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Los inmortales de La Paz

20-Abr-2020

OPINIÓN Por Roberto E. Galindo Domínguez

FOTOS: Internet

La Última Trinchera

Por Roberto E. Galindo Domínguez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El 22 de marzo, al inicio de la propagación del coronavirus en Baja California Sur, cuando se detectó el primer caso de un paciente infectado por el virus en Cabo San Lucas, aún la pandemia parecía lejana. China dejaba de ser la noticia, no era más el foco de infección y se hacían memes de sopa de murciélago mientras ya gran parte de Europa agonizaba: Italia y España tenían sus jornadas con la más alta detección de contagios. Desgraciadamente, en Estados Unidos aún no se tomaban en serio el asunto y en consecuencia después vendría la catástrofe de Nueva York y la desgracia norteamericana.

Por entonces, para nuestra suerte tercermundista, en México, al menos en la capital del país y desde el gobierno federal habían tomado cartas en el asunto desde enero, ya tenían un plan de acción, una estrategia para contrarrestar un virus altamente contagioso y mortífero; al menos el más letal desde la pandemia de la gripe española que en 1918 se llevó a la tumba a más de 50 millones de personas.

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La estrategia era y sigue siendo simple, guardar distanciamiento social, pero a pesar de lo simple que técnicamente es alejarse de la gente, aun de los seres más queridos: la familia, los amigos, los amantes; la población no ha respondido a cabalidad, no toda. Qué nos pueden costar 40 días de aislamiento, eso, 40 días, tal vez más, 50 o 60, qué importa cuántos cuando eso le puede salvar el resto de sus días a alguien a quien amamos, a nuestros padres, al abuelo, al enfermo crónico por joven que sea, tal vez un primo, un amigo, un hermano; o tal vez se pueda salvar a ese al que sólo conocemos de vista pero que ama a alguien más y que con su muerte va a dejar un profundo dolor en quienes lo aman. Qué son unos días de guardarse en casa, cuando así se puede hacer, cuando al menos el grueso de la clase media podemos hacerlo.

Otra es la realidad de los más desfavorecidos social y económicamente, de los cuales muchos se están aguantando y la están sufriendo, pero esas ya son cuentas que luego ajustaremos; no puede en este país seguir habiendo tanta desigualdad social, pues un virus como el que nos acecha en cada esquina, en cada tienda, en cada mano, no nos hace iguales ante la muerte, sólo resalta nuestras diferencias económicas y eso hará que mueran más los pobres y menos los ricos; pero eso sí, por igual el COVID-19 se va a llevar a los pendejos: ricos y pobres, incrédulos y religiosos, capitalistas y socialistas; y es que, en la antesala de la muerte, pululan los ignorantes.

Y a este respecto me he llevado una gran decepción, entre mi círculo de amistades, tengo a más de un conocido con rimbombantes estudios de posgrado en colegios caros, gente de vida transnacional, que se han atrevido a llevar a cabo reuniones familiares, con el abuelo, los tíos y los nietos, reuniones con amigos, quedadas nocturnas; no podía yo creerlo, pero de ese tamaño es la ignorancia en la gente culta, pero ignorante al fin del beneficio de la acción social para el bienestar común. En esta aciaga temporada he perdido más amistades y me he distanciado de más familiares que en cualquier batalla ideológica previa y es que, aunque sean de mi sangre, no tolero a los que propagan noticias falsas para debilitar un gobierno que hace hasta lo imposible por salvar vidas; cuando sabes que al llegar la crisis a su máximo de letalidad los sistemas de salud privilegiarán a los más jóvenes para darles atención médica ante los más viejos o ante aquellos con más enfermedades crónicas, es cuando no puedo entender a las bestias disfrazadas de humanos que no han sabido quedarse en casa, que no han querido alejarse un poco para salvar algunas – tal vez más, posiblemente cientos o miles- vidas.

Antes, pensé que sólo los pobres salían a la calle en mitad de la pandemia, unos por hambre, otros por la ignorancia abrumadora que su condición socioeconómica les ha determinado, esa que nosotros les hemos asignado con nuestra complicidad con este sistema capitalista depredador y voraz; pero me equivocaba, cometen actos de lesa humanidad pobres, ricos, letrados, todos farsantes humanos que no ven más allá de sus necesidades inmediatas, económicas y afectivas. Con un carajo, estamos al garete ante un diminuto virus por su mortífero batallar, pero además por la estupidez y la incompetencia humana de muchos de nuestros congéneres, y muchos por ellos moriremos y otros sufriremos la pérdida de seres queridos cuando el sistema de salud se sature y los muertos rebosen en las fosas; esas, que en otros países ya se han cavado, incluso en naciones del primer mundo, fríos y oscuros agujeros para enterrar a miles de muertos a los que ni siquiera les lloraron.

Para cerrar mi reflexión, les digo que el título de este artículo lo escribí hace unas semanas, cuando la alerta de pandemia en México se había lanzado, cuando ya llevábamos algunos días con la instrucción de no salir de casa y muchos paceños seguían paseando por el malecón, haciendo bici, llevando al perro, divirtiendo a los niños en los juegos, cuando muchos aún abarrotaban las canchas de los parques de la ciudad y otros asistían a bares y, en periqueras, sin invitar a Susana Distancia, vociferaban estupideces cotidianas contagiando al otro comensal sin la menor discreción, sin la menor conciencia social. En ese tiempo pensé que ellos: los inconscientes, los ignorantes, los criminales, esos que hoy nos han mantenido por varios días como el estado con la tasa de contagios por COVID-19 más alta de la nación incluso siendo una de las entidades con menos población del país, pensé que ellos se consideraban los inmortales de La Paz; y tal vez ellos, algunos de ellos, no mueran, pero irremediablemente moriremos otros por ellos, a pesar de que hasta el día de hoy la estrategia del gobierno federal para contrarrestar la pandemia está funcionando bien.

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