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Nos han dado un presidente. A un año del triunfo de AMLO (II)

04-Jul-2019

ARTICULO Por Raúl Carrillo Arciniega

FOTOS: Internet.

Colaboración Especial

Por Raúl Carrillo Arciniega

 

Nos han dado un presidente

Charleston, Carolina del Sur (EE.UU.). Una característica que la narrativa de AMLO construye, es que objetiviza el concepto de pueblo, y, como ya ha sido dicho y contemplado, es la construcción de un populista. El Pueblo, esa unidad amorfa y vacía donde el discurso que pretende imponer se enraíza y se acepta; se consolida como una voz de algo, que no tiene una voz libre ni al margen de quien se le pregunta. Esto se ha corroborado en sus reuniones tipo rally de Trump, donde le pregunta a la gente (que asistió y que simpatiza con la política que implementará, sea cual fuere), sobre qué cursos debe tomar tal o cual iniciativa, y pregunta en una especie de votación expedita si debe o no ir el Tren Maya, a lo que todos los presentes contestan con un Sí, que era previsto desde el principio. Este mecanismo de acarreo tiene toda una tradición del viejo PRI.

El respaldo popular era la clave de la apariencia del poder en la dictadura perfecta, o dictablanda, que generaba un dominio sexenal y un apoyo de los sectores del PRI. Dado que los inicios de AMLO son de factura patriarcal, el modelo del acarreo sigue; de igual modo, es ligado con el modelo del acarreo en las iglesias católicas, donde el padre es quien convoca a su grey para que oigan lo que les tiene que decir. AMLO hace lo mismo a través de sus conferencias, sermones mañaneros, en los que calibra, pontifica, perdona deudas, regaña, desmiente cifras, critica a su crítica, pero sobre todo impone su discurso, impone una verdad narrativa que busca consolidar el rumbo de México en todos los niveles.

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El combate a la corrupción no es un combate real sino sólo de imagen. Mostrar que él y los suyos serán los paladines que se den baños de pureza. Para muestra ya tenemos un par de renuncias, una del director del IMSS y la otra de la secretaria del medio ambiente. El primero ha renunciado porque los recortes afectan a los derechohabientes y éstos no han sido calibrados para atenderlos, por falta y escasez de medicamentos. Ha redactado una carta en donde denuncia esas irregularidades, a lo que AMLO sólo ha respondido que lo que hace su gobierno está bien, porque va contra la corrupción.

La segunda, aparentemente, por un abuso de poder y basada en que se regresó un avión para que la secretaria de Turismo pudiera llegar a su destino. Ha sido una muestra de prepotencia y eso será inadmisible dentro del esquema nuevo gobierno. Si antes había sido reprendida por su desempeño laboral, no nos enteramos. Lo que no se ha tolerado es hacer ver mal al nuevo gobierno, preservando ciertas prácticas que han sido percibidas por el grueso de la población como actos de corrupción.

En todo caso, sus manifestaciones contra la corrupción han sido más dirigidas hacia el problema cosmético de cómo se ve a sí mismo el presidente de México y su necesidad de ser vitoreado por la historia de México como el gran transformador de México. Al haber obtenido el grueso de los votos y haber ganado los congresos estatales y federales, se ha tenido que echar mano de quienes estuvieron desde el principio en la lucha por el poder. Se ha desechado a aquellos que no tenían más de 15 años en el intento de reconstruir al país, de ahí que la nueva transformación de México en ocasiones se muestre como mero tinglado, como una mera fachada que tiende a construir una idea de país más que un país donde el bienestar sea proporcionado por el gobierno.

AMLO sigue el esquema del viejo paternalismo priista de los años 40, donde el gobierno debía ser el principal benefactor del hombre rural, que tenía que otorgar la tierra, y cuyos resultados podemos leer, el cuento de Juan Rulfo Nos han dado la tierra, por ejemplo. La creación de los ejidos que ahora, por ejemplo, están lucrando en zonas que antes no eran consideradas de interés turístico y hotelero. AMLO concreta la realidad conjurándola. Su mecanismo dialógico no lo es del todo, sino una simulación más dentro del paradigma del poder. El enquistamiento de la corrupción muestra que lo único real será un comportamiento de su gabinete, a quienes les ha bajado el sueldo y deben celebrarlo para que nadie gane más dinero que él.

Su estilo de hacer política, alberga la consideración de que el poder se ejerce a partir del discurso que él mismo tiene y no escatima en echar mano de todo el poder de la palabra desde su autoridad. Cita, por ejemplo, sin ningún resquemor, palabras directas de una Biblia que no sabemos si lee, pero que su base sí la considera como un discurso desde donde emana la verdad, y la verdad emana desde el propio discurso, a través de su persona, como vicario de un poder que él solo usufructúa, que él solo comunica al más puro y viejo estilo cristiano. Él es el tata Dios que busca la mejoría del pueblo, en una especie de bondad histórica e histriónica que no lamenta decir que el mundo es lo que acaece y en ese acaecimiento está la verdad del hombre mexicano.

Sus discursos pausados, son asequibles para cualquier persona con escolaridad de sexto de primaria, su corta variedad léxica sorprende, pero de igual forma sorprende su manera de hipnotizar a las masas. En un país donde el rumbo se ha perdido, AMLO surge como la única implementación de una posibilidad, de que el mundo no es tan injusto como se cree y que no sólo aquellos que han nacido ricos y con posibilidades de estudio triunfan. Es la mentalidad de quienes creen que al votar por AMLO se instaura una cuarta transformación, una especie de resurrección de las almas y la instauración de un paraíso que se llamará México.

AMLO dice recibir el parte de la delincuencia todos los días y afirma no delegar nada, contemplar el dato duro y no nos dice qué más hace con él. Entendemos que podría estar al tanto del número de muertos que se registran en el país. Creemos entender que, cuando lo recibe y lo lee, de seis de la mañana a siete, detalla alguna estrategia y habla con alguien para decir qué se debe hacer. Para algunos más optimistas, ya reconocer el número de asesinatos nos tendría que llevar al segundo paso, que sería la implementación de algún mecanismo para su contención. Volvemos una vez más al viejo problema entre el gobernar, el administrar y el hacer política palaciega.

En el primer caso, administrar resulta más gravoso de lo que se piensa, porque el país enfrenta una crisis profunda en el uso del recurso público, mismo que lleva a la corrupción. ¿Cómo detener ese sistema sobre el que se ha basado México a lo largo de su historia postrevolucionaria? ¿Cómo atender al proceso de reencause, donde el pueblo habrá de recibir esas bondades capitalistas que tanto busca? Es que, a la postre, el discurso de AMLO no es claro. No tiene una dirección mas que su propia megalomanía, que ha jurado que no le atacará.

El problema con la megalomanía es que nadie es inmune a sus caricias y mayor poder, y con esto quiero decir, a mayor atención a las palabras del tlatoani, mayor poder, para que su voluntad sea cumplida. AMLO no delega, sólo en su silla de Águila podría encontrar la respuesta a la transformación que México necesita, una transformación en la que, lo que llaman el proyecto, puede tener alguna salida notable, alguna construcción real de quienes buscan que el mundo sea de los justos y de aquellos que buscan el poder del cielo en la tierra. AMLO cree tener la respuesta, cree en la metafísica al estilo Connie Méndez, donde una vez decretado, el universo se confabula para que sea realidad.

AMLO cree en la magia que desde su rincón de oración presenta al mundo mexicano, que es bueno y sabio. Pero eso es hacer política en México, y pareciera que en todo el mundo, buscar que el verbo impere y que vaya haciéndose real. Es lamentable verlo platicar con Zuckenberg sobre temas que ya han sido puestos en el terreno fallido, como lo es la incorporación de un internet gratuito que no fraguó, y cómo lo dice a la prensa. Es la misma magia que AMLO se atribuye a sí mismo, es la magia de la tecnología, la que opera dentro de su propia aura salvadora.

En efecto, México necesita salir de su atraso, de su estética del atraso, cuya imagen hace que México pueda invertir en turismo. La magia debe estar presente para ofrecer a México como un destino donde el sabor, el atraso y la calidez humana, muestran una cultura ancestralmente sometida, una cultura que, más que buscar salir de su atraso, se pone de pechito para mostrar esa misma reciedumbre que se nos fue en el devenir histórico de un país que hubo sido, un país que no logra congraciar lo que es, con lo que quisiera ser. De ahí que AMLO sea el salvador, quien intentó menear la varita mágica de los pueblos originarios y de aceptar un bastón que otro López también había aceptado, López Portillo, cuya actuación en la política nacional no había tenido un parangón semejante hasta que López Obrador tomó conciencia de sí mismo y de cómo sólo se necesitaba de su carisma, para perseguir la promesa de un país que ha imaginado tantas veces, desde que apoyó la candidatura de unidad de López Portillo. Por eso AMLO se materializa con la palabra a diario, se sintoniza y se exhibe, desmañana a todos sus colaboradores y se para atrás, para ver cómo sus achichincles salen avante de una serie de preguntas a modo.

Hay que reconocer que sí, al país le ha faltado todo, y que el capitalismo de cuates ha sido una de las armas más letales que ha mantenido al país una fisonomía que siempre ha tenido desde La Colonia. ¿Cómo salvar lo insalvable? ¿Cómo no pensar que el país puede ser salvable? Y de ahí radica toda esa esperanza que se erige de los discursos de AMLO. En el fondo somos unos optimistas, en el fondo nos creemos toda conspiración por idiota que parezca. Y es que no creerla es hundirnos y regodearnos en la mierda de que el barco ha vivido en naufragio desde que soltamos la amarraras de la Metrópoli.

De ahí que los intentos por una restitución monárquica con Maximiliano hayan llegado tan lejos y le hayan costado la vida al heredero Hasburgo. Porque el proyecto de restitución fue presentado como una muestra de realidad, donde el hijo adolescente ha salido loco e incompetente, donde no hemos podido controlar nada de lo que podría hacer de este país, una vía para salir de esta pobreza y ese atraso, que tanto atraen para salir bien en las fotos de los viajes que se pegan quienes sienten que desafían a la muerte por vacacionar en nuestras tierras. Y si utilizo el posesivo, es porque no tengo otro lugar para asentarme que ese, que me vio nacer, en medio del privilegio de nacer con todas las oportunidades de seguir siendo parte de una minoría educada, pero al mismo tiempo, consciente que el México del atraso es el México de la norma.

Desgraciadamente no podemos sólo conjurar, decretar o hacer rituales para salir de ese atraso histórico; hace falta mucho más, repensar el artificio, rediseñar el esquema que incluya un mundo en constante cambio y que haga de la negociación, un terreno donde la política no sea un juego de palacio, sino la cooperación de todo una estructura, reconocer las responsabilidades del gobierno, de qué es lo que debe hacer y qué es lo que debe proveer: salud, educación, seguridad, servicios, agua… elementos que puedan hacer que el mundo, la población, se construya, que la población desarrolle su potencial para convertirse en humano, y no seguidor de magos y falsos ídolos que creen que con decretar que el sargazo ya no es malo, el hedor de su putrefacción ya no se sienta.

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