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Luces y sombras de los talleres literarios, ¿qué tan bueno es inscribirse en uno de ellos?

17-Jun-2020

OPINIÓN Por Ramón Cuéllar Márquez

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El librero

Por Ramón Cuéllar Márquez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Muchos hemos sido talleristas o miembros de talleres literarios. Desde su aparición como forma de “enseñar” los beneficios de escribir literatura en quienes tienen talento o de fomentar la escritura en quienes tienen interés, pero ninguna aptitud, se fue quedando como una forma de extender el placer del gusto por la literatura.

De esos talleres han surgido muchos escritores y escritoras que de alguna manera comienzan a destacar en el plano cultural. Uno de los síntomas de ello es que los más destacados comienzan a ganar premios y becas, aunque algunos aleguen que por las relaciones públicas, que por la corrupción en el medio literario lo logran, o porque simplemente en realidad sí es por su capacidad e insistencia: el puro trabajo de horas nalga.

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Como talleristas se puede aprender y comprobar que muchos terminan siendo verdaderas terapias de grupo, formas de que quienes llegan como interesados se dan cuenta que la literatura puede ser liberación, redención y despertar a otra realidad o a la realidad misma, cualquier cosa que eso signifique. A ciertos escritores no les gusta que los ubiquen como “terapistas”, como si eso los degradara o le quitara importancia a su actividad intelectual de enseñar. Conozco a un par, que molestos porque una de las alumnas dijo que se le había hecho tarde para llegar a la terapia, corregían y ofrecían el camino de la puerta de salida como solución para que nadie osara a decir que aquello se trataba casi casi de un grupo de autoayuda tipo doble A. A saber las proyecciones que cruzarán por sus cabezas.

En algunos casos la dependencia por el tallerista puede resultar contraproducente porque los alumnos terminan escribiendo como el guía literario y, muchas de las veces, esos “facilitadores” no estaban preparados ni conocían en realidad el valor y la tradición literaria. Muchos de los poetas o narradores de esos talleres traen a cuestas las mismas carencias de estructura, voz, ritmo y punto de vista de su instructor. O la soberbia.

Y es que, en el caso de esos talleres donde los participantes entendieron que la literatura era algo mucho más importante de lo que habían supuesto, que había que leer entre palabras y no tan sólo entre líneas, que la escritura era un acto no sólo de belleza, sino de liberación humana, de que la literatura podía en verdad causar una revolución en todos los sentidos, y que sus vidas podían ser trastocadas, transformadas por el impacto de dar un salto al vacío, tal como lo hizo Vicente Huidobro en Altazor. Esos talleres llevan a un proceso más grande, más humano, más luminoso que el de alcanzar metas meramente espectaculares para inflar nuestros egos. La literatura, como terapia, tiene total sentido en ese caso.

Existen otros talleres, talleristas, que ven una forma de cooptar simpatizantes para un fin político. Poetas y narradores que han forjado una pequeña obra con el fin de dirigir su agenda personal que les permita alcanzar un escalón social determinado, usualmente en la escala económica. Los vemos hacer mucha actividad cultural desinteresada, pero tiempo después están en posiciones políticas de privilegio, desde donde pueden ampliar su estatura intelectual y literaria. Hay otros más que ven en sus alumnos desconocidos a verdaderos talentos de donde pueden abrevar para sus obras personales, plagiando sus ideas e incluso libros completos. Existen cientos de casos de escritores talleristas que ofrecen y prometen oportunidades que nunca cumplirán, bajo la premisa de que “no estaban comprometidos a nada”, pero que sí sacaron jugo del talento de los tallereados y no precisamente por bien de los noveles. Los talleres literarios, en general, resultan fructíferos, sin embargo, no debemos ignorar lo que a veces se produce y reproduce detrás de ellos.

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