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Neoliberalismo en el espejo

17-Sep-2020

OPINIÓN Por Raúl Carrillo Arciniega

FOTOS: BBC.

Colaboración Especial

Por Raúl Carrillo Arciniega

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La función de la crítica debe ser apolítica. No contender más que con el pensamiento de la verdad o de la proyección de aquello que podría ser o no ha sido, aunque las ganas de que se hayan conseguido sean demasiadas. En un país como México, en el que las instituciones no han podido resolver el objetivo básico para lo que han sido creadas, hablar de poder y de crítica tiene visos problemáticos. Sobre todo ahora, cuando el cambio de poder ha sido dejado en manos de López Obrador, quien, sabemos, ha contendido a la presidencia en múltiples ocasiones con dos partidos distintos y este último creado por él mismo para seguir en la búsqueda del poder.

Pero entonces sería pertinente preguntarnos ¿qué busca en realidad López Obrador? Su dedicación por conseguir algo habla más de su entereza y afán por el poder que de su vocación de servicio hacia los mexicanos. Una vez más surge la pregunta, ¿qué es lo quiere realmente AMLO? ¿Sólo el poder? Esa es la respuesta más genérica que podríamos argüir: tener el poder, ejercerlo de alguna manera para su propio goce estético. Su megalomanía lo hace querer entrar a la historia mexicana como el mejor presidente de México.

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Él afirma que los dos mejores presidentes de México han sido Benito Juárez, un indígena oaxaqueño, y Lázaro Cárdenas, el responsable de la expropiación petrolera y el que abrió las fronteras a la segunda gran migración española a México. Para él, lo ha declarado hasta el cansancio, éstos son los mejores mexicanos de la política. Entendemos que quiere ser el tercero y que su cuarta transformación será su legado para entrar a la historia de México.

Todo parece indicar que es todo lo que quiere, el reconocimiento de la historia y la admiración de la gente, es decir, de los pobres, de los que llevan su humanidad a cuestas porque no pueden resolver más que su día a día. Ha dicho que tiene una cruzada y una empatía hacia ellos, que son cerca de 45 millones, que busca que lo vitoreen en todos sus encuentros, en todas las fotos que se ha sacado. Tiene una necesidad de hacer historia que debe estar en sintonía con su imagen de salvador. Pero en realidad no pretende salvar a nadie. Su amor, su empatía por los pobres, viene de su deseo de ser admirado, de ser reconocido como un salvador para poder poner en sus bocas algunos mendrugos de pan, algunas migajas que lo hagan crear un vínculo con aquellos a los que alimenta de cosas reales, de frijoles o de maíz, que pronto dejarán de ser transgénicos.

¿Está mal su cruzada de salvamiento? Depende desde qué posición estamos hablando. Si todo esto resultara en un desplazamiento de esa zona de pobreza, entonces sí que su labor sería encomiable; el problema es que no lo está haciendo desde ahí. Lo hace a partir de su propio narcisismo. Obrador no gobierna para más allá de esos 45 millones de pobres, no pretende traer una mejor educación para que el hijo del obrero deje de serlo y al final se convierta en un abogado prestigioso o un ingeniero del grupo ICA. Tampoco pretende establecer las instituciones en las cuales podría cimentarse la base de un bienestar posterior, porque para su ser político la política debería traer felicidad. Y esa felicidad ya está conquistada, según una declaración en la que arguyó que el pueblo de México era tres veces feliz. El Estado es el garante de esta posibilidad para que el pueblo sea feliz; el Estado debe invertir en la felicidad de sus gobernados. Una vez más entramos a la vieja fase de México donde nadie, salvo el Tlatoani, sabe lo que necesita el pueblo y tiene una idea específica de cómo debe llevar a cabo ese comportamiento.

Por todo esto, México ya está salvado. México, ese ser abstracto que es un México rural empobrecido sin acceso a educación pero sí a la multiplicación milagrosa de los panes en forma de despensas y vales, ya entró a una transformación que de seguro nos dirán que los seis años que han estado trabajando no son suficientes. El proyecto es a largo plazo; es un plazo donde todos los medidores, los baremos, han cambiado radicalmente. El bienestar ha dejado de medirse en indicadores económicos que sólo le hacen el juego al neoliberalismo y al conservadurismo. Un sistema que no ha producido nada de la derrama que decían iba a darnos, eso es verdad. El problema con México es que tampoco sabemos de qué podría ser capaz una recuperación económico neoliberal porque tampoco ha habido ese neo-liberalismo que reclama Obrador como el culpable.

Tendré que citar aquí a todos aquellos a los que AMLO descalifica cada vez que se puede articular una crítica, a Octavio Paz y Enrique Krauze, quienes han hablado de liberalismo y de modernidad. Pero ahora tampoco es posible citar a nadie que haya escrito algo en el diario Reforma como paradigma de nada. Denise Dresser ya ha sido vetada de todo sentido crítico, al igual de Silva-Herzog Márquez. Nadie que no hable desde la lealtad puede articular una voz de disenso, porque no se debe atacar al bueno, porque antes de la pandemia le “calentaba” que lo compararan con los que hacían lo mismo que él pero que él sí podía criticar. Vemos pues que no está abierto a la crítica, porque en lo que se está en desacuerdo se llama crítica y lo otro es ser parte de los corifeos.

No podemos tampoco negar que el PRI le ha hecho mucho daño a México en los últimos años, especialmente este último sexenio cuando el PAN a cargo de Calderón no pudo contener la violencia y la exponenció al máximo al hacer tratos con el Cártel de Sinaloa. Se votó por un cambio de guía impulsado, es cierto, por la televisora más famosa de América Latina. Fueron seis años de espectáculo y de robo a manos llenas. Años de desatinos constantes, frases estúpidas y célebres que hubieron de quedar en el inconsciente colectivo emitidas por Peña Nieto donde se exhibía una de las inteligencias más pedestres que el ser humano podría conocer.

Así, el poder era distribuido por el primero Secretario de Hacienda y luego canciller, que llegó con humildad a “aprender” sobre la marcha; hoy han sido desenmascarados todos por Lozoya y vinculados con tráfico de influencias y sobornos. Nada nuevo dentro del mundo de la política a todos los niveles. Todos aquellos que se han entregado a un puesto dentro del presupuesto del Estado lo hacen con miras a las prebendas que da una posición de esa naturaleza y el potencial que tienen para sacar dividendos de su tráfico de influencias. En eso no se equivoca Obrador, la corrupción es el sistema que ha imperado en México desde que se consolidó la Revolución Mexicana en el engendro del PRI, de donde salieron Cárdenas, López Obrador y el propio hijo de Cárdenas.

Pero también la corrupción somos todos, así como todos fuimos, en su oportunidad, indigenistas, zapatistas y Marcos. El sistema imperante es la corrupción desde sus raíces porque el capitalismo que derivó en tecnocracia y en neoliberalismo, no lo ha sido del todo. Hasta en eso, el neoliberalismo al que Obrador atribuye todos los males de México y del mundo ha sido un sistema corrupto. Ha corrompido el sistema liberal de una libre empresa en favor de otra cuyos amigos son los que se llevarán los contratos. Es lo que Dresser ha llamado un “crony capitalism”, o un capitalismo de cuates, de amigos que se hacen favores a diestra y siniestra. Crean compañías fantasmas para quedarse con los recursos del Estado al que deberían servir. Cuyo objetivo debería ser el invertir en acceso a la educación, creación de bibliotecas, subsidio de libros, que se reflejaran en una capacidad de abstracción mucho mayor para poder tomar decisiones mejor informadas.

Pero aquí es donde la crítica se debe entender como proceso para responsabilizar a quienes toman decisiones y disponen del presupuesto de los mexicanos. Aquí es donde se debe establecer lo que en inglés se llama accountability y enforcement. Por un lado, tomar la responsabilidad de un presupuesto que debe gastarse conforme a las necesidades del país para que su población goce de lo que debe de gozar, es decir, de un Estado que provea seguridad; que establezca esa responsabilidad para aquel que no hace su trabajo como debería ser.

De igual forma, saber que el sistema no está respondiendo bajo ningún esquema a las necesidades que debe solventar. Y que tampoco está proveyendo de educación escolar para poder salir del ciclo de la pobreza en donde el mexicano no debería de estar. La pobreza no es un lugar congraciado, tal vez dentro del esquema mesiánico tropical, pero no dentro de un mundo donde la ética es lo que se está poniendo en juego.

Ser humano no es una cuestión de alma o de ensoñación metafísica. Ser humano es aspirar a tener tiempo de pensamiento y reflexión, aspirar al confort del raciocinio. Ese lugar se paga y se ha pagado con dinero desde que fuimos expulsados del paraíso. Ser humano es tener el dinero suficiente para poder contemplar el mundo y reflexionar sobre lo que es por sí mismo y por qué ha llegado a ser lo que es. ¿No debería ser esa la realidad del ser humano? No lo sé. Sólo parto y comparto la evidencia de lo que pragmáticamente se necesita para ser humano.

Y ser humano es una pregunta que México, a través de algunos mexicanos, se ha hecho a lo largo de 500 años. ¿El mexicano es un ser humano? La respuesta es que no. Ha intentado serlo, ha luchado por serlo; ha tratado de definirse y con su definición ha tenido que reclamar muchas cosas que no eran suyas, ni la lengua ni el territorio. Pero eso debe dar pie a la reflexión sobre quién es ahora el mexicano y si esos 45 millones de pobres para los que gobierna Obrador quieren seguir siéndolo para que él continúe su cruzada: ser un admirador de la pobreza con la que pretende congraciarse y que nadie se mueva para salir bien en la selfi.

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