Sergio Emilio Montúfar Codoñer, el hombre que persigue la noche: astrofotografía, ciencia y resistencia (II)

FOTOS: Cortesía.

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Sergio, tu obra ha sido difundida en múltiples medios, ¿Qué medio consideras más poderoso para transmitir el asombro por el universo? He tenido la oportunidad de comunicar mi trabajo en distintos espacios, pero hay plataformas que marcan un antes y un después. Una de ellas, sin duda, es Astronomy Picture of the Day (APOD) de la NASA. Desde 1996, esta ventana al universo publica diariamente una imagen —que puede ser fotografía, infografía, composición o video— seleccionada por su valor científico y visual. Estar ahí es entrar en una conversación global. Millones de personas, en todos los rincones del planeta, miran esa imagen. Y en ese instante, el cielo deja de ser local para convertirse en universal. Pero la visibilidad también se construye desde otros frentes. Capture the Atlas, por ejemplo, me incluyó entre los 25 mejores astrofotógrafos de la Vía Láctea en 2025, un reconocimiento que, más allá del prestigio, tiene un alcance viral que posiciona el trabajo en audiencias masivas.

Sin embargo, hay otro tipo de validación, más silenciosa pero profundamente significativa: la editorial. Cuando National Geographic decide publicar un reportaje sobre tu proyecto —no escrito por ti, sino sobre tu trabajo—, algo cambia. Lo mismo ocurre con Forbes, que ha dedicado dos artículos a lo que hago, o con Science, una de las revistas científicas más influyentes del mundo, que ilustró una investigación con mis imágenes sobre astronomía maya. Ahí entendí que mi trabajo no solo se ve: se estudia, se analiza, se integra en el conocimiento. Y eso lo transforma todo.

Lee la primera parte de la entrevista AQUÍ

En el 2018 fuiste invitado por la Agencia Espacial Europea, ¿Cómo interpretaste el mensaje let’s go back to the moon and stay desde tu perspectiva artística? Aceptar aquella invitación fue, sin exagerar, lanzarme al centro del escenario donde hablan los gigantes. Cuando me propusieron viajar a España para ofrecer una conferencia sobre por qué la humanidad debe regresar a la Luna —y quedarse— no dudé. Dije que sí. Pero también supe que no podía ser una charla más. Decidí contar una historia. Construí una producción audiovisual que no empezaba con cohetes, sino con imaginación. Con ese momento primitivo en el que el ser humano, por primera vez, levantó la mirada y soñó con alcanzar la Luna. El relato avanzaba entre hitos: la primera fotografía, los inicios de la comunicación, el cine mudo, los relatos de ficción, la icónica obra de Méliès… hasta llegar al Apolo y ese instante en que dejamos de imaginar para tocar lo imposible. Pero el verdadero mensaje venía después. La exploración espacial no es un capricho tecnológico; es una extensión de lo que somos. Mirar al cielo nos ha obligado a innovar, a cuestionar, a evolucionar. Cada avance en las ciencias astronómicas ha tenido un eco directo en nuestra vida cotidiana: desde la medicina hasta la eficiencia energética, desde la alimentación hasta la sostenibilidad. Y ahí está la clave: ir a la Luna no es solo conquistar distancia, es aprender a sobrevivir mejor. En el espacio no hay margen para el desperdicio. Todo debe optimizarse: energía, agua, recursos. Es un laboratorio extremo de sostenibilidad. Por eso debemos volver. Porque al hacerlo, no solo exploramos el universo… nos reinventamos como humanidad.

Has trabajado con formatos como FullDome y realidad virtual, ¿Cómo cambia la experiencia del espectador cuando el arte y la ciencia se vuelven inmersivos? Entrar a una proyección FullDome no es simplemente ver imágenes: es atravesar un umbral. La primera sensación es física. El corazón se acelera, los sentidos se expanden. De pronto, ya no estás en una sala: estás dentro del universo. La pantalla te envuelve por completo, el sonido te rodea, y la experiencia se vuelve inmersiva en un nivel que trasciende lo visual. Es cine, sí, pero llevado al extremo: un cine que no se mira, se habita. Ahí ocurre algo difícil de explicar y fácil de recordar. El asombro se instala. La emoción crece. Y lo más importante: permanece. Porque una experiencia FullDome no se olvida, se queda grabada como una vivencia, no como un recuerdo distante. La realidad virtual, por su parte, también abre puertas fascinantes. Te permite viajar, explorar, desplazarte a otros espacios con una sensación muy cercana a estar ahí. La tecnología logra engañar a los sentidos con precisión, y la inmersión es real, aunque mediada por una pantalla individual. Pero hay una diferencia sutil y poderosa. Mientras la realidad virtual es un viaje personal, el planetario es una experiencia colectiva que amplifica la emoción. Compartir el asombro con otros, respirar al mismo ritmo del universo proyectado, genera una conexión más profunda. Ambas experiencias transportan. Pero el FullDome, de alguna manera, te transforma.

Sergio, ¿Y qué papel juega el arte en la conservación del patrimonio astronómico? Todo comienza con un acto fundamental: registrar antes de que desaparezca. No se trata solo de observar, sino de documentar. De construir un archivo vivo de ese patrimonio que muchas veces no se ve, pero que sostiene la identidad de los pueblos. Ese primer paso —el registro— es, en esencia, una forma de resistencia: dejar constancia de lo que existe para que no se pierda en el olvido. Pero registrar no es suficiente.

El siguiente desafío es aún más complejo: ¿Cómo difundir ese conocimiento sin traicionarlo?. ¿Cómo contar una historia sin despojarla de su esencia? ¿Cómo compartir sin invadir? Aquí es donde el proceso se vuelve profundamente delicado. Porque cuando hablamos de patrimonio —y especialmente de patrimonio intangible— no estamos hablando de objetos, sino de saberes, de memorias, de cosmovisiones que han sido resguardadas durante generaciones. Y no todo está destinado a ser contado. Trabajar con comunidades implica algo más que investigar: implica escuchar, respetar y, sobre todo, pedir permiso. Son ellas quienes deciden qué puede registrarse, qué puede difundirse y qué debe permanecer en silencio. Porque hay conocimientos que no son públicos, que tienen un valor sagrado, que se protegen con celo. Ahí radica la verdadera responsabilidad.

No se trata de extraer información, sino de construir confianza. De entender que preservar también es saber callar. Revisé mi cuaderno de apuntes casi por inercia, como quien busca prolongar un instante que sabe que está por terminar. Ahí estaba, inevitable: la última pregunta. La línea final de una conversación que, sin darme cuenta, me había absorbido por completo. Sentí un leve peso, una incomodidad sutil, como si cerrar la libreta implicara también apagar algo más que una entrevista. Porque no estaba frente a un diálogo cualquiera. Había en las palabras de Sergio Emilio una mezcla poco común de conocimiento, pasión y claridad que hacía que el tiempo perdiera forma. Cada respuesta abría nuevas rutas, cada idea invitaba a quedarse un poco más.

Y, sin embargo, el oficio impone sus límites. Levanté la mirada, consciente de que estaba a punto de formular la última pregunta, pero también con la certeza de que, en realidad, la conversación apenas comenzaba a resonar. ¿Cuál ha sido el proyecto que más te ha desafiado, no técnicamente sino a nivel humano o emocional? “Estrellas Ancestrales” comenzó como una idea clara y aparentemente sencilla: documentar los antiguos observatorios astronómicos de Guatemala, esos sitios arqueológicos que durante siglos han sido testigos silenciosos del diálogo entre el ser humano y el cielo. Pero muy pronto entendí que estaba equivocado. No eran ruinas. Nunca lo fueron. Eran espacios vivos. En el proceso descubrí algo que transformó por completo mi mirada: existen comunidades que aún habitan ese conocimiento, que siguen mirando el cielo no como objeto de estudio, sino como parte esencial de su vida cotidiana. Los sitios arqueológicos son, para ellos, monumentos sagrados. Y ese hallazgo me obligó a detenerme, a replantear todo, a escuchar antes de intentar registrar. Lo que vino después no fue fácil. Entrar a esas comunidades implicó romper una barrera histórica de desconfianza. Durante siglos, otros llegaron, tomaron conocimiento y desaparecieron, dejando libros, teorías… pero no necesariamente respeto. Yo tenía que hacer algo distinto. Empecé poco a poco, con una persona, luego otra. Con el tiempo, construí una red de confianza que me permitió acceder a algo invaluable: testimonios vivos de una astronomía que nunca desapareció. Porque esa es una de las grandes verdades que este proyecto revela: los mayas no se extinguieron. Siguen aquí. Sus calendarios siguen vigentes, sus ceremonias continúan, su relación con el cosmos permanece intacta. A lo largo de más de ocho años, “Estrellas Ancestrales” se convirtió en algo mucho más grande de lo que imaginé: el primer proyecto de astronomía cultural de esta magnitud en el mundo. Un esfuerzo por documentar no solo el conocimiento del pasado, sino las voces del presente. Y en ese camino también entendí algo más profundo: las fronteras son construcciones recientes. México, Guatemala, Centroamérica… Compartimos raíces, historia, cosmovisión. Somos, en esencia, la misma cultura fragmentada por líneas políticas. Este proyecto no solo documenta el cielo. Nos obliga a mirarnos como sociedad. A cuestionar divisiones, a reconocer nuestra historia común y a entender que, al final, todos seguimos viviendo bajo el mismo cielo.

Finalmente, apelando más al deseo que al protocolo, regresé a la formalidad de la entrevista. Sabía que había llegado al final, pero no estaba listo para cerrar la conversación. Había algo en el diálogo —en su profundidad, en su ritmo— que invitaba a quedarse un poco más, a estirar el momento como quien se resiste a apagar una luz que aún ilumina. Así que hice lo único que podía hacer: abrir una última puerta. Le ofrecí a Sergio Emilio la posibilidad de agregar algo más. Un margen para que la conversación respirara por última vez, o quizás para que encontrara un nuevo comienzo.

Él hizo una breve pausa. Y entonces respondió: Antes de cerrar, hay nombres que no pueden quedarse en silencio. Porque detrás de cada proyecto, de cada imagen, de cada paso dado, hay voluntades que sostienen el camino. Quiero empezar agradeciendo al cónsul Daniel Ruiz Isáis. Su apoyo no ha sido circunstancial, ha sido decisivo. Gracias a él, mi trabajo ha encontrado espacios para mostrarse en escenarios tan relevantes como la Ciudad de México, y hoy abre nuevas posibilidades con las exposiciones que estamos por desarrollar en Baja California Sur. Ese tipo de respaldo no solo impulsa trayectorias, también construye puentes entre culturas, entre territorios, entre formas de mirar el cielo. También quiero reconocer a Nacho Peláez, quien me invitó a explorar los cielos de Baja California Sur. Y no exagero al decir que lo que encontré ahí me marcó profundamente. En mi recorrido por distintas latitudes del mundo, pocos lugares me han ofrecido una combinación tan poderosa de paisajes y cielos. Hay algo en esa geografía —en su oscuridad, en su amplitud— que convierte cada noche en una experiencia casi primitiva, esencial. Estos encuentros no son casualidad. Son parte de una red invisible que hace posible que el conocimiento, la imagen y la emoción sigan viajando. Porque al final, nadie recorre el universo solo.

Apagué la grabadora, pero la conversación no terminó. Las palabras siguieron flotando en el aire, como esas últimas luces que permanecen en el cielo incluso después del atardecer. Intercambiamos saludos, despedidas… Aunque en el fondo sabía que no era un cierre, sino una pausa. Porque hay entrevistas que se olvidan en cuanto se guardan. Y hay otras —pocas— que dejan una huella. No por lo dicho únicamente, sino por quién lo dice. Hay personas que irradian algo difícil de nombrar: una claridad, una convicción, una manera de entender el mundo que trasciende el momento. Sergio Emilio Montúfar es una de ellas.

No es solo su conocimiento, ni su trayectoria. Es esa capacidad de encender ideas, de abrir horizontes, de recordarnos que todavía hay mucho por descubrir… Allá arriba y aquí abajo. Su trabajo no se limita a capturar estrellas: construye puentes entre ciencia, cultura y conciencia. En Baja California Sur, donde el cielo aún resiste —aunque no intacto—, la astrofotografía es un camino que apenas comienza a trazarse. Pero con miradas como la suya, ese camino ya no es incierto: es prometedor.

Porque cuando alguien logra ver más allá de la luz artificial y nos enseña a hacerlo también, algo cambia. Y quizás, solo quizás, el verdadero futuro no esté en la tierra que pisamos… Sino en el cielo que decidamos volver a mirar.

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AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, ésto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

Profesor de Educación Primaria, Licenciado en Educación Especial y Maestro en Ciencias de la Educación y Maestro en Historia. Doctor en Educación. Labora en la Secretaría de Educación Pública y comparte su tiempo con su pasión por la historia de la California del Sur. Nació el 22 de septiembre de 1969 en Puerto Vallarta, Jalisco, pero radica en Sudcalifornia desde hace 52  años. Actualmente, es Director de la Unidad de Servicios de Apoyo a la Educación Regular No. 17 y Maestro de Comunicación del Centro de Atención Múltiple “Gilberto Vega Martínez” en La Paz. Escribió la antología (E-Book) “Piratas, Corsarios y Filibusteros en la Antigua California”. Ha sido distinguido con el Reconocimiento al alto mérito “Forjador de Generaciones 2023” por la Escuela Normal Superior de Baja California Sur “Profr. Enrique Estrada Lucero”. Integrante de la Sociedad de Historia de la Antigua California. Creador de las aplicaciones multimedia “Los Antiguos Californios” y “Misiones Sudcalifornianas”. Ganador de mención honorífica en el ensayo histórico del “Tricentenario de la Misión de Santiago Aiñiní” celebrado en agosto de 2021. Ganador del Premio Estatal de Periodismo 2023 y 2024 en la Categoría de Entrevista. Reeditor del libro «Vida y Virtudes del Venerable, y Apostólico Padre Juan de Ugarte de la Compañía de Jesús. Misionero de las Californias, y uno de sus primeros Conquistadores» (2023). Ganador en la categoría de Narrativa de los Juegos Florales “Ramón López Velarde” realizados en Jerez de García Salinas, Zacatecas (2025).

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