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Franz Inama, S.J.: padre de la herpetología en Baja California

12-Abr-2021

ENSAYO Por Francisco Draco Lizárraga Hernández
FOTOS. Internet

Colaboración Especial

Por Francisco Draco Lizárraga Hernández

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Posiblemente uno de los grupos de animales que mayor ambivalencia ha causado a la Humanidad desde tiempos antiguos es el de los ofidios, es decir, las serpientes. Consideradas como encarnaciones de deidades en civilizaciones tan distantes y diferentes como lo son el Antiguo Egipto y los pueblos de la América prehispánica; y al mismo tiempo, temidas y condenadas por las culturas del Oriente Próximo y el mundo grecolatino, las serpientes sin duda alguna han causado fascinación, curiosidad o terror a cuantos grupos humanos han tenido contacto con ellas.

Debido a esto último, las serpientes han sido estudiadas desde épocas tan remotas como lo es el año 450 a.C en Egipto, tiempo del que data el papiro de Brooklyn, uno de los más arcaicos textos de medicina, y el más antiguo de herpetología —es decir, el estudio de los reptiles— que se ha conservado hasta la actualidad. En dicho tratado, el autor realizó la más antigua clasificación de serpientes de la que se tiene registro, la cual mayormente se basó en los efectos de sus mordeduras.

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Para los antiguos Californios, las víboras de cascabel —género Crotalus— eran sinónimo de peligro y muerte ya que el único “remedio” con el que contaban para curar sus mordeduras era, según lo registra el padre Francisco Xavier Clavijero en Historia de la Antigua o Baja California, un asqueroso menjurje que los misioneros denominaron como “triaca humana”. Éste consistía en una dilución de los excrementos frescos del que había sido mordido para que luego éste los ingiriera, quien lo hacía sin repugnancia “por amor a la vida” ante el temor de una muerte inminente. Si se considera que actualmente se sabe que el veneno de los crótalos se compone de una compleja mezcla de enzimas proteolíticas —destructoras de proteínas—, minerales y neurotoxinas, éste remedio ancestral no era más que un placebo que proporcionaba cierto alivio temporal en los pacientes mientras su mismo cuerpo se deshacía del veneno crotálico pues, contrariamente a lo que se piensa popularmente, las mordeduras de serpientes de cascabel pocas veces resultan verdaderamente mortíferas.

Dentro de la península de Baja California, se tiene registro de la presencia de 15 especies de ofidios del género Crotalus, siendo todas estas venenosas. Se tiene registro de que el gran naturalista sueco Carl Linnaeus ya había registrado al género Crotalus en la décima edición de su magnum opus, Systema naturae —publicada en 1758 y donde introduce su sistema de clasificación taxonómica binomial en el Reino Animal—. Únicamente se tenía descritas a dos especies de estos ofidios: C. durissus —nativa de Sudamérica— y C. horridus —en América del Norte—. Como consecuencia de esto último, los misioneros jesuitas de la Antigua California con afinidades naturalistas, como los padres Miguel del Barco y Johann Jacob Baegert, quienes más o menos estaban familiarizados con la incipiente zoología de su época, consideraban que sólo existía una especie de crótalo en la Baja California, C. horridus. Esta última, cabe aclarar, no está presente en la península.

Francisco Xavier Clavijero, quien sí conocía bastante bien la clasificación de Linnaeus, como se muestra en sus obras Historia Antigua de México e Historia de la Antigua o Baja California, llegó a afirmar que “En la California hay pocas especies de reptiles, a saber: lagartijas, ranas, sapos, tortugas y culebras. […] De culebras hay dos géneros, las de cascabel y las que no le tienen; éstas son más pequeñas que aquellas, pero su veneno es más activo”. Esto muestra el desconocimiento general que se tenía en ése momento sobre la fauna bajacaliforniana, lo que muy probablemente se debía, en primer lugar, a lo demandante de las labores evangelizadoras de los ignacianos en la península; ellos no sólo se dedicaban a predicar la Palabra de Dios, sino que también trabajaban la tierra para conseguir su sustento. Además, en el caso específico de las víboras de cascabel, tanto los misioneros como los Californios les tenían terror ya que se consideraba que su mordida era simplemente letal.

Éste miedo generalizado hacia las víboras de cascabel lo deja patente el mordaz sacerdote alemán Johann Jacob Baegert dentro de su cáustica obra, Noticias de la península americana de la California. En el capítulo octavo de dicho libro, De las sabandijas de la California, el padre Baegert afirma: “Salvo unas 2 ó 3 de otras especies, las peores son las que los franceses llaman serpents à sonnet serpientes de cascabel—. […] Nunca y en ninguna parte se está seguro de estos huéspedes indeseables, porque suben las escaleras y trepan las paredes de la casa”. No obstante, tanto Baegert y Del Barco, al igual que Clavijero —quien retomó los documentos que le legó Del Barco—, hablan con gran admiración del ingenio y valentía de un “hábil misionero”, originario de Viena, Austria, que muy pormenorizadamente estudió la anatomía y los efectos del veneno de los crótalos de la Baja California: el padre Franz —Francisco, en español— Inama, párroco de la Misión de San José de Comondú.

No se conocen muchos datos sobre la vida temprana del padre Inama, empero, es posible hacer ciertas inferencias sobre el contexto en el que vivió; esto con la finalidad de conocer un poco sobre su formación como jesuita y el origen de su curiosidad naturalista. Nacido en 1719, Franz Inama vivió durante toda su infancia y juventud en la capital de facto del antiguo Sacro Imperio Romano Germánico, Viena, la ciudad más importante de Europa central en aquella época, y la más grande de todos los territorios de habla alemana.

Pese a que los Habsburgo se habían establecido en Viena desde 1440, fue hasta después del segundo sitio que sufrió por parte de los otomanos, en 1683, que comenzó realmente a florecer como una verdadera ciudad imperial. Esto se debió a que la aristocracia austríaca, tras verse librada de la amenaza de los otomanos, comenzó a demoler las vetustas fortificaciones medievales donde habitaban, sustituyéndolas por suntuosos palacios cortesanos. Por otra parte, a partir de 1715, el nuevo y ambicioso emperador del Sacro Imperio, Carlos VI, tras haber fracasado en asumir el trono español como resultado de la extinción de la rama hispana de los Habsburgo en 1700, impulsó enormemente la modernización de la capital austríaca gracias a su mecenazgo hacia los arquitectos y artistas vieneses, quienes hicieron de su ciudad un verdadero referente de la opulencia y sofisticación del arte barroco. Adicionalmente, Carlos VI, quien era un devoto católico que durante todo su reinado mantuvo a raya a los príncipes protestantes del Imperio, financió la construcción de nuevas iglesias, colegios y seminarios en Viena y sus alrededores a fin de formar clérigos leales a él que pudiesen neutralizar al protestantismo dentro de sus dominios. La Compañía de Jesús fue una de las órdenes religiosas más favorecidas gracias a que el emperador respetaba su alta intelectualidad y admiraba la rigurosa disciplina de sus miembros.

Fue durante esta boyante época cuando, en 1735, el joven Franz Inama, con tan sólo 16 años, ingresó al colegio de la Compañía de Jesús en su ciudad natal, lo cual le daba acceso a una las instituciones educativas más prestigiosas del mundo de aquel entonces: la Universidad de Viena. Desde su fundación en 1365, esta institución había sido el principal centro de enseñanza de teología y filosofía en Austria; posteriormente, ya en 1551, en plena época de la Contrarreforma, el emperador Fernando I —el hermano menor de Carlos V—, instaló a los jesuitas más brillantes del Imperio como catedráticos de la universidad, esto con el objetivo de fortalecer la formación de los alumnos en la defensa de la fe católica. 72 años después, Fernando II, quien había sido educado por ignacianos, concedió a estos religiosos la total administración de las facultades de filosofía y teología de la Universidad de Viena; gracias a esto, el Colegio Vienés de la Compañía de Jesús se convirtió en parte integral de esta institución, formando con ello la tercera escuela jesuita más grande de Europa, sólo por detrás del Colegio Romano —fundado por San Ignacio de Loyola— y del Colegio de Ingolstadt —donde se educó el padre Eusebio Francisco Kino—. Hacia la época de Inama, los jesuitas no sólo habían fundado unas cátedras muy sólidas en teología, filosofía y humanidades, sino que también establecieron la enseñanza de la física —tanto aristotélica como newtoniana— y las matemáticas, como parte integral de la formación de los novicios de la Orden. Asimismo, por aquellos años, el padre Joseph Franz, quien seguramente fue maestro de Inama, fundó el Museum mathematicum; éste fue uno de los precursores directos del actual Museo de Historia Natural de Viena y de la Facultad de Ciencias de esta institución —misma en la que estudió un siglo después el padre de la genética, Gregor Mendel—, impartiéndose clases de astronomía, óptica, geometría, geografía, mineralogía, etc.

Con toda seguridad, joven Franz Inama aprovechó al máximo la formación ofrecida por los ignacianos en Viena, adquiriendo una visión muy amplia y holística sobre la misión y espiritualidad de los jesuitas, basada en el principio de San Ignacio de Loyola de “encontrar a Dios en todas las cosas”, y también sobre el mundo natural. Fue así como, después de 6 o 7 años de estudios, el joven jesuita fue asignado como profesor en el colegio de la Orden en Passau —una ciudad de Baviera que es fronteriza con territorio austríaco—, luego de lo cual fue enviado a los colegios de Linz y Sopron —en Austria y Hungría, respectivamente—. Durante todo éste tiempo, se sabe que Inama mostró una excelente aptitud para la docencia, así como también se tiene conocimiento que cultivó un gran interés por las ciencias naturales —posiblemente influido por su maestro, el padre Franz—, especialmente por la zoología. Una vez finalizada su etapa de magisterio al cabo de tres años, hacia 1745, Inama regresó a Viena para continuar con los estudios teológicos de la formación jesuítica. En ése momento, el ambiente general en la capital del Imperio era de conmoción ya que, por primera vez desde que los Habsburgo comenzaron a reinar 1437, el trono imperial estaba ocupado de facto por una mujer: la archiduquesa María Teresa. Pese a que ella era, de iure, únicamente consorte del emperador Francisco I, su férreo carácter y su avidez de poder la convirtieron en la soberana del Sacro Imperio; esto a costa de la sangrienta Guerra de Sucesión Austríaca (1740—1748), obteniendo el reconocimiento legítimo de emperatriz a partir de 1745.

Los nuevos emperadores, quienes son uno de los mejores ejemplos del despotismo ilustrado, emprendieron una serie de reformas políticas, financieras, sociales y educativas en el Imperio, pero fue en Viena donde estas se vieron más reflejadas. Entre los muchos cambios impulsados, en 1748, el emperador Francisco ordenó la fundación de la Colección Imperial de Historia Natural; esta quedó a cargo del prestigiado naturalista francés Jean de Baillou y con la colaboración de la Universidad de Viena, destacando particularmente el padre Joseph Franz. Con todo esto, es muy probable que el joven Franz Inama haya tenido un buen acercamiento a esta nueva área de su alma máter mientras estudiaba teología; esto pudo haberlo llevado a consolidar su profundo interés por las ciencias naturales. Se familiarizó con el uso del equipo de disección, lupas y el novedoso microscopio de Lieberkühn —el más potente desde la invención de éste instrumento por parte de Anton van Leeuwenhoek en 1670—, de lo cual hizo gala durante sus investigaciones en la California.

Poco pudo haber durado el contacto y colaboración de Inama con esta colección de historia natural debido a que, en 1749, casi inmediatamente después de haber terminado sus estudios de teología y aún sin haberse ordenado presbítero, fue enviado a la Nueva España por órdenes de sus superiores para que allí recibiese más indicaciones sobre su nueva labor apostólica; no obstante, éste período de su formación sacerdotal dejó una huella profunda en él. Al salir de su ciudad natal hacia las exóticas y lejanas tierras de la América española, Franz Inama llevó consigo lupas de diferentes aumentos, un microscopio y un equipo completo de disección, lo cual refleja su interés por la zoología. Tras poco más de un año de viaje, en 1750, el joven jesuita arribó a la Ciudad de México, donde primeramente se dedicó a asistir a los catedráticos del Antiguo Colegio de San Ildefonso gracias a las buenas referencias que les dieron sus hermanos austríacos sobre Inama. Ahí mismo, el ignaciano austríaco conoció a otro joven miembro de la Orden, también de habla alemana, que ya había sido asignado para misionar en la California: el iracundo y sarcástico alsaciano Johann Jacob Baegert.

Aparentemente, ambos jesuitas sintieron cierta simpatía mutua, motivada, en primer lugar, porque hablaban la misma lengua y por sus intereses intelectuales en común, además de que el alsaciano sentía cierta desconfianza hacia sus compañeros españoles e italianos, y por ello prefería convivir con otros alemanes. No se sabe qué tanto Baegert pudo contar a Inama sobre la península de Baja California según lo que ya había leído en las cartas y reportes de los padres Juan María de Salvatierra y Francisco María Píccolo; empero, el joven austríaco sí pareció emocionarse por la idea de que posiblemente lo llamasen a participar en la evangelización de los Californios. Providencialmente, Franz Inama entró en contacto con el padre provincial de la Compañía de Jesús en la Nueva España, el suizo Johann Anton Balthasar – o Juan Antonio Baltasar en castellano—, quien conocía muy bien la situación de las misiones californianas gracias a su visita a la península en 1744, esto como parte de su labor como visitador de las provincias ignacianas del Norte. En dicha visita, el padre Balthasar se percató del delicado y desmerecido estado en que se encontraban las misiones bajacalifornianas como consecuencia de la rebelión de los pericúes, acaecida 10 años antes, razón por la cual se aprestó a buscar nuevos y jóvenes misioneros que pudiesen colaborar en la conquista apostólica de la California.

Cuando el padre provincial conoció a Inama, éste quedó muy agradado por la gran energía, buena salud y mente tan brillantemente inquisitiva del austríaco, quien además poseía, según sus contemporáneos, lo que Graham Greene llamó como el “refinado y cortés encanto de los vieneses”. Esto último es absolutamente contrario a lo que se pensaba de su compañero Baegert, que siempre fue descrito como poseedor de un carácter ríspido y furibundo. Por todo esto, el jesuita suizo decidió enviar a Franz Inama como misionero a la California al considerarlo sumamente apto para esta labor y al presentir que sería un buen pastor para la grey de Californios neófitos, en lo cual no se equivocó en lo absoluto.

Continuará…

Bibliografía:

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Baegert, J.J. (2013). Noticias de la península americana de la California. La Paz: Archivo Histórico Pablo L. Martínez.

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