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El Carnaval de La Paz: recuerdos del gran ‘guateque’ suspendido por la pandemia

19-Feb-2021

ARTÍCULO Por Carlos Octavio Mendoza Ochoa
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FOTOS. Carlos Octavio Mendoza Ochoa

Colaboración Especial

Por Carlos Octavio Mendoza Ochoa

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El Carnaval de La Paz es, quizá, uno de los festejos más esperados por todos los sudcalifornianos. Personas de todos los municipios, de todas las colonias, de todas las edades y de todas las clases sociales, se dan cita año con año en este evento. Incluso, se dice que el nuestro es uno de los carnavales más antiguos de México. Hay registros periodísticos de finales del siglo XIX donde ya se habla de esta celebración. Aunque en un principio fue un festejo exclusivo de las clases altas de nuestra ciudad, con el tiempo se fue abriendo a todos los estratos sociales. Actualmente, el carnaval es una fiesta asociada a la cuaresma católica, sin embargo, esta tradición es mucho más antigua de lo que se piensa comúnmente, encontrando su origen desde las sociedades politeístas establecidas antes de la era cristiana.

¿Qué significa para nosotros los sudcalifornianos? Más allá de la diversidad social, de la diversidad sexual, de la farra, del desmadre, del indulto alcohólico y del olor a aceite de cocina quemado y a meados, el carnaval es un proceso de catarsis en el cual, el choyero se libera por casi una semana, desafiando a su hígado, a las autoridades, a los busca pleitos y a los vendedores que, año con año, nos ofrecen bajo artificios y trucos: una ilusión. Durante esos días el malecón se divide en tres secciones; la zona sur, la más tranquila y familiar; la zona central, la del templete principal y la más aglomerada; y la zona norte, la de los chingazos y las carpas del mal. Ir a la zona norte después de las dos de la mañana es una aventura de riesgo, pero fascinante.

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Durante la semana del carnaval, la actividad laboral funciona a medias. Quien no llega crudo a trabajar durante esos días, es porque de plano, lo amarraron para no salir. Estas fiestas implican, para el sudcaliforniano, un buen gasto económico pero también un buen momento para rearmarse de gorditas de nata, trastes, cobijas, ropa de cuero y mucha cerveza. Como ya lo mencioné con anterioridad, durante esta semana los vendedores de ilusiones fortalecen el vínculo con el público asistente. Un vínculo maniqueísta, lleno de trucos y artilugios que hacen muy difícil diferenciar entre la ilusión y la realidad. Cualquier ilusión se vende al mejor postor. Al que cae y al que se deja seducir.

La mayoría de los vendedores de ilusiones provienen de familias que, desde hace mucho tiempo y por generaciones, se han dedicado a viajar en caravana, llevando su empresa de pueblo en pueblo, de ciudad en ciudad y de feria en feria. Cada año recorren el país buscando las fiestas, costumbres y tradiciones más importantes para poder instalar sus puestos e ilusionar a niños, jóvenes y adultos.

Entre las ilusiones con las que nos pueden persuadir se encuentra la inigualable Atila la mujer águila; Tamara la mujer tarántula;, Katara la mujer lagarto; las ratas de dos colas, patos de tres patas, cerdos de dos cabezas; juegos de aros con cajas de cigarros y billetes amarrados; el juego de la caña de pescar y la botella; las canicas; los peces con premios; los dardos y los globos; los rifles de balines con la mira chueca; las cobijas del tigre y la virgencita; los trastes de peltre; las gorditas de nata, los tacos al pastor, las pizzas, los “jates”, los algodones con pintura y azúcar, las papas fritas, los changuirongos, las palomas, los vasos locos y la cerveza. Ante esta variedad de ilusiones muchos caemos, año con año, y formamos parte de una de las dinámicas culturales más imprescindibles para el ser humano: la fiesta, el guateque, la juerga, la verbena y la diversión.

No obstante, este año será distinto. Por primera vez en mucho tiempo el Carnaval de La Paz fue suspendido en nuestra ciudad. La pandemia obligó a nuestras autoridades a cancelar este festejo por una cuestión de salud pública. Los eventos de mucha aglomeración, hoy en día, son totalmente inviables. Sin embargo, no es la primera vez que sufre alguna modificación. Dentro del imaginario colectivo siempre lo recordamos y asociamos con el malecón de nuestra ciudad, sin embargo, no siempre ha sido así. Durante las últimas décadas esta tradición ha sufrido algunos cambios de sede importantes. En una ocasión, se desarrolló dentro de las instalaciones del Estadio Arturo C. Nahl. En otro momento se llevó a cabo en la ex pista aérea —donde actualmente se encuentra un parque deportivo a espaldas de una tienda comercial sobre la avenida Forjadores. No obstante, su itinerancia tuvo poco éxito y se terminó regresando al malecón.

Para algunas personas el carnaval no es un sinónimo de algarabía. Sobre todo para los comerciantes locales y, en general, para la sociedad que vive y colinda sobre esta zona costera. El exceso de basura que se genera, los olores fétidos por el desborde del agüita amarilla, las batallas campales y el exceso de ruido, han incomodado, por muchos años, a los ciudadanos que habitan esos alrededores. Sin embargo, este año tendrán un momento de paz, tranquilidad y calma. Sólo se oirá el eco de los recuerdos y las historias del carnaval: la tradicional voz del señor de las cobijas, las ambulancias, la música y el bullicio que se escuchaba año con año, en los tiempos previos a la pandemia.

Los invito a que lean el siguiente artículo, ya que estaré presentando el resto de mi trabajo de fotografía documental sobre el Carnaval de La Paz, titulado Vendedores de ilusiones. Trabajo que llevo desarrollando desde hace 10 años y el cual he tenido la oportunidad de exponer en algunas galerías de La Paz, de Tlaxcala, la Ciudad de México y en la galería electrónica de la agencia y revista Cuartoscuro.

Continuará…

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