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Gobernadores, alcaldes, ciudadanos y conspiranoicos del COVID-19

05-May-2020

OPINIÓN Por Roberto E. Galindo Domínguez

FOTO: El Sudcaliforniano

La Última Trinchera

Por Roberto E. Galindo Domínguez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En Baja California Sur el gobernador, los alcaldes y algunos ciudadanos ignorantes, o demasiado creyentes, brillan por el caos y la incertidumbre que generan, pero lo más grave es que con sus acciones ponen en riesgo a la ciudadanía.

Por ejemplo, las restricciones a la movilidad que se han impuesto desde el gobierno estatal, que implican la instalación de retenes y nos hacen a los ciudadanos tener que hablar con los oficiales de la ley, cuando la idea es no entrar en contacto con la gente; además, los puestos de control no sólo funcionan a partir de las 22 horas. De igual manera, con esta medida, la autoridad también pone en riesgo a los uniformados, ya que el coronavirus COVID-19 es altamente transmisible y el cubrebocas no es 100% efectivo para evitar el contagio.

 

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Lo anterior, sin tomar en cuenta que los arrestos de los infractores no se hacen con Susana Distancia de por medio, y en la entidad ya van varias detenciones; si el infractor de las draconianas medidas es portador del virus, con síntomas o sin éstos, puede representar un riesgo de contagio para los guardianes de la ley y para la gente que se encuentre laborando o recluida en las instalaciones a donde es llevado.

Este tipo de ordenamientos restrictivos que salen del marco legal constitucional, pero que ya se implementaron en la entidad, han causado desinformación y controversia; varios medios de comunicación han confundido o malinterpretado las instrucciones del gobierno estatal y el municipal, llamando a tales acciones toque de queda, lo que es gravísimo, pues una orden como esa no es un amistoso “quédate en casa” y, los que sabemos lo que implica, pues entramos en profunda y estresante reflexión de los posibles alcances de medidas de este tipo; cuando los más “chabacanos” corren despavoridos a la tienda a comprar papel de baño, alcohol y víveres, en ese orden de importancia, generando aglomeraciones y más infectados.

A nivel municipal llaman la atención las faramallas politiqueras de la alcaldesa de Los Cabos, amagando con prohibir la venta de alcohol, o las brillantes ideas del alcalde de La Paz de poner túneles sanitizantes en mercados de la localidad, mismos que ya tienen contraindicaciones para su uso en esta pandemia de parte de la autoridad sanitaria federal, pero aún así si quieres ir al mercado por el túnel de la limpieza debes pasar; dice la autoridad que usan hipoclorito de sodio (NaClO) y que es inocuo; seguramente están considerando las cantidades de este compuesto químico que rocían a las personas de acuerdo a su condición fisiológica: tamaño, peso, así como las posibles alergias de todos los ciudadanos; pues dependiendo de la cantidad de este compuesto el resultado a su exposición puede no ser inocuo y sí muy dañino, ya sea por el contacto de la sustancia con la piel o por la respiración de los gases que despide este líquido al entrar en contacto con el ambiente. Y seguramente, además de observar las condiciones anteriores, ya alguna autoridad sanitaria debió certificar que la mezcla que usan elimina al virus del COVID-19.

Pero la joya de nuestra política municipal es el alcalde de Mulegé, quien prohibió la entrada y la salida del pueblo, al más duro estilo del salvaje viejo oeste.

Y cuando no han sido las autoridades las que ponen el desorden o demuestran su ignorancia, son los ciudadanos los que implementan las barricadas en los accesos a pueblos y rancherías, emulando a guardias blancas o a guerrilleros de la montaña, y como ahora todos usan cubrebocas, aunque sea de la tela de la muñeca de trapo, pues quedan a la moda para la foto. Y ya en el rubro de la ciudadanía, tenemos también al joven conspiranoico alucinado que a la brava intentó ingresar a un hospital vociferando que el COVID-19 no existe, que es un invento para tenernos controlados; mayor estúpido será difícil de encontrar, bueno, se me olvidan sus seguidores en las redes, porque aunque usted no lo crea los tiene.

Los que a continuación señalo son menos espectaculares, y si no idiotas, si son ignorantes, son todos aquellos ciudadanos que la vida les vale una pura y dos con sal, la suya y la de los demás, son esos que se siguen reuniendo en la calle, que hacen fiestas en sus casas y que salen a delinquir en arrancones durante las restringidas noches paceñas; a este grupo de mentecatos debemos sumar a un ciudadano, miembro de un partido político bastante incoherente, que anuncia en sus redes sociales que burla las disposiciones de la jornada de sana distancia al ir con su esposa al supermercado; y el gracioso sube la foto de su intrépida aventura amoroso-alimentaria, declarándose además de imbécil, inútil, pues acepta que es incapaz de hacer bien las compras del mandado y que por eso su esposa de cerca lo vigila.

Es gracias a estos ciudadanos con déficit de conciencia del bienestar común que se da el ciclo vicioso del gobernante incompetente e inoperante, que, con tal de mostrarse más activo y comprometido que el alcalde de al lado, que el gobernador del otro estado o por querer evidenciar fallas en el gobierno federal, se pone a vociferar duras medidas impertinentes e incontinentes, a prohibir aquí y allá el ejercicio de las garantías individuales y no son ellos del todo culpables, pues la tentación de ejercer el poder absoluto y sentirse dioses de nuestra medimareana tierra les nace como consecuencia del comportamiento del ciudadano que sale a pasear, del que realiza fiestas o simples borracheras banqueteras y del que hace de la ida al supermercado la aventura amorosa del mandilón inútil.

Y aquí el debate se puede desatar, pues estos poco solidarios conciudadanos están ejerciendo sus garantías individuales, su derecho a ocupar el espacio público y con mayor razón el privado, pero también ponen en riesgo la salud y el bienestar del resto de la sociedad. Esto no es cosa de leyes o de la imposición de la fuerza pública, y sí es asunto de sentido común, que parece ser en algunos ciudadanos y en no pocos gobernantes el menos común de los sentidos.

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