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Parásitos: una fábula moderna

14-Ene-2020

RESEÑA Por Alejandro Aguirre Riveros

FOTOS: Internet

Kinetoscopio

Por Alejandro Aguirre Riveros

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Todos conocemos la obscena cifra que nos recuerda cuán abismal es la desigualdad en el mundo: el 1% más rico de la población mundial posee más riqueza que todo el 99% restante de las personas del planeta. ¿Cómo logramos sobrellevar en el día a día las pesadas estructuras sociales de la faceta más tóxica del capitalismo actual? Esta es la pregunta que Bong Joon Ho intenta responder a través de Parásitos (2019): una fábula moderna sobre la diferencia de clases sociales y la violencia implícita en sus relaciones.

La historia se centra en las disparidades entre la familia Park: la imagen ideal del éxito y la riqueza que viene acompañada de coches caros y casas amplias y elegantes. Y la familia Kim, quienes habitan en un apretado departamento subterráneo para vivir al día con gran ingenio y amplias aspiraciones a superarse.

 

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Por azares del destino ambas familias coinciden: Ki-Woo, el hijo mayor de los Kim, comienza a trabajar en casa de los Parks como maestro de inglés de la hija mayor. Esto dará pie a una serie de engaños y enredos que permitirán que los Kim brinden servicios de lujo indispensables de tal forma que los Parks terminan por financiar sin darse cuenta a toda su familia. Sin embargo, esta relación simbiótica se pondrá a prueba al descubrir que los Parks ya contaban con un parásito en su interior. Dicho intruso los obligará a desatar una batalla salvaje y despiadada que amenaza con destruir la reciente bonanza alcanzada por los Kim.

“Esto es tan metafórico”, expresa uno de los personajes en cierto momento de la película. Y la línea se convierte en una invitación a indagar más allá de lo que acontece en pantalla: piedras, pasajes secretos, vidas subterráneas, fantasmas, sueños de riqueza, cartas, asesinatos y pasteles de cumpleaños se convierten en un juego de símbolos que elevan la cinta hacia un significado más profundo. Anfitriones y parásitos se convierten así en un Rorschach cinematográfico en el que la línea entre héroe y villano se desdibuja para obligar al espectador a mirarse en un incómodo espejo.

¿Quién no se ha sentido feliz al gorronear el internet del vecino? ¿Quién puede negar el sueño de una vida más acomodada? O peor aún: ¿quién no ha odiado a su jefe a pesar de verse obligado a ser todo cordialidad y sonrisas?

La relación entre los Parks y los Kim se convierte así en una metáfora sobre los empleados y los empleadores. Una relación que en algunos contextos, como lo es el de la servidumbre, cae en una pesada intimidad que bien puede envenenarse con resentimiento cuando el trato es injusto y la paga raquítica. Un resentimiento compartido por la gran mayoría de trabajos mal pagados en cuya discordia se amplía la hipocresía del buen trato hacia nuestro jefe o nuestros clientes a cambio del pan de cada día. Un buen trato obligado y superficial en el que escondemos el deseo aspiracional con el que el discurso oficial tiende a sepultar la realidad bajo un eslogan trillado: sueña, trabaja duro y tú también lograrás ser rico.

En Parásitos este juego de poderes sale a relucir a través del contraste entre la familia más pobre, quienes a través del ingenio, se adueñan de la riquezas que podrían, y deberían, ser suyas pero que al contrario, por su naturaleza parasitaria, solo reflejan cuán miserables y dispares son sus condiciones de vida.

Una reflexión que hace eco en la abismal desigualdad económica de nuestros días al preguntarnos cuál es nuestra posición social: ¿somos anfitriones o parásitos? La respuesta en realidad no acepta maniqueísmos reduccionistas: todos dependemos de todos. Hasta que no logremos sobrepasar el denigrante y deshumanizante utilitarismo que caracteriza al capitalismo actual, seremos una sociedad parasitaria, obligada como los personajes de la película a abrirse paso a través del engaño y la violencia.

En resumen, Bong Joon Ho, tras otras profundas reflexiones sobre la lucha de clases, como Ojka (2017) y el Expreso del miedo (2013), nos deslumbra con una película casi perfecta en la que sobresale el uso magistral del encuadre, la riqueza del lenguaje visual, el control de un tono tremendamente cambiante y el despliegue de grandes actuaciones. Se trata de una de esas extrañas rarezas en el séptimo arte donde el título de cine de arte también es sinónimo de entretenimiento y fácil acceso, sin que por ello deje de ser una experiencia profunda y original.

No por nada la cinta ha coronado a Bong Joon Ho con la Palma de Oro en Cannes y, más recientemente, ha hecho historia como la primer película surcoreana en ser nominada al Oscar a mejor película. ¡Enhorabuena!

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