1917

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Kinetoscopio

Por Alejandro Aguirre Riveros

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El plano secuencia es quizás la expresión más inmersiva del cine actual dentro de su reconocida capacidad para esculpir el tiempo. Se trata de una prueba de ingenio para los cineastas, por la complejidad técnica que implica en sí misma a través de diversos efectos especiales, efectos por computadora y el uso de grandes decorados que toman vida propia bajo las órdenes del director. A esto se suma el diverso armamento del que deben hacer uso tanto el fotógrafo como los camarógrafos para realizar dichos movimientos de cámara a través del travelling, plataformas, grúas y steadicams. Basta ver cualquier behind the scenes de las grandes producciones más recientes para deleitarse con la capacidad de ingenio, habilidad y destreza con que cuenta la industria cinematográfica actualmente.

El plano secuencia es, en términos generales, una técnica que ha ido tomando forma a través de la mano de grandes maestros del cine como Alfred Hitchcock en La soga (1948), Orson Welles en Sed de mal (1958), Theo Angelopoulos en La eternidad y un día (1998), Alfonso Cuarón en Los Hijos del hombre (2006) y de manera más reciente la mancuerna Lubezki-Iñárritu en Birdman (2014) y El renacido (2015).

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En esta ocasión, el plano secuencia toma nuevas dimensiones bajo la batuta de Sam Mendes, quien haciendo uso de sus raíces como director de teatro, convierte la Primera Guerra Mundial en un gran escenario que cobra vida frente a nosotros. La trama nos sitúa en el apogeo de este conflicto bélico, donde dos jóvenes soldados británicos, Schofield (George MacKay) y Blake (Dean-Charles) reciben una misión suicida. En una carrera contra el tiempo, deben cruzar el territorio enemigo y entregar un mensaje del que dependerá la vida de miles de soldados, entre ellos el propio hermano de Blake.

Se trata de un viaje tenso y desconcertante, que logra su objetivo al plasmar con gran intensidad la experiencia de la guerra en primera persona, como ninguna otra película lo ha hecho antes. A través de su magistral edición y cinematografía logra transportar al espectador a las trincheras, para hacerlo sentir los horrores de la muerte y la destrucción en el campo de batalla.

Se trata en definitiva de una película que redefine la obligación de asistir al cine para admirarla en todo su esplendor. Roger Deakins, responsable de la fotografía, se convierte en la verdadera estrella al lograr una proeza técnica digna de los mejores libros sobre historia del cine. Se trata del séptimo arte convertido en una compleja e intrincada coreografía llena de acción y detalles. Un desenfrenado baile en el que la cámara acompaña a sus protagonistas en la aburrida repetición de marchar, correr y arrastrarse a través de una trama cuya tensión no cede en ningún momento. Las extraordinarias tomas largas y el enfoque centrado en un solo punto de vista, invitan a un compromiso emocional que convierte la guerra en la experiencia traumática que realmente es.

Sin embargo, la decisión de hacer de la película un solo plano secuencia también actúa como una espada de doble filo: la constante cercanía de la cámara nos acerca a estos hombres, pero al mismo tiempo difumina las experiencias colectivas que busca transmitir.

En un sentido técnico, 1917 logra su cometido por completo. Pero en el proceso, pierde la oportunidad de sumar significado más allá del conjunto de imágenes. No se confundan, en un sentido estrictamente audiovisual es impresionante. Pero se centra tanto en la majestuosidad del plano secuencia que ronda en lo vacío y trivial.

La película a veces se centra tanto en demostrar sus capacidades técnicas, que la narrativa se ve obligada a seguirle el paso y quedar así a medio camino entre el cliché y una absurda Ley de Murphy: todo lo que puede salir mal, saldrá mal.

Desde este punto de vista, la perspectiva inmersiva de 1917 termina siendo más una distracción que otra cosa. Lo cual no hace menos su mérito técnico y el esfuerzo por dar voz a uno de los conflictos bélicos más sanguinarios de la historia. Mendes nos ofrece así una visión única sobre la locura y la inutilidad de la guerra y su efecto devastador en la psique humana. Un mensaje que hace eco en esta convulsa década que comienza.

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