Destacan obra del Padre Kino en Congreso del Estado

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La Paz, Baja California Sur (BCS). El paso y la obra de Eusebio Kino por la península de Baja California es fundamental para la identidad de estados como Baja California Sur; no se imagina su actualidad sin su intervención, afirmó el historiador Carlos Lazcano Sahagún, quien impartió la conferencia “Eusebio Kino en California”, en el marco de la semana en su honor en el Poder Legislativo.

Está actividad extra legislativa fue impulsada por la Comisión de Cultura y Artes que preside el diputado Fabrizio del Castillo Miranda y la diputada Karina  Olivas Parra, iniciadora del homenaje a Kino en 2025.

Ante representes de asociaciones civiles, el historiador de las Californias hizo un breve recuento del arribo del misionero a México, desde su natal Italia en el año de 1681, y a la bahía de La Paz en abril de 1683, siendo el primer misionero en la región, fundador de la primera misión, además de que se inicia aquí su misión de evangelización.

El estudioso elogió el homenaje del poder legislativo al misionero, puesto que había estado olvidado pese a la trascendencia para la vida contemporánea de Sudcalifornia. Dijo que su investigación contenida en los libros de su autoría, son los primeros en plasmar la obra del Eusebio Kino.

A nombre de la Comisión de Cultura y Artes que integra junto con la diputada Lupita Saldaña y el diputado Martín Escogido, el presidente Fabrizio del Castillo Miranda comprometió seguir respaldando actividades extra legislativas que impulsen sus homólogos.

Por su parte, el doctor Sealtiel Enciso Pérez, de la Sociedad de la Antigua California, comentó que estas actividades han despertado gran interés a nivel internacional, del que se reconozca obra y vida de Francisco Kino. En Italia, ejemplificó hay gran expectativa, país de origen del misionero.




De Hamburgo a Las Vinoramas: La huella de los Möller en Baja California Sur

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). A principios del siglo XX, cuando los vientos de Europa agitaban las rutas del Atlántico y los sueños migratorios empujaban a miles de personas hacia América, una pareja originaria de Hamburgo, Alemania, cruzó el océano con rumbo a México. Eran los bisabuelos de María del Rosario Castro Möller, maestra normalista e historiadora oral de su linaje, quien hoy da testimonio de una saga familiar marcada por el trabajo, la adaptación y el arraigo en tierras bajacalifornianas.

Corría la década de 1920, cuando Antonio Möller llegó a Guaymas, Sonora. Con él traía no sólo su idioma y costumbres alemanas, sino también un espíritu de aventura en compañía de una mujer de origen italiano: Guadalupe Lizardi. De esa unión surgiría una nueva generación, que integraría lo europeo con lo mexicano en una tierra de transición. Antonio y Guadalupe Möller-Lizardi descansan, aunque ya en tumbas perdidas, en el antiguo panteón de Guaymas. El paso del tiempo ha borrado muchas huellas físicas, pero la memoria familiar persiste. Su nieta, María del Rosario, recuerda que no sabe con certeza cuántos hijos tuvo Antonio, pero entre ellos destaca su abuelo, Adolfo Möller.

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La historia da un giro cuando Adolfo, ya adulto, recibe una inesperada herencia de su tío, Otto Möller, radicado en el entonces incipiente Territorio Norte de Baja California. Adolfo se traslada a Rosarito, en una región que aún era más conocida por sus viveros que por el turismo de playa. Pero su destino no era quedarse ahí. En una segunda migración dentro del país, Adolfo se desplaza hacia el Sur peninsular.

Fue en la región cercana a Todos Santos donde Adolfo conoció a Palemona Espinoza, mujer fuerte y longeva, casi centenaria al morir, con quien formó una nueva familia. Su única hija, María Luisa Möller Espinoza, nacería en el Territorio Norte de Baja California, pero crecería entre el rancho y la ciudad, entre Las Vinoramas y La Paz.

En los años 40, Adolfo y Palemona compran un extenso rancho llamado Las Vinoramas, ubicado en la Baja California Sur —aún considerada Territorio. Allí, el apellido Möller comenzaría a echar raíces más profundas. En ese rancho no sólo se criaba ganado; también se producía un pinole especial de maíz, molido con maquinaria eléctrica alimentada por baterías. Esta mezcla particular era tan apreciada que llegaba incluso a la ciudad de La Paz.

Para María del Rosario, el rancho es más que un recuerdo: es símbolo del ingenio de su abuelo. “Era un pinole especial, y mi abuelo lo fabricaba con un molino eléctrico… Lo llevaba hasta La Paz”, relata con orgullo.

La hija única de Adolfo, María Luisa, estudió primaria y secundaria en La Paz, bajo el cuidado de su madrina, una maestra. Pese a sus anhelos de convertirse también en educadora, María Luisa no logró concluir sus estudios. Su vida se dividía entre la ciudad y el rancho familiar, a donde regresaba cada fin de semana.

Tiempo después, María Luisa conocería a Astolfo Castro Verduzco, originario de Caduaño, con quien formó una numerosa familia de once hijos. El apellido Möller se convirtió entonces en el puente entre dos mundos: el del campo ganadero y el de la ciudad en crecimiento. Fue también en esos años que su apellido sufre una mutación, debida principalmente a los tan comunes errores en la escritura de las actas de nacimiento en las oficinas del registro civil de aquellos años. Los apellidos de los descendientes se escriben sin la diéresis, propia de muchos apellidos alemanes, y de ahí pasaron a denominarse “Moller”. Lo anterior afectó incluso la pronunciación de su apellido, puesto que fonéticamente se pronuncia, en idioma alemán: “Mouler”, y con el cambio ya mencionado, se pronuncia fonéticamente como “Moller”.

La familia Castro Möller (o Moller) se estableció en una manzana completa en La Paz. Astolfo, además de dedicarse al ganado y la molienda de caña para producir piloncillo, también sirvió en el ejército. Fue parte del 48 Batallón de Infantería y luego, tras su baja, se convirtió en chofer de confianza del hijo del ex presidente Abelardo L. Rodríguez.

Ese empleo lo conectó, literalmente, con figuras de alto perfil. Durante vacaciones, cuidaba la casa de Bing Crosby, el célebre cantante estadounidense, y su familia era invitada a eventos en el rancho de la familia Abelardo Rodríguez, llamado “Las cruces”. “Ahí estaba el padre Luis Ruggera, los Rodríguez… y hasta artistas de Hollywood”, recuerda María del Rosario. Aquellas fiestas eran un oasis para los hijos de los trabajadores de confianza, una mezcla de lo cotidiano y lo extraordinario.

María del Rosario, sexta hija del matrimonio Castro Möller, cuenta que en su niñez no notaba el peso del apellido. Fue hasta la secundaria y, más aún, durante sus estudios en la Ciudad de México, cuando comenzó a notar la rareza de su apellido. “Sí me llamaba la atención cómo lo pronunciaban. Aquí en La Paz era más común, pero fuera sí preguntaban”, explica.

A pesar de que el apellido perdió su diéresis por un error en los registros civiles, su esencia permanece. En la maestra Möller el apellido no es sólo un nombre, es identidad. “Me da placer, y también nostalgia, sé que el apellido Möller continuará en nuestra línea familiar. En otros lados hay Möller, pero no son de nuestra familia”. Al preguntarle sobre el nombre de sus hermanos, hace una pausa y como recitando una genealogía que ha repasado de memoria muchas veces, empieza a citar a cada uno de sus nueve hermanos: Rafael, Guadalupe, Juan, María Luisa, Astolfo, Rodolfo, María de Jesús, María del Carmen y Antonio.

Pese a sus orígenes europeos, la familia no conservó muchas tradiciones alemanas o italianas. No se hablaban otras lenguas en casa, ni se transmitieron recetas, cantos o costumbres claras. Tal vez lo más tangible fue un reloj alemán, traído por su abuelo desde Europa, hoy en manos de uno de sus hermanos. Los hermanos mayores convivieron más con el abuelo Adolfo, mientras que los menores, como María del Rosario, apenas lo conocieron. “Desde que yo tenía cuatro años, él ya había fallecido”, comenta con cierta melancolía.

Aunque ha viajado, María del Rosario nunca visitó Alemania. No obstante, su hermano menor Antonio, sí lo hizo. También Gabriela, la hija de Antonio, estudió idiomas en Alemania y hoy reside en Suiza. “Ella sí lo vivió, conoció esos lugares, y eso me da gusto”.

Hoy, María del Rosario vive en Chetumal, junto a su hija Nallely y sus dos nietos, Andrés y Nared. Aunque la geografía cambió, las raíces siguen firmes. “A mis nietos les enseño fotografías, les platico… Pero ya no es lo mismo”, admite. No obstante, su esfuerzo por transmitir la historia familiar no ha cesado. Desde La Paz hasta el Caribe Mexicano, el eco de los Möller (o Moller) sigue resonando.

Y es que detrás de cada apellido extranjero integrado a la cultura nacional, hay una historia de adaptación, de amor, de trabajo, y de identidad. La familia Möller, desde su arribo a Sonora hasta su establecimiento definitivo en Baja California Sur, representa la fuerza discreta de quienes se integran sin olvidar quiénes son.

Su legado no sólo está en los archivos del Registro Civil, ni en los terrenos de Las Vinoramas, ni en las fiestas con estrellas de Hollywood. Está, sobre todo, en la memoria de quienes —como María del Rosario— siguen pronunciando su apellido con el orgullo de quien sabe que su historia importa.

Resumen Profesional de María del Rosario Castro Moller

Formación Académica

  • Profesora de Educación Primaria, egresada de la Escuela Normal Urbana de La Paz, Baja California Sur.
  • Licenciatura en Pedagogía, cursada en la Benemérita Escuela Normal Superior de México (Ciudad de México).
  • Maestría en Ciencias de la Educación, también realizada en la Ciudad de México.

Trayectoria Laboral

Profesora de Educación Primaria (1974–1983)

Inició su carrera docente en el sistema de educación básica, donde laboró aproximadamente  9 años, combinando durante un tiempo sus horas en primaria con su ingreso paulatino a la educación normalista.

Docente por horas en la Escuela Normal Urbana “Profr. Domingo Carballo Félix” de La Paz (1979–1988)

Mientras completaba sus estudios superiores, comenzó a impartir clases en la Escuela Normal Urbana, primero con carga parcial.

Docente de tiempo completo en la Escuela Normal Urbana (1988–2003)

A partir de 1988, tras cumplir con los requisitos y presentar un proyecto académico en asamblea, obtuvo su plaza de tiempo completo en la Escuela Normal. Dejó entonces la educación primaria y se dedicó exclusivamente a la formación de futuros docentes.

Jubilación (2003)

Se retiró de la docencia tras 28 años de servicio oficial, aunque su trayectoria educativa inició desde antes con comisiones y colaboraciones en bibliotecas universitarias y escolares.

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Entrevista con Don Roberto Castro Guerrero, un policía de los de antes

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Vientos de Pueblo (*)

José Luis Cortés M.

 

San José del Cabo, Baja California Sur (BCS). La tarde se desliza lenta en la habitación donde don Roberto Castro Guerrero, de 91 años, reposa en una cama rodeada de fotografías que parecen contar su vida en imágenes. En una de ellas, abraza a un niño que ríe sobre un caballo de madera; en otra, estrecha la mano de un agricultor bajo un sol inclemente. Su hija Patricia, quien me acompaña en esta visita, señala una foto en blanco y negro: “Papá, aquí está con los niños del parque Benito Juárez. ¿Se acuerda cuando los dejaba subir a la patrulla para que jugaran con la sirena?”. Don Roberto sonríe con ojos brillantes: “Eran otros tiempos… más simples”.

Y lo eran. En los ochenta y noventa, San José del Cabo era un pueblo donde las puertas no se cerraban con llave y los niños corrían libres por las calles, sin tablets ni celulares, sólo con la imaginación como compañera. “La gente confiaba —recuerda Adriana, otra de sus hijas, mientras acomoda un álbum familiar—. Si un balón se metía a un jardín, el dueño de la casa lo guardaba hasta que el niño volviera por él. Hoy, con tanta tecnología, los chicos ni se conocen entre sí”.

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Don Roberto, con voz suave pero clara, revive aquella época. “La seguridad no se trataba de armas, sino de presencia —dice—. Si veía a un niño solo en la calle, paraba la patrulla y le preguntaba si necesitaba ayuda. A veces sólo quería jugar fútbol, y yo me quedaba un rato”. Lupita, su hija mayor, interviene: “Nosotras nos enojábamos porque siempre llegaba tarde a cenar. ‘La gente me necesita’, decía. Y teníamos que entenderlo”.

Un vecino, don Arsenio, entra a la habitación con una caja de mangos. “Comandante, le traigo de su árbol —dice, refiriéndose a un ejemplar que don Roberto plantó hace décadas frente a su casa—. ¿Se acuerda cuando lo regaba todas las mañanas? Usted decía: ‘Si el pueblo crece, la sombra debe alcanzar para todos’”.

La vida de don Roberto era un tejido de pequeños gestos. Una mañana de 1993, una niña de 7 años se perdió en el mercado. Él la encontró llorando junto a un puesto de frutas, la subió a su patrulla y recorrió el pueblo con ella hasta reconocer su casa. “No sólo la devolvió —cuenta Patricia—, sino que después llevó despensas a la familia. ‘La pobreza es la primera semilla del miedo’, repetía”.

Alicia, que entonces era adolescente, lo acompañaba a veces en esos recorridos. “Lo veía dialogar con los jóvenes que hoy son padres de familia. Les decía: ‘El futuro no se compra con dinero, sino con trabajo’. Y ellos lo escuchaban porque sabían que no tenía doble cara”.

En las noches, don Roberto no descansaba. Si sonaba el teléfono, fuera por un choque o una disputa familiar, él acudía. “Una vez, una señora llamó porque su esposo, borracho, amenazaba con romper los muebles —recuerda Patricia—. Mi papá llegó, lo sentó en la cocina y le preparó café. ‘La violencia no arregla nada’, le dijo. Al final, el hombre lloraba pidiendo perdón. Así era él: un mediador, no un represor”.

Hoy, a sus 91 años, don Roberto sigue siendo el mismo. Aunque postrado, recibe visitas de quienes lo recuerdan como el guardián que no necesitaba armas para inspirar respeto. “La semana pasada vino un muchacho de 30 años —cuenta Alicia—. Le dijo: ‘Comandante, gracias a usted no me metí en problemas. Siempre me sacaba de la calle para llevarme a la escuela’. Y don Roberto, con su humor intacto, le respondió: ‘Pero si tú eras el más travieso’”.

La tarde se desvanece. Uno de sus yernos le ayuda a don Roberto a beber un poco de agua. “Don Roberto, ¿se acuerda de Doña Rosa? —pregunta—. Hoy me contó que usted le regaló un vestido para el cumpleaños de su hija en 1995. ‘No tenía qué ponerse’, le dijo. Y usted movió cielo y tierra para conseguírselo”.

Don Roberto cierra los ojos y sonríe. En la pared, una foto lo muestra rodeado de niños en un parque. Afuera, el viento mueve las hojas del árbol que plantó. “Este pueblo lo lleva en el alma —murmura Lupita—. Por eso la gente lo sigue queriendo tanto”.

Y en el silencio de la habitación, entre el tic-tac del reloj y la respiración pausada de don Roberto, se entiende que un hombre no necesita titulares para ser inolvidable. Solo manos tendidas, palabras sinceras y un corazón que nunca dejó de latir por los demás.

¿Qué nos falta hoy para recuperar aquellos valores? Mientras observo a don Roberto dormir, rodeado de sus hijas, surge una pregunta inevitable: ¿qué se necesita para que un pueblo vuelva a confiar en sus guardianes, para que los niños jueguen en las calles sin miedo, para que la autoridad sea sinónimo de esperanza y no de sospecha? La respuesta, quizá, esté en las pequeñas cosas que él practicó: escuchar antes de juzgar, tender puentes antes que muros, y entender que la verdadera seguridad nace del respeto, no del miedo.

Un agradecimiento eterno a don Roberto Castro Guerrero, por recordarnos que un uniforme no hace a un servidor, sino el alma que lo lleva. Por enseñarnos que la justicia no siempre está en las leyes, sino en las manos que ayudan a levantarse a quien cae. Y por regalarnos, en tiempos oscuros, la certeza de que un México mejor no es un sueño, sino una semilla que late en cada acto de bondad. Gracias, Comandante. Su legado es un faro que, incluso en la distancia, sigue alumbrando el camino.

(*) Esta entrevista obtuvo Mención Honorífica en el Premio Estatal de Periodismo «Mary Nogales», 2025.

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Recorriendo la historia: Un viaje dominical por los siglos XIX y XX en La Paz, BCS

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Cada domingo, al despuntar el alba, un grupo de personas se reúne frente al antiguo muelle fiscal de La Paz, Baja California Sur, para emprender un viaje al pasado. No se trata de una simple caminata, sino de un recorrido histórico-cultural que revive los siglos XIX y XX a través de las calles del Centro Histórico de esta ciudad-puerto, rica en memoria, arquitectura y tradición. Este proyecto, que comenzó en 2012, ha sumado ya casi 300 recorridos y se ha consolidado como una de las más valiosas experiencias de enseñanza y difusión cultural de la región.

La iniciativa fue concebida como una innovadora metodología de práctica docente para la enseñanza de la historia local. Mediante el uso de fotografías de edificaciones antiguas y visitas in situ, los participantes logran vincularse con el pasado de una manera vivencial y crítica. Pero este esfuerzo va más allá de lo académico: se trata de una propuesta de vinculación social y extensión universitaria impulsada por el Centro de Documentación de Historia Urbana (CEDOHU), perteneciente al Departamento Académico de Economía del Área de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS).

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Lo que distingue a estos recorridos es su cuidadosa preparación y su compromiso con la CEDOHU. Cada domingo, durante unas dos horas y media o tres, los asistentes recorren a pie un entramado de calles llenas de historia: Ignacio Bañuelos Cabezud, Manuel M. Esquerro, Agustín Arriola, Ignacio Zaragoza, Artesanos, 16 de septiembre, Revolución, Independencia, Serdán, 5 de mayo, Francisco I. Madero, Belisario Domínguez y Paseo Álvaro Obregón, hasta llegar al emblemático hotel Perla. Cada paso es acompañado por relatos, imágenes y anécdotas que revelan los secretos de la ciudad que, de otro modo, podrían perderse en el olvido.

El equipo que conduce estos recorridos está conformado por el arquitecto Gilberto Piñeda Bañuelos y los historiadores Alma Castro Rivera y Homero Avilés, quienes con pasión y profundo conocimiento guían a los participantes por las huellas arquitectónicas y sociales que han definido la fisonomía de La Paz a lo largo de más de un siglo.

Este proyecto ha demostrado que el conocimiento no tiene por qué estar confinado a las aulas. Al contrario, salir a la calle, mirar los edificios, escuchar las historias que encierran y confrontarlas con imágenes del pasado convierte el aprendizaje en una experiencia transformadora. Además, se fomenta la apropiación del patrimonio urbano por parte de la comunidad, fortaleciendo así su identidad cultural.

La participación en los recorridos es completamente gratuita, aunque se requiere una inscripción previa con al menos 15 días de anticipación. El grupo debe contar con un mínimo de diez personas, un responsable del grupo y otro encargado de hacer el registro fotográfico de la actividad. Para registrarse, los interesados deben escribir al correo [email protected] o comunicarse a la extensión 3250.

A través de estos recorridos, CEDOHU no sólo difunde los frutos de sus investigaciones históricas, sino que también contribuye activamente a evitar la pérdida de la memoria urbana. En una época en la que el desarrollo urbano muchas veces pasa por alto el valor de lo antiguo, iniciativas como esta nos recuerdan que la historia está viva en los muros, en las calles y en los relatos de quienes habitan la ciudad.

La Paz, con su brisa marina y su calma aparente, guarda en sus rincones cientos de historias que esperan ser contadas. Y cada domingo, al amanecer, un grupo de ciudadanos y curiosos del pasado emprenden el camino para escucharlas, con la certeza de que conocer la historia de una ciudad es también conocerse a uno mismo.

Porque para comprender el presente y construir un futuro más consciente, es imprescindible mirar atrás. Y qué mejor forma de hacerlo que caminando por las calles de nuestra historia.

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El Pato Ayala: Recuerdos salobres de un niño del malecón

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Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La historia de un lugar no se mide solamente por sus edificios, ni por sus monumentos, sino por las voces que la han caminado, respirado y sentido. Una de esas voces que aún resuenan con la fuerza del mar de La Paz es la de don Alberto Ayala Luken, conocido cariñosamente como El Pato. Entrevistado por Juan Romero el 25 de septiembre de 2020, El Pato desentrañó un cofre de memorias que nos llevan de vuelta a un tiempo en que la ciudad era más costa que asfalto, más palomilla que tráfico.

Alberto nació “allí donde está El Bismarkcito, en la casa de la esquina”, en pleno corazón del malecón paceño. Su infancia transcurrió entre arenas cálidas y aguas transparentes, acompañado por personajes entrañables como don Miguel Aguilar, con quien exploraba los callitos, ese lugar donde el esterito empezaba sin caminos ni carreteras. En aquellos años, los postes de luz, o arbotantes, aún estaban colocados en medio de la calle, y los árboles, crecidos con libertad, se enlazaban de lado a lado como si se tomaran de la mano.

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La palomilla y los juegos del mar

La niñez de El Pato Ayala estuvo definida por su entorno: el mar. Mientras algunos niños crecían con canicas o trompos, él nadaba, buceaba y lanzaba la atarraya que le regaló su padre. Fue amigo de personajes como Arturo Winkler y Ángel César Mendoza Arámburo, quienes formarían parte de su círculo íntimo por años. Su escuela, la 20 de Noviembre, ubicada cerca del jardín Velasco, era un salón de madera donde reinaban la camaradería y los sueños pequeños de los grandes hombres del mañana.

Entre historias risueñas,El Pato recuerda también una de las primeras tragedias aéreas de La Paz: un avión que cayó cerca de la Hacienda, mucho antes del conocido accidente por la ETI No. 1. Era la época en la que los rumores eran tan veloces como las bicicletas, y cualquier suceso importante quedaba para siempre en la memoria oral del pueblo.

Travesías a nado y exploraciones submarinas

Uno de los pasatiempos favoritos de El Pato era nadar hasta El Mogote, acompañado de amigos como Tecolote Estrada y Alejandro Osuna. La pandilla cruzaba kilómetros de mar para sacar callos de hacha, buceando hasta el cansancio y regresando a casa con el orgullo de haber conquistado las aguas. En ocasiones, usaban una panga que les prestaba Poncho Rodríguez, aunque eso no evitaba que en más de una ocasión terminaran chapoteando con el agua hasta las rodillas por sobrecargarla.

El tiempo de las carreras y los motores

Ya adolescente, la pasión por el mar se mezcló con la velocidad. En 1955, El Patoparticipó en una carrera automovilística que salía desde La Paz rumbo a San José del Cabo y regresaba. En un tiempo donde no existían carreteras pavimentadas, esta travesía representaba tanto un reto como una aventura. Junto a Manuel Parra, el Güero Angulo, El Campanita y un puñado de valientes, recorrieron el trayecto en poco más de seis horas, enfrentando ejes rotos y arroyos crecidos. Aquella carrera, que sólo concluyeron siete de catorce autos, fue una hazaña para la época.

Aventuras en Guerrero Negro

En 1956, Alberto partió rumbo a Guerrero Negro junto a otros veinte hombres, contratados por el Sr. McCarthy. A bordo de un barco comandado por el Capitán Suárez, llegaron a un sitio aún en gestación. Allí trabajó en talleres, reparando vehículos y más tarde, gracias a su conocimiento del inglés, fue asistente del comodoro McFarland, parte de la poderosa flota del empresario Rudick.

Durante diez años, El Pato fue testigo del desarrollo de Guerrero Negro. Aprendió a maniobrar barcos, a enfrentar tempestades y a hacerse respetar en un mundo dominado por el mar y la sal. Llegó a ser capitán de puerto por parte de la compañía, y sus recuerdos de aquella época están llenos de trabajo duro, pero también de camaradería y aprendizajes inolvidables.

Las memorias que flotan como espuma

La vida de El Pato es la vida de muchos paceños de antaño: marcada por el mar, la tierra y la gente. En su relato, no hay nostalgia amarga, sino una alegría vibrante, una carcajada que se mezcla con los recuerdos. Habla de personajes como Carlos El Negro Benseman, el Liborio, el Güero Angulo, y tantos otros que tejieron con él la historia no oficial de La Paz.

Su paso por la gasolinera, sus travesuras en el malecón, las panquitas, las carreras, las tiendas como la de Chale Arámbulo, todo eso forma parte de un mural invisible que hoy cobra vida en sus palabras.¿

Un legado contado en voz viva

Al concluir la entrevista, El Pato no duda en agradecer. Sabe que su historia, aunque simple, tiene valor. Es un testimonio de una época más humana, más libre, donde las aventuras no venían en pantallas, sino en la experiencia vivida al aire libre. El 30 de diciembre de 2021, el Sr. Ayala Luken partió a su última morada. Que en paz descanse.

Este testimonio no sólo rescata las anécdotas de un hombre entrañable, sino también la esencia de una La Paz que ya no existe, pero que aún respira en la memoria de sus habitantes más antiguos.

Gracias, Pato, por compartir tu historia. Que nunca se pierda el eco de las voces que nacieron del mar.

Referencia

Video de Youtube https://www.youtube.com/watch?v=v54rnsSiLMA realizado por el Sr. Juan Romero.

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