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Iconoclasia, o porqué las feministas rompen, destruyen y queman

23-Nov-2020

OPINIÓN Por Elisa Morales Viscaya

FOTOS: Internet

Hilo de media

Por Elisa Morales Viscaya

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). “Se vale protestar, pero no vandalizar”, “Esas no son formas”, “Las feministas son violentas, vándalas y delincuentas”. Estas son tan solo una muestra de las frases que oímos y leemos al enfrentarnos a las diversas manifestaciones de protesta del colectivo feminista que marcha por la lucha de derechos de las mujeres y como respuesta a la cantidad infame de feminicidios que se sigue multiplicando en nuestro país.

Siempre me pregunto, cuando los escucho, antes de juzgar y decir que las manifestaciones feministas son ‘violentas’ y que somos ‘criminales’, realmente se han cuestionado ¿qué motivos existen? ¿Hemos intentado ser escuchadas de otras maneras? ¿Han funcionado estas formas de manifestación alternativas? La destrucción, a este punto, es un acto de revolución. Y te puede parecer justificado o no, pero al menos vamos a llamarlo por su nombre. No, vandalismo no, piensa otra vez: Iconoclasia.

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Un iconoclasta, en su sentido original, es una persona que se opone al culto de imágenes sagradas. Etimológicamente, la palabra, proveniente del griego εἰκονοκλάστης (eikonoklástes), significa ‘rompedor de imágenes’. Hoy en día, por su parte, se reconoce como iconoclasta a quien va a contracorriente de las convenciones sociales y de los modelos estatuidos, y la manifestación iconoclasta es precisamente el romper y destruir las imágenes, monumentos y símbolos de estas.

La historia de la iconoclasia es extensa y por oleadas, y está relacionada con la protesta feminista desde hace más de un siglo. Para muestra, en 1914, la sufragista Mary Raleigh Richardson mutiló de siete cuchillazos la obra “La Venus del Espejo”, de Velázquez, que se exhibía en la National Gallery de Londres, enfurecida por la detención de Emmeline Pankhurst, líder de la lucha sufragista. La explicación que dio a su acto en una declaración a la Unión Política y Social de las Mujeres (Women’s Social and Political Union) fue la siguiente “He intentado destruir la pintura de la más bella mujer en la historia de la mitología como una protesta contra el gobierno por destruir a la Señora Pankhurst, la mujer más hermosa de la historia moderna”. Este fue uno de los actos iconoclastas, que no vandálicos, más famosos del pasado siglo.                             

En la historia de la humanidad nunca ha faltado la destrucción realizada por razones ideológicas, desde históricas quemas de conventos a demoliciones de monumentos cuya carga histórica se pretende destruir. Si estás interesado en la historia de la iconoclasia, puedes consultarla aquí y aquí. El vandalismo es otra cosa: simple destrucción sin motivo, vandalismo como principio y fin en sí mismo que se produce de forma incontrolada por razones individuales “sólo por hacer el daño”.

El vandalismo está ahí, a diario, en los chamacos que rayan los asientos del transporte público, en los grupos de desobligados que compiten a ver quién rompe más lámparas a pedradas, en las barras pamboleras que destruyen estadios, en los borrachos que hacen desmanes destruyendo vía pública de madrugada. Pero este tipo de actuaciones—que estoy segura que ocurren a diario—, no son ni por asomo tan censuradas. Incluso, en ciertos contextos como el deportivo se les publicita como parte de la euforia y la pasión de los hinchas.

De fondo, lo que molesta no son las pintadas ni los vidrios reventados. Nadie censuró las protestas en Estados Unidos por el horrendo homicidio de George Floyd, que también tuvieron manifestaciones iconoclastas, que por el contrario fueron aplaudidas. Lo que molesta es que quien ejerce esta forma disruptiva y controversial de protesta sea la mujer exigiendo derechos y justicia.

La destrucción no fue la primera opción. Hace no tanto se buscaba llamar la atención sobre la violencia feminicida en México con marchas pacíficas, con bailes, con canciones de protesta. Sin más resultado que la burla. Sin que la autoridad tomara en serio la agenda feminista. Se intensificó, naturalmente, la protesta: marchas con torsos desnudos, ocupación de las calles, bloqueo de edificios públicos. Y la muerte de mujeres, y los índices de violencia sexual, y el machismo sistémico continuaron con la venia del Estado.

“La violencia genera más violencia”, dicen los que pretenden justificar los abusos policiacos contra las manifestantes. Pero por supuesto: la violencia feminicida en México ha provocado esta “escalada de violencia” dentro de la manifestación feminista. Nos están matando. ¿Qué esperaban?  ¿Qué les pidiéramos por favorsito “dejen de matarnos”, con las manos sobre nuestros regazos mientras les ofrecíamos té y galletas?

No está en mí, ni pretendo con este breve texto cambiar la opinión de nadie sobre la protesta feminista. Si usted, amable lector, considera que lo correcto es poner su atención en las manifestaciones iconoclastas del colectivo feminista para censurar lo que se rompe, se quema y se destruye en nombre del repudio que nos genera un Estado corrupto, feminicida y cómplice de la violencia contra las mujeres, en lugar de horrorizarse por los doce feminicidios diarios que se cometen en México, allá usted y su cuestionable escala de valores.

Pero si vas a señalar a las mujeres que se manifiestan a través de la destrucción de los bienes culturales del Estado que dejan de representar valores democráticos cuando la voz de la mitad de la población es silenciada, apelando a la conservación de monumentos; si no te parece que la quema de documentos sea una forma de expresión válida ante la infame realidad de un gobierno que ponen en tela de juicio diariamente los testimonios de miles de mujeres y niñas violentadas, al menos, llámalo por su nombre.

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