El legado del Frente de Unificación Sudcaliforniano: memoria viva de una deuda pendiente

FOTOS: Archivos | Cortesía.

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En las instalaciones del Archivo Histórico del Estado “Pablo L. Martínez” se llevó a cabo el conversatorio titulado El Frente de Unificación Sudcaliforniano: a más de 80 años de historia, memoria y legado, un encuentro académico y ciudadano donde se reivindicó la memoria de quienes sentaron las bases del Estado libre y soberano que hoy es Baja California Sur.

El evento, realizado en punto de las 18:00 horas, reunió a tres destacados estudiosos de la historia y el pensamiento cívico sudcaliforniano: la Dra. Gabriela Cardoza Coronel, el Dr. Sealtiel Enciso Pérez y el Mtro. Domingo Valentín Castro Burgoin. Juntos ofrecieron una lectura profunda del proceso que, desde mediados del siglo XX, condujo a la conquista del autogobierno civil y la conformación del actual Estado de Baja California Sur.

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El Dr. Enciso Pérez, durante su participación, contextualizó la paradoja histórica de la península: una tierra pródiga en recursos naturales, pero marcada por siglos de abandono y subordinación política. Desde los tiempos del Territorio, explicó, “la tutela federal mantuvo a Baja California Sur en una condición de dependencia institucional que limitó su desarrollo y su autonomía”. Esa contradicción, señaló, generó un espíritu de resistencia y orgullo local que, con el tiempo, germinó en una conciencia cívica organizada.

Fue en ese contexto, durante los años 40 del siglo XX, cuando se gestó el Frente de Unificación Sudcaliforniano (FUS). Fundado en 1945, este movimiento fue, en palabras del ponente, “una respuesta moral y política frente al militarismo y al centralismo del Estado mexicano”. A diferencia de los partidos tradicionales, el FUS no buscaba el poder por ambición, sino el derecho a la autodeterminación. Su lema, “Por un gobierno del pueblo y para el pueblo”, resumía la aspiración de una ciudadanía que exigía respeto y participación.

Enciso destacó que el FUS surgió de la convergencia de tres fuerzas: el magisterio, los profesionistas y los líderes comunitarios. Figuras como el Dr. Francisco Cardoza Carballo, el Ing. Antonio Navarro Encinas, el Profr. Pablo L. Martínez y el Lic. Julio Arce Félix, entre otros, integraron la primera generación de sudcalifornianos decididos a transformar la historia política regional. “Su fuerza no provenía de los recursos económicos —afirmó Enciso Pérez—, sino de la autoridad moral de su causa”.

Explicó que durante las administraciones de los gobernadores Francisco J. Múgica y Agustín Olachea Avilés, ambos de formación militar, se mantuvo una estructura autoritaria que limitaba la participación civil. “Aunque hubo avances en educación y obras públicas —dijo Enciso Pérez—, el gobierno seguía siendo una prolongación del cuartel”.

El momento decisivo llegó con la movilización encabezada por el FUS contra el general Bonifacio Salinas Leal, gobernador del Territorio entre 1959 y 1965. La presión ciudadana derivó en su destitución, hecho que simbolizó el fin del régimen militar y el triunfo moral del civilismo sudcaliforniano. Ese proceso culminó con el nombramiento del Lic. Hugo Cervantes del Río como primer gobernador civil del territorio, designación interpretada como el reconocimiento del gobierno federal a la madurez política del pueblo.

Sin embargo, este cambio fue apenas “un estado de transición frustrada”. Aunque el poder militar había terminado, el centralismo continuó limitando la autonomía regional. No obstante, el FUS logró sembrar una nueva cultura política basada en el civismo, el debate público y la participación ciudadana.

También abordó la etapa siguiente del proceso histórico: el Movimiento de Loreto 70, considerado la prolongación natural del ideario del FUS. En su análisis, recordó que el contexto nacional de los años 70, bajo el gobierno de Luis Echeverría Álvarez, abrió un espacio de apertura política que el Partido Revolucionario Institucional (PRI) supo capitalizar.

Loreto 70 fue un movimiento que retomó los ideales de autodeterminación del FUS, pero los canalizó a través de la estructura del partido de Estado. Aunque su consigna principal —la conversión del Territorio Sur en Estado Libre y Soberano— representaba una conquista legítima, detrás de ella también se movían estrategias de control político. “El gatopardismo político se expresó con claridad: se cambió todo para que nada cambiara”.

Aun así, reconoció que el movimiento logró materializar demandas históricas. En 1972 se reinstauró el municipio libre, y en 1974 se alcanzó el anhelado estatus estatal, con la designación del Ing. Félix Agramont Cota como primer gobernador nativo. El 8 de octubre de ese año, Baja California Sur fue proclamada oficialmente Estado Libre y Soberano, cerrando un ciclo de luchas que comenzó casi tres décadas antes con el FUS.

Uno de los momentos más emotivos del conversatorio fue la reflexión en torno al legado del Dr. Francisco Cardoza Carballo, figura central del Frente de Unificación Sudcaliforniano. Enciso Pérez lo describió como “un hombre que conjugó la ciencia con la ética y la acción cívica”. Médico de profesión y maestro por vocación, Cardoza fue fundador del Centro de Atención a Tuberculosos “Roberto Koch” en La Paz, donde promovió una atención médica humanista, centrada en la dignidad y el servicio.

“Cardoza Carballo fue más que un líder político, fue la conciencia moral de un pueblo que se negaba a seguir sometido.” Pese a su influencia, su nombre ha sido omitido en los homenajes oficiales. Ninguna calle, escuela o plaza lleva su nombre, y en las conmemoraciones por los 50 años del Estado, en 2024, su figura apenas fue mencionada. “El olvido institucional —dijo el Dr. Enciso— también es una forma de injusticia”.

El Mtro. Enciso Pérez recordó que el Dr. Cardoza fue un visionario que predicaba con el ejemplo. En una ocasión, al ser invitado a ocupar un cargo gubernamental, respondió con serenidad: “Yo no lucho para obtener puestos en el gobierno”. Esa frase, subrayó Enciso, resume la esencia de su integridad.

En la parte final del conversatorio, el Dr. Enciso Pérez enfatizó que existe una deuda histórica pendiente con los fundadores del FUS. “A ellos les debemos no sólo el Estado que hoy habitamos, sino la conciencia de que la democracia no se hereda: se conquista y se defiende todos los días.” Propuso que su historia sea incorporada en los programas educativos, que se publiquen ediciones conmemorativas de sus escritos y que espacios públicos lleven sus nombres.

Enciso Pérez, en su intervención final, sostuvo que el ejemplo del Dr. Cardoza Carballo debe entenderse como una brújula ética para las nuevas generaciones: “Su legado nos enseña que el liderazgo no consiste en mandar, sino en servir; no en conquistar el poder, sino en ponerlo al servicio de los demás”.

El conversatorio concluyó con un reconocimiento a todos los integrantes del Frente de Unificación Sudcaliforniano, hombres y mujeres que, con sacrificio, sentaron las bases del Estado moderno. Se evocó también a los medios que acompañaron la causa, como El Eco de California, fundado por Ignacio Bañuelos Cabezud en 1912, que funcionó como órgano moral del movimiento.

Entre los asistentes se respiraba una mezcla de nostalgia y orgullo. Algunos recordaron las marchas en el Malecón de La Paz y los mítines frente al Palacio de Gobierno; otros, más jóvenes, descubrieron por primera vez los nombres y los rostros de quienes hicieron posible la soberanía sudcaliforniana.

Enciso Pérez invitó a mirar el porvenir con la misma fe que animó a los fundadores del FUS: “La Sudcalifornia libre y digna que hoy disfrutamos no es un regalo: es una conquista. Nuestra tarea es mantener viva su llama, porque los ideales no mueren, sólo esperan ser recordados”.

La velada cerró con la certeza de que el acto no fue sólo un ejercicio de evocación histórica, sino una reafirmación de identidad colectiva. El nombre del Dr. Francisco Cardoza Carballo, pronunciado con respeto y emoción, simbolizó a todos aquellos que, sin buscar protagonismo, entregaron su vida al servicio de la comunidad.

El conversatorio dejó claro que la historia del FUS no pertenece únicamente al pasado. Es una lección vigente sobre la importancia de la ética pública, la participación ciudadana y el valor de la memoria como cimiento de la democracia.

Porque, como concluyó el Dr. Enciso Pérez en su texto: “Recordar a estos hombres y mujeres no significa construir un culto a la personalidad, sino honrar su ejemplo como brújula moral. Reconocer su legado es un acto de justicia histórica y de educación cívica. La libertad, la democracia y la dignidad no se heredan: se conquistan y se defienden todos los días.”

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Anuncian segunda Feria del Dátil

La Paz, Baja California Sur (BCS). El Gobierno del Estado anunció la realización de la segunda Feria del Dátil en el Ejido Alfredo V. Bonfil, en el municipio de Mulegé, con el propósito de fortalecer la economía, la cultura y la identidad local, así como promover la comercialización del dátil como producto regional distintivo.

El evento será organizado por el Comité Regional, en coordinación con la Secretaría de Pesca, Acuacultura y Desarrollo Agropecuario, la Secretaría de Turismo y Economía, el Instituto Sudcaliforniano de Cultura y el Instituto Tecnológico de Mulegé, con el fin de generar espacios de convivencia familiar y atraer turismo a la zona.

La feria se llevará a cabo el 22 de noviembre, de 10:00 a 18:00 horas, en el Nuevo Centro de Población Ejidal Alfredo V. Bonfil, en un ambiente completamente familiar.

Las y los asistentes podrán disfrutar de exposición de productos y subproductos del dátil, muestras gastronómicas y artesanías regionales, así como concursos del mejor pan y postres elaborados con dátil, además de un programa artístico con folklore, cabalgatas y actividades recreativas.

La administración estatal refrendó su compromiso de continuar respaldando a las comunidades de Mulegé mediante acciones que impulsen su desarrollo económico, fortalezcan sus actividades productivas y promuevan la participación social en eventos que destacan la identidad regional.




Dan reconocimiento jurídico a comunidades históricas de Comondú

Foto: Congreso

La Paz, Baja California Sur (BCS). El pleno del Congreso del Estado declaró este día como Centros de Población a las localidades de Puerto San Carlos, Puerto Adolfo López Mateos, Villa Morelos, Villa Hidalgo, Villa Zaragoza, Benito Juárez, Santo Domingo, San Isidro, San Juanico, La Purísima y Las Barrancas, todas pertenecientes al municipio de Comondú, para efectos de ordenamiento territorial y desarrollo urbano.

De acuerdo con el dictamen aprobado, estas comunidades cumplen con los elementos mínimos que definen a un centro de población, en términos del artículo 3, fracción VII, de la Ley General de Asentamientos Humanos, Ordenamiento Territorial y Desarrollo Urbano (LGAHOTDU) y del artículo 2, fracción IX, de la Ley de Desarrollo Urbano para el Estado de Baja California Sur, al contar con población permanente, organización comunitaria, actividades económicas regionales reconocidas y servicios públicos en operación.

La declaración tiene como propósito otorgarles reconocimiento jurídico oficial, a fin de dar cumplimiento a la legislación estatal en materia de desarrollo urbano y ordenamiento territorial, y avanzar en su incorporación formal a los instrumentos de planeación, gestión y financiamiento público.

El Congreso subrayó que, pese a su existencia histórica y a su relevancia social y económica, estas localidades habían carecido hasta hoy de dicho reconocimiento como Centros de Población, situación que había limitado su acceso pleno a programas y recursos orientados al mejoramiento de infraestructura y servicios.




Loreto: el origen olvidado de la California

FOTOS: Ayuntamiento de Loreto.

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La historia de las Californias —esa vasta franja de tierra que se extiende entre el mar y el desierto, entre el mito y la epopeya— tiene su punto de partida en un acto fundacional que definió su destino: la fundación de la Misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó, el 25 de octubre de 1697, por el jesuita Juan María de Salvatierra. Con ese gesto de fe y de voluntad comenzó no solo la evangelización, sino también la colonización y estructuración política del territorio, que a partir de entonces se reconocería como “Las Californias”.

En aquel año remoto, el suceso representó la primera ocupación estable y permanente de europeos en la península. A partir de ese núcleo —pequeño, frágil, pero sostenido por una fe inquebrantable— surgió la red misional que, a lo largo del siglo XVIII, habría de transformar el paisaje humano y geográfico de la región. Desde Loreto se irradiaron los caminos de la historia: los misioneros avanzaron fundando San Javier, Comondú, Mulegé, San Ignacio, La Paz y Todos Santos, y muchas más. Por ello, Loreto es el punto de arranque de la civilización californiana. Es el sitio donde se estableció el primer gobierno, el primer templo, el primer sistema agrícola y el primer contacto cultural sostenido entre europeos e indígenas. Fue, en términos históricos, la cuna del mestizaje peninsular y el laboratorio donde se ensayaron las políticas que más tarde darían forma al Norte de México y al Sur de los Estados Unidos. Sin embargo, hoy, a 328 años de aquella fundación, pareciera que su profundo significado se desvanece entre la música, los discursos políticos y los fuegos artificiales.

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Cuando Salvatierra desembarcó en la bahía de Conchó, acompañado de un puñado de soldados y de su fe, no solo iniciaba una empresa religiosa. Daba comienzo a una obra civilizatoria integral: la organización social, económica y espiritual de un territorio hasta entonces desconocido para la Corona. En Loreto se estableció el primer centro administrativo y logístico de las Californias; desde allí se organizaron las expediciones jesuitas que habrían de consolidar la presencia novohispana en toda la península. La Misión de Loreto fue el corazón político y espiritual del Noroeste novohispano. En su entorno se levantaron huertos, acequias, talleres y almacenes; se abrieron los caminos que unirían las misiones del desierto; y se forjó la primera comunidad sedentaria de la región. Su iglesia, sus archivos y su plaza fueron los pilares de un modelo que conjugaba el ideal cristiano con la práctica de la autogestión indígena. De esa pequeña población costera surgieron nombres fundamentales en la historia peninsular: Eusebio Francisco Kino, Juan María de Salvatierra, Juan de Ugarte, Fernando Consag, Clemente Guillén y Wenceslao Linck, entre otros, quienes dieron continuidad a una obra que trascendió los límites de la evangelización para convertirse en un proyecto de civilización y conocimiento.

Loreto, pues, no es un símbolo aislado, sino la raíz de toda una identidad histórica. Su fundación dio origen a una red de 30 misiones que, en menos de un siglo, unieron el Sur y el Norte de la península, y extendieron la cultura novohispana hasta Alta California. Desde ahí se trazó el rumbo que siglos después definiría la frontera cultural entre México y Estados Unidos. Con todo, el peso histórico de Loreto parece diluirse en las celebraciones contemporáneas. Lo que debería ser un espacio de reflexión sobre el origen de nuestra civilización peninsular, se ha transformado en un escaparate político y festivo que poco honra el espíritu de aquel acontecimiento.

De la conmemoración a la autopromoción

Durante la conmemoración reciente del 328 aniversario de la fundación de la Misión, los actos oficiales se vieron marcados por la estridencia musical, los espectáculos de danza y las exhibiciones gastronómicas que, aunque vistosas y turísticamente rentables, desplazaron casi por completo las actividades académicas e históricas. Resulta paradójico —y profundamente lamentable— que en el mismo sitio donde Salvatierra levantó la primera cruz y sembró las primeras semillas de una cultura, hoy se erijan escenarios para el lucimiento personal de funcionarios ávidos de reflectores. El acto fundacional que dio origen a la California parece reducido a un pretexto para fotografías oficiales, discursos huecos y promoción de imagen.

De entre la programación conmemorativa, solo dos conferencias ofrecieron un contenido digno de la solemnidad del aniversario: la del Dr. Carlos Lazcano Sahagún, titulada Rodríguez Cabrillo, su exploración de las Californias y su conexión con Guatemala. Kino y su impulso para la fundación de Loreto, y la del Dr. Leonardo Varela Cabral, Nuestra Señora de Loreto Conchó: materialidad y devoción. Ambas charlas, además de aportar conocimiento científico e histórico, demostraron que la esencia del aniversario debía estar en el pensamiento, no en el ruido. Lazcano reconstruyó la compleja red de exploraciones que antecedieron a la empresa jesuita, estableciendo los vínculos entre la visión de Kino y la decisión de Salvatierra de fundar Loreto. Varela, por su parte, ofreció una lectura humanista y material de la devoción, analizando la arquitectura, los símbolos y los objetos litúrgicos que sobreviven como testimonio del encuentro cultural.

Fuera de estos aportes, el resto del programa estuvo dominado por actividades de corte recreativo o político, desprovistas de contenido histórico. Las tarimas, los bailes, los concursos y los discursos oficiales dejaron en segundo plano la oportunidad de reafirmar la identidad californiana y de difundir su verdadero legado. No se trata de despreciar las expresiones culturales populares, ni de negar la importancia del turismo o del entretenimiento en la vida comunitaria. Pero no puede confundirse la celebración con la conmemoración. Mientras la primera busca el regocijo inmediato, la segunda exige reflexión, memoria y respeto.

El problema es que las autoridades —locales y estatales— han convertido los aniversarios históricos en plataformas de autopromoción. En lugar de fortalecer el vínculo ciudadano con su pasado, lo diluyen entre luces, discursos complacientes y promesas vacías. Cada año, las mismas fórmulas se repiten: escenografías vistosas, espectáculos ruidosos, y un puñado de funcionarios que se arrogan el protagonismo de una historia que no les pertenece.

La fundación de Loreto no fue un acto político, sino una hazaña espiritual y humana. Fue el inicio de un proyecto de civilización que costó vidas, sacrificios y siglos de esfuerzo. Transformar ese legado en un evento mediático banaliza la memoria colectiva y reduce el patrimonio cultural a un mero escaparate. El deber de las autoridades culturales y educativas no es entretener al público, sino educar a la sociedad. La historia no debe ser un pretexto para el aplauso, sino una herramienta para la conciencia.

¿Dónde quedaron los coloquios académicos, los seminarios sobre la obra jesuita, los recorridos guiados por los vestigios misionales, los talleres con niños y jóvenes, las ediciones conmemorativas, los homenajes a los cronistas y misioneros? ¿Por qué se ha sustituido el contenido por la forma, la reflexión por el espectáculo, la cultura por la propaganda?

El caso de Loreto refleja una tendencia general en la gestión cultural mexicana: la subordinación del patrimonio histórico a los intereses políticos del momento. Cuando las efemérides se transforman en ferias o campañas disfrazadas, se pierde la oportunidad de construir ciudadanía, orgullo local y pertenencia. En Loreto debería sentirse la solemnidad de un sitio fundacional. Su plaza, su templo y su bahía deberían ser escenario de actividades académicas, literarias y espirituales que conecten a las nuevas generaciones con el pasado. Nada honra mejor la historia que el conocimiento, no la música ni los reflectores.

Recordar la fundación de Nuestra Señora de Loreto Conchó implica reconocer el origen de nuestra identidad peninsular. Es volver a las raíces del mestizaje californiano, al momento en que la fe, el trabajo y la convivencia dieron forma a una comunidad nueva. Ignorar ese significado o relegarlo a un acto protocolario es una forma de ingratitud histórica. Las autoridades culturales y educativas del Estado tienen una obligación moral y política: rescatar el verdadero sentido de las conmemoraciones históricas. No se trata de eliminar la fiesta, sino de devolverle la profundidad que la hace valiosa.

Imaginemos un aniversario de Loreto con rutas históricas, conferencias sobre los misioneros, exposiciones documentales, representaciones teatrales del desembarco de Salvatierra, publicaciones conmemorativas y homenajes a los cronistas locales. Eso sería celebrar con sentido. Eso sería honrar nuestra historia. Si algo enseña la historia de Loreto es que las grandes gestas nacen de la fe y de la perseverancia, no de la vanidad. Los misioneros que levantaron esa primera iglesia lo hicieron sin recursos, sin reflectores, sin cámaras ni tarimas. Su recompensa fue el deber cumplido y la esperanza de un futuro mejor.

Hoy, tres siglos después, el desafío no es construir nuevas misiones, sino reconstruir nuestra conciencia histórica. Debemos aprender a mirar Loreto no como una postal turística, sino como un símbolo vivo de nuestra identidad colectiva. Allí comenzó todo: el gobierno civil, la agricultura, la enseñanza, la medicina y la escritura en esta tierra. Si permitimos que el sentido de ese origen se disuelva en el ruido de los eventos oficiales, estaremos negando una parte esencial de nosotros mismos. La historia no se celebra: se honra, se estudia, se transmite y se defiende.

Por eso, este aniversario debería servir como punto de inflexión. Que los próximos festejos no sean escaparate de funcionarios, sino aula abierta de historia. Que los aplausos se transformen en preguntas, y las luces en conocimiento. Que cada niño sudcaliforniano aprenda en la escuela quién fue Salvatierra y por qué Loreto es más que una fecha en el calendario. A 328 años de su fundación, la Misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó sigue siendo el faro moral e histórico de las Californias. Su legado no pertenece a un partido ni a un gobierno: pertenece al pueblo que nació de sus muros y al espíritu que aún respira entre sus piedras.

Ojalá que las autoridades comprendan que la promoción política es efímera, pero la cultura es perdurable. Que comprendan que la verdadera grandeza de un funcionario no se mide por la magnitud de sus eventos, sino por la profundidad de su respeto a la historia. Si logramos rescatar el sentido de Loreto, habremos rescatado también el alma de la California. Porque, en el fondo, defender la memoria de Loreto es defender el derecho de los pueblos a conocer su origen, a reconocer sus raíces y a proyectarse con dignidad hacia el futuro. Y eso, más que cualquier espectáculo, es lo que verdaderamente merece celebrarse.

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San Bruno: la misión que quiso fundar California

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En la memoria colectiva de Baja California Sur, el nombre de San Bruno apenas aparece entre las piedras secas de la sierra y las aguas tranquilas del Mar de Cortés. Sin embargo, aquel sitio fundado en 1683 marcó el primer intento serio de colonización española en la península y dejó un legado tan frágil como decisivo en la historia del Noroeste de México. Detrás de esta empresa estuvieron dos figuras centrales: el almirante Isidro de Atondo y Antillón, hombre de armas y mar, y el jesuita Eusebio Francisco Kino, sacerdote, explorador y visionario.

Desde el siglo XVI, los intentos españoles de establecerse en la península habían fracasado por la dureza del clima, la escasez de agua, los enfrentamientos con las poblaciones indígenas y la falta de recursos para sostener colonias permanentes. Tras las expediciones de Hernán Cortés, Francisco de Ulloa y Sebastián Vizcaíno, la California seguía siendo un territorio inhóspito y en gran medida inexplorado. En 1683, el Virreinato de la Nueva España reactivó sus ambiciones. Isidro de Atondo, con experiencia militar y naval, recibió el título de Almirante de las Californias. Su misión era clara: colonizar y evangelizar el territorio, convirtiéndolo en una extensión segura del dominio español. Para ello contaba con un aliado de excepción: el jesuita Eusebio Francisco Kino, originario de Trento, matemático y astrónomo, pero sobre todo, un misionero convencido de que la fe podía abrir caminos donde la espada fallaba.

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El 1 de abril de 1683, la expedición desembarcó en la bahía de La Paz. Allí se fundó la Misión de Nuestra Señora de Guadalupe de las Californias, un pequeño asentamiento fortificado que buscaba ser semilla de la colonización. Los jesuitas levantaron una capilla improvisada, mientras los soldados construyeron trincheras y cañoneras. Pero el contacto con los pueblos pericúes y guaycuras pronto se tornó violento. La escasez de alimentos, los malentendidos culturales y las tensiones por el uso del agua desembocaron en choques armados. Apenas en julio de ese mismo año, los españoles dispararon contra indígenas que habían entrado al recinto, causando muertes y desconfianza irreparable. El proyecto fracasó y se decidió abandonar La Paz.

En octubre de 1683, la expedición volvió a intentarlo. Esta vez eligieron un sitio más al Norte, en tierras cochimíes, cerca de la actual Loreto. Allí fundaron el Real de San Bruno (el 6 de octubre que es el día del santo) y, junto a él, una pequeña misión que serviría como centro espiritual y cultural. San Bruno fue levantado con una fortificación triangular que contaba con tres puntos de artillería. Se construyó también una capilla de adobe y palma, y los jesuitas iniciaron la enseñanza de la doctrina cristiana. Kino no sólo catequizaba: plantó viñedos, tradujo oraciones a la lengua cochimí y elaboró un catecismo adaptado a la realidad local. Su visión integraba fe, ciencia y agricultura. Para los cochimíes, sin embargo, el contacto resultaba ambivalente. Algunos aceptaban las enseñanzas y el intercambio de bienes, otros resistían con recelo. El aislamiento y la rudeza del entorno hicieron el resto.

El clima fue el enemigo mayor. La tierra árida, las lluvias escasas y la lejanía de los centros de abastecimiento en Sinaloa y Sonora pusieron a prueba la resistencia de los colonos. La comida escaseaba, las enfermedades se propagaban y los envíos de provisiones desde el continente eran insuficientes. Kino se mostró renuente a abandonar la misión. Estaba convencido de que San Bruno podía convertirse en el faro de la evangelización en California. Atondo, más pragmático, veía las cuentas de hombres y recursos sangrar día tras día. Finalmente, en mayo de 1685, apenas año y medio después de su fundación, se tomó la decisión de levantar el campamento. El Real de San Bruno fue abandonado. Los pocos indígenas convertidos regresaron a su vida tradicional y la península volvió a quedar sin presencia española permanente.

El hubiera de San Bruno

Aunque efímero, San Bruno dejó huella. Fue el primer asentamiento jesuita en la península y sirvió de laboratorio para futuros intentos. Kino realizó desde allí importantes expediciones de reconocimiento, como la primera travesía documentada de la península de lado a lado, del Golfo al Pacífico. Sus informes y mapas demostraron que Baja California era una península, y no una isla como se pensaba en Europa. El fracaso enseñó a la Corona y a la Compañía de Jesús que la colonización no podía basarse únicamente en entusiasmo misionero ni en fuerza militar. Se requerían estrategias logísticas sólidas, apoyo financiero constante y una relación menos violenta con los pueblos originarios. Doce años después, en 1697, el jesuita Juan María de Salvatierra fundaría la Misión de Loreto, considerada la primera misión permanente de la península. Pero esa historia no se entiende sin el precedente de San Bruno.

Hoy, el sitio de San Bruno es apenas un paraje silencioso, con vestigios mínimos en medio del desierto sudcaliforniano. Para los cronistas e historiadores, sin embargo, representa un momento clave: el cruce entre la ambición imperial, la fe jesuita y la resistencia de la naturaleza. El almirante Atondo regresó al continente, marcado por la experiencia, y Kino fue destinado más tarde a la Pimería Alta, en Sonora y Arizona, donde alcanzó fama como “Padre de las Misiones”. Pero en las arenas de Baja California quedaron sembradas las primeras semillas de lo que después sería un vasto entramado misional. San Bruno no sobrevivió, pero demostró que la península podía ser recorrida, cartografiada y, con paciencia, evangelizada. Fue un fracaso que abrió el camino al éxito de otros. Y en la fragilidad de sus muros de adobe se esconde la fuerza de la historia: la que enseña más con sus caídas que con sus victorias.

Referencias bibliográficas

  1. Mathes, W. Michael. Californiana I: Documentos para la historia de la demarcación comercial de California (1679–1686). México: Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones Históricas, 1970.
  2. León-Portilla, Miguel. Cartografía y crónicas de la Antigua California. México: UNAM / Instituto de Investigaciones Históricas, 1989.
  3. Nieser, Hans. San Bruno: El fracaso de la primera misión jesuita en Baja California (1683–1685). La Paz, B.C.S.: Gobierno del Estado de Baja California Sur / Archivo Histórico Pablo L. Martínez, 2000.

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