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Poesía para ingenuos (Secretos de fe) de Julio César Verdugo Lucero

15-Ene-2020

RESEÑA Por Ramón Cuéllar Márquez

FOTOS: Cortesía.

El librero

Por Ramón Cuéllar Márquez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El taller literario de la Preparatoria Morelos que surgió en la década de los 80, dirigido en distintas tiempos por Manuel Ballesteros, Julio Rojo y Héctor Domínguez Ruvalcaba, pertenece sin duda a la evolución de la literatura en Baja California Sur y se puede decir con justicia que formó parte de un movimiento intelectual y estudiantil, que produjo a importantes voces narrativas y poéticas que hoy en día siguen escribiendo. Uno de ellos es Julio César Verdugo Lucero (La Paz, B.C.S. 1962), quien ingresó al taller a principios de los ochenta y que guarda una profunda conexión con sus ex compañeros no sólo a nivel poético sino también de amistad. Fue de los precursores de la revista Pido la palabra, donde además publicó sus primeros poemas y que firmaba con el seudónimo de “Fabricio”, en honor a su hermano fallecido.

Recuerdo sus poemas breves, con palabras precisas que establecían el instante que deseaba reflejar, y que aún conserva en la mayoría de sus versos. En mi periodo de la Preparatoria Morelos ya no tuve la oportunidad de conocer y convivir con Julio, Fabricio, pero sí con su poesía, que enviaba al taller para que lo leyéramos y recordáramos. Es un poeta dedicado y entrañable que no ha dejado de crear.

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Recientemente apareció su libro Poesía para ingenuos (Secretos de fe) (Puerta Abierta Editores, 2019), donde podemos reconocer al poeta que siempre ha sido, a quien las palabras lo han prodigado de imágenes que varían en temas y ritmos. Así, este libro no sólo es poesía para ingenuos, sino poesía limpia, libre de atavismos intelectuales, que apuesta más por el acto poético que por la grandilocuencia verbal, y que justo por ello adquiere su propia estética, pues nos presenta la vida sin razonarla, con su belleza intrínseca y vivenciada, haciéndola un acto sagrado que ahonda en los misterios y en la magia que la vida genera. Sus poemas son puentes con el mundo que parten desde la soledad hacia el otro y lo otro.

Julio César tiene la virtud de hacer que el poema sea un descubrimiento, que nos revela la fragilidad de la vida y al mismo tiempo nos ofrece un canto como homenaje a las cosas que nos causan incertidumbre. Nos desnuda la cárcel interior, que es símbolo de la vida y también de la búsqueda de libertad interior y social —tener el coraje para lograrlo—, y que nos remite a poetas como Constantino Cavafis, especialmente en su poema Murallas. Otra vertiente que toma es la sensualidad que se activa con el mar, el agua como respuesta erótica y que se conecta con la nostalgia, el amor perdido y la mujer como figura central. Dentro de ese intervalo, las flores surgen de la realidad esgrimiendo le certeza para que todos puedan reconocerse en ellas y a sí mismas como parte del reino de las plantas y su castillo, el jardín del mundo. Tal vez por eso la rosa es otro de sus tópicos porque es la síntesis de las flores y de la naturaleza.

Y esa conexión del poeta Fabricio habría de ir más allá, con la mujer como eje motor de la poesía y las flores como su contacto con la realidad; ambas de algún modo se saben dentro, que son el origen de todas las cosas e hijas de la tierra. De este modo, la imagen, la metáfora sólo es un pretexto para entender o representar la cotidianeidad, a través de los recuerdos que se vinculan con la muerte y que significan renacimiento y no llanto continuo, que es precisamente la delicadeza, fuente de la vida, con sus signos, esplendores y la luna como guía, una muy quebradiza como la luz que se nos aparece en el dolor de esa muerte y de la pérdida de quienes amamos. Ahí es donde podemos palpar la soledad y su luna fría, pero incluso hacer contacto con el otro en su lucha diaria, a pesar del dolor de la pérdida amorosa o la de un hermano, que nos pone a la muerte en su justa dimensión de movimiento sin fin.

Ahí surge el dragón, esa figura que todo lo consume, devora y purifica, que hace que el ayer duela y que sólo nos deje la opción de la belleza y la palabra: su poesía, lo sensorio, el enfrentamiento con la realidad una y otra vez sin quitar los pies de la tierra. La bestia y la sangre caliente son poesía viva en la sensualidad urbana, con el tiempo y sus efectos, con el instante como necesidad perpetua. La poesía de Julio César Verdugo Lucero es una experiencia que nos deja movidos en nuestras fibras más íntimas.

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