La balandra El Triunfo de la Santa Cruz, una obra de ingeniería californiana

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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Cada vez que escudriñamos los textos jesuitas, nos sorprende encontrar datos de hazañas logradas de forma casi milagrosa. Las tierras californianas durante muchísimos años fueron la frontera más septentrional de la Nueva España y, por lo mismo, las más aisladas. Sus habitantes tuvieron que echar mano de su ingenio para adaptar la tecnología europea y construir edificaciones y maquinaria, pero con variantes surgidas de la austeridad en que se vivía y de la mente ágil y versátil de los sacerdotes jesuitas y sus ayudantes, los Californios.

Como ya se ha escrito en diferentes textos, el aprovisionamiento de los escasos asentamientos humanos coloniales que había en la península, por lo general alrededor de las Misiones Jesuitas, se daba a través de las rutas de los navíos adquiridos por los sacerdotes para que hicieran los viajes entre poblados como Matanchel, San Blas y otros puntos de las costas de Sonora, y que, una vez cargados de alimentos, herramientas y demás implementos necesarios, los trasladaban hacia el puerto de Loreto, en donde eran guardados en un almacén y posteriormente distribuidos entre las misiones.

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Como es de suponerse, cuando los barcos se encontraban averiados o había mal tiempo, la navegación se interrumpía y podían pasar varios meses antes de que se lograra restablecer. Lo anterior, ocasionaba graves trastornos a la vida de los poblados californianos, ya que la gente pasaba grandes hambrunas y penurias.

Fue en una de esas ocasiones, en que uno de los barcos con los que se contaba para realizar los viajes de transporte de alimentos y enseres necesarios para las misiones californianas se destruyó y no se contaba con recursos para adquirir otro, que un sacerdote creativo, instruido y fuerte que había llegado a las Misiones Californianas, decide emprender la titánica y descabellada empresa de construir un barco totalmente manufacturado y con maderas de esta tierra peninsular. Me refiero al sacerdote jesuita Juan de Ugarte.

En su obra póstuma, Historia de la antigua o Baja California, el sacerdote Francisco Javier Clavijero menciona que el propósito que animó a Ugarte para realizar la construcción de esta balandra fue doble. Por un lado, deseaba tener un navío que le permitiera viajar por mar a todos los puntos de las costas de la California y Sonora en donde hubiera grupos de gentiles y poder predicar la palabra de Dios y con ello alentar su evangelización. Además de lo anterior, deseaba cumplir con uno de los encargos que constantemente realizaban los virreyes de la Nueva España, que era el escudriñar las costas del pacífico californiano, en la búsqueda de un puerto donde pudiera atracar el Galeón de Manila y ofrecerles alimento, agua y descanso a los cansados viajeros, que regresaban de su largo viaje por aquellas tierras.

También en su libro Historia natural y crónica de la antigua California, el sacerdote Miguel del Barco hace una breve referencia a la construcción de esta embarcación, elogiando la entereza y fuerza del sacerdote Ugarte en donde acota que en cualquiera cosa que ponía la mano hacía más que cuatro hombres juntos pudieran.

Debido a diversas experiencias que habían tenido los jesuitas con los constructores de naves en Nueva Galicia y Matanchel, desconfiaban de ellos (los llamaban arteros bellacos), por lo que Ugarte decide contratar un Maestro Constructor y varios oficiales (amanuenses hábiles que trabajaban bajo la dirección de un Maestro principal), a los cuales trajo probablemente de Matanchel o San Blas.

Debido a la aridez de estas tierras y al tipo de vegetación de matorrales y arbustos, se consideró que no había madera pertinente para extraer tablones que sirvieran para fabricar el barco. Ese fue el primer obstáculo a salvar, puesto que el traer este tipo de madera de la contracosta, además de representar un gran gasto, significaba decenas de viajes.

Pero como dice el viejo refrán Dios aprieta pero no ahorca, la solución le vino de parte de sus neófitos de la Misión de San Francisco Javier Vigge Biaundó, los cuales le comentaron que, a unas 100 leguas de su misión, al noroeste de Loreto, existían una sierra a la que los españoles llamaban de Guadalupe y en la cual había profundas cañadas en las que crecían árboles grandes y resistentes, de los cuales fácilmente podría extraer estas maderas. Estos árboles eran conocidos como guéribos o guáribos.

De inmediato Ugarte, junto con el Maestro Constructor y un grupo de neófitos, se dirigieron hacia aquel sitio. Al llegar pudieron apreciar al fondo de las barrancas una gran cantidad de estos árboles, sin embargo, sería una tarea casi imposible el trasladarlos hacia las costas donde se encontraba la Misión de Mulegé, unas 30 leguas, que fue el punto seleccionado para la construcción de un astillero improvisado. Aún así, cuando el Maestro Constructor le manifestó descorazonado este grave inconveniente, el sacerdote Juan de Ugarte le dijo eso déjemelo a mí y de inmediato puso manos a la obra.

Por espacio de cuatro meses, el sacerdote Ugarte permaneció en aquel sitio y, haciendo equipo con sus neófitos y con una gran cantidad de integrantes de rancherías que existían cerca de aquel sitio, empezó a talar los árboles y llevarlos cuesta arriba para extraerlos de aquel sitio. Fue grande el cansancio, más de una vez el sacerdote tuvo que curar las heridas que se hacían los neófitos al cumplir el pesado trabajo, e incluso él mismo se hizo graves heridas en sus manos, sin embargo, su ánimo jamás desfalleció. Era el primero que se presentaba a realizar las tareas del día, el que más trabajaba y el último que se retiraba a descansar. Mientras los neófitos cortaban los guéribos y les quitaban ramas y follaje, él dirigía a cuadrillas de neófitos para que hicieran un camino por donde pudieran trasladarse los troncones, jalados por mulas y bueyes, hacia la misión de Mulegé.

Es importante mencionar que la clavazón y demás partes metálicas necesarias en este tipo de embarcaciones, fueron compradas en Matanchel y transportadas hasta la California bajo la supervisión del Maestro Constructor que había contratado el sacerdote Ugarte.

Los afanes que vivía diariamente el sacerdote Ugarte, tanto en la tala de los guéribos como en su traslado hacia la misión de Santa Rosalía de Mulegé, serían una titánica tarea que dejaría exhausto a cualquier ser humano y que le consumiría todo el tiempo de la jornada diaria, sin embargo, nadie sabe de dónde sacaba la fuerza y el tiempo para también dedicarse a la conversión de los gentiles de las rancherías cercanas, de los cuales hizo una gran cantidad, que con el tiempo se trasladaron hacia las Misiones de San Ignacio Kadakaaman y Santa Rosalía de Mulegé.

El sacerdote Ugarte era un hombre con un gran sentido de previsión y un amplio conocedor de la índole humana, por lo que, sabiendo que los constructores del barco, todos ellos venidos de otras partes de la Nueva España, rápidamente se cansarían de vivir en estos sitios tan inhóspitos y desertarían, decidió, además de pagarles rigurosamente el salario convenido, en proveerlos de la mejor carne de res que pudiera tener en su Misión de San Francisco Javier y, además de ello, diariamente les entregaba raciones prudentes del buen vino que se producía en California, con lo cual logró mantenerlos interesados en el trabajo hasta su conclusión.

Finalmente el 14 de septiembre de 1719, la balandra estuvo concluida y fue botada al mar para pasar la prueba de fuego y ver si todos los grandes afanes y cansancios padecidos, había valido la pena. Y no hubo decepción, la balandra flotó tal y como se esperaba; a partir de ese día, fue uno de los barcos que más utilidad proporcionó a las misiones jesuitas.

El sacerdote Miguel del Barco, describe lo siguiente de esta nave: “en opinión de todos los inteligentes era el buque más bello, mas fuerte y más bien hecho de cuantos hasta entonces se habían visto en el golfo de la California”. El nombre que le fue impuesto por Juan de Ugarte en el momento de ser bendecida para que tuviera una larga y útil vida fue El Triunfo de la Santa Cruz.

En esta balandra se transportaron Juan de Ugarte y Jaime Bravo, cuando vinieron a buscar un punto en la bahía de La Paz para fundar la Misión del lugar, y fue en este mismo bajel que hicieron su último viaje los jesuitas que en el año de 1768 fueron expulsados de la California por orden del Rey de España.

Nada se sabe del fin que tuvo esta balandra, lo que sí se puede decir es que por lo menos tuvo una vida útil de 50 años, lo cual se conoce por las referencias en los escritos de los sacerdotes Jesuitas hasta el año de 1768.

Hermosas epopeyas se pueden rescatar de los escritos misionales, tesoros que nos llenan de nostalgia y ensoñación, y que nos narran la valentía, el arrojo y sobre todo la entereza que tuvieron aquellos hombres, naturales de la California y colonos extranjeros, que sembraron con su sudor, su sangre y su valentía, estas tierras que hoy conforman nuestra entrañable sudcalifornia.

 

Bibliografía:

Historia natural y crónica de la antigua california – Miguel del Barco

Historia de la antigua ó baja california – Francisco Javier Clavijero

Noticias de la península americana de california – Juan Jacobo Baegert

Noticia de la california y de su conquista temporal y espiritual hasta el tiempo presente tomo 1-3 – Miguel Venegas

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William Walker, un yankee sin futuro en la imponente California

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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS).  Baja California Sur siempre ha sido una tierra codiciada. En la época colonial, por considerar que existían ricas ciudades donde sus casas estaban construidas de oro y piedras preciosas, además de haber, en sus costas, grandes placeres perleros; posteriormente en el siglo XIX y XX, por ser un punto geoestratégico muy importante para el dominio del Océano Pacífico y los países cercanos. El deseo de conquista de nuestras tierras por parte del gobierno imperialista de los Estados Unidos de América, quedó demostrado con una especie de invasión que pretendió el filibustero William Walker, pero que fue frustrado principalmente por el valor californiano, sin el apoyo del Gobierno Federal, sino solamente con la fuerza y la sangre de los honorables hijos e hijas de este brazo de la Patria.

A mediados del siglo XIX, en Estados Unidos existía una efervescencia en cuanto a las doctrinas expansionistas que promovían diferentes grupos de poder dentro del gobierno. Entre ellas, la más sobresaliente era la doctrina del Destino Manifiesto. Tal ideología, expresaba que el país se expandiera sobre los territorios no conquistados de Norteamérica y, en general, sobre el hemisferio occidental. De acuerdo con este ideario, no bastaba la ocupación de territorios extranjeros como Texas o California, también era justificable conquistar países como Canadá, México, Cuba o los de Centroamérica. Cualquier medio era justificado para alcanzar este objetivo, desde la adquisición por compra, hasta la vía militar.

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Esta doctrina no estaba exenta de racismo, pues consideraba que los habitantes estadounidenses eran superiores a los mestizos de los países vecinos ubicados al sur de la frontera, por lo que debían ser regenerados. Sin embargo, la idea del Destino Manifiesto no era interpretada de igual manera por todos, pues algunos intelectuales del norte del país opinaban que lo mejor era expandir los ideales de democracia y libertad; distinto a los ideólogos de los estados del sur, quienes defendían el objetivo de expandir su territorio junto a la institución de la esclavitud, pues los propios ciudadanos estadounidenses no serían suficientes.

Fue en este período que aparecieron los llamados filibusteros, entre los años 1840 a 1860. Estos sujetos, organizaron cuerpos militares privados, que provocaban guerras no autorizadas (o por lo menos, no autorizadas explícitamente o reconocidas por el gobierno de Estados Unidos, pero sí alentadas por su indolencia al castigar a los culpables de la misma), y emprendían campañas contra territorios normalmente en estado de paz con Estados Unidos. Este fue el tipo de filibustero en el que encaja perfectamente el perfil de William Walker.

William Walker, médico, abogado, periodista y político estadounidense, desde muy joven demostró mucha propensión hacia los estudios, logrando un desempeño sobresaliente. Debido a la posición acomodada que gozaba su familia, viajó a diferentes países de Europa en donde se afianzaron sus ideas políticas imperialistas y propensas al esclavismo.

Su inicio en la campaña filibustera, que lo trae a colación con la Baja California, fue cuando, el 16 de octubre de 1853, apenas 5 años después de finalizada la ignominiosa guerra de invasión de Estados Unidos de América contra México, y en donde nuestro a nuestro país le es arrebatada más de la mitad de su territorio, se embarcó en el puerto de San Francisco hacia México con un grupo de medio centenar de reclutas, la mayoría de ellos vagabundos y borrachos que habitaban los muelles californianos, con la intención de invadir en un principio el estado de Sonora, sin embargo, haciendo una evaluación más sistemática de sus posibilidades de triunfo, se dio cuenta que no fue bien recibido en aquellos lugares cuando, meses antes, hizo una pequeña incursión en el puerto de Guaymas, por lo que se decidió por invadir la Baja California, ya que era un territorio escasamente defendido por el gobierno mexicano, y en donde algunos sectores sociales se manifestaban a favor de unirse a los Estados Unidos. Zarpó rápidamente a bordo del barco Caroline, con pertrechos militares, ignorando la ley de neutralidad de su país. También sumó a su aventura una goleta llamada Arrow.

Su primera operación fue realizada en la localidad de Cabo San Lucas, a donde llegó el 28 de octubre de 1853. Al darse cuenta que el jefe militar y la sede del Gobierno de este territorio estaba en el puerto de La Paz, decide trasladarse a este sitio, al cual llega en su barco Caroline el 3 de noviembre. Antes de llegar al puerto, decide utilizar una estratagema chapucera y totalmente en contra del honor y valor naval, iza en el pabellón más alto del barco una bandera mexicana, a efecto de engañar a las autoridades y que creyeran que era un barco de nuestro país. Al franqueársele la entrada, de inmediato ordenó a su tropa desembarcar y tomar prisionera al Jefe Político Rafael Espinoza.

Al finalizar esta acción, izó una bandera con dos franjas rojas y dos estrellas, emblemas de los estados de Baja California y Sonora, los cuales, en su calenturienta y afectada mente, ya los hacía parte de su supuesta República. En ese acto, proclamó que Baja California era libre, soberana e independiente. Después de una victoria sobre un pequeño contingente mexicano, la opinión a favor de la expedición creció en los Estados Unidos, y nuevos refuerzos partieron de aquel país en el bergantín Anita, con 230 aventureros. El primer acto de Gobierno que celebró Walker, fue una junta, en la cual sus hombres lo eligieron presidente de la nueva República; ahí mismo, el filibustero determinó quiénes conformarían su gabinete y realizó el decreto en donde “el código constitucional por el que se regiría su República sería el del estado de Luisiana, que aceptaba la esclavitud y abolió todos los derechos aduanales sobre la importación y exportación de mercancías”.

El día 5 de noviembre, avistaron en las cercanías del puerto de La Paz un barco y, ante el temor de que fuera una expedición militar mexicana de liberación del puerto capturado, se embarcaron de inmediato llevándose al barco Caroline al jefe político Rafael Espinoza, así como la totalidad de los archivos del Territorio. Sin embargo, pronto se percataron que el barco era civil y que llevaba entre sus pasajeros a Juan Clímaco Rebolledo, el cual sustituiría en su puesto al anterior jefe político del territorio. Capturó el barco y tomó a ambos políticos como prisioneros. En el transcurso del día, las fuerzas de Walker no pudieron hacerse a la mar debido a que no había viento favorable.

Mientras tanto, los ciudadanos del puerto se habían organizado en guerrilla y ofrecieron férreos combates para tratar de sacudirse la presencia de estos invasores filibusteros. Se mencionan los siguientes nombres entre algunos de los bravos defensores del puerto: Manuel Pineda, Jesús Urbano, Susano Rosas, Salvador Calderón y Félix Gibert.

Ante esta nueva e inesperada situación, y por el temor de que el Gobierno Nacional enviara a algún barco a liberar el puerto, el día siguiente, 6 de noviembre, William Walker parte en su barco con la intención de trasladar su ridículo gobierno al puerto de Cabo de San Lucas, sin embargo, es alertado de que en varios lugares del sur del territorio ya se habían armado contingentes y que estaban listos a luchar contra ellos. Es entonces que decide retirarse en franca huida hacia el puerto de Ensenada. Con el paso de los días y ante la falta de un Jefe Político que coordinara las acciones de defensa del territorio sur de la Baja California, es electo por representantes ciudadanos, en el poblado de San Antonio, el ganadero Antonio Navarro. Posteriormente, Rebolledo y Espinoza logran fugarse del cautiverio y regresan a esta ciudad de La Paz. Es hasta el mes de marzo de 1854, que el Gobierno Federal envía un barco con 600 soldados y un nuevo jefe político para dar salvataje a los pobladores de estas tierras. El nuevo jefe político que llegó a estas tierras fue José María Blancarte.

Es en este momento en que se pone punto final a la operación filibustera de William Walker en tierra sudcaliforniana, sin embargo, para no dejar en la expectativa a los lectores les haré referencia el final que tuvo esta aventura punitiva. Al llegar al puerto de Ensenada de Todos los Santos (que era el nombre con el que se conocía a este sitio del Norte de la Baja California, del cual sólo sobrevivió hasta nuestros días la primera palabra), las tropas de Walker se dedicaron al bandidaje y saqueo.

Los lugareños, hartos de tantas vejaciones, se organizan bajo las órdenes de Antonio María Meléndrez, y arrojan a esta pandilla de malvivientes hacia el territorio de Sonora. Durante su huida por el desierto, sufren una gran cantidad de muertes a manos de los indios Yakis y, al final, Walker y los pocos sobrevivientes hambrientos, desmoralizados y casi desnudos, deciden huir de manera vergonzosa hacia su país, en donde son sometidos a una farsa de juicio, siendo absueltos de cualquier delito o responsabilidad económica por haber realizado la invasión filibustera a el territorio Mexicano.

Como nos hemos podido dar cuenta, no sólo los piratas son aquellos tipos temerarios y violentos que cometen robos y saqueos, por el simple hecho de sostener un estilo de vida libre de ataduras y escapando de la moralidad y los convencionalismos sociales. En el caso de este filibustero, William Walker, demostró que también pueden ser personas de orígenes aristocráticos y con ambiciones políticas y de estadista. Lamentablemente, en casi todos estos casos, terminan frente a un paredón de fusilamiento (como fue el caso de Walker, en la ciudad de Trujillo, Nicaragua, un 12 de septiembre de de 1860), cubiertos por el olvido.

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Los conflictos entre los Californios y los sacerdotes Dominicos

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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Después de la expulsión de los sacerdotes jesuitas  de nuestras tierras en el año de 1768, llegaron a hacerse cargo de las Misiones los sacerdotes de la orden de los Franciscanos, los cuales sólo permanecieron por un lustro (1768-1773) ya que tuvieron que partir a iniciar la apertura de Misiones en la parte más septentrional de la California.

Por tal motivo se inicia la era de la presencia Dominica (también conocida como Orden de Los Predicadores) en las Misiones que aún sobrevivían en la península Californiana, la cual se extendió desde 1773 hasta mediados del siglo XIX. Sin embargo, y a pesar de la casi extinción de los grupos indígenas en la California ancestral, sus pocos descendientes no estuvieron ajenos a conflictos con los nuevos sacerdotes.

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Durante su estancia en la California, los Dominicos fundaron las Misiones de El Rosario (en Viñadaco, en el año de 1774) y de Santo Domingo (El Rosario, en 1775). La época en que los sacerdotes eran quienes gobernaban sobre la península había llegado a su fin y, durante su periodo, los gobernadores designados por el Virrey, hicieron sentir su predominio y dejaron claro que los religiosos únicamente tenían predominio en funciones propias del culto, pero la dirigencia política, militar y judicial estaba en otras manos.

Los gobernadores Gaspar de Portolá, Felipe Barri y Felipe de Neve, empezaron a organizar las diferentes instancias de gobierno y hacienda, y como una medida urgente, se trasladó la capital de las Californias a la Misión de Monterrey, en la Nueva o Alta California, dejando a la Misión de Loreto encargada como una subregencia de la parte austral de la península.

Poco después de la llegada de los Dominicos a las Misiones de la California, se dio un episodio en donde se descubrió una conjura para asesinar al sacerdote de San Borja, el cual sólo figura en los registros como José. Se tuvo conocimiento de este complot entre los indígenas por que el sacerdote Domingo Ginés fue advertido por algunos de los indígenas conversos del hecho que se pretendía realizar, y en el cual participarían habitantes de las rancherías de San Ignacio, Los Angeles y San Fernando.

Al ser interrogados varios indígenas sobre los motivos que tenían para cometer tan atroz acto ellos dijeron: “El capitán indígena Lamberto, de la ranchería de Los Angeles, declaró: «que en el paraje a donde se juntan a prevenir la leña, el día que llegan a la Misión dijo a dicho Ubaldo: vosotros capitanes van contentos a la misión, yo voy triste y enojado porque el Padre siempre castiga a la gente. Que Damián, de la casa, en dos ocasiones que el Padre castigó a las mujeres, gritó recio: cojan ese Padre en(tre) todos y mátenlo. Que en otra ocasión fue dicho Damián a su casa y le dijo: a ese Padre lo podían matar, qué hacen que no lo matan. Que este mismo, cuando andaba de cimarrón, llegó a su ranchería y le dijo: yo quisiere hacer lo mismo con el Padre que (él) hace con nosotros, y lo quisiera matar. A Luis, el gobernador, le oyó decir cuando estaban sembrando maíz: el Padre me quiere pegar, y también le pegaré y lo mataré. Que un sábado que venía a la misión, lo fue a buscar Bernardo, el gamusero, y le dijo: el Padre me pegó por un cuero, si yo le pegara, qué hiciera el Padre. Que le oyó decir a Adán: yo, cuando era gentil, mataba; ahora soy cristiano, no puedo hacer eso con los Padres, aunque me quitaron de mi tierra…»”.

El resto de los acusados coincidieron en la causa que los movió a planear matar al Padre: sus constantes y excesivos castigos. “José Villalobos, otro de los indios inculpados, declaró que acordaron matarlo en cuanto llegase la ranchería de Los Angeles, en la luna nueva; y preguntando por qué los castigaba el Padre, afirmó que por cimarrones, por desobedientes, por ladrones, por flojos en el trabajo y por las mujeres.” Un tal Salvador declaró que “los de la casa, es decir, los que vivían regularmente en la Misión, empezaron primero por hacer burlas al Padre, pero más tarde los de afuera idearon el matarlo”.

Al final, el hilo se rompió por lo más delgado. Se decidió que el Padre simplemente estaba aplicando medidas correctivas para tratar de enderezar el mal camino que estaban tomando los indios conversos, y que simplemente su celo por el deber se había excedido un poco y que esto contrastaba con el relajamiento en que habían caído los sacerdotes anteriores en estos sitios. Los indígenas inmersos en esta revuelta fueron castigados de la siguiente manera: “A Salvador, con su mujer y su hijo Antonino; Luis, su mujer Guadalupe, su hijo Vicente; Damián, su mujer Constanza y su hija María Ignacia, son, en castigo de sus delitos, destinados a la Misión de Todos Santos y, con atención a una carta del reverendo padre fray José Salcedo, en que me significa la necesidad de gente en aquella Misión. Los hijos se advierten que son de pecho niños. Villalobos es detenido en este presidio por soltero, experiencia que hay de que suelen huirse y dificultad que allí tendrán de mujer con quién casarse.

Los trabajos forzados y el destierro eran las armas principales para sofocar estas rebeliones.

Como se puede apreciar, los indígenas Californios aún se resistían a doblegarse ante la aculturación de la que eran objeto, sin embargo, poco o nada pudieron hacer contra las armas y fuerza de los colonos, los cuales poco a poco los sobrepasaron en número hasta lograr la total extinción de estos grupos de nativos Californios.

 

Bibliografía:

La religión ofendida. Resistencia y rebeliones indígenas en la baja California Colonial – Salvador BERNABEU ALBERT

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Los Jesuitas expulsos. Un día triste para la California.

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Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Los Jesuitas fue la orden religiosa comisionada por el Imperio Español para la conquista de las regiones del Noroeste Novohispano. A través de una documento firmado por el Virrey José Sarmiento y Valladares el 6 de febrero de 1697, se autoriza a los Ignacianos para que pasen el Mar Bermejo y establezcan un asentamiento permanente en la, hasta ese momento, inexpugnable California. Fue así como 8 meses después, Juan María de Salvatierra  tras un peligroso viaje funda el pueblo de Loreto en estas tierras peninsulares. Durante casi 70 años permanecerían en este rincón abandonado de la Nueva España, hasta que fueron ignominiosamente expulsados no solamente de este sitio, sino de todas las posesiones españolas. Aquí describiremos brevemente los hechos acontecidos desde las últimas horas que estuvieron en el puerto de Loreto antes de partir para siempre de esta tierra a la que tanto habían dado y, hasta llegar a su destino final, España.

El día 3 de febrero de 1768 todos los sacerdotes jesuitas que se encontraban en estas tierras de la California, quince en total, habían sido reunidos en el puerto de Loreto. En la mañana se le permitió al sacerdote Jorge Retz que celebrara una misa para pedir la protección de los peligros que cursarían en el viaje que se emprendería, pero también para encomendar a todos los conversos que quedaban en estas tierras. El encargado de dar la prédica en la misa fue el sacerdote Juan Diez, mexicano. El resto del día se dedicaron a preparar las pocas cosas que les permitieron llevar como parte de su equipaje y a consolar a los catecúmenos que se acercaban a ellos.

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El gobernador Gaspar de Portolá ideó el plan de embarcar a los sacerdotes por la noche, con el fin de  evitar aglomeraciones, y que en un momento dado los catecúmenos planearan liberarlos, sin embargo esto fue en vano. En cuanto los sacerdotes pusieron un pie fuera de la habitación donde estaban confinados, la multitud, integrada por naturales y los mismos españoles que habitaban el lugar, se abalanzaron hacia ellos abrazándolos, besándolos e incluso muchos de ellos se arrodillaban y ponían sus brazos en cruz clamando porque les fueran perdonados sus pecados. Los menos, entre lágrimas los abrazaban y les deseaban un buen viaje. Era un espectáculo lastimero y conmovedor. Se dice que incluso el mismo gobernador Portolá al ver estas muestras de afecto sincero no pudo contener las lágrimas. A pesar de que había sido comisionado por el Marqués José de Gálvez para actuar con dureza en contra de los jesuitas, no sólo no obedeció estas órdenes sino que los trató de la mejor manera posible, prohibiendo a sus soldados hacer cualquier acto de crueldad o falta de respeto contra los clérigos. Los proveyó generosamente de todo lo que necesitarían durante el largo y pesado viaje hasta el puerto de Veracruz en donde serían embarcados rumbo al destierro.

Se dice que durante el camino hacia la playa se escuchó decir a uno de los sacerdotes la siguiente frase: “¡Adiós, pues, querida California!, ¡adiós, queridísimos indios! No nos separamos de vosotros voluntariamente, sino por decisión superior. Aunque físicamente estemos distantes, sin embargo os llevamos impresos dentro de nuestros corazones y ni el paso del tiempo, ni el olvido, ni incluso la misma muerte podrán nunca borraros. Dejad de llorar y de lamentaros; no sirve para nada. No estéis tristes por nosotros, pues marchamos alegres, porque hemos sido considerados dignos de sufrir persecución en el nombre de Jesús. Os hemos ayudado todo lo que nos permitió la divina Providencia y os hemos conducido al camino de la vida eterna”. Otros sacerdotes no dejaban de rezar las Letanías a la Virgen de Loreto hasta que, ya cerca de la media noche, fueron embarcados esperando el alba para partir del lugar.

 

A la mañana siguiente, el 4 de febrero, el mar se mantuvo en calma y debido a la ausencia de viento la nave tuvo que permanecer estacionada frente al puerto en espera de partir. Afortunadamente para los hacinados Jesuitas, el día 5 de febrero sopló un viento muy fuerte, por lo que por fin pudieron partir hacia el puerto de Matanchel al cual llegaron en 4 días. Una vez que atracaron y después de haber tomado sus alimentos, se acercó una barca con algunos soldados los cuales tenían órdenes de sustituir a la tripulación que condujo el barco hasta ese punto, tal vez por temor a que, coludidos con los padres, les permitieran huir, y posteriormente los llevaron al puerto de San Blas. En este sitio pasaron la noche, a la intemperie y sufriendo la plaga de zancudos, escorpiones y las temibles niguas que tanto daño causaban a los habitantes del paraje. En este sitio permanecieron por 4 días.

Prosiguieron su viaje hacia la ciudad de Tepic. En el trayecto, la mayoría de los sacerdotes se enfermaron de infecciones en el estómago. Durante el día sufrían de largas jornadas de caminata en donde sólo se les ofrecía un poco de agua y al anochecer una comida mal preparada e insípida. Se les prohibía conversar con las personas con las que se toparan y, en general, sufrieron muchas ofensas y maltratos de parte de los soldados que los conducían.

Posteriormente prosiguieron su marcha a Guadalajara, sin embargo no se les permitió entrar a este sitio, sino que se les hospedó en una finca cercana a ella. En ese sitio estuvieron por 4 días. Antes de partir del lugar celebraron una misa y la dedicaron a Nuestra Señora de Guadalupe. Al finalizar partieron hacia la ciudad de México.

Pasaron por el poblado de Guanajuato, en donde descansaron por espacio de tres días. Después emprendieron la marcha hacia la capital del virreinato, sin embargo no se les dejó ingresar sino que se les desvió hacia el pueblo de Cuautitlán, en donde estuvieron por 4 días recuperándose de enfermedades y del cansancio. Fue entonces cuando llegaron varias carretas y se permitió que el resto del viaje, hasta la ciudad de Veracruz, se realizara en este medio de transporte. Finalmente el 25 de marzo llegaron al lugar tan esperado. Habían transcurrido 44 días de espantoso viaje en donde todos habían enfermado, incluso varios de ellos de gravedad, pero afortunadamente y pese a los malos tratos y sufrimiento que les dieron sus celadores, lograron llegar vivos a este nuevo sitio.

En la ciudad de Veracruz fueron hospedados en el convento de los Franciscanos. Los sacerdotes fueron divididos en grupos y recluidos en celdas. Se hizo una revisión de sus equipajes para verificar que no guardaran objetos de valor o dinero y les fueron confiscados varios libros y documentos, incluso aquellos que en un principio se les había permitido llevar con ellos. El día 13 de abril fueron conducidos a la costa para embarcarlos hacia el puerto de la Habana en la isla de Cuba.

El barco que los llevó hacia esta isla se llamaba Santa Ana, una vez que llegaron a Cuba fue sometido a revisión y se encontró que se encontraba podrido de la quilla, por lo que se consideró como un milagro que no hubieran naufragado en la travesía. Durante el viaje se les dio de beber agua sucia y pestilente, así como pan y carne con gusanos. Fue todo un calvario el que sufrieron en el trayecto.

El día 5 de mayo llegaron al puerto de la Habana donde fueron recibidos por el gobernador Francisco Antonio Bucareli y Ursúa. Posteriormente, todos los sacerdotes fueron conducidos a la Hacienda Virgen del Rey, en donde se les dividió en varias celdas. Durante los días que permanecieron en el sitio fueron sometidos a un control riguroso, de tal forma que se les impedía estar más de dos de ellos en un espacio, y cuando algún sirviente les llevaba comida o agua, era obligado a desnudarse para que los soldados verificaran que no llevaba mensajes ocultos entre su ropa. Se les sometió a una nueva inspección de sus pertenencias en donde fueron despojados de más de ellas. Finalmente el día 19 de mayo se les embarcó en el barco San Joaquín rumbo a España.

Durante este último trayecto sufrieron un intento de ataque pirata, por lo que los tripulantes de la nave tuvieron que entregarles armas y colocarlos en diversos puntos de la cubierta, con el fin de que ante un eventual ataque pudieran defenderse, ya que de ser capturados su fin sería el mercado de esclavos en África. Afortunadamente, tras unas pocas horas los piratas los dejaron en paz sin atreverse a atacarlos. Al revisar las armas, los sacerdotes encontraron que de poco o nada hubieran servido, ya que estaban totalmente oxidadas e inservibles. Finalmente el día 8 de julio de 1768 atracó el barco en el puerto de Cádiz.

Esta terrible peregrinación finalizó cuando los sacerdotes jesuitas fueron distribuidos en diferentes Casas y Conventos, de acuerdo a su nacionalidad. Lo que ocurrió con ellos durante su estancia en España es digno de un nuevo relato, así como el derrotero que siguieron muchos de ellos al regresar, algunos, a sus lugares de origen, y otros a vivir eternamente exiliados en lugares que no conocían, como fue el caso de los Jesuitas Americanos.

Los Jesuitas cumplieron con su misión en la California de forma sobresaliente. Se puede analizar su influjo y su obra desde diversas ópticas, pero lo cierto es que no merecían un fin tan triste y humillante como el que les deparó la Corona Española. Justo es ahora que recordemos sus buenas obras y aquilatemos en su justa dimensión aquel sueño largamente acariciado por ellos, en esta tierra a la cual regaron con sus lágrimas y su sangre.

 

Bibliografía:

Expulsados del infierno. El exilio de los misioneros jesuitas de la península californiana (1767-1768) – Salvador Bernabéu Albert

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Los Californios: ingeniosos, hábiles y respetuosos con la naturaleza

FOTO: Internet.

Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). El pasado 9 de agosto se conmemoró el Día Internacional de los Pueblos Indígenas y este año ha sido dedicado a las lenguas indígenas. Si bien es cierto que desde hace más de 100 años desaparecieron los últimos integrantes de los grupos indígenas nativos de esta parte de la Baja California, es importante rememorarlos en este día y hacerles una justa reivindicación.

A la llegada de los primeros colonos europeos a la California, desde el año de 1533 con la desafortunada expedición comandada por el amotinado Fortún Jiménez, ya se daba cuenta de algunas características de los pobladores nativos de estas tierras. Los exploradores que siguieron llegando durante todo el siglo XVI y XVII se expresaban de ellos como hábiles buceadores, de cuerpos fornidos y proporcionados. Los hombres andaban desnudos y sólo las mujeres tejían unas pequeñas faldillas, que cubrían la parte baja de su cuerpo. Vivían en comunidades pequeñas, algunos en las playas consumiendo por lo general peces y moluscos, y otros grupos vivían en las tierras del interior vagando y consumiendo plantas y animales propios de aquellas regiones.

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Estos individuos poseían lenguas que se diferenciaban de acuerdo a la región que habitaban. No se pudo distinguir si tenían reyes, pero sí se pudo apreciar que eran gobernados ocasionalmente por hombres o mujeres que se distinguían por su valor e inteligencia; a veces esta responsabilidad recaía en el hechicero de la ranchería. Sus armas consistían en pequeños raspadores de piedra, flechas y arcos y algunas lanzas con puntas de pedernal.

Con la instauración de la Misión de San Bruno en 1685 y posteriormente el Real Presidio de Loreto en 1697, dio inicio la colonización formal de estas tierras, algo que hasta ese momento se antojaba imposible puesto que, a pesar de muchos intentos que realizó la Corona Española por crear establecimientos fijos en la península, no se había podido lograr pese al gasto de miles de pesos oro. Lo anterior debido en gran medida a la esterilidad de la tierra, la dificultad de conseguir fuentes de agua, pero principalmente a que los hombres que hacían estas expediciones no poseían ni la fe ni la motivación requerida. Unos años antes de acabar el siglo XVII se concretó esta empresa e inició un largo proceso, por medio del cual se fueron conociendo las verdades y mentiras sobre esta península y creado un asiento para la conquista.

Lo que hasta ahora sabemos de las costumbres, la lengua, la ciencia y la forma de vida de los antiguos pobladores de la California, lo conocemos principalmente de las fuentes escritas que nos legares los sacerdotes jesuitas. Estos religiosos tenían la obligación de reseñar por escrito, cada 3 o 4 meses, lo que ocurría en sus misiones y enviarlo al sacerdote encargado de las Misiones de ese territorio, este a su vez adjuntaba su propio informe y lo remitía a la sede central de los Jesuitas en la Ciudad de México, en donde se analizaba y dictaban las acciones a llevar a cabo, o bien, se creaban libros para dar a conocer lo que ocurría en estos sitios al rey y a todos los interesados del resto del mundo. Como podemos darnos cuenta lo que se sabía de la California era a través de la pluma de los sacerdotes Jesuitas.

Los Ignacianos llegaron a esta región de la California con la misión de convertir a la fe católica a todos los naturales y crear, en este espacio geográfico, una civilización basada en los ideales paleocristianos y favorables a la Corona Española. Es por consiguiente que mucho de lo que se escribía sobre los naturales era a conveniencia de su proyecto. Debían de pintarlos como salvajes, tontos, bestiales, lujuriosos, escasos de inteligencia y apenas distinguibles de las bestias, lo anterior con el propósito de justificar que permanecieran bajo su tutela, e incluso el que por 70 años garantizaran el gobierno de su orden por encima del mismo virrey. De hecho, California fue un régimen de excepción que no se vivió en  ninguna otra parte del Virreinato de la Nueva España.

Es por todo lo  anterior que los textos que se escribieron por los religiosos de esa orden, y que llegaron hasta nuestros días, deben ser analizados con sus reservas y cuestionar en todo momento la veracidad de lo que suscriben, ya que en gran medida eran censurados para definir un tipo específico de indígena, necesitado de la mano civilizadora de los religiosos.

 

Lo que podemos decir a favor de la imagen del natural de las Californias es que eran hábiles e ingeniosos. Cualquiera de nosotros que haya tenido la oportunidad de vagar por un día entero a través del monte peninsular, podrá darse cuenta de su aridez y la gran dificultad para conseguir agua y alimentos. Es aquí donde podemos resignificar la agudeza de la inteligencia de los Californios, puesto que en las temporadas de mayor sequía lograban conseguir alimentos. En los lugares más escarpados y estériles podían buscar fuentes de agua y sobrevivir por decenas de años, algo que los civilizados colonos como Cortés, Vizcaíno o Atondo y Antillón no lograron realizar, a pesar de haber cursado estudios en las mejores universidades de aquellos años.

Su capacidad de observación y el poder obtener conclusiones era tan avanzada que se cuenta que “en una ocasión estaban unos Cochimíes comiendo unos pescados, cuando se retiraban del sitio llegaron unos españoles y se abalanzaron sobre lo que había quedado de los pescados. De inmediato uno de los indígenas les dijo que si comían de lo que había quedado iban a envenenarse. Hicieron caso omiso y comieron de lo que había sobrado. De los 4 españoles, 3 murieron y sólo 1 se salvó porque guardó la comida para más tarde.” Los peces que habían consumido  los Cochimíes eran botetes (Sphoeroides testudineus). Los nativos después de cientos de años de conocer estos alimentos habían concluido que el hígado era sumamente venenoso y no lo comían.

foto: Kevin Bryant

Por mucho tiempo se ha sostenido que los indígenas Californios no conocían la escritura y que no poseían estatuas de sus deidades. Esto es muy cuestionable. Hace unos años acudí al Museo Regional de Antropología e Historia de B.C.S. y me dio mucho gusto observar una estatuilla de una deidad, la cual fue encontrada en el municipio de Comondú. Al leer el libro del sacerdote Miguel del Barco, pude encontrar que los Jesuitas obligaban a los indígenas que acababan de ser convertidos al catolicismo a que les entregaran los ídolos y demás objetos de culto que poseían. Todos estos objetos reunidos los arrojaban a una gran hoguera en donde eran destruidos, como una muestra de aceptación de la nueva religión y el juramento de abandonar la vida pecaminosa que habían llevado.

También en los textos del sacerdote Miguel Venegas, se lee que los Guamas o hechiceros instruían a sus discípulos en un sistema de escritura, cuyo sistema se basaba en marcas y perforaciones en tablillas. Lamentablemente casi no sobrevivió ninguna de ellas, porque también fueron destruidas por los sacerdotes, y las que aún se conservan están muy deterioradas para poder obtener dato alguno. Los sacerdotes cuidaron mucho de no relatar nada sobre la forma en que utilizaban estas tablillas ya que según ellos “no querían promover que otras personas siguieran sus demoniacas enseñanzas.”

Ahora bien, cualquiera que haya visto en detalle los raspadores, puntas de flechas y lanzas realizadas por los indígenas Californios, de ninguna manera pensará que pudieron haber sido realizadas por manos de un ser más semejante a una bestia que a un ser humano. Las puntas de flechas están elaboradas con tanto detalle y esmero, que difícilmente un hábil tallador moderno podría hacerlas tal cual, además, los materiales con los que se manufacturaron son tan delicados y sensibles que un golpe inexperto podía romperlos. Lo anterior nos habla de las habilidades cognitivas y el agudo poder de observación que tenían nuestros antepasados, no solo en el momento de elaborar las flechas, lanzas o raspadores, sino desde la recolección de la materia prima. También en los textos jesuitas se nos habla que las mujeres elaboraban unas cestas tejidas de cierto tipo de plantas flexibles, las cuales estaban tan bien elaboradas que podían contener agua sin filtrar una sola gota.

Los Californios eran completamente respetuosos con su medio ambiente. Sus alimentos los obtenían sin causar daños permanentes a las especies animales o vegetales. Cuando veían que se iban acabando los frutos o las especies animales que consumían, simplemente se trasladaban a otros sitios donde hubiera una mayor abundancia, con lo cual dejaban que se repoblara y recuperara la flora y fauna. Por lo general sus asentamientos no alteraban el medio circundante, a lo sumo construían pequeños cercados o montículos de piedra, sin techo, bajo los cuales dormían en temporadas de frío y viento. Jamás se conocieron casos en donde consumieran alguna especie de planta o animal hasta su extinción.

Los grandes murales que hicieron en cuevas de la sierra de San Francisquito y Guadalupe, así como otros sitios del sur de la península, nos hablan de avanzado progreso al que llegaron los indígenas Californianos, no sólo en las técnicas pictóricas sino en los materiales utilizados, así como el simbolismo que contenían sus pinturas. Más allá de historias fantásticas y carentes de sustento científico, los antiguos habitantes de la California poseían un avanzado sentido de la estética, de tal forma que se puede decir que algunos de estos murales fueron hechos por los Californios cuando en Europa los habitantes de Galia, Bretaña e incluso Roma, aún habitaban en cuevas y comían su propio excremento.

La capacidad lingüística de estas naciones quedó demostrada en grado sobresaliente. Desde que el sacerdote Copart, durante su estancia en San Bruno, elaboró un diccionario etimológico donde buscaba desentrañar el significado de la lengua Cochimí, otros sacerdotes también siguieron su ejemplo. El repertorio lingüístico de estos grupos era variado y muy rico, y a pesar de vivir en una región aislada y tener escaso contacto incluso con los grupos de esta península, lograron establecer un vocabulario que les sirviera para expresar los objetos que les rodeaban así como algunas nociones indispensables para comunicarse en su vida cotidiana.

Podría seguir mencionando más aspectos de la vida y los avances tecnológicos logrados por los ancestros Californianos, sin embargo con lo aquí expuesto queda más que comprobado el que no se dijo la verdad en cuanto al ingenio, carácter y habilidades de los indígenas que poblaron estas tierras. Como siempre, la idea eurocentrista y colonialista de los colonos que llegaron a América, se sobrepuso y trataban de interpretar las costumbres y forma de pensar de los habitantes de estas tierras recién descubiertas con los cánones de su civilización. El presente reportaje debe ser una motivación para que se realicen más investigaciones que den cuenta del avance de estos grupos indígenas Californios y se revaloren en su justa dimensión.

 

 

Bibliografía:

Historia De La Antigua Ó Baja California  – Francisco Javier Clavijero

Historia Natural Y Crónica De La Antigua California – Miguel Del Barco

Noticias De La Península Americana De California – Juan Jacobo Baegert

Noticia De La California Y De Su Conquista Temporal Y Espiritual Hasta El Tiempo Presente – Miguel Venegas

Historia De Las Relaciones Hombre Naturaleza En Baja California Sur 1500-1940 – Martha Micheline Cariño Olvera

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