Francisco Xavier Clavijero: el jesuita que reinventó la historia de México desde el exilio

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En una biblioteca silenciosa de Bolonia, lejos de la tierra que lo vio nacer, un sacerdote jesuita novohispano escribía con urgencia. Frente a él no solo estaban los libros de historia europea, sino también las ideas que, desde el Viejo Continente, negaban la grandeza de América. Su respuesta sería una obra monumental. Su nombre, Francisco Xavier Clavijero, quedaría inscrito como uno de los primeros intelectuales en defender la dignidad histórica y cultural de los pueblos indígenas de México. Hoy, más de dos siglos después de su muerte, acaecida el 2 de abril de 1787, su legado continúa siendo objeto de estudio en instituciones académicas y culturales. Comprender su vida y obra implica adentrarse en un periodo clave: el siglo XVIII, marcado por la Ilustración, las reformas borbónicas y la redefinición del conocimiento histórico en el mundo occidental.

Francisco Xavier Clavijero nació en 1731 en Veracruz, en el seno de una familia de origen español vinculada a la administración colonial. Desde temprana edad, su vida estuvo marcada por el desplazamiento geográfico: su familia se trasladó por distintas regiones de la Nueva España, muchas de ellas con fuerte presencia indígena. Este contacto temprano con comunidades originarias resultó decisivo. A diferencia de muchos intelectuales europeos que escribían sobre América sin haberla conocido, Clavijero vivió de cerca las culturas indígenas. Esa experiencia alimentó una sensibilidad que más tarde se convertiría en el eje de su obra historiográfica. Ingresó a la Compañía de Jesús y se formó en una tradición intelectual rigurosa, abierta a las corrientes modernas del pensamiento europeo. Influido por autores como Descartes y Leibniz, promovió una renovación de la filosofía escolástica y criticó los excesos retóricos del barroco. Pero su formación no fue únicamente académica. Como docente en colegios jesuitas de ciudades como Puebla, Valladolid (Morelia) y Guadalajara, Clavijero se consolidó como un educador destacado, comprometido con la transmisión del conocimiento y la reflexión crítica.

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El siglo XVIII fue un periodo de profundas transformaciones. La Ilustración impulsaba una nueva forma de entender el mundo basada en la razón, la ciencia y el cuestionamiento de las tradiciones. Al mismo tiempo, las monarquías europeas buscaban fortalecer su control sobre sus territorios coloniales. En este contexto, la Compañía de Jesús se convirtió en un actor incómodo para la Corona Española. Su influencia intelectual, su red educativa y su relativa autonomía despertaron sospechas. En 1767, el rey Carlos III decretó la expulsión de los jesuitas de todos los dominios españoles. La medida tuvo consecuencias profundas. Miles de religiosos fueron obligados a abandonar América. Entre ellos, Clavijero, quien tuvo que dejar abruptamente la Nueva España para emprender un largo y difícil viaje hacia Europa. El exilio no solo significó una ruptura personal, sino también el inicio de una nueva etapa intelectual.

Clavijero se estableció finalmente en Bolonia, donde vivió hasta su muerte en 1787. A pesar de las limitaciones que enfrentaban los jesuitas exiliados, encontró en Europa un espacio para la reflexión y la escritura. Fue en este contexto donde surgió su obra más influyente: Historia antigua de México. Escrita entre 1770 y 1780, esta obra representó un esfuerzo sistemático por reconstruir el pasado prehispánico desde una perspectiva informada y crítica. La motivación de Clavijero no fue meramente académica. En Europa, circulaban teorías que describían a los pueblos americanos como inferiores, tanto física como intelectualmente. Filósofos como Cornelius de Pauw sostenían estas ideas sin haber pisado el continente. Frente a estas afirmaciones, Clavijero emprendió una defensa apasionada. Su obra buscaba “restituir la verdad” sobre América, desmontando prejuicios y reivindicando la complejidad cultural de las civilizaciones indígenas.

Historia antigua de México no fue simplemente un relato cronológico. Se trató de una investigación exhaustiva que abordó aspectos políticos, religiosos, sociales y culturales de los pueblos del Valle de Anáhuac. Clavijero analizó la organización social, las creencias religiosas, las formas de gobierno y las prácticas culturales de los pueblos indígenas, especialmente los mexicas. Además, incorporó una serie de “Disertaciones” en las que refutaba directamente las teorías europeas que denigraban a América. Este enfoque marcó un cambio significativo en la historiografía. Por primera vez, un autor novohispano utilizaba fuentes diversas —crónicas, testimonios, documentos— para construir una narrativa que reconocía la dignidad y complejidad de las culturas originarias. Su obra también tuvo un componente científico. Clavijero mostró interés por la geografía, la botánica y la economía de la Nueva España, como lo demuestra su ensayo sobre los productos que podían comerciarse en el virreinato. Otra de sus contribuciones relevantes fue Historia de la Antigua o Baja California, donde recopiló y sistematizó la experiencia de los misioneros jesuitas en la región. Esta obra constituye una fuente fundamental para el estudio de la península en el periodo colonial.

Uno de los aspectos más destacados del legado de Clavijero es su papel como precursor del indigenismo. En un contexto donde predominaban visiones eurocéntricas, su defensa de los pueblos indígenas resultó innovadora. Clavijero no solo reivindicó el pasado prehispánico, sino que también reconoció a los indígenas contemporáneos como herederos legítimos de esa grandeza. Esta idea, aparentemente simple, tenía implicaciones profundas en una sociedad colonial basada en jerarquías raciales. Su trabajo inspiró a otros intelectuales novohispanos, quienes continuaron desarrollando estudios sobre la historia y cultura de México. De esta manera, contribuyó a la formación de una tradición historiográfica que más tarde influiría en la construcción de la identidad nacional.

La obra de Clavijero tuvo un impacto significativo tanto en Europa como en América. Durante décadas, fue considerada una referencia obligada para el estudio de la historia de México. En Europa, ayudó a modificar la percepción sobre América, ofreciendo una visión más compleja y documentada. En América, sentó las bases para una revaloración del pasado indígena que sería retomada en el siglo XIX, durante los procesos de independencia. Sin embargo, su obra también ha sido objeto de críticas. Algunos historiadores consideran que su visión idealizada de los pueblos indígenas puede carecer de rigor en ciertos aspectos. Aun así, su importancia como pionero en la historiografía mexicana es ampliamente reconocida.

Clavijero fue, ante todo, un hombre de su tiempo. Su formación jesuita, su adhesión a los valores de la Ilustración y su identidad criolla se entrelazaron en su obra. Como sacerdote, su labor estuvo vinculada a la educación y la evangelización. Como intelectual, buscó comprender y explicar la realidad americana. Como criollo, desarrolló un sentido de pertenencia que lo llevó a definirse a sí mismo como mexicano, en un periodo en el que esta identidad apenas comenzaba a gestarse. Esta triple dimensión explica la riqueza y complejidad de su pensamiento. Clavijero no fue solo un historiador, sino también un mediador cultural entre América y Europa.

El legado de Francisco Xavier Clavijero trasciende su obra escrita. Su nombre ha sido dado a bibliotecas, jardines botánicos, instituciones educativas y espacios culturales en México. En 1970, sus restos fueron repatriados a México y depositados en la Rotonda de las Personas Ilustres, un reconocimiento simbólico a su importancia histórica. Hoy, su figura es objeto de estudios académicos que buscan comprender su papel en la construcción del pensamiento histórico y cultural de México. Su obra sigue siendo consultada por historiadores, antropólogos y filósofos interesados en el pasado prehispánico y la historiografía colonial. Conclusión: un intelectual en diálogo con su tiempo, la vida y obra de Francisco Xavier Clavijero no pueden entenderse sin el contexto que las produjo: un mundo en transformación, donde las ideas, los imperios y las identidades estaban en disputa. Su respuesta a ese mundo fue la escritura. Desde el exilio, construyó una narrativa que reivindicó la historia de México y cuestionó los prejuicios de su época. En ese gesto, sentó las bases de una tradición intelectual que sigue vigente. Más que un simple historiador, Clavijero fue un puente entre culturas, un defensor de la dignidad indígena y un precursor del pensamiento moderno en América. Su legado, lejos de ser un capítulo cerrado, continúa invitando a reflexionar sobre la historia, la identidad y la manera en que narramos nuestro pasado.

Referencias

Clavijero, F. X. (1974). Historia antigua de México. México: Editorial Porrúa.

Clavijero, F. X. (1917). Historia antigua de México (Vol. 1). México: Departamento Editorial de la Dirección General de Bellas Artes.

Clavijero, F. X. (1852). Historia de la Antigua o Baja California. México: Imprenta de Juan R. Navarro.

Clavijero, F. X. (2022). Historia antigua de México y de su conquista. Legare Street Press.

Clavijero, F. X. (1789/2000). Historia de la Antigua o Baja California (edición moderna). México: Editorial Porrúa.

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La construcción de la California Misionera: fantasía y realidad

Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Cuando la Compañía de Jesús, logró que se le concediera su ingreso a la California a través de la licencia expedida por el virrey José Sarmiento Valladares en el año de 1697, iniciaron con el reclutamiento de misioneros que quisiera venir a dar su vida en esta península a cambio de evangelizar a sus pobladores. Muchos de los que llegaron durante sus 70 años de estancia tenían diferentes visiones sobre esta tierra y su potencial, lo que nos hace pensar en que en algunas ocasiones construyeron una “geografía fantasiosa de la California”.

Juan María de Salvatierra, Píccolo y Ugarte, que fueron los primeros misioneros en arribar a la California, tuvieron los sabios consejos de Eusebio Francisco Kino, el cual por dos años había habitado esta península en la fracasada expedición del almirante Isidro Atondo y Antillón. Sus experiencias al recorrer cientos de leguas hacia diferentes puntos de la península les permitieron dibujar en su mente los paisajes que había descubierto, y al mismo tiempo, cuando llegaron a la California en 1697, y empezaron a  explorarla, a aceptar los escenarios que se les presentaban.

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Sin embargo, aún con lo anterior, muchos de los sacerdotes que llegaban a esta tierra, lo hacía “con un ánimo fresco, capaz de forjar espejismos en las mentes de aquellos pioneros” (La economía misional de Francisco Altable). Y es que la fe y la razón en muy pocas veces se ponen de acuerdo en la mente de los hombres. Todos estos sacerdotes habían sido forjados en colegios en donde se les hacía creer con todas sus fuerzas que el suplicio y el martirio por lograr prosperar la misión a la que se les enviara, era lo máximo a lo debían dirigir sus anhelos. Durante años escuchaban testimonios de misioneros que eran asesinados por grupos de indígenas, y que al regar con su sangre la tierra donde fueron enviados, era la antesala al ingreso a la gloria eterna. Su mente estaba entrenada para ver fértiles campos entre las espinas y cardones, y a saborear deliciosos platillos cuando apenas podían llevar a sus estómagos un pedazo de pan rancio y una sabandija cazada con miles de penurias.

Y es que sólo con tener personas con este tipo de entrenamiento, que fueran capaces de venir a pasar hambres, grandes sacrificios, soledades e incomprensión, sin recibir nada a cambio más que la promesa de una vida llena de felicidad después de su muerte, fue posible el que se conquistara la agreste California. Muchos de estos misioneros realizaron grandes recorridos por mar y tierra en toda la península con la esperanza de encontrar “el oculto edén” detrás de cada cerro, en la siguiente cueva o en la ensenada que se veía a lo lejos.

Un ejemplo claro de lo anterior lo leemos en la crónica que realizó el padre Ignacio María Nápoli en el año de 1721, cuando fue enviado para establecer la misión que posteriormente llevaría por nombre del Apóstol Santiago. El sacerdote mencionaba, que a su paso por las regiones australes de la California, había visto parajes en donde se podían sembrar cientos de almudes de maíz y trigo, y recoger cientos por uno de ellos que se sembrara, que los bosques y ríos que ahí se encontraban podían dar de comer a todos los habitantes no sólo de la península sino de la Nueva España. Es verdad que el padre realizó su viaje durante el mes de agosto, y en un año que particularmente había sido muy benéfico en precipitaciones pluviales, pero de ninguna manera se podía asemejar a los que el sacerdote Nápoli veía en su fantasiosa imaginación, y que registró en su informe.

De igual forma, el sacerdote Francisco María Piccolo, S. J., da cuenta en un informe titulado Informe Del Estado de la Nueva Cristiandad de California, el cual fue elaborado en 1702 y llevado a la ciudad de Guadalajara, en donde menciona los inmensos placeres perleros y la gran cantidad de recursos con los que se contaba en la California, por lo que solicitaba el apoyo de sus superiores de la Orden para continuar con su benéfica conquista espiritual. Lo cierto es que cuando Píccolo realiza este viaje, Salvatierra y Ugarte —que eran sus hermanos de orden que quedaron en la California—, estaban a punto de morir de hambre por no tener ya nada de provisiones para alimentarse, y se veían en la necesidad de acudir al monte, al igual que los soldados que los acompañaban, a recoger plantas y sabandijas como lo hacían los californios, para subsistir. Sin embargo en la correspondencia e informes que enviaban fuera de California, insistían en la presencia de grandes posibilidades para obtener alimento y hacer florecer el desierto.

“La fe religiosa” que demostraron la mayor parte de los misioneros, sobre todo la primer generación que llegó, encabezada por Salvatierra, Píccolo y Ugarte, fue pieza fundamental para el establecimiento y puesta en marcha del proyecto misional en estas tierras. Su “sincera religiosidad”, como quiera que este concepto se pueda interpretar por el Lector, permitió que decenas de acaudalados mecenas de la Ciudad de México y otros sitios de la Nueva España, accedieran a desembolsar grandes cantidades para seguir manteniendo y expandiendo las misiones en la California. Los sacerdotes jamás vieron su estancia en esta tierra como lo hacía un soldado o un explorador, los cuales acuden a estos lugares movidos por la codicia o por el precio de su paga, y que tras encontrar los primeros obstáculos o simplemente al acabarse el alimento y las remesas de dinero, de inmediato piensan en regresar y abandonar la misión. Fue por ello que después de la llegada de Hernán Cortés a la California, en 1535, se sucedieron varias decenas de exploraciones, las cuales acabaron en rotundos fracasos. Lo anterior se debió por el argumento que acabo de mencionar. Incluso, España llegó a tomar la decisión de considerar la península como “tierra inconquistable” y por lo mismo suspendió cualquier expedición hasta este destino durante muchos años.

Finalmente es importante mencionar que, si bien es cierto que los sacerdotes eran capaces de percibir la esterilidad del suelo peninsular cuando no había lluvias frecuentes, así como la resistencia permanente de los californios para seguir sus instrucciones y cambiar su forma de vida, se cuidaron muy bien de que estas situaciones no se vieran reflejados en sus informes. Todo lo contrario, pintaban un panorama prometedor, y a unos pobladores en un estado casi “edénico” y siempre dispuestos a cooperar con ellos, o por lo menos así lo escribían en sus informes en la primera veintena de años tras su llegada. No podían perder la confianza de las autoridades virreinales así como de los mecenas que les proporcionaban los recursos económicos para sostener sus misiones, por lo que debían de sostener sus visiones fantasiosas a como diera lugar. Un ejemplo delo anterior se percibe en una carta escrita por el sacerdote Juan María de Salvatierra en donde menciona que el pasto que se daba en Loreto “era de tal bondad que el poco ganado que tenía había engordado y que la tierra circundante se reconocía como buena para las actividades pecuarias”.

Hombres de fe y de decisiones, los misioneros jesuitas fueron la piedra fundamental que estableció las bases firmes de la colonización de la península de California. Bien haríamos los actuales habitantes en reconocer su benéfica y trascendental obra a través de monumentos, nombres de calles, títulos de bibliotecas y demás espacios para la cultura, las artes y la ciencia con nombres de todos estos misioneros que forjaron nuestro presente.

Bibliografía:

Historia General de Baja California Sur. I. La economía regional. Dení Trejo Barajas (Coordinación general). Edith González Cruz (Editora del volumen).

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Francisco María Nápoli SJ entra a la nación cora

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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

La Paz, Baja California Sur (BCS). En muchos trabajos como la milicia, la docencia en educación básica, las misiones culturales y unos pocos más, es común que a los que se inician en estas labores se les envíe a zonas precarias y los que ya han estado antes desean salir lo más pronto posible para acercarse a un lugar más poblado y con mayores posibilidades de progreso. Sin embargo, hubo un tiempo en que acudir a los sitios más apartados y peligrosos fue algo deseable por parte de un grupo de individuos, como lo fueron los misioneros de la Compañía de Jesús.

A partir del año de 1697, el sacerdote Salvatierra fundó la misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó en la California, el sitio más apartado y agreste de lo que en ese entonces era la Nueva España. El clima árido y extremoso de estas tierras hacía que la vida de sus habitantes nativos y de los colonos que llegaban a ella fuera un suplicio. Era común que se vivieran grandes hambrunas, así como epidemias que diezmaban no sólo a los californios, sino también a aquellos que se aventuraba a realizar sus labores en estas latitudes.

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Tarea permanente de los jesuitas fue el establecer una cadena de misiones que abarcara toda la península. En el año de 1721, se había reiniciado el establecimiento gracias a la llegada de más misioneros. Fue para el mes de marzo de este año que arribó a Loreto el sacerdote italiano Francisco María Nápoli, el cual de inmediato fue comisionado por el sacerdote Juan de Ugarte, que en ese entonces tenía bajo su responsabilidad la dirección de las misiones de California, para que estableciera una misión en un sitio que se denominaba La ensenada de las palmas y que estaba ubicado al sur de la misión de Nuestra Señora de La Paz Airapí.

De forma apresurada se le entregó bastimento, así como objetos que entregaría a los habitantes del sitio donde establecería la misión para granjearse sus favores y amistad, algo muy usual cuando se pretendía ingresar a un territorio inexplorado y/o establecer una misión. Para que fuera más rápido el traslado del padre Nápoli a la misión de La Paz, se decide que se le lleve en el barco con el que se contaba en Loreto, sin embargo, lejos estaba de ser una buena idea. Debido a que durante los meses en que se inició la empresa son comunes los temporales en el Golfo de California, tuvieron mal tiempo por lo que este periplo duró 14 días, en los cuales el mismo Nápoli sentía que iban a ser los últimos de su existencia.

Al llegar a La Paz fue recibido de forma por demás afectuosa por los catecúmenos que ya estaba en proceso de evangelización por el padre Jaime Bravo. Algo muy interesante que sucedió fue que el padre Nápoli al entrar al puerto traía en sus manos un crucifijo, y se acerca a uno de los guaycuras más viejos del lugar preguntándole que si quién era al que traía en sus brazos, este le respondió “que era un viejo a quien le habían traído muerto en esta tierra, y nosotros le habíamos dado un flechazo porque no quería coger venados”. Poco después el sacerdote reflexionaba sobre el enfado que esta gente tenía siempre con los hombres de lengua barba ya que los consideraban capaces de hacer “más hechicerías”.

Durante los cinco o seis días que permaneció el sacerdote Nápoli en La Paz, auxilió al padre Bravo bautizando a algunos niños. También pudo apreciar la forma en que los californios trataban el cuerpo de sus difuntos, a los cuales incineraban, y en caso de sepultarlos lo hacían “retorciéndolos”, a decir del padre. Dentro de las explicaciones que le dio el padre Bravo sobre la ubicación de la ensenada donde plantaría la misión, le informó que había tenido oportunidad de conocer este sitio en el año 1708, cuando partiendo del puerto de Matanchel hacia Loreto, fue “arrebatado” por una tormenta y varó el barco en esa ensenada. Durante las horas que estuvo en el sitio pudo constatar el carácter afable de los pericúes, los cuales les regalaron fruta, pescados y cueros, además de tratarlos con cordialidad. El mismo testimonio daban los buzos que habián llegado a este sitio.

El día 17 de agosto de 1721, parten por tierra los sacerdotes Bravo y Nápoli, una pequeña escolta de cuatro soldados encabezados por el capitán Esteban Rodríguez Lorenzo y un pequeño grupo de guaycuras fieles, mientras tanto en algunas canoas deciden enviar a la ensenada, la mayor parte del bastimento y regalos. Durante ocho largos días se internaron por diferentes rutas rumbo a su destino, pero por ser camino inexplorado en ocasiones deben regresar o avanzar muy poco. El padre Nápoli hace referencia que en dos ocasiones el capitán Rodríguez Lorenzo y su caballo se despeñaron y sólo por la “intervención de la sagrada madona” no perdió la vida.

Algo que se le ha criticado al padre Nápoli son sus descripciones “alegres y fantasiosas” que realizó de los sitios que conoció en la California. Un ejemplo de ello fue lo que dejó escrito en el informe de este viaje y que a continuación transcribo:

“Gracias al Señor que al remate de esta pobre tierra haya puesto lo que tiene. Primeramente, es tierra llana y fertilísima, que lo denota su apariencia misma. Tiene llanos espaciosísimos hasta el cabo de San Lucas, y desiertos de gente, llenos todos de bellísimas y amenas flores, muchísima arboleda grande y gorda para mucha tablasón, que se hallan en tierras calientes, [in]números y cuantiosos arroyos, ríos, valles muy grandes y buenos y sin dificultad para que dicha agua baje a dichas tierras, para que pueda fructificar bastantísima copia de maíz, trigo y cuanto se sembrara, que bastaría para abastecer toda esta pobre tierra de California en un paraje muy hermoso que tiene llanos muy grandes y valles sin monte ninguno, donde se halla muchísima arboleda grande que da mucha sombra, al cual le puse Santa Rosalía.

Es bastante para nutrir muchísimo ganado así mayor como menor, y otras bestias por el bastante pasto y hermosos aguajes. Lo mismo digo del otro más importante paraje, que le puse San Bernardo por haberse descubierto el día del santo, y tiene hermosísimos llanos, bosques de flores, mucha arboleda grande. Llueve en mayor cantidad que en otras partes, tiene pastos riquísimos para muchísimo ganado mayor, tierras húmedas de por sí, bastantes palmares, muchas aguas corrientes y cuatro sacas de ellas, y cuantiosas de importancia que corresponden a las tierras bajas y cercanas, y despegadas de montes y limpias de piedras, que tienen varios carrizales de cañas muy gordas, que son las primeras descubiertas y vistas en la desdichada tierra de California”. 

Pero bueno, como descargo puedo decir que a los ojos de estos hombres de fe, de estos valerosos y abnegados misioneros que venían a dar la vida por su obra misionera, cualquier matorral verde en estas latitudes, se les antojaría como el abeto más grande de un bosque europeo. Además, el padre Nápoli había emprendido su viaje en la temporada de mayor lluvia en nuestra península, por lo que no miente al decir que todo era verdor y que encontró una gran cantidad de arroyos de agua bebible.

Al final, el 25 de agosto, llegó la expedición de tierra a La ensenada de las palmas, la cual describe de la siguiente forma el padre Nápoli: “Que es muy grande, teniendo de punta a punta cerca [de] doce leguas, es muy amena, así por el espacioso mar, como por las muchas lagunas que tiene de agua muy buena y los muchísimos palmares que parecen [otros] tantos bosques”. De lo que ocurrió en los siguientes días de su llegada al sitio nos ocuparemos en un nuevo reportaje.

Bibliografía:

“Tres documentos sobre el descubrimiento y exploración de Baja California por Francisco María Píccolo, Juan de Ugarte y Guillermo Stratford”. Roberto Ramos (comp.).

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