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100 años de El cementerio marino, de Paul Valéry

12-Feb-2020

RESEÑA Por Ramón Cuéllar Márquez

FOTOS: Cortesía.

El librero

Por Ramón Cuéllar Márquez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El cementerio marino (Le Cimetière marin, 1920) de Paul Valéry (Sète, Francia, 1871-1945) es uno de los poemas más enigmáticos de la literatura universal y guarda junto a otros grandes poemas como Muerte sin fin, de José Gorostiza; Piedra de sol, de Octavio Paz, y Canto a un dios mineral, de Jorge Cuesta —dentro la poesía mexicana— la destreza de los poemas de largo aliento. Quienes nos acercamos al Cementerio… por primera vez, nos hemos quedado mudos por la manera críptica en que plantea los tropos de la realidad del pensamiento. Muchos lo leímos en la juventud y nos impactó el hecho de que fuera un abanico de posibilidades poéticas, que quisimos imitarlo sin llegar a entender en toda su pasión lo que nos transmitía el poeta. Todavía guardo el ejemplar de Material de Lectura que publicara la UNAM.

Paul Valéry es un practicante de la poesía pura y en El cementerio marino alcanza su máximo esplendor. Se trata de un poema lírico que publicó primero en una revista en 1920, y luego incluido en su libro Charmes en 1922. Lo escribió mientras creaba El parque joven (La Jeune Parque, 1917). Ambos textos están entrelazados por sus temáticas de la conciencia, el cuerpo y la presencia irremediable del mar, es decir, sus más grandes obsesiones y que definirían el camino de la poesía pura.

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El cementerio marino es de una profunda introspección de corte metafísico, separado y organizado en sextetos, con aires un tanto dramáticos, en el sentido que lo hace el teatro, para con ello resaltar en cuatro actos una sola acción, que es el pensamiento en acción. De ahí que las primeras cuatro estrofas hablen del mar como un suceso donde las cosas están impasibles, en una nada retórica que linda con lo inconsciente, pero colocado en definitivo con el discurrir del tiempo, donde el pensamiento pretende ser puro, libre de toda expresión ideológica para atenerse tan sólo a la expresividad de sus palabras. De ese modo, el cuerpo se coloca y se confronta con las formas del poema, dividido en dos aspectos o dos personajes que desean el nacimiento de la meditación de la muerte, es decir, evitar la ilusión de una eternidad del espíritu o el alma, que a su vez hará compañía al deseo de morir o de que cese el conflicto entre conciencia y existencia, uno de los grandes universales de la humanidad con que nos debatimos todavía.

No obstante, se descarta esa paradoja, y el sujeto poético escoge la vida, el movimiento, la creatividad poética para que a su vez conduzca a la acción, un largo proceso reflexivo sobre el tiempo y la dictadura que éste ejerce en la conciencia que el cuerpo llega a tener. A pesar de que es una exploración de la conciencia, un cuestionamiento de la realidad simbólica, el poeta no pretende resolver esa realidad, por ello utiliza el poema como figura y no como explicación de cómo se relacionan los apremios del pensamiento humano. Aunque hay una abstracción de la vida cotidiana, mantiene una sensualidad inequívoca, donde se pueden recoger sus frutos sensorios que producen contrastes y se adivina una carga alegre para rechazar la posibilidad de que el conflicto alcance la motivación de la vida o afecte el acto poético y puro.

El cementerio marino es, así pues, un poema de largo aliento que mantiene su misterio, su hermetismo y su fuerte carga filosófica, donde el poeta practica la pureza para liberarse de los atavismos humanos y entregarse por completo a la riqueza expresiva de las palabras. Celebremos sus primeros cien años y celebremos a Paul Valéry por la oportunidad de una poesía que encierra sus propios arcanos.

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