Cómo nacieron las rancherías de BCS: de las misiones jesuitas a los ranchos familiares

FOTOS: Modesto Peralta Delgado.

Vientos de Pueblo

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). En San Javier, la misión no parece un edificio: parece una declaración de guerra contra el desierto. La cantera se levanta en medio de la sierra como si alguien hubiera querido fijar con piedra lo que aquí siempre fue movimiento: el agua que aparece y desaparece, las veredas que se abren entre cañadas, la vida que resiste lejos de los centros. Alrededor de ese templo, y de otros como Loreto, Comondú o Mulegé, fue creciendo una forma de habitar Baja California Sur que todavía define a buena parte de su memoria profunda. No nació en las ciudades ni en los puertos. Nació en la intemperie. En los márgenes de la misión. En el rancho.

Pero esa historia no comienza con los jesuitas. Antes de que la cruz y la campana organizaran el territorio, la península ya estaba habitada por pueblos indígenas como pericúes, guaycuras y cochimíes. Las fuentes históricas hablan de rancherías indígenas, aunque el término no describía necesariamente un pueblo fijo, sino más bien un grupo humano ligado a formas de movilidad adaptadas a la aridez, a la caza, a la recolección y al conocimiento del agua. La primera verdad incómoda de esta crónica es esa: las rancherías sudcalifornianas no surgieron sobre un vacío, sino sobre un territorio ya vivido, ya nombrado y ya recorrido mucho antes de la evangelización.

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La fundación de la Misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó, el 25 de octubre de 1697, abrió otra época. Desde ahí se desplegó una red de misiones que el INAH resume en 18 establecimientos jesuitas en la península. Aquellas misiones fueron templos, sí, pero también centros de control territorial, agrícola y humano. Se instalaron donde el agua lo permitía: oasis, cañadas, pequeños valles. Introdujeron ganado, huertas, cereales, nuevas jerarquías, nuevos calendarios y una disciplina del trabajo que buscó fijar en torno a la misión a poblaciones que hasta entonces habían vivido bajo otros ritmos. La misión fue una máquina de concentración. Quiso reunir, ordenar y convertir. Quiso transformar el desierto en provincia.

Pero la misión nunca dominó del todo. Los estudios de Ignacio del Río muestran que la relación entre los pueblos originarios y el sistema misional estuvo atravesada por tensiones, resistencias y regresos al monte. La piedra del templo no canceló la memoria del territorio. Y, al mismo tiempo, la colonización produjo una devastación demográfica y cultural de enorme escala. Ahí está la segunda verdad incómoda: el origen del rancho sudcaliforniano no puede contarse como una estampa pintoresca de autosuficiencia sin reconocer que antes hubo despojo, reorganización forzada y derrumbe de mundos indígenas. La ranchería actual hereda saberes de adaptación al medio, pero también nace sobre una fractura.

El punto de quiebre llegó con la expulsión de los jesuitas en 1767, consumada en California al año siguiente, y con la posterior secularización de las misiones en el siglo XIX. La vieja organización eclesiástica perdió cohesión, los bienes misionales cambiaron de manos y el territorio dejó de girar exclusivamente alrededor del campanario. Entonces comenzó otra dispersión: alrededor de antiguos centros misionales, ojos de agua y sierras fueron tomando forma pequeños ranchos y rancherías familiares. Investigaciones de la UABCS y trabajos sobre patrimonio ranchero coinciden en que la identidad social de esos asentamientos deriva del establecimiento de las misiones y de los esfuerzos de poblamiento del siglo XVIII, y que en muchos de esos ranchos la unidad básica terminó siendo la familia nuclear, organizada alrededor del trabajo cotidiano, el ganado, la huerta y el aprovechamiento integral del entorno.

Lo decisivo fue la geografía. En Baja California Sur, el rancho no podía expandirse como hacienda continental porque el agua imponía su propia ley. Los oasis sudcalifornianos, explica la investigación de Micheline Cariño y Antonio Ortega, fueron sistemas agroecológicos de alta complejidad levantados en condiciones extremas de aislamiento y aridez. Harry Crosby, al reconstruir la vida de los últimos californios, retrató justamente eso: ranchos pequeños, serranos, amarrados a manantiales, con huertas mínimas, bestias de carga, caprinos y bovinos obligados a vivir entre laderas secas. Aquí el rancho no fue exceso. Fue cálculo. No fue abundancia. Fue permanencia. De ahí salió el tipo humano que aún hoy se reconoce como ranchero sudcaliforniano: austero, móvil, diestro en oficios, dependiente del agua y de un conocimiento íntimo de la sierra.

Con el tiempo, esa forma de vida produjo más que economía: produjo cultura. El aislamiento empujó a las familias rancheras a fabricar herramientas, a trabajar la talabartería, la herrería, los bordados, el queso, el vino y una cocina de supervivencia convertida en identidad. La propia Secretaría de Cultura reconoce en las comunidades serranas de Baja California Sur una tradición ligada al rancho heredado del tiempo misional, mientras estudios de la UABCS sobre las sierras La Giganta y Guadalupe hablan de un patrimonio cultural ranchero que no se reduce a nostalgia: es una manera de leer el paisaje, de nombrar plantas, de administrar el agua, de repartir tareas y de entender la distancia. La ranchería no fue solamente un asentamiento. Fue una escuela de mundo.

Esa escuela, sin embargo, vive bajo presión. El Censo Agropecuario 2022 registró en Baja California Sur 4,606 unidades de producción agropecuaria, con 122,698 bovinos y 66,683 caprinos: el rancho sigue ahí, pero más acorralado. Al mismo tiempo, investigaciones recientes sobre las rancherías de Los Comondú y reportes sobre la sequía extrema de 2020 a 2022 muestran un sistema social frágil ante la despoblación, la incertidumbre climática y la atracción económica de las costas turísticas. En 2024, un estudio con 98 ranchos reportó que muchos ganaderos estiman que podrían resistir apenas dos o tres años más de sequía sostenida antes de abandonar la actividad. Lo que antes resistía al aislamiento ahora resiste al mercado, al clima y al olvido estatal.

Por eso, preguntarse cómo nacieron las rancherías sudcalifornianas no es una curiosidad del pasado. Es preguntarse qué sobrevive cuando un territorio deja de mirarse a sí mismo desde la sierra y empieza a contarse solo desde el hotel, la carretera y la plusvalía costera. Las rancherías nacieron de una violencia colonial, sí, pero también de una capacidad descomunal para domesticar la escasez sin destruir del todo el sitio donde se vive. Entre la misión y el monte, entre la cruz y el ojo de agua, los sudcalifornianos levantaron una de las culturas rurales más singulares del país. Perderla sería algo más que perder un paisaje: sería olvidar la forma exacta en que esta tierra aprendió a permanecer.

Referencias:

INAH, Misiones Jesuíticas, Baja California Sur I y Museo de las Misiones.

  • SETUES Baja California Sur, Misión de Nuestra Señora de Loreto Conchó.
  • Ignacio del Río, UNAM, Conquista y aculturación en la California jesuítica, 1697-1768.
  • Micheline Cariño y Antonio Ortega, Oasis sudcalifornianos: transferencia cultural del Viejo al Nuevo Mundo áridos.
  • Harry W. Crosby, Los últimos californios.
  • UABCS / Áreas Naturales Protegidas Scripta, Patrimonio cultural ranchero de las sierras La Giganta y Guadalupe, BCS, México.
  • UABCS, tesis y estudios sobre identidad ranchera y origen de ranchos y rancherías.
  • INEGI, Censo Agropecuario 2022. Baja California Sur.
  • University of Utah, Adaptive responses to extreme drought: A case study of rural ranchers in Baja California Sur, Mexico.
  • Estudios sobre la dinámica del sistema de rancherías de Los Comondú.

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Invitan a participar en reforma constitucional sobre comunidades originarias de BCS

FOTO: Congreso de BCS.

La Paz, Baja California Sur (BCS). Con la finalidad de que la sociedad sudcaliforniana participe en el proceso legislativo de reforma a la Constitución Política de la entidad en materia de comunidades originarias, el Congreso del Estado dio a conocer la convocatoria que  invita a las y los sudcalifornianos, residentes dentro y fuera del Estado, a participar en la consulta para enriquecer el dictamen que reformará diversos artículos.

En conferencia de prensa, los diputados promoventes, Fernando Hoyos Aguilar y Sergio Ricardo Huerta Leggs,  integrantes de la Comisión Permanente de Puntos Constitucionales y de Justicia, dieron a conocer que a partir de la fecha y hasta el 8 de junio entrante estará abierta a la participación de quien se interese en participar.

La convocatoria publicada en el sitio web del Congreso del Estado establece 10 puntos en los que se puede participar sobre comunidades originarias de Baja California Sur.

Los legisladores detallaron que se pueden hacer los comentarios en el correo: [email protected] sobre: comunidades originarias de Baja California Sur; y su definición conceptual; derechos históricos de las comunidades originarias de BCS; identidad sudcaliforniana; d) californios; rancheros; pescadores; inclusión y no discriminación; desarrollo social, cultural y económico.

Quien desee participar con temas no enunciados en esta relación, pero que mantengan el espíritu de la reforma constitucional, podrán hacer llegar su propuesta.

Los convocantes recorrerán los cinco municipios de la entidad, en reunión con representantes de las comunidades originarias, académicos, servidores públicos y sociedad  en general para recibir propuestas e incluirlas en el dictamen que elaborará la Comisión de Puntos Constitucionales y de Justicia para ser presentado al Pleno del Congreso de BCS.




Enoc Leaño: el actor que regresó a su tierra para sembrar cine. Trayectoria, compromiso cultural y el Festival Internacional de Cine de La Toba como motor artístico en BCS

FOTOS: Cabo Mil | Ayuntamiento de Los Cabos.

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En octubre, cuando cae la tarde sobre Ciudad Insurgentes, el pequeño poblado agrícola del municipio de Comondú cambia de ritmo. Las calles se llenan de luces, pantallas y visitantes. Jóvenes cargan cámaras, estudiantes toman notas y vecinos acomodan sillas frente a una pantalla improvisada. El cine llega al corazón de una comunidad que durante décadas estuvo lejos de los grandes circuitos culturales.

Detrás de esta escena está el actor sudcaliforniano Enoc Leaño, quien después de más de treinta años de carrera en cine, televisión y teatro ha impulsado un proyecto cultural con raíces profundas en su lugar de origen: el Festival Internacional de Cine de La Toba. La iniciativa forma parte de una estrategia más amplia del actor para llevar arte, formación cultural y oportunidades creativas a Baja California Sur, una entidad donde los proyectos culturales suelen concentrarse en destinos turísticos y ciudades grandes. El trabajo de Leaño ha sido reconocido por autoridades estatales y por la comunidad cultural del estado, no solo por su trayectoria artística sino también por su labor social y cultural en la región.

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Enoc Leaño nació el 4 de noviembre de 1968 en Ciudad Insurgentes, una comunidad agrícola del municipio de Comondú, en Baja California Sur.  En ese entorno rural, lejos de los centros culturales del país, el cine y el teatro parecían caminos improbables. Sin embargo, Leaño encontró en las artes escénicas una vocación que lo llevaría a estudiar actuación y eventualmente construir una carrera en la industria audiovisual mexicana. Desde la década de 1990 ha trabajado de forma constante en cine, televisión y teatro, participando en más de 40 películas y más de 30 telenovelas y series.  Su trayectoria incluye producciones cinematográficas como Colosio: El asesinato, Roma, Chicuarotes y Radical, así como series televisivas entre las que destacan El Rey: Vicente Fernández, Caer en tentación, La querida del Centauro e Imperio de mentiras.

En muchas de estas producciones interpretó personajes complejos, con frecuencia antagonistas o figuras de fuerte presencia dramática. A lo largo de su carrera, Leaño se ha caracterizado por una trayectoria sólida dentro de la industria audiovisual mexicana, alternando entre proyectos comerciales y propuestas cinematográficas de autor. Sin embargo, con el paso del tiempo su trabajo comenzó a tomar otra dirección: el impulso de proyectos culturales en su estado natal. El vínculo de Leaño con Baja California Sur nunca desapareció. A diferencia de muchos artistas que desarrollan su carrera lejos de su lugar de origen, el actor decidió regresar periódicamente a su comunidad y participar en proyectos culturales locales. Ese regreso no fue casual.

Durante años, Baja California Sur ha enfrentado una realidad cultural compleja: un territorio extenso, con comunidades aisladas y una oferta artística limitada fuera de los principales centros turísticos. Mientras festivales internacionales como el Festival Internacional de Cine de Los Cabos han proyectado la imagen cultural del estado hacia el mundo, muchas comunidades rurales han tenido escaso acceso a actividades artísticas. Fue en ese contexto donde surgió una de las iniciativas más ambiciosas del actor.

En 2023, Leaño fundó el Festival Internacional de Cine de La Toba, un evento cultural creado en su comunidad natal, Ciudad Insurgentes. El nombre del festival hace referencia al antiguo nombre del poblado y busca recuperar la memoria histórica de la región. El proyecto nació con un objetivo claro: llevar el cine a comunidades que normalmente no forman parte del circuito cultural nacional. Desde su primera edición, el festival ha buscado integrar diversas disciplinas artísticas, incluyendo cine, literatura, pintura y gastronomía, con la participación activa de la comunidad local.  La iniciativa ha tenido una característica particular: no se limita a exhibiciones de cine. El festival incluye talleres, encuentros con creadores, presentaciones artísticas y actividades comunitarias que involucran a niños, jóvenes y adultos mayores.

Con el paso de los años, el evento se ha consolidado como un espacio cultural relevante en el Estado. De acuerdo con autoridades culturales y legisladores, el festival ha contribuido a posicionar a La Toba en el mapa cultural de México, algo poco común para una comunidad rural del Norte del país.

El festival impulsado por Leaño no funciona de manera aislada. Forma parte de un ecosistema cultural en crecimiento dentro del estado. Actualmente existen festivales cinematográficos en diversos municipios, entre ellos Los Cabos, Todos Santos, La Paz, Loreto, Santa Rosalía y Ciudad Insurgentes. Esta red de eventos ha comenzado a consolidar a Baja California Sur como un corredor cinematográfico emergente en México, en el que la cultura audiovisual se ha convertido en una herramienta de proyección artística y turística. Para Leaño, este proceso es fundamental para democratizar el acceso a las artes. Según ha explicado en distintos foros culturales, el cine puede convertirse en una herramienta de identidad comunitaria, formación artística y desarrollo social.

Durante una ceremonia realizada en diciembre de 2025, el Congreso de Baja California Sur entregó a Enoc Leaño la Medalla al Mérito Artístico y Cultural del Estado, en reconocimiento a su trayectoria y a su labor en la promoción cultural. En ese mismo evento, el actor anunció el inicio de una cruzada cultural colectiva que busca involucrar a artistas nacionales e internacionales en proyectos artísticos dentro del estado.  Este proyecto contempla la realización de talleres de formación artística, encuentros con creadores, actividades culturales intergeneracionales y el impulso de proyectos cinematográficos regionales.

Uno de los elementos centrales de esta iniciativa es la inclusión de personas adultas mayores y jóvenes, con el fin de fortalecer la transmisión cultural entre generaciones y ampliar el acceso al arte en comunidades alejadas de los principales centros culturales. Más allá del cine, el trabajo de Leaño plantea una pregunta más amplia sobre el papel de la cultura en el desarrollo social. Baja California Sur es un Estado con crecimiento económico impulsado principalmente por el turismo. Sin embargo, ese crecimiento también ha generado desigualdades territoriales entre zonas turísticas y comunidades rurales.

En muchos casos, las poblaciones alejadas de los polos turísticos enfrentan limitaciones en infraestructura cultural y educativa. En ese contexto, proyectos como el Festival Internacional de Cine de La Toba buscan generar espacios de participación cultural fuera de los grandes centros urbanos. Especialistas en políticas culturales han señalado que iniciativas comunitarias como esta pueden fortalecer la identidad local, promover la educación artística y estimular economías creativas regionales. Para muchos habitantes de Ciudad Insurgentes, el festival representa algo más que un evento cultural. Es también un espacio de reencuentro comunitario. Durante las ediciones recientes del festival, vecinos han participado activamente en la organización del evento, desde la logística hasta la producción artística.

Ese proceso ha permitido que el proyecto se perciba como una iniciativa colectiva. El propio Leaño ha descrito el festival como un proyecto que “nació del pueblo y para el pueblo”, destacando la participación comunitaria como uno de sus pilares. Este enfoque contrasta con muchos festivales culturales tradicionales, que suelen ser organizados principalmente por instituciones gubernamentales o empresas privadas.

La importancia del trabajo cultural de Enoc Leaño ha sido reconocida por el Congreso del Estado y diversas autoridades culturales. En 2025, legisladores sudcalifornianos aprobaron otorgarle un reconocimiento oficial por su trayectoria artística y su compromiso con la promoción cultural en la entidad. Durante la ceremonia, autoridades destacaron que su carrera de más de tres décadas ha proyectado el talento sudcaliforniano a nivel nacional e internacional. También subrayaron su decisión de regresar a su comunidad para impulsar proyectos culturales que fortalecen la identidad regional.

A pesar del crecimiento del festival y del reconocimiento institucional, los proyectos culturales comunitarios enfrentan diversos desafíos. Entre ellos destacan el financiamiento limitado, la infraestructura cultural insuficiente y la dificultad para mantener continuidad en eventos independientes. Para que iniciativas como el Festival Internacional de Cine de La Toba se consoliden a largo plazo, será necesario fortalecer la colaboración entre artistas, instituciones culturales y gobiernos locales, así como ampliar el apoyo a proyectos culturales en comunidades rurales.

El proyecto cultural de Enoc Leaño continúa expandiéndose. El actor ha anunciado que la cuarta edición del Festival Internacional de Cine de La Toba se celebrará en octubre de 2026, con la participación de artistas nacionales e internacionales. La meta es ampliar el alcance del evento y consolidarlo como un espacio permanente para el cine independiente, la formación artística y el desarrollo cultural comunitario. La historia de Enoc Leaño muestra un fenómeno poco común en la industria cultural: el retorno de un artista a su comunidad para impulsar proyectos culturales. Después de décadas en escenarios y sets de filmación, el actor ha decidido convertir su lugar de origen en un punto de encuentro para el cine y las artes.

En un Estado donde el crecimiento económico suele concentrarse en el turismo, su iniciativa representa una apuesta por la cultura como herramienta de identidad, participación comunitaria y desarrollo social. El festival que comenzó como un proyecto local hoy forma parte de un movimiento cultural más amplio, demostrando que el cine, como las historias, también puede nacer y crecer en los lugares más inesperados.

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Entre la expulsión y la frontera: Aniversario de cuando los franciscanos heredaron las misiones de California

IMÁGENES: IA.

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Loreto, 1768. El campanario de la Misión de Nuestra Señora de Loreto —cabeza del sistema misional jesuita en la península— marcaba el ritmo de una comunidad golpeada por la incertidumbre. Un año antes, por orden de Carlos III, la Compañía de Jesús había sido expulsada de todos los dominios españoles. En su lugar, un grupo de frailes franciscanos, encabezados por fray Junípero Serra, desembarcó para hacerse cargo de un entramado de misiones que durante siete décadas había articulado la vida religiosa, económica y política de la Baja California. La escena fue el punto de partida de una reconfiguración profunda del norte novohispano: un cambio de órdenes religiosas que respondió a las reformas borbónicas, abrió la puerta a la expansión hacia la Alta California y dejó huellas duraderas en las poblaciones indígenas de la península.

La expulsión de los jesuitas en 1767 no fue un hecho aislado. Formó parte de una política más amplia de centralización y control impulsada por la monarquía borbónica. La Real Pragmática Sanción ordenó la salida inmediata de la Compañía de Jesús de los territorios españoles y la incautación de sus bienes. La Biblioteca Nacional de España conserva documentación oficial sobre las instrucciones giradas para ejecutar la medida y ocupar las “temporalidades” jesuitas. En Nueva España, la orden se ejecutó con rapidez. Las misiones de la península de California —fundadas desde 1697— quedaron súbitamente sin sus administradores. El vacío preocupaba a la Corona por razones estratégicas: la península era un enclave clave frente a las ambiciones rusas e inglesas en el Pacífico norte.

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Investigaciones del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM subrayan que el arribo de los franciscanos en 1768 debe entenderse dentro del proyecto reformista y militarizador encabezado por el visitador José de Gálvez, enviado por La Corona para reorganizar la región y preparar la expansión hacia el norte. No se trataba sólo de evangelizar, sino de consolidar la soberanía española. Fray Junípero Serra y un contingente de franciscanos del Colegio de San Fernando de México llegaron a Loreto en abril de 1768. Recibieron un sistema compuesto por quince misiones dispersas en un territorio árido, con poblaciones indígenas diezmadas por epidemias y una economía frágil basada en la agricultura de subsistencia y el ganado.

Un estudio publicado en Historia Mexicana, de El Colegio de México, analiza los informes que los propios franciscanos elaboraron tras asumir el control. En ellos describen las condiciones materiales de las misiones, la disminución demográfica y las tensiones heredadas. Estos documentos, más allá de su tono administrativo, revelan la magnitud del reto: sostener comunidades aisladas en un entorno hostil, con recursos limitados y bajo la supervisión directa del visitador Gálvez. Los franciscanos emprendieron una revisión de inventarios, reorganizaron la producción agrícola y reforzaron la disciplina religiosa. La prioridad era garantizar la continuidad del culto y evitar el colapso de los asentamientos indígenas congregados en torno a las misiones.

Sin embargo, el contexto había cambiado. A diferencia del periodo jesuita, los franciscanos operaron bajo una vigilancia más estrecha del poder civil. Gálvez impulsó reformas económicas y administrativas que limitaron la autonomía misional. La tensión entre la autoridad eclesiástica y la civil fue una constante en estos años. Mientras se consolidaba el relevo en la península, la mirada de La Corona se dirigía hacia la Alta California. El temor a la presencia rusa en el Pacífico Norte aceleró los planes de ocupación. Desde Loreto se organizaron las expediciones terrestres y marítimas que, en 1769, fundarían las primeras misiones y presidios en el actual Estado de California, Estados Unidos.

El National Park Service de Estados Unidos documenta que la Misión de San Diego de Alcalá fue establecida en 1769 por fray Junípero Serra y el gobernador Gaspar de Portolá. Este hecho marcó el inicio del sistema misional en la Alta California, que en las décadas siguientes se expandiría hacia el Norte. La empresa no habría sido posible sin la experiencia acumulada en Baja California. Desde la península se reclutaron indígenas neófitos, se trasladaron semillas, ganado y herramientas, y se diseñó la logística de las expediciones. La misión de San Fernando Velicatá, fundada en 1769 en el norte de la península, funcionó como punto de enlace entre ambas Californias. Así, la presencia franciscana en Baja fue breve pero decisiva: sirvió de puente entre el legado jesuita y la expansión hacia territorios que hoy forman parte de Estados Unidos.

Cualquier balance del periodo debe considerar el impacto en los pueblos originarios: cochimíes, guaycuras y pericúes, entre otros. Desde el siglo XVII, las misiones habían transformado sus formas de vida, concentrándolos en asentamientos permanentes y sometiéndolos a un régimen de trabajo agrícola y catequesis. Los informes franciscanos citados por El Colegio de México registran una población en descenso y múltiples dificultades para sostener las comunidades. Las epidemias, la movilidad forzada y los cambios en la dieta contribuyeron a la crisis demográfica.

Si bien los franciscanos mantuvieron el modelo misional heredado, el contexto de mayor control civil alteró el equilibrio previo. Las reformas borbónicas buscaban hacer más productivas las misiones y reducir su dependencia de subsidios. Esto incrementó la presión sobre los recursos locales y, en algunos casos, sobre la mano de obra indígena. La historiografía contemporánea coincide en que el sistema misional fue un instrumento de colonización que implicó tanto procesos de evangelización como de subordinación cultural. La etapa franciscana en Baja California, aunque corta, formó parte de esa dinámica estructural.

La permanencia franciscana en la península fue transitoria. En 1772-1773, la Orden de Predicadores (dominicos) asumió el control de las misiones bajacalifornianas, mientras los franciscanos concentraban sus esfuerzos en la Alta California. Estudios académicos, como los disponibles en repositorios universitarios de Baja California Sur, documentan este proceso de transferencia y la posterior delimitación de zonas de acción entre ambas órdenes. La línea divisoria se estableció en el Norte de la península, consolidando a San Fernando Velicatá como frontera simbólica entre las jurisdicciones. Este reordenamiento respondió tanto a disputas internas entre órdenes como a la estrategia de expansión hacia el Norte. Con el relevo, los franciscanos cerraron un capítulo de apenas cinco años en Baja California. Sin embargo, su paso dejó transformaciones: fortalecieron la infraestructura misional, articularon la logística de las expediciones y redefinieron la relación entre Iglesia y Estado en la región.

Hoy, las antiguas misiones de Baja California son patrimonio histórico y objeto de investigación académica. El Instituto Nacional de Antropología e Historia (INAH) resguarda y difunde la memoria de estos espacios, como el Museo de las Misiones Jesuíticas en Loreto. Su conservación recuerda que la historia de la península no puede entenderse sin el ciclo jesuita, el interludio franciscano y la posterior etapa dominica. La figura de Junípero Serra, canonizado en 2015, continúa generando debate. Para algunos sectores, simboliza la expansión del cristianismo y la fundación de ciudades; para otros, representa un sistema que contribuyó a la desestructuración de pueblos indígenas. El análisis histórico exige situar su actuación —y la de los franciscanos en Baja California— en el marco de las políticas imperiales del siglo XVIII.

La llegada de los franciscanos a Baja California fue consecuencia directa de una decisión política tomada en Madrid. La expulsión de los jesuitas respondió al deseo de La Corona de afirmar su autoridad y limitar el poder de una orden percibida como demasiado autónoma. En la península, esa decisión se tradujo en una transición acelerada que puso a prueba la capacidad de adaptación de los nuevos misioneros. Las consecuencias fueron múltiples. En el corto plazo, se evitó el abandono de las misiones y se garantizó la continuidad institucional. En el mediano plazo, la reorganización permitió lanzar la colonización de la Alta California, extendiendo la presencia española hasta San Francisco. En el largo plazo, el sistema misional configuró patrones de poblamiento, rutas comerciales y estructuras sociales que influyeron en la formación de identidades regionales tanto en México como en Estados Unidos.

Más que un episodio aislado, el arribo franciscano a Baja California fue un eslabón en la cadena de transformaciones que marcaron el siglo XVIII novohispano. Fue resultado de las reformas borbónicas, motor de la expansión septentrional y parte de un proceso de colonización que redefinió territorios y culturas. En las paredes de adobe de Loreto, en las ruinas de San Fernando Velicatá y en las misiones que hoy se alzan en California, persiste la huella de aquellos frailes que heredaron una empresa en crisis y la convirtieron en plataforma de expansión.

Comprender su presencia en Baja California implica mirar más allá del relevo religioso: exige analizar las tensiones entre Iglesia y Estado, la estrategia geopolítica de la monarquía y el profundo impacto sobre las comunidades indígenas. Sólo así es posible dimensionar el significado histórico de aquellos años en que los franciscanos, llegados tras la expulsión jesuita, reescribieron el destino de las Californias.

Referencias:

  • Engelhardt, Z. (1908–1915). The missions and missionaries of California (Vol. 1: Lower California). James H. Barry Co.
  • Burckhalter, D., Sedgwick, M., & Fontana, B. L. (2013). Baja California Missions: In the Footsteps of the Padres. University of Arizona Press.
  • Mathes, W. M. (1977). Las misiones de Baja California, 1683–1849. Aristos.
  • Aschmann, H. (1959). The Central Desert of Baja California: Demography and Ecology. University of California Press.

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Segundo Aniversario de Mujeresaladas: realizan exposición y encuentro artístico en La Paz

FOTOS: Mujeresaladas.

La Paz, Baja California Sur (BCS). La colectiva cultural Mujeresaladas celebrará su segundo aniversario con un encuentro artístico que reunirá a creadoras, escritoras y artistas visuales de La Paz en una jornada dedicada a la literatura, el arte y la convivencia cultural.

El evento se realizará el jueves 12 de marzo en el Centro Cultural Roger de Conynck – Alianza Francesa de La Paz, donde se llevará a cabo una exposición colectiva de obra, lecturas literarias y diversas actividades que buscan fortalecer los vínculos entre quienes participan en el ámbito cultural de la ciudad.

Como parte central de la celebración, se presentará la exposición de las “Artistasaladas”, creadoras invitadas que compartirán piezas en distintos formatos, desde obra pictórica y gráfica hasta propuestas visuales contemporáneas. La muestra busca destacar la diversidad de lenguajes artísticos presentes dentro de la comunidad creativa que se ha formado alrededor del proyecto.

Desde su creación, Mujeresaladas se ha consolidado como una revista digital feminista y colectiva artística dedicada a la difusión de literatura, arte y pensamiento contemporáneo, impulsando espacios para que nuevas voces puedan publicar, compartir su trabajo y generar diálogo cultural.

A lo largo de estos dos años, el proyecto ha reunido a escritoras, artistas, editoras y colaboradoras que participan en la creación de contenidos, eventos culturales, lecturas públicas y proyectos editoriales que buscan ampliar los espacios de expresión y circulación del trabajo creativo hecho por mujeres.

El aniversario busca ser también un momento de encuentro con la comunidad cultural de La Paz, invitando a lectoras, lectores, artistas y público en general a conocer el trabajo de la colectiva y a celebrar el crecimiento de una iniciativa que nació desde la colaboración independiente.

Las organizadoras destacaron que el evento representa una oportunidad para reconocer el trabajo de las creadoras que han participado en la revista, así como para fortalecer las redes culturales que continúan dando vida al proyecto. En ese sentido, Elisa Moravis, integrante del proyecto y una de las voces al frente de su impulso editorial y comunitario, destacó que este aniversario “no solo celebra una fecha, sino el trabajo colectivo que ha permitido que la revista exista y crezca desde la voluntad de juntarse”.

Con esta celebración, Mujeresaladas reafirma su compromiso con la promoción del arte, la literatura y la creación colectiva, apostando por la construcción de espacios culturales abiertos, diversos y participativos.