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Francisco María Nápoli SJ entra a la nación cora

05-Jul-2021

ARTÍCULO por Sealtiel Enciso Pérez
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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

La Paz, Baja California Sur (BCS). En muchos trabajos como la milicia, la docencia en educación básica, las misiones culturales y unos pocos más, es común que a los que se inician en estas labores se les envíe a zonas precarias y los que ya han estado antes desean salir lo más pronto posible para acercarse a un lugar más poblado y con mayores posibilidades de progreso. Sin embargo, hubo un tiempo en que acudir a los sitios más apartados y peligrosos fue algo deseable por parte de un grupo de individuos, como lo fueron los misioneros de la Compañía de Jesús.

A partir del año de 1697, el sacerdote Salvatierra fundó la misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó en la California, el sitio más apartado y agreste de lo que en ese entonces era la Nueva España. El clima árido y extremoso de estas tierras hacía que la vida de sus habitantes nativos y de los colonos que llegaban a ella fuera un suplicio. Era común que se vivieran grandes hambrunas, así como epidemias que diezmaban no sólo a los californios, sino también a aquellos que se aventuraba a realizar sus labores en estas latitudes.

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Tarea permanente de los jesuitas fue el establecer una cadena de misiones que abarcara toda la península. En el año de 1721, se había reiniciado el establecimiento gracias a la llegada de más misioneros. Fue para el mes de marzo de este año que arribó a Loreto el sacerdote italiano Francisco María Nápoli, el cual de inmediato fue comisionado por el sacerdote Juan de Ugarte, que en ese entonces tenía bajo su responsabilidad la dirección de las misiones de California, para que estableciera una misión en un sitio que se denominaba La ensenada de las palmas y que estaba ubicado al sur de la misión de Nuestra Señora de La Paz Airapí.

De forma apresurada se le entregó bastimento, así como objetos que entregaría a los habitantes del sitio donde establecería la misión para granjearse sus favores y amistad, algo muy usual cuando se pretendía ingresar a un territorio inexplorado y/o establecer una misión. Para que fuera más rápido el traslado del padre Nápoli a la misión de La Paz, se decide que se le lleve en el barco con el que se contaba en Loreto, sin embargo, lejos estaba de ser una buena idea. Debido a que durante los meses en que se inició la empresa son comunes los temporales en el Golfo de California, tuvieron mal tiempo por lo que este periplo duró 14 días, en los cuales el mismo Nápoli sentía que iban a ser los últimos de su existencia.

Al llegar a La Paz fue recibido de forma por demás afectuosa por los catecúmenos que ya estaba en proceso de evangelización por el padre Jaime Bravo. Algo muy interesante que sucedió fue que el padre Nápoli al entrar al puerto traía en sus manos un crucifijo, y se acerca a uno de los guaycuras más viejos del lugar preguntándole que si quién era al que traía en sus brazos, este le respondió “que era un viejo a quien le habían traído muerto en esta tierra, y nosotros le habíamos dado un flechazo porque no quería coger venados”. Poco después el sacerdote reflexionaba sobre el enfado que esta gente tenía siempre con los hombres de lengua barba ya que los consideraban capaces de hacer “más hechicerías”.

Durante los cinco o seis días que permaneció el sacerdote Nápoli en La Paz, auxilió al padre Bravo bautizando a algunos niños. También pudo apreciar la forma en que los californios trataban el cuerpo de sus difuntos, a los cuales incineraban, y en caso de sepultarlos lo hacían “retorciéndolos”, a decir del padre. Dentro de las explicaciones que le dio el padre Bravo sobre la ubicación de la ensenada donde plantaría la misión, le informó que había tenido oportunidad de conocer este sitio en el año 1708, cuando partiendo del puerto de Matanchel hacia Loreto, fue “arrebatado” por una tormenta y varó el barco en esa ensenada. Durante las horas que estuvo en el sitio pudo constatar el carácter afable de los pericúes, los cuales les regalaron fruta, pescados y cueros, además de tratarlos con cordialidad. El mismo testimonio daban los buzos que habián llegado a este sitio.

El día 17 de agosto de 1721, parten por tierra los sacerdotes Bravo y Nápoli, una pequeña escolta de cuatro soldados encabezados por el capitán Esteban Rodríguez Lorenzo y un pequeño grupo de guaycuras fieles, mientras tanto en algunas canoas deciden enviar a la ensenada, la mayor parte del bastimento y regalos. Durante ocho largos días se internaron por diferentes rutas rumbo a su destino, pero por ser camino inexplorado en ocasiones deben regresar o avanzar muy poco. El padre Nápoli hace referencia que en dos ocasiones el capitán Rodríguez Lorenzo y su caballo se despeñaron y sólo por la “intervención de la sagrada madona” no perdió la vida.

Algo que se le ha criticado al padre Nápoli son sus descripciones “alegres y fantasiosas” que realizó de los sitios que conoció en la California. Un ejemplo de ello fue lo que dejó escrito en el informe de este viaje y que a continuación transcribo:

“Gracias al Señor que al remate de esta pobre tierra haya puesto lo que tiene. Primeramente, es tierra llana y fertilísima, que lo denota su apariencia misma. Tiene llanos espaciosísimos hasta el cabo de San Lucas, y desiertos de gente, llenos todos de bellísimas y amenas flores, muchísima arboleda grande y gorda para mucha tablasón, que se hallan en tierras calientes, [in]números y cuantiosos arroyos, ríos, valles muy grandes y buenos y sin dificultad para que dicha agua baje a dichas tierras, para que pueda fructificar bastantísima copia de maíz, trigo y cuanto se sembrara, que bastaría para abastecer toda esta pobre tierra de California en un paraje muy hermoso que tiene llanos muy grandes y valles sin monte ninguno, donde se halla muchísima arboleda grande que da mucha sombra, al cual le puse Santa Rosalía.

Es bastante para nutrir muchísimo ganado así mayor como menor, y otras bestias por el bastante pasto y hermosos aguajes. Lo mismo digo del otro más importante paraje, que le puse San Bernardo por haberse descubierto el día del santo, y tiene hermosísimos llanos, bosques de flores, mucha arboleda grande. Llueve en mayor cantidad que en otras partes, tiene pastos riquísimos para muchísimo ganado mayor, tierras húmedas de por sí, bastantes palmares, muchas aguas corrientes y cuatro sacas de ellas, y cuantiosas de importancia que corresponden a las tierras bajas y cercanas, y despegadas de montes y limpias de piedras, que tienen varios carrizales de cañas muy gordas, que son las primeras descubiertas y vistas en la desdichada tierra de California”. 

Pero bueno, como descargo puedo decir que a los ojos de estos hombres de fe, de estos valerosos y abnegados misioneros que venían a dar la vida por su obra misionera, cualquier matorral verde en estas latitudes, se les antojaría como el abeto más grande de un bosque europeo. Además, el padre Nápoli había emprendido su viaje en la temporada de mayor lluvia en nuestra península, por lo que no miente al decir que todo era verdor y que encontró una gran cantidad de arroyos de agua bebible.

Al final, el 25 de agosto, llegó la expedición de tierra a La ensenada de las palmas, la cual describe de la siguiente forma el padre Nápoli: “Que es muy grande, teniendo de punta a punta cerca [de] doce leguas, es muy amena, así por el espacioso mar, como por las muchas lagunas que tiene de agua muy buena y los muchísimos palmares que parecen [otros] tantos bosques”. De lo que ocurrió en los siguientes días de su llegada al sitio nos ocuparemos en un nuevo reportaje.

Bibliografía:

“Tres documentos sobre el descubrimiento y exploración de Baja California por Francisco María Píccolo, Juan de Ugarte y Guillermo Stratford”. Roberto Ramos (comp.).

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