Cadegomó y la frontera interior: La Purísima Concepción en el proyecto misional jesuita

IMÁGENES: IA.

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En el corazón de la región central de la península de Baja California, en un entorno de oasis y serranías que contrasta con el desierto circundante, se estableció una de las misiones jesuitas menos conocidas pero más representativas de las dificultades del proyecto misional en la antigua California: la Misión de La Purísima Concepción de Cadegomó, conocida comúnmente como La Purísima. Aunque hoy casi no quedan restos visibles de ella, su historia refleja con claridad los esfuerzos, logros y límites de la obra misionera de la Compañía de Jesús en la península.

La fundación oficial de la misión se realizó el 1 de enero de 1720, cuando los jesuitas decidieron establecer un centro permanente de evangelización y agricultura en el valle de Cadegomó. Este sitio se encontraba estratégicamente ubicado en el interior peninsular, lejos de la costa, pero cercano a otros asentamientos misionales como Comondú y Mulegé. Antes de su fundación formal, la región ya había sido visitada por misioneros que exploraban rutas y mantenían contacto esporádico con los grupos indígenas locales, lo que permitió identificar el potencial agrícola del oasis y la disponibilidad de agua. El establecimiento de la misión respondió también al interés de consolidar una red interior de comunicación y producción que sostuviera a las misiones más antiguas. Como muchas otras fundaciones jesuitas, La Purísima contó con el respaldo económico de benefactores novohispanos, entre ellos el marqués de Villapuente de la Peña, quien financió diversas empresas misionales en la California.

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El principal impulsor de la misión fue el jesuita Nicolás Tamaral, misionero sevillano que desempeñó un papel clave en la expansión misional hacia el sur. Tamaral se enfrentó desde el inicio a uno de los mayores retos del territorio: convertir un entorno frágil en un espacio productivo y estable. Aunque el arroyo de Cadegomó proporcionaba agua, las crecidas repentinas destruían con frecuencia las tierras de cultivo y las obras de riego. Durante los primeros años, Tamaral intentó derivar el agua para establecer sembradíos, pero los resultados fueron limitados. Posteriormente, su sucesor trasladó el núcleo de la misión a un punto más adecuado del valle, donde se construyó una pequeña presa y se lograron mejores cosechas. Estos esfuerzos muestran la constante adaptación que exigía la vida misional en un medio natural tan variable.

La relevancia de la misión no radicó en su tamaño ni en la monumentalidad de sus edificios, sino en su función dentro del sistema misional. En primer lugar, La Purísima actuó como nodo de comunicación interior, enlazando caminos que conectaban distintos oasis y facilitaban el tránsito de personas, ganado y suministros. En segundo lugar, representó un intento serio de consolidar la producción agrícola en el centro de la península, con cultivos característicos de los oasis como higos, granadas, uvas y algodón. Además, la misión funcionó como punto de concentración de la población indígena de la región. Con el paso del tiempo, sin embargo, esta población disminuyó notablemente a causa de epidemias, cambios en el modo de vida y las exigencias del nuevo orden misional, lo que debilitó la base social que sostenía las labores agrícolas y constructivas.

El templo de La Purísima fue una construcción modesta, acorde con las posibilidades del lugar. Se edificó con piedra, lodo y adobe, y su techumbre se elaboró con tule o carrizo. Estas características, comunes en misiones menores, hacían a la iglesia especialmente vulnerable a las lluvias intensas y al abandono. A diferencia de otras misiones más conocidas, no se levantó un edificio de piedra duradero, lo que explica que hoy no existan ruinas claramente identificables. La decadencia de la misión fue gradual. Por un lado, la disminución de la población indígena redujo la mano de obra necesaria para mantener las acequias, presas y edificios. Por otro, los cambios institucionales tras la expulsión de los jesuitas en 1767 afectaron la continuidad del proyecto. Los franciscanos y posteriormente los dominicos asumieron la administración de las misiones, pero La Purísima ya era entonces un asentamiento frágil y con recursos limitados.

Con el tiempo, el sitio fue perdiendo importancia hasta quedar prácticamente abandonado. Para las primeras décadas del siglo XIX, la misión había dejado de funcionar como centro religioso y productivo, y sus edificaciones terminaron por desaparecer casi por completo.

La historia de la misión resume el sentido profundo de la obra misionera jesuita en la California: explorar territorios desconocidos, establecer comunidades sedentarias, introducir la agricultura de oasis y articular una red de caminos que dio forma al espacio peninsular. Aunque muchas misiones, como La Purísima, no dejaron monumentos visibles, su legado persiste en la organización del territorio, en la memoria histórica y en los cimientos culturales de Baja California Sur.

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El canto de El Alabado en las Misiones Sudpeninsulares

FOTO: América Álvarez TV

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

 

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Durante la época jesuítica (1697-1768), se forjó una buena parte de la actual cultura mestiza que aún se practica en regiones remotas de nuestra península bajacaliforniana. Algunas de ellas perduran, como son palabras del español antiguo que se hablan en algunos ranchos, comidas criollas, vestimentas y costumbres heredadas por los soldados de presidio que fueron los fundadores de de estos sitios californianos, otras de ellas han desaparecido. Tal es el caso del canto de El Alabado, el cual llegó a ser una costumbre muy arraigada y practicada en las misiones de nuestra Sudcalifornia.

El canto de El Alabado tiene sus orígenes en los cantos que se crearon al interior de la Iglesia Católica en el siglo XVII, fueron traídos por los españoles, y difundidos entre los grupos étnicos de América. Este canto se compone de una serie de versos en los cuales se recitan pasajes de la vida de Jesucristo así como aspectos de la liturgia católica. Su propósito es ofrecer una Acción de Gracias al Creador, por la vida y las buenas cosechas. También el afianzar entre los feligreses, aspectos dogmáticos de la liturgia católica. Durante los siguientes 3 siglos en que se utilizó este canto, se crearon muchas variantes, sin embargo su estructura se conservó más o menos intacta hasta nuestros días. Aún en la actualidad, entre los campesinos de algunas comunidades de los estados del centro-sur de la República Mexicana: Jalisco, Nayarit, Michoacán, Oaxaca, Guerrero, Chiapas, etc. se entona este canto al final de la cosecha del maíz.

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FOTO: AVIADA BCS

Regresando a nuestra península, en la época jesuítica, los sacerdotes enseñaron a los indios conversos este canto, y establecieron horarios durante las jornadas de trabajo, en donde su entonación era rigurosamente observada por todos los habitantes, aún cuando no estuvieran en las Misiones. Como recordaremos, cuando Eusebio Francisco Kino y Juan María de Salvatierra, promovieron ante la Corona Española el realizar una nueva incursión hacia la península de California, se les concedió tal petición sólo a cambio de que lo hicieran costeando sus propios gastos, sin pedir un solo céntimo a la Corona. Fue aquí donde los Jesuitas pidieron, y se les otorgó, la concesión de ser ellos quien ejercieran completamente la autoridad en la península. Con este régimen de excepción, los jesuitas fueron amos y señores de la península, y sus habitantes, por espacio de 70 años.

En un interesante informe que nos dejó el sacerdote Nicolás Tamaral, el cual fundó la misión de La Purísima Concepción de Cadegomó en el año de 1720, nos ofrece una interesante descripción de cómo estaba organizada la jornada de actividades en su misión, y a decir de los demás sacerdotes, la forma en que lo estaba en las demás Misiones de la California, no difería. Al leer este documento nos damos cuenta de la gran importancia que tenía el canto de El Alabado, como un medio de agradecer al Creador el haber amanecido, y seguir durante el día, con salud y pudiendo realizar sus actividades cotidianas. Al mismo tiempo su canto ofrecía una excelente estrategia mnemotécnica para el aprendizaje de los misterios de la fe católica. Aquí transcribo lo que acabo de reseñar:

Al querer amanecer se tocan las avemarías; entonces toda familia doméstica acude a la iglesia, rezan y saludan a la Santísima Virgen, cantan el Alabado, primero los hombres, después las mujeres, después los dos coros, hombres y mujeres; y en ésta y en todas las distribuciones de concurrencia de hombres y mujeres siempre están aparte los hombres, juntos, y en lugar separado las mujeres, juntas, y de la misma suerte los niños y muchachos en lugar separado y las muchachas juntas en otro lugar. Después, los que entonces tienen ocupación van a sus oficios, como son los de la cocina y los que aparte hacen el desayuno para los trabajadores, para los enfermos, viejos, huérfanos, etc. Los que no tienen entonces ocupación acuden a asistir a la misa, que se dice todos los días, y acabada la misa rezan y cantan el Alabado a coros, como queda dicho. Acabado este, cada uno acude a lo que se la ha encargado: los hombres al trabajo de campo o fábrica de iglesia, que al presente se está haciendo; las mujeres, unas a hilar algodón y lana, otras a hacer medias, otras a sus tejidos que ya hacen de lana y algodón. El temastián instruye para profesar a las rancherías que van viniendo a sus tiempos y a las viejas y viejos rudos; el padre atiende a todos.

A las diez del día se toca la campana y acuden a la iglesia todos los niños y niñas de la doctrina y, puestos aparte unos de otros, rezan toda la doctrina y, acabada, cantan a coros el Alabado con pausa decente. Al medio día se toca la campana, y puestos de rodillas todos, saludan a la Santísima Virgen y cantan una vez el Alabado. Después se reparte la comida, que es, a los trabajadores, pozole; a los viejos y viejas, niños y niñas, atole y algo de pozole.

Después de comer descansan hasta las dos y entonces cada uno prosigue el trabajo que se le ha encomendado. A las cinco de la tarde se toca la campana y acuden los niños y niñas a la iglesia a rezar las oraciones y doctrina, cantando a coros el Alabado al fin. Al anochecer se tocan las avesmarías y, de rodillas, rezan y saludan todos a la Santísima Virgen. Como al medio día, después de cenar van todos a la iglesia y con el padre rezan a coros el Rosario, letanías y cantan el Alabado. Hácese entonces y no antes esta distribución porque ya entonces están todos desocupados de sus oficios y pueden acudir todos a devoción tan importante.

Después de rezar el Rosario y cantar a coros el Alabado en la iglesia salen todos, los hombres con su temastián y las mujeres con su temastiana.

FOTO: AVIADA BCS

Otra de las reglas que se imponía a los indios conversos, en esta sociedad tan parecida como a las antiguas comunidades cristianas de los primeros años, es la siguiente: Cuando vienen a misa y doctrina (los indios), fuera de la instrucción se componen sus dependencillas y cosas de gobierno de su ranchería, para que vivan en paz y cristiandad. En sus rancherías, todos los días dos veces, al amanecer y en la noche al recogerse, rezan en comunidad la doctrina y, acabada, cantan el Alabado a coros, cosa de gran consuelo, pues lo es el que en el silencio de la noche resuenen entre los riscos y bosques el alabar al Señor, y los que tal vez caminan de nuestros soldados y españoles lo suelen referir con edificación y consuelo. Era tanta la insistencia que ponían los sacerdotes en la estricta observancia de esta estructura teocrática de la vida entre los californios, que esto se ejemplifica e este fragmento del informe que escribió el padre Tamaral:

Cuando el padre va a sus rancherías o pasa por ellas, luego que divisan al padre se ponen en orden y entonan a coros el Alabado; primero los hombres, después, aparte, las mujeres; después los dos coros a una voz, y, acabado, vienen por su orden a saludar al padre.

Esta costumbre usan cuando vienen al pueblo, ora vengan toda la ranchería, ora venga alguno solo. Antes de saludar a otro alguno se va a la iglesia, puesto de rodillas se persigna, reza un Avemaría a su santísima Patrona y canta el Alabado, y acabado, pasa a saludar al padre y disponer a lo que viene. Al irse observan el mismo método, saludan a la Santísima Virgen y cantan el Alabado en la iglesia, y después vienen a despedirse del padre y recibir algo de bastimento para el camino.

En una revisión que realicé en diferentes artículos que tratan sobre el tema del origen del canto de El Alabado, localicé una de las versiones que al parecer es la más completa, es probable que así fuera el canto que se entonaba en nuestras misiones Californianas. Lo transcribo a continuación:

Gracias te doy gran Señor y alabo tu gran poder. Que con el alma en el cuerpo nos dejaste anochecer. Sí te pido Dios mío nos dejes amanecer En gracia y servicio tuyo y sin llegarte a ofender.

En el hombre sea de Dios se va a cantar este alabado, Todos juntos como estamos a Jesús Sacramentado. Jesucristo se ha perdido, la Virgen lo anda buscando. Por el rastro de la sangre que Jesucristo derrama.

Camina la Virgen pura en una fresca mañana Y como era tan de mañana, en la hora que caminaba Con San Juan encuentra y de esta manera le habla. ¿No ha pasado por aquí el Hijo de mis entrañas? Sí Señora, aquí pasó tres horas antes del alba.

Y por señas, llevaba una túnica morada. Cinco mil azotes lleva en sus sagradas espaldas, Una cruz lleva en sus hombros, de madera, muy pesada Una corona de espinas que sus sienes traspasaba Una soga al cuello lleva, que los Judíos le estiraban.

Al oír la Virgen esto, cayó en tierra desmayada Y San Juan, luego acudió a levantarla ¡Levántese señora! que no es tiempo de tardanza Caminemos, caminemos hasta llegar al calvario.

Que por presto que lleguemos, ya lo habrán crucificado, Ya estará en la cruz pendiente con tres clavos remachados Ya le darían la lanza en su sagrado costado La sangre que de ahí vierte cayó en un cáliz sagrado. El hombre que la bebiere será bien aventurado Será libre del infierno y de Dios será premiado Será rey de este mundo y en el cielo coronado.

Tres señas hubo presentes cuando Jesús expiró El sol se vistió de luto y la luna se oscureció Las piedras lloraron sangre cuando Jesús expiró Vámonos Señor al cielo a traer flores y romeros Para hacerle una corona al Señor del Bautisterio.

Santísimo Sacramento yo te ofrezco este alabado Por los frutos de los campos que han sido tan amentados Por las ánimas benditas y almas que estén en pecado. Que las saques o Dios mío de tan miserable estado Que las saques y las lleves para donde fuimos criados.

Y así sigas con nosotros cuando de este mundo nos vamos Préstanos vida y salud para el año venidero En el cielo está una estrella que a los marineros guía No dejemos de rezar el rosario a María.

Es el primer escalón que en el cielo hemos de hallar Tres veces tiemble el infierno al decir Ave María Ave María preferida, sin pecado concebida Ave María singular, sin pecado original Ave María de la Luz, sin pecado de Jesús.

FOTO: SETUES BCS

Sería muy interesante el que las instituciones de Cultura del Gobierno de nuestra entidad realizaran una investigación, y recrearan cómo era un día en las Misiones Californianas, con el objetivo de dar a conocer a las generaciones jóvenes, y a todo el público, estos aspectos que son parte hoy de nuestra identidad sudcaliforniana, y en donde seguramente, el canto de El Alabado, no puede ser soslayado.

Bibliografía:

Canto El Alabado

Archivo General de la Nación. (1730). Informe del padre Nicolás Tamaral al Padre Visitador de las Misiones de California. C.a.

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