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Primer avistamiento. La primera ola de Christopher Amador

11-Jun-2020


FOTOS: Archivo

Colaboración Especial

Por Omar de la Cadena

Por fin tengo edad

para conducir mi nave,

lo que no sé es…

si incendiarla con estrellas

o hundirla con mi llanto.

“Marinero en tierra”

El mar es el silencio que hace dios para no pensar en la tierra

Christopher Amador

La poesía es el naufragio del hombre que tiene

por únicos remos

el arco y la lira.

“La poesía”

Escolios

Christopher Amador

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El hombre vive en mundos análogos, para no aburrirse; pero también para distinguirse. Elige un punto de vista, similar o distinto al de la manada, para pertenecer y permanecer dentro de una vasta geografía; tanto la que mira con los ojos como la que aspira con la imaginación. Christopher Amador es un poeta que ha adquirido la madurez en un oficio que es muchos y que es ninguno, como el de un pescador y lo que pesca: un ballenero que, en su desdoblamiento ritual, promete la longevidad de sus hazañas y de su oficio; enfrentándose a un cetáceo que revela su naturaleza, desde que comenzó a mecerse en la contradanza del mar, o cuando se determinó a volcarse sobre sus propias olas. Amador es un peregrino sobre páginas de arena y un marino sobre páginas de espuma: un poeta en busca en el poema el desenlace de su propia novela, como lo hiciera Rafael Alberti, un marinero en una tierra baldía.

Su primer oleaje abarca Canto a una mujer azul (2002), El mar es el silencio que hace dios para no pensar en la tierra (2008), El paisaje en la voz (2013), Escribir es incendiar (2010), y Espejo en añicos o nunca podrás escribir tu novela (2014). Aunque su viaje intelectual de seis años ha precedido el de los escaparates, con un viaje editorial distinto (porque cada poemario tiene una cronología y una secuencia que contradice su publicación), este primer oleaje está enlazado a un segundo, que quizá concluya con Escolios (2019) o con Claustrofobia-19. Bitácora del Covid: aforemas del encierro.

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En este volcarse sobre las olas, y debajo de ellas, encontramos la irreverencia y el ingenio de quien se echa al mar y al amar, como lo hiciera un Efraín Huerta o un Elías Nandino en sus versos más serios, eróticos, y jocosos; ya que en estos portentos de la poesía nacional encontramos la dimensión exacta de cada uno de los humoremas o alburemas de Amador: un despliegue de instantes de poesía; un grupo de carnadas poéticas saladas al sol. Canto por una mujer azul y Espejo en añicos o nunca podrás escribir tu novela, que datan del 2002 y el 2010, respectivamente, son el inicio y el fin de esa cresta poética. No obstante, aunque peguemos la oreja como a una caracola, en estos poemarios no escuchamos el mar sino las divagaciones de un pez o un pescador fuera del agua. De ahí su riqueza y, también, su destreza, en la diversidad de los poemas que revelan su circunstancia.

Como las olas, que vienen y van, sus poemas son falsos monólogos; ya que, si no dialogan con el lector o con el ser amado, dialogan con ese otro que va consigo mismo, cuando se piensa y se siente, fuera de sí, en primera y en terceras personas. Son conversacionales, pues, en el sentido amplio de la palabra. Esto genera el vértigo de ir por una espiral que, sin duda, a veces asciende y otras desciende, de lo real a lo inventado; porque durante la conversión de sentido en su primer poemario, cuando va de lo más acostumbrado a lo más inaudito, la mujer es un estado de ánimo (melancolía) antes de convertirse en agua salada, en mar, cuando el marinero le abre las piernas desde la quilla o separa las nubes desde al palo mayor en donde se encuentra, con el filo de algunos de sus versos:

Tus muslos son dos nubes sosteniendo el aguacero.

¿Quién pretende abrir el mar mientras empuja su velero?

Pero no siempre, metonimias de más o de menos, se transfigura en un barco, como he referido antes, sino en un pez o una ballena, porque sus versos nos atrapan con los dientes de su ingenio, o nos despabilan con el aletazo de su irreverencia. La mujer, al volverse en mar, hace esto posible; pero también cuando es tierra firme, en la Calafia referida de manera directa o indirecta; porque en su segundo poemario, El mar es el silencio que hace dios para no pensar en la tierra, con poemas del 2002 al 2006, nos muestra la cópula o catarsis divinizada de un marino que avista una ballena en menos de ocho versos de largo, como si fueran nubes o barcos que pasan y siguen de largo por las rutas marítimas de su universo poético:

No se puede ser poeta sin haber llorado un mar.

El mar me duele, tiembla en mí.

Hay un canto abriendo el pecho;

el poema salta como un pez.

Ser poeta es el oficio y la pasión por naufragar.

Lo mismo que atraen, repelen, sus poemas; tanto o más que una caricia o que cachetada verbal; porque es un poeta que nos pide acercarnos como alejarnos, preso de sus impulsos, para ver el ser en su heterogeneidad, la cosa en sus nominaciones engañosas, o el paisaje en sus contrasentidos. Esto sucede continuamente en los versos del 2004 en El paisaje en la voz, su tercer poemario, por medio de poemas cínicos y paródicos, como en el último Huerta, el de los poemínimos. Cuando dice: “Voy por Wall-mart/ como por Estados Unidos”, en su poema “Nostalgia con sabor a Paz”, parodia un verso de Piedra de sol (“Voy por tu cuerpo como por el mundo/ tu vientre es una plaza soleada/…”), picándole el ombligo al acucioso y estirado lector de poesía. Perdónenme el exceso, pero los poemas de Amador, parodiando a Courtoisie, son pinturas para ciegos; ya sea porque no pueden ver, o porque no lo hacen con sus demás sentidos.

Algo parecido, pero sin ironías, sucede con sus poemas del 2004 al 2008: Escribir es incendiar. Sus versos muestran un conflicto entre la razón y la pasión, porque el poeta se resiste a pensar lo que siente, y viceversa, cuando arremete el objeto amado y el oficio declarado con versos oracionales o dísticos sin rima, que tienden al epigrama y el aforismo: “El verdadero poeta no piensa: relampaguea.” Una verdad que rompe cualquier contrasentido cuando sus tópicos se vuelven de nuevo terrestres, aunque su verdadera intención es no salir del agua, porque quiere ponerse al margen de una monotonía espaciotemporal, como sucede de nuevo en “Proemio”, de Escolios (2019), un poemario de su segundo oleaje:

Me acerqué a la poesía

no para pensar lo que siento

sino para sentir, corazón

universal, mis reflexiones;

para no pasar de largo por la vida

palpando apenas la superficie,

para gastar el alma,

para que sus agujas despierten mi carne

y escribir el nombre de mi depredador

en la selva oscura de cada verso.

Su retórica justifica su poética; pero la evidencia indica que es un poeta que medita antes de poetizar, que da pausas y saltos espaciotemporales cuando toma el pulso de sus días; porque sus argumentos no aluden a las resquebrajaduras del poema, sino al desgarramiento de él mismo o del personaje del poema, al intentar zafarse de quien quiere sacarlo a flote, ponerlo en la superficie mientras aletea (las ballenas tienen aletas) hacia el abismo en múltiples bordes y peligros.

Esto es visible, incluso, un año después, en su poemario en prosa, Espejo en añicos o nunca podrás escribir una novela. Esta es una reunión de poemas narrativos con varios poemas discursivos (es decir, ensayísticos), o una bitácora de viaje con una trama sencilla, donde se personifica y/o desdobla su voz en el papel de Escribano Novelo o de Autor, para ser narrado o para narrarse en una novela que no puede escribir y que naufraga en sus orillas, como sucede con Nathanaël en Los alimentos terrenales (1897) de André Gide o al mismo Unamuno en Cómo se hace una novela (1929). Volver sobre sí mismo es su propósito esencial y no un acto fallido, porque la meditación del oficio es lo que lo saca a flote, lo que lo obliga a tomar aire y a hacerse visible, cuando cifra su poética en dos polos opuestos:

La literatura debe ser una garza con las patitas llenas de lodo.

Christopher demuestra una voluntad poética y un temple retórico contra viento y marea en un primer oleaje, que ha de continuar con similares ímpetus en su segundo oleaje, en su obra escrita después de 2010. Esto, aunque no nos sorprenda, debe alegrarnos; porque una ola se entrelazada con las que vienen; ya sea por las obsesiones declaradas o los cabos sueltos o las heridas que permanecen presentes, desatadas y abiertas; ya sea, también, porque en algunos de sus poemas posteriores demuestra la permanencia de algunos ejes de sus meditaciones más antiguas.

Así, de lo más alto a lo más bajo, el arte poético de Amador nos recuerda que el mundo requiere de vacíos, silencios, ausencias: vacíos de sentido, silencios de un poema a otro, y la ausencia del objeto amado. Algunas nostalgias, mutismos, y huecos se vuelven delicuescentes, porque el poeta los reconoce y los señala antes de ponerse a salvo de las trampas de la existencia; porque cada compilación de preguntas, de abismos, y de lamentos, demuestran el derecho y el deber de este poeta peninsular de lanzar respuestas además de preguntas, de cantar e igualmente de guardar silencio, de echar de menos o de más cuando se echa al mar picado de sus reflexiones sobre la vida y la poesía.

Sus lectores y sus críticos no esperan menos, sino una continuación de su primer oleaje, y no serán defraudados si el poeta ya se prepara para ofrecer el resultado de sus esfuerzos con un arpón en cada mano, para presentarnos un segundo y seguramente un tercer oleaje de su escritura poética.

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