Autismo: la discapacidad que crece, se nombra y exige un mundo más habitable

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Al llegar a este Centro de Atención infantil, veo a un niño como de 6 años que llora fuertemente e intenta de forma desesperada acabar con su sufrimiento tapando con sus manos sus oídos. “Ponte los audífonos”, le dice su mamá, y el ruido del salón baja como si alguien hubiera cerrado una puerta invisible. El niño respira. Un compañero lo mira curioso. La maestra hace una seña rápida: “sí, déjalo”. Es un gesto pequeño, casi nada, pero sostiene la mañana.

La escena podría ocurrir en La Paz, en Lima o en San Diego. En 2025, ocurre cada vez más seguido en todas partes: niñas y niños que necesitan ajustes mínimos para poder aprender, convivir, jugar. Lo que durante décadas se llamó “rareza”, “mala crianza” o “capricho”, hoy tiene un nombre clínico y social: autismo.

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Y los números, esos que suelen llegar tarde a las aulas, ya están tocando la puerta. La Organización Mundial de la Salud estima que en 2021, alrededor de 1 de cada 127 personas vivía con autismo a nivel global. No es una cifra abstracta: significa familias buscando diagnóstico, escuelas improvisando apoyos, sistemas de salud tratando de ponerse al día. En Estados Unidos, el monitoreo más citado y sistemático —la red ADDM de los CDC— reportó que en 2022, 1 de cada 31 niñas y niños de 8 años fue identificado con trastorno del espectro autista en las comunidades vigiladas. Es un aumento frente a mediciones anteriores y, sobre todo, un recordatorio: cuando se busca mejor, se encuentra más. Los CDC también describen algo que las familias ya saben sin estadísticas: el autismo aparece en todos los grupos raciales, étnicos y socioeconómicos; y la identificación depende mucho del acceso a evaluación, servicios y escuelas preparadas.

Pero el crecimiento no se siente solo en gráficos. Se siente en los pasillos. Para contar esta historia sin exponer a menores, los nombres fueron cambiados, pero los detalles pertenecen a relatos que se repiten en consultorios y salas de espera.

A “Marina” le dijeron durante años que su hija era “tímida” y “muy inteligente”. Hablaba bien, leía temprano, pero en las fiestas se escondía bajo la mesa y en la escuela regresaba agotada, como si hubiera corrido una carrera sin moverse del asiento. “El problema es que nadie sospecha cuando es niña”, cuenta Marina. “Te dicen que es ‘educadita’… hasta que se rompe”. La “ruptura” llegó a los 10: crisis de llanto, negativa a ir a clases, dolores de estómago antes de cada actividad grupal. El pediatra sugirió ansiedad. Una psicóloga mencionó “alta sensibilidad”. Al final, un equipo especializado habló de lo que nadie había dicho: autismo.

Esa ruta —larga, costosa, llena de diagnósticos parciales— no es la excepción, sobre todo cuando hablamos de niñas. Los CDC señalan que el autismo es identificado mucho más en niños que en niñas (una diferencia de varias veces, según sus reportes). Eso no significa necesariamente que “haya menos autismo” en niñas; significa, muchas veces, que se detecta más tarde o se detecta distinto. La literatura científica lleva años describiendo este fenómeno: niñas y mujeres pueden “camuflar” señales sociales, ser diagnosticadas como ansiedad o depresión, o no encajar en estereotipos clásicos usados durante décadas para reconocer el autismo. Y cuando el diagnóstico llega tarde, el costo se paga en salud mental, abandono escolar y sensación de fracaso. En otras palabras: el autismo no solo “crece”, también se está nombrando mejor.

Lo que se nombra, por fin, puede atenderse

En el debate público aparece la palabra “epidemia”. En el científico, la explicación suele ser más sobria. Los CDC muestran que la prevalencia medida sube con el tiempo, pero también enfatizan cambios en prácticas de identificación y acceso a registros y servicios en comunidades diversas. Eso no excluye que existan factores biológicos y ambientales en estudio; significa que parte del aumento tiene que ver con diagnósticos más amplios, más conciencia social y mejores sistemas de detección. Los especialistas coinciden en algo clave: el autismo es un neurodesarrollo con necesidades muy diversas. La OMS lo describe como un conjunto heterogéneo de condiciones y recuerda que las capacidades y apoyos requeridos varían a lo largo de la vida. No es un “sí o no” simple: es un espectro.

Cuando suben las cifras, suben también los rumores. Uno de los más persistentes es la idea de que las vacunas “causan” autismo. En diciembre de 2025, un comité global de seguridad de vacunas de la OMS revisó evidencia reciente a partir de revisiones sistemáticas y reafirmó que no existe un vínculo causal entre vacunas y autismo. Este punto no es un detalle: cada campaña de miedo se traduce en niños sin protección contra enfermedades prevenibles. Para muchas familias con diagnóstico reciente, la claridad científica funciona también como alivio: la culpa no cura; el apoyo sí.

Diagnosticar no es etiquetar: es abrir puertas. La OMS advierte que, aunque las características pueden detectarse en la primera infancia, el autismo a menudo se diagnostica mucho después. Y cada año perdido es un año sin apoyos, sin adaptaciones, sin herramientas para la familia y la escuela. La escuela deja de castigar lo neurológico (por ejemplo, sensibilidad al ruido, necesidad de rutinas, dificultad para leer dobles sentidos). La familia entiende que no es “mala conducta”, sino un modo distinto de procesar el mundo. El sistema de salud puede orientar terapias y apoyos según necesidades reales, no según intuiciones. Y, quizás lo más importante: el niño o la niña deja de crecer con la idea de que “está mal”.

UNICEF sostiene que la educación inclusiva es la forma más efectiva de asegurar que todos los niños tengan oportunidades reales de aprender y desarrollar habilidades para la vida. En la práctica, eso significa apoyos dentro del aula, capacitación docente, ajustes razonables, y una cultura escolar que no expulse lo diferente. Pero la inclusión no ocurre por decreto. Ocurre cuando él o la docente sabe qué hacer ante una crisis sensorial; cuando la dirección escolar entiende que una adaptación no es “privilegio”; cuando hay equipos de apoyo; cuando las familias no tienen que escoger entre trabajar o llevar a su hija a terapia a 40 kilómetros.

En abril de 2025, en una sede de Naciones Unidas en Ginebra, un evento por el Día Mundial de Concienciación sobre el Autismo incluyó una experiencia de realidad virtual para “sentir” la percepción autista frente a estímulos cotidianos.  La tecnología se convirtió en pedagogía emocional. Mostrar —aunque sea por minutos— cómo puede doler el mundo cuando todo grita al mismo tiempo.

Los apoyos que casi no cuestan, pero cambian vidas

A veces, lo que más falta no es un tratamiento sofisticado, sino sentido común institucional:

  • Permitir audífonos o protectores auditivos.
  • Dar anticipación de cambios en rutina.
  • Ofrecer instrucciones claras, por pasos.
  • Contar con espacios tranquilos para regulación.
  • Evitar castigos por crisis que no son voluntarias.

Son medidas de bajo costo. Su ausencia, en cambio, puede costar carísimo: abandono escolar, estrés familiar, violencia institucional.

Si el autismo se está extendiendo sobre miles de niñas y niños —y si además se está detectando mejor—, el problema no es “si existe”, sino qué tan preparados estamos para responder. Los CDC insisten en que sus estimaciones se basan en comunidades específicas y en registros disponibles; no son un “censo total” del país. Esa precisión técnica dice mucho: sin buenos sistemas de información, el fenómeno queda subestimado o se convierte en campo fértil para discursos oportunistas.

Por eso, la agenda pública suele resumirse en tres verbos:

  1. Detectar temprano y con equidad (incluyendo a niñas y comunidades con menos acceso).
  2. Acompañar a familias con servicios asequibles y cercanos.
  3. Incluir en escuela y comunidad, sin convertir el diagnóstico en motivo de segregación.

Al final del día, el niño de los audífonos regresa a casa con una hoja de tareas. No “superó” el autismo —porque el autismo no es una gripe. Superó, con apoyo, un entorno que no estaba diseñado para él. La historia global del autismo, en 2025, se parece a eso: no es solo el aumento de cifras. Es una disputa por significado. Por pasar de la sospecha al conocimiento, del estigma al derecho, de la soledad al acompañamiento. La discapacidad no está únicamente en el cerebro de una niña o un niño. Está —o desaparece— en la manera en que una sociedad decide mirar, escuchar y ajustar el mundo para que quepamos todos.

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AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.




Silencio que duele: el acoso escolar que la educación no ve

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Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). La Paz, Baja California Sur. En un aula cualquiera de una secundaria en una colonia cualquiera de esta ciudad que vive entre el calor del mar y la sombra de las promesas incumplidas, un estudiante camina encorvado, con la mirada baja y los cuadernos apretados contra el pecho como si fueran escudo. Sus compañeros lo llaman “raro”, “gordo”, “flojo”. Algunos le empujan al pasar, otros se ríen sin motivo claro. Él no dice nada. Nadie lo protege. Y nadie parece verlo.

Este es el rostro invisible de la violencia escolar en BCS: silenciosa, constante, cruel. No aparece en los partes policiales ni en los titulares de los noticieros, pero está ahí, todos los días, en cada risa burlona, en cada empujón disimulado, en cada mensaje humillante compartido en redes sociales. Y detrás de ella, hay un sistema educativo que, aunque no la cree, tampoco la combate.

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Según estudios realizados por la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), uno de cada tres adolescentes ha sido víctima de acoso escolar o bullying , en algún momento de su trayectoria académica. De ellos, menos del 20% denunció el hecho a docentes o directivos. Las razones son claras: vergüenza, miedo a represalias, y la certeza de que, incluso si hablan, poco cambiará.

El fenómeno no es nuevo, pero sí ha evolucionado. Lo que antes era una agresión física en el recreo ahora también ocurre en las redes sociales. El ciberacoso ha ampliado el campo de batalla: ya no hay refugio. Ni en casa. Ni en la cama. Ni en la mente. Un mensaje hiriente puede perseguir a un adolescente durante horas, días, semanas. Y en algunos casos, lo hace para siempre.

Datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) señalan que, en el periodo 2021-2023, el número de llamadas a líneas de ayuda por acoso escolar aumentó un 42% en el Estado. Sólo el 15% de estas situaciones derivó en intervención formal por parte de autoridades educativas.

No queremos alarmar, pero sí alertar. Hemos visto casos donde los alumnos han llegado a autolesionarse. Otros simplemente dejan de asistir. ¿Cómo culparlos? Y es que el abandono escolar tiene muchas caras. Una de ellas es la que se ve en los bancos vacíos. Otra, más silenciosa, es la del alumno presente en cuerpo, pero ausente en alma.

En comunidades pequeñas, donde la cercanía entre maestros y alumnos es mayor, aún hay intentos por contener el daño. Pero en las ciudades, especialmente en zonas marginadas como Ampliación San Isidro o El Pedregal, la situación es distinta. Allí, las escuelas están sobrepobladas, los profesores saturados, y los protocolos de seguridad escolar, cuando existen, sólo se guardan en carpetas polvorientas.

De acuerdo con la Secretaría de Educación Pública del Estado (SEP BCS), desde 2020 se implementa un “Protocolo Integral de Prevención y Atención al Acoso Escolar” en todas las instituciones públicas. Sin embargo, consultas realizadas al portal de transparencia muestran que no existe registro público de evaluaciones ni informes sobre su impacto real.

Además, en el padrón estatal de psicólogos escolares, menos del 30% de las escuelas cuentan con personal especializado en salud mental, lo que limita cualquier respuesta efectiva ante el acoso.

Frente a este panorama, organizaciones civiles como Jóvenes Unidos por la Dignidad y Red de Apoyo Psicosocial Escolar insisten en la necesidad de políticas públicas que vayan más allá del papel. Proponen la integración de comités escolares de convivencia, talleres permanentes de habilidades socioemocionales, y formación continua para docentes en temas de resiliencia y manejo de conflictos.

La violencia escolar no es un problema de niños. Es un problema sistémico. Y mientras sigamos viendo a los jóvenes como culpables o víctimas pasivas, seguiremos fallándoles.

También se requiere una revisión urgente de la cultura escolar actual. En un mundo donde el éxito se mide en calificaciones y redes sociales, pocos espacios quedan para la empatía, la tolerancia o el respeto genuino. Estamos educando en competencia, no en comunidad.

BCS no necesita más discursos vacíos ni campañas publicitarias que vendan soluciones falsas. Lo que necesita es acción decidida, con visión de largo plazo. Porque detrás de cada estadística hay nombres, familias, emociones rotas, talentos truncados.

Es hora de recuperar la escuela como espacio seguro. No solo de aprendizaje, sino de sanación. No sólo de enseñanza, sino de esperanza.

Porque si no invertimos ahora en la dignidad de nuestros estudiantes, mañana tendremos que pagar un precio mucho más alto.

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Durante el Carnaval de La Paz, Salud BCS difundió medidas para prevenir VIH

FOTO: Salud BCS.

La Paz, Baja California Sur.- Como parte de las acciones que lleva a cabo para fomentar la cultura del autocuidado, la Secretaría de Salud BCS, a través del programa de VIH-SIDA e Infecciones de Transmisión Sexual (ITS), llevó a cabo la difusión de medidas para prevenir este tipo de enfermedades entre las personas en edad reproductiva que asistieron al malecón en el marco del Carnaval de La Paz.

Ana Luisa Guluarte Castro, titular de la dependencia, indicó que esta acción se realiza mediante un vehículo informativo, y una plataforma que desfila con elementos decorativos que hacen referencia a la prevención de las ITS (como es el uso correcto del preservativo), además el despliegue de datos sobre las unidades médicas que en BCS se tienen para la detección y atención de estos padecimientos.

Con la iniciativa del personal de este programa, al conocer la alta concentración social que ocurre en esta festividad, brindó la oportunidad de potenciar el mensaje de la prevención, que en gran parte se sustenta en promover la utilización de métodos anticonceptivos de barrera, los cuales son proporcionados de manera gratuita en los centros de salud que están distribuidos en la geografía sudcaliforniana, precisó la médica.

En este espacio, mencionó que personal de Salud BCS también distribuyó preservativos y folletos sobre las pruebas gratuitas de VIH, sífilis y virus de la hepatitis C (VHC) que se efectúan de manera gratuita en los centros de salud, así como la disponibilidad de tratamientos farmacológicos denominados PrEP (Profilaxis Pre Exposición) que dispone la institución para disminuir probabilidades de adquirir VIH en caso de exposición al patógeno.

Guluarte Castro precisó, finalmente, que las jornadas informativas se emprenden para que las personas en edad reproductiva conozcan los servicios gratuitos de salud que ofrece la autoridad para proteger su bienestar, además de evitar embarazos no programados que pueden tener un impacto en el plan de vida, tanto en lo económico, como en lo social.




Salud mental y adicciones en Baja California Sur

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Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). Baja California Sur, tierra de contrastes, donde el azul turquesa del mar choca con la aridez del desierto, y el brillo del turismo oculta sombras profundas. Aquí, donde el dólar fluye y la fiesta parece eterna, se libra una batalla silenciosa: la lucha contra la salud mental y las adicciones. No nos engañemos, Lectores. Detrás de la fachada de hoteles de lujo y playas paradisíacas, se esconden historias de angustia, desesperación y dependencia. Historias que no suelen aparecer en las postales ni en las revistas de viajes, pero que laten con fuerza en las calles de La Paz, en los rincones de Los Cabos y en las comunidades rurales dispersas por el Estado.

El «progreso», ese espejismo que nos venden a bombo y platillo, ha traído consigo una resaca amarga. El ritmo frenético de la vida moderna, la presión por encajar en un mundo cada vez más competitivo y la precariedad laboral abonan el terreno para la aparición de trastornos mentales como la ansiedad y la depresión. La globalización y la tecnología, aunque han traído avances significativos, también han incrementado el estrés y la sensación de aislamiento. La necesidad constante de estar conectados y la comparación continua con las vidas aparentemente perfectas de los demás en las redes sociales, sólo exacerban estos problemas.

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Y qué decir de las adicciones. El alcohol, las drogas, especialmente las metanfetaminas, se han convertido en una vía de escape, una falsa solución a problemas reales. Un espejismo que atrapa a jóvenes y adultos, hombres y mujeres, en una espiral de autodestrucción. La facilidad de acceso a estas sustancias y la falta de oportunidades económicas y educativas en muchas comunidades rurales hacen que las adicciones sean un problema aún más grave.

Las estadísticas, frías e implacables, nos dan una idea de la magnitud del problema. Los suicidios, según datos del INEGI, han ido en aumento en los últimos años, un síntoma alarmante de la profunda crisis que atraviesa nuestra sociedad. Los datos de los Centros de Integración Juvenil revelan un consumo preocupante de sustancias psicoactivas, especialmente entre los jóvenes. Estos números no sólo reflejan una crisis de salud pública, sino también un fracaso en la prevención y el tratamiento de estos problemas.

Atención a la salud mental

Pero más allá de los números, están las historias humanas. El joven que se refugia en las drogas para olvidar el vacío existencial, la madre que lucha contra la depresión postparto, el trabajador que se ahoga en el alcohol para soportar la presión laboral. Rostros anónimos que sufren en silencio, que claman por ayuda. Estas historias son solo la punta del iceberg; detrás de cada caso, hay familias enteras afectadas, comunidades desgarradas y un tejido social que se deshilacha.

Y mientras tanto, ¿qué hacen nuestras autoridades? Los programas de prevención y atención a la salud mental y las adicciones son insuficientes, raquíticos, víctimas de la eterna falta de recursos y de una visión cortoplacista. Se invierte en cemento, en obras faraónicas, pero se escatima en lo fundamental: la salud mental de nuestra gente. La falta de políticas públicas efectivas y la corrupción que desvía recursos destinados a la salud mental y la prevención de adicciones solo agravan la situación.

No basta con construir hospitales si no se invierte en personal capacitado, en tratamientos efectivos, en campañas de concientización que lleguen a todos los rincones del Estado. No basta con reprimir el consumo de drogas si no se atacan las causas profundas que llevan a las personas a refugiarse en ellas. Es necesario abordar estos problemas desde una perspectiva integral, que incluya no sólo la salud mental y física, sino también el bienestar social y económico.

Este no es un problema que se pueda barrer bajo la alfombra. No podemos seguir mirando hacia otro lado mientras nuestros jóvenes se pierden en las garras de las adicciones, mientras nuestros ciudadanos sufren en silencio los embates de la depresión y la ansiedad. La salud mental y las adicciones no son problemas aislados; están interconectados con otros desafíos sociales como la pobreza, la desigualdad y la falta de oportunidades.

Es hora de actuar, de exigir a nuestras autoridades que tomen cartas en el asunto, que inviertan en la salud mental y la prevención de adicciones como una prioridad. Es hora de romper el silencio, de hablar abiertamente de estos problemas, de ofrecer apoyo a quienes lo necesitan. La sociedad civil, las organizaciones no gubernamentales y los sectores académicos deben alzar la voz y participar activamente en la búsqueda de soluciones. Es el momento de tomar decisiones audaces que no sólo atenúen los efectos inmediatos de la crisis, sino que cimenten el camino hacia un futuro más próspero y diverso.

Este artículo no pretende ser un tratado científico, ni un análisis sociológico. Es un llamado a la conciencia, una invitación a reflexionar sobre la realidad que nos rodea. Es un grito desesperado en medio del silencio, una voz que se suma a las muchas que exigen un cambio. Porque Baja California Sur no puede seguir siendo un paraíso con fantasmas. No podemos permitir que la belleza de nuestra tierra oculte el sufrimiento de nuestra gente. Es hora de despertar, de actuar, de construir un futuro donde la salud mental y el bienestar sean una prioridad para todos.

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