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Polvo: narcocomedia sudcaliforniana

20-Nov-2019

RESEÑA Por Alejandro Aguirre Riveros

FOTOS: Internet

Kinetoscopio

Por Alejandro Aguirre Riveros

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La cultura del narco está aquí para quedarse: se trata de la manifestación social e identitaria de una forma de vida que acompaña a la principal actividad económica de México. La violencia y la impunidad en nuestro país le han permitido resquebrajar el tejido social al grado en que ha terminado por crear sus propias costumbres, ideas y tradiciones. Bajo la óptica de la industria del entretenimiento, este tipo de fenómenos sociales son una oportunidad de negocio.

La apología del narco se traduce así en una narrativa que se expande más allá de ciertos géneros musicales como el narcocorrido y el movimiento alterado hacia otros ámbitos culturales como la literatura, la televisión, los videojuegos y por supuesto el séptimo arte.

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En este último ámbito, dicha mercantilización de la violencia puede ser analizada a partir de tres perspectivas muy generales:

  1. Como el villano de moda para el cine gringo que se encuentra cansado de comunistas y terroristas talibanes: Savages (2012), Día de sicario (2018), Rambo: Last Blood (2019), Triple frontier (2019).
  2. Como el héroe barato de los videohomes mexicanos de bajo presupuesto que tanto gustan en los estados del norte del país y al sur de Estados Unidos: Pa cabrón, cabrón y medio (2001), Soy cholo y me la pelan (2001), La Cabrona (2002), La Hummer asesina (2009).
  3. Como el objeto de una denuncia feroz por parte de un cine de arte descarnado e intimista con gran acogida en los principales festivales del mundo: Miss Bala (2011), Heli (2013), La jaula de oro (2013), 600 millas (2015).

Todas películas con diferentes formatos y visiones pero que mantienen la consistencia del drama: jamás es el narco una broma de la cual mofarse. Y es que hacer comedia sobre el tema resulta un tanto complicado al considerar que se trata de un fenómeno que ha alcanzado en los últimos años la escalofriante cifra de 115 mil muertos y 40 mil desaparecidos. Cualquier intento por hacer de esta masacre una razón para reír, resulta tan sumamente insensible como disfrazar a tu hijo pequeño de sicario para Halloween, o peor aún: de Ovidio Guzmán.

La única excepción a la regla había sido hasta ahora El Infierno (2010): la sátira hiperviolenta en la que Luis Estrada, como es ya característico en su filmografía, aprovecha el humor negro para hacer una crítica social hacia un Estado Mexicano que resulta cómplice del crimen organizado y sus terribles consecuencias; una cinta que nueve años después hubiera resultado imposible de filmar ante el terrible recrudecimiento del conflicto y, la autocensura impuesta por las redes sociales y su cacería de brujas bajo el estandarte de lo políticamente correcto.

Dos barreras que Polvo (2019), la ópera prima de José María Yaspik, logra sortear de manera muy inteligente para concretar la segunda narcocomedia mexicana y vivir para contarla. A través de una premisa honesta y hasta cierto punto entrañable, aborda el fenómeno del narcotráfico en México más allá de maniqueísmos reduccionistas para lanzar una mordaz interrogante: ¿puede una sociedad capitalista oponerse a la ilegalidad de un estilo de vida que permite el acceso al bienestar?

Para responde a estar interrogante, Yaspik plantea la historia de Chato, quien después de diez años de ausencia, debe regresar a San Ignacio, Baja California Sur, su pueblo natal, para recuperar un cargamento de cocaína, que un piloto a punto de estrellarse arrojó por todo el lugar. Es la década de los ochentas y la mafia de Tijuana le ha advertido que si no logra recuperar el cargamento irán por las malas y asesinaran a todos los lugareños. Amedrentado por las amenazas y cargado de dólares, se inventa la historia de que los ladrillos de cocaína son en realidad el producto que una farmacéutica quiere recuperar. Él está ahí en nombre de dicha empresa y pagará cien dólares por cada paquete que le entreguen. El anuncio trastoca por completo la vida del pequeño poblado: niños, jóvenes, adultos y ancianos parecen obsesionados con encontrar la dichosa medicina; mientras que el Chato deberá enfrentar las consecuencias que su partida y diez años de ausencia han dejado entre sus seres queridos.

Polvo es una cinta divertida, con momentos hilarantes y una historia original; se trata de un gran acierto por parte de Yazpik quien, además de escribir, dirige y actúa, talento que gracias a sus raíces logra materializar la que podría considerarse como la única película de ficción auténticamente sudcaliforniana.

En ella encontramos no solo la belleza característica de Mulegé, mezcla de desierto y oasis, sino sus modismos, acentos, rostros e ideología. San Ignacio, ese pueblo al norte de Baja California Sur, con gran fama por la supuesta güevonés de sus habitantes, queda fielmente retratada gracias a la experiencia de Yazpik: su padre es originario de esta localidad y él mismo vivió ahí durante su infancia. La casa del Chato es la casa que ocupaba su familia y gran parte de los actores son oriundos de la localidad.

Así la figura del protagonista, quien después descubrimos partió de San Ignacio para seguir una carrera frustrada como actor, como el mismo Yazpik que lo interpreta, se convierte en un juego entre ficción y realidad que enriquece la cinta.

Es una película en la que Baja California Sur pasa de ser algo más que una locación bonita o pintoresca para tener voz propia. Abandona así esa larga tradición de miradas chilangas que vienen a filmar al estado bajo una óptica meramente utilitaria, como escenario de historias autoimpuestas que rayan en el cliché: El hombre de blanco (1994), Bajo California: el límite del tiempo (1998), Un mundo secreto (2012), Camino a marte (2017).

La película más cercana a esta autenticidad sudcaliforniana había sido el documental Los otros californios (2011): una cinta de grandes aciertos dirigida por el paceño egresado del CUEC, César Talamantes, en la que nos muestra de primera mano la agreste vida en las rancherías olvidadas del desierto.

Un documental cuyos protagonistas denotan ciertos paralelismos con los personajes de Polvo, tal es el caso de Jacinta, interpretada por Mariana Treviño, quien caracteriza a la perfección a una mujer de marcado acento norteño, que resalta por su autenticidad dentro de un contraste de valores que gran parte de la población en el estado suelen compartir: de pocas palabras; mal encarada y risueña a la vez; entrona y tímida; egoísta y compartida; humilde y orgullosa.

Yazpik inaugura así, un cine de ficción sudcaliforniano al hacer uso de su biografía en conjunto con su amplia experiencia en el ámbito cinematográfico como actor. Destaca un casting de primer nivel con figuras como Joaquín Cosío, Carlos Valencia, Angélica Aragón, Jesús Ochoa y José Manuel Poncelis; actuaciones que en conjunto con el impecable aspecto técnico de la cinta elevan esta producción entre las más destacadas del año dentro de la cartelera nacional.

Su único defecto es la falta de tenacidad para cerrar el conflicto planteado por el guion, como ciertos cabos sueltos y problemas de verosimilitud, que no demeritan la película como una gran opción para pasar un buen rato y reír a carcajadas. Estamos ante una narcocomedia de grandes vuelos que no muestra insensibilidad ante el tema, sino que, al contrario, plantea una reflexión mucho más profunda que otras cintas con temática similar.

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