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El impactante descubrimiento de la isla de basura. La montaña de plástico en el mar

18-Jun-2019

ARTÍCULO Por Marián Camacho

FOTOS: Internet.

SudcaliCiencia

Por Marián Camacho

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En 1997, Charles Moore, y su pequeña tripulación a bordo del catamarán Alguita, iniciaron su participación en la carrera marítima Transpac. Esta competencia, fundada en 1906, tiene por objetivo navegar por el océano Pacífico, desde Long Beach, California, hasta Honolulu, Hawái. El capitán y oceanógrafo Charles Moore decidió utilizar una estrategia similar al resto de los competidores, evitar el gran giro del Pacífico Norte —un gran sistema de corrientes marinas rotativas—, que la mayoría del tiempo está centrado justo al norte de la ruta de la carrera y a medio camino entre Hawái y el continente americano. La estrategia y pericia del capitán y su tripulación les valieron el tercer lugar en la carrera y un sentimiento de relajación a su regreso a Estados Unidos. Así, considerando que tenían suficiente combustible y bastante curiosidad, decidieron atravesar el gran giro del Pacífico Norte, algo que poca gente de mar hace. Los pescadores lo evitan porque sus aguas carecen de los nutrientes para mantener una captura abundante. Los marineros lo esquivan porque carece del viento para propulsar sus veleros.

Al capitán Moore, siempre le ha costado trabajo encontrar palabras que comuniquen la inmensidad del océano Pacífico a las personas que nunca han estado en el mar. Sobre todo, teniendo en cuenta que es el océano más grande de nuestro planeta. Día tras día, después de la carrera, Alguita era el único vehículo en una carretera sin puntos de referencia, que se extendía de horizonte a horizonte. Sin embargo, mientras Moore miraba desde la cubierta del catamarán hacia la superficie de lo que debería haber sido un océano prístino, inalterado, se enfrentó —tan lejos como podían ver sus ojos—, con la visión del plástico.

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“Parecía increíble, nunca encontré un lugar limpio” —relata el capitán Moore. En la semana que se tardó en cruzar el giro, no importa a qué hora del día miraba, los desechos de plástico flotaban por todas partes: botellas, tapas de botellas, envoltorios, fragmentos. Meses más tarde, después de discutir lo que había visto con el oceanógrafo Curtis Ebbesmeyer —quizás el especialista más importante del mundo en el tema, en ese momento—, comenzó a referirse a la zona como el parche de basura del Este (Eastern Garbage Patch). Sin embargo, la palabra “parche” no refleja la realidad. Ebbesmeyer estimó que el área, prácticamente cubierta con escombros plásticos flotantes, era aproximadamente ¡del tamaño de Texas!

Actualmente, el parche de basura del Este ha adquirido nombres más notorios como el continente de plástico, isla de basura, isla tóxica, gran mancha de basura en el Pacífico, gran zona de basura en el Pacífico, remolino de basura del Pacífico, isla de la contaminación, el basurero más grande del mundo, etcétera. Asimismo, aproximadamente 20 años después del reporte de Moore, se estima que el tamaño de la isla de basura alcanza los 1.6 millones de kilómetros cuadrados, es decir dos veces el tamaño de Texas, tres veces el tamaño de Francia o casi 22 veces la superficie de Baja California Sur.

Paradójicamente, aunque la isla de la basura tiene proporciones alarmantemente grandes, es difícil observarla con satélites o localizarla con radares, ya que está compuesta por pequeños elementos de plástico que alguna vez formaron parte de objetos más grandes y que con la acción del sol, llamada fotodegradación, se fragmentaron. La fragmentación del plástico es tan grande que, en esa zona, algunas investigaciones demuestran que hay siete veces más plástico en el agua que organismos del plancton, los cuales son la base microscópica de la red trófica marina.

Aunque Charles Moore no fue el primero en reportar la presencia de una “acumulación” de plástico en esa zona del Pacífico Norte, en definitiva su comunicado llamó la atención de la comunidad científica y de la sociedad en general. Así, lentamente —desafortunadamente muuuy lentamente—, comenzaron a gestarse estudios que se enfocan en responder cuánta basura plástica hay en los océanos del mundo y los efectos que tiene sobre los organismos marinos y el ser humano. Sin embargo, los métodos de muestreo y análisis aún son incipientes y los resultados reflejan la gran falta de información al respecto.

Así, aunque aún existen demasiadas preguntas sin resolver, las pistas son claras: 1) hay un daño grave ocasionado al medio marino; 2) los plásticos tardan decenas de años en fragmentarse para convertirse en “microplásticos” y, cuando lo hacen, contaminan en mayor medida; 3) los animales marinos consumen los fragmentos plásticos y los introducen en la red alimenticia con el potencial riesgo de llegar a nosotros, los seres humanos, como consumidores de productos del mar; 4) la gran mayoría del plástico que se encuentra en el medio marino se genera en las áreas continentales y corresponde a plásticos de un solo uso (botellas de bebidas, empaques, etc.).

Finalmente, aunque los esfuerzos de limpieza del océano como un intento de revertir la contaminación han aparecido como una solución emergente, en definitiva, los recursos monetarios y de infraestructura “parecieran ser demasiado para cualquier país”—argumenta Moore. De tal manera, que quien escribe estas líneas está convencida, al igual que muchas organizaciones a nivel mundial, nacional y local (Desplastifícate), que la mejor manera de frenar el crecimiento no sólo de esta isla de basura, sino de este mundo lleno de basura, es disminuir y eliminar el consumo de plástico y/o combinarlo con alternativas menos nocivas para el medio ambiente.

Cierro esta Sudcaliciencia llamando a la reflexión en tu próxima visita a una tienda o restaurante, ¿realmente necesitas esa botella, esa bolsa o ese empaque que podría terminar en la isla de la basura?

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