mismo gobierno quien mandó a los infiltrados; no creo que a los gobiernos morenistas les convenga una ciudad inmersa en disturbios y protestas. En ese sentido será indispensable que se identifique a los agresores infiltrados, a todos, y a los que los mandaron. Además, tenemos que tener claro que los grupos opositores a los gobiernos capitalino y federal intentarán desacreditar y tergiversar sus acciones.

Pero queda una pregunta por responder ¿Qué van a hacer las autoridades con las feministas que rompieron cristales, que pintaron monumentos, que causaron incendios, que dañaron propiedad privada, que golpearon incluso a adultos mayores? En el tamaño y en el rigor de la respuesta se verá si el gobierno de Claudia Sheinbaum es como el de muchas de las administraciones pasadas, represor y autoritario. Aunque debería seguir las carpetas de investigación y castigar a todos los que infringieron la ley, incluidas las mujeres que participaron de la violencia, pues nadie debería quedar impune, pero no procederá contra las infractoras, pues sería topar de frente con un movimiento amplio y cada vez más grande y eso sólo agravaría el conflicto; aún a riesgo de que en las siguientes manifestaciones se desborde más la violencia; por lo que les tocará a los grupos feministas prever la participación de infiltrados y contener la furia de sus manifestantes, si es que quieren entablar un diálogo con las autoridades.

La realidad para las mujeres mexicanas es terrible, tan sólo en el primer cuatrimestre de este año, se contabilizaron 1199 feminicidios; y ellas no representan a un grupo minoritario, constituyen más del 50% de la población, y aún así son vulneradas y asesinadas en una sociedad históricamente machista, pero en la que, contradictoriamente, muchas mujeres reproducen el machismo desde el núcleo familiar. En nuestro país la mayoría de las víctimas femeninas permanecen anónimas, sin acceso a procesos legales válidos y a la impartición de justicia, eso cuando denuncian las agresiones; en muchos otros casos las víctimas ni siquiera llegan a esas instancias.

En este sentido, el esclarecimiento a cabalidad de la supuesta violación de la menor por parte de los uniformados será indispensable, pues uno de los reclamos de las mujeres es la aplicación de las leyes y la impartición de justicia. Si hay culpables deberán ser castigados, el crimen de comprobarse no deberá quedar impune, para eso es imperante que la joven que acusó a los policías se presente, acompañada de sus padres, a continuar el proceso legal, más aún cuando el país entero está al pendiente, pues eso garantizará que su denuncia, de corroborarse, no quede sin una respuesta efectiva.

Y aunque en México la realidad para muchas mujeres es atroz, eso no avala que de la diamantina pasen a los chingadazos generalizados, pues no todos los hombres son agresores, no todos son violadores y muchos apoyamos su lucha; y aunque no concordemos con su violencia, a veces el fin justifica los medios.

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