Barbie: el lado oscuro del feminismo woke

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Colaboración especial

Alejandro Aguirre Riveros

La Paz, Baja California Sur (BCS). La película pega fuerte desde el inicio con un homenaje descarado y genial a 2001: Odisea en el Espacio de Stanley Kubrick, gritándonos a la cara que esto no es una mera comedia trivial. No, amigos, en vez del monolito que reescribe la historia de la humanidad, nos topamos con una Barbie titánica, un símbolo de la evolución de una tradición de muñecas que, en el pasado, solo permitían jugar a ser mamá y que ahora invitan a jugar a ser una mujer empoderada. Y así, nos encontramos ante una inabarcable galería de roles y versiones de la famosa muñeca de Mattel.

Esta introducción busca distinguirse de las comedias banales, dejando claro que estamos ante una obra creada por dos cineastas que han perfeccionado su arte. Nos referimos a Greta Gerwig y Noah Baumbach, las mentes brillantes detrás de éxitos laureados por la crítica como Lady Bird y Marriage Story, quienes ahora intentan tejer su magia en torno al universo de Barbie.

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El diseño de producción es absolutamente deslumbrante, y las actuaciones son simplemente impecables. La fotografía es un sueño. La recreación de escenarios basados en los icónicos juguetes, pura nostalgia. La recuperación de la frescura y la magia de la imaginación infantil es sencillamente un viaje al pasado.

A todo esto, se suman las constantes referencias a otras cintas y es que Barbie resulta ser un exquisito cóctel cinéfilo, bebiendo descaradamente de la inspiración de clásicos como El Mago de Oz, Un Americano en París, Cantando bajo la Lluvia, Clueless y West Side Story. La cinta también está repleta de guiños a las emblemáticas coreografías de Gene Kelly, las vertiginosas escenas de acción de The Matrix y los extravagantes abrigos de piel de Sylvester Stallone. Y, en una vuelta de tuerca digna de El Show de Truman, la trama tiene a Barbie abandonando la seguridad de Barbieland para descubrir a la niña que juega con ella en el mundo real, explorando así su propio proceso de autodescubrimiento en un plano metanarrativo que es tan fresco y juguetón como la misma muñeca de Mattel.

Es esencial destacar las impresionantes interpretaciones de Margot Robbie y Ryan Gosling. Robbie, encarnando a la icónica muñeca rubia, y Gosling, en el papel de su eterno consorte Ken, nos sumergen en un universo repleto de glamour y fantasía. Ambos actores despliegan una ejecución impecable, infundiendo gracia y carisma a dos personajes que, en otras circunstancias, podrían haberse quedado en meras representaciones de gigantescos muñecos de plástico. A este dueto se agrega el talento cómico indiscutible de Will Ferrell, quien parece diluirse en un papel que se siente escasamente desarrollado y descolocado. Su interpretación se asemeja más a un cameo de alto calibre que a un elemento intrínseco en el tejido de la trama.

Por otro lado, el guion, aunque agudo e ingenioso en momentos, se siente contradictorio. Lo que emerge tras la comedia y el deslumbrante espectáculo audiovisual es un relato profundamente heteronormativo que intenta subirse al tren de la corriente ‘woke’, para tropezar con su propio discurso. La película, en esencia, intenta transmitir que hombres y mujeres no se necesitan de manera inherente, y que deben embarcarse en un viaje de búsqueda de significado como individuos. Sin embargo, no puede alejarse completamente de las convenciones del romance y del género binario, lo que deja a la trama ligeramente tambaleante.

La cinta afirma desafiar las estructuras patriarcales y los estereotipos de género, cuando en realidad no ofrece una visión verdaderamente inclusiva. Esencialmente, la película se transforma así en un gigantesco anuncio, una propaganda woke, que promueve la diversidad y la inclusión, pero solo en la superficie. Y aunque es cierto que hay algo de mérito en la trama, como la reflexión alrededor del patriarcado y la autodefinición de la mujer más allá de las relaciones románticas, la película parece evitar deliberadamente tomar una postura clara en temas como la sexualidad y la diversidad de género.

El resultado una deformación del discurso feminista para convertirse en una estrategia de marketing que vende una versión diluida del feminismo en lugar de un verdadero mensaje de igualdad y emancipación. La muestra más clara es la total ausencia de una Barbie lesbiana en la trama, lo cual resulta en una oportunidad perdida para romper con la heteronormatividad inherente al patriarcado que busca cuestionar. Su inclusión habría proporcionado una representación necesaria y habría fortalecido el mensaje de empoderamiento e individualidad que la película pretende transmitir.

Además, la cinta se desliza hacia un territorio problemático y ligeramente misántropo en su representación de los hombres. La caricaturización de estos como seres débiles, sometidos por sus propios deseos, parece un eco de visiones anticuadas que no concuerdan con los tiempos contemporáneos. Esta aproximación no sólo se siente desfasada, sino que además refuerza estereotipos dañinos. En lugar de desafiar y deconstruir estas imágenes cliché, la película inadvertidamente las perpetúa, desaprovechando una gran oportunidad para reevaluar y redefinir las normas de género en el ámbito de la gran pantalla. En última instancia, parece ser más un intento de capitalizar la corriente ‘woke’ que un esfuerzo serio por desafiar y cuestionar las normas de género y sexualidad.

Más allá de sus buenas intenciones y su elenco estelar, Barbie ofrece a Mattel una higienización de su imagen mediante un discurso feminista cosmético que exculpa a la compañía de juguetes, una entidad que ha prosperado a costa de objetivar y fetichizar las infancias a través de su icónica muñeca. Nos encontramos, por tanto, ante la cara más siniestra del feminismo woke, una tendencia que, a falta de una crítica sustancial, termina convirtiendo esta lucha por una sociedad más justa e igualitaria — la más significativa de la historia de la humanidad— en un mero producto de consumo.

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AVISO: CULCO BCS no se hace responsable de las opiniones de los colaboradores, esto es responsabilidad de cada autor; confiamos en sus argumentos y el tratamiento de la información, sin embargo, no necesariamente coinciden con los puntos de vista de esta revista digital.

 




El Editor: Un Deslumbrante Despertar del Cine Sudcaliforniano

Colaboración especial

Alejandro Aguirre Riveros

La Paz, Baja California Sur (BCS). Hay películas que sabes que serán memorables desde que presencias su arranque, y El Editor es una de ellas. Su premisa se aventura a responder la pregunta existencialista: si al borde de la muerte, vemos pasar nuestra vida proyectada a la manera de una película, ¿cómo sería esta proyección para un editor cinematográfico? 

Nuestro protagonista, Marcos, un editor absorto en el metacine, comienza a sufrir los efectos de un tumor cerebral que, de manera insidiosa, distorsiona su realidad, convirtiéndola en un teatro de sombras, una pesadilla poblada de espectros del séptimo arte. El resultado es una cinta que se desenvuelve con una originalidad y surrealismo que remite involuntariamente a los episodios más célebres de la icónica serie sesentera La Dimensión Desconocida. Con la diferencia de que aquí la narrativa se enriquece con un vívido despliegue de la maestría técnica; la transición, el uso del color, la música, los sonidos y la fotografía, cada elemento en su lugar, son una simbiosis perfecta para plasmar la perspectiva alterada de la realidad a partir de una interpretación cinematográfica que devora a la vida.

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Marcos, a medio camino hacia la muerte, encuentra su tragedia entrelazada con una trama de amor. Pero, aclaremos, no estamos hablando del típico cuento de chico conoce a chica. Este romance se desdobla en la textura del argumento, como un meticuloso collage de impresiones y sentimientos, reflejados con la profundidad y autenticidad que solo los detalles cinematográficos pueden brindar. Son secuencias que parecen sacadas de un sueño, donde los sonidos, los diálogos, los silencios y las imágenes dan vida a la historia de amor entre Marcos, el editor, y Abril, la fotógrafa. Cada conversación en pantalla es una danza entre sus oficios y artes, dando una nueva dimensión a la narrativa.

Y es aquí donde destaca el valor único de El Editor: su audaz exploración y auténtica interpretación del lenguaje cinematográfico, un idioma que, sin duda, se ha infiltrado en las capas más profundas de nuestra cultura audiovisual, transformándose en su léxico natural. Nos hemos empapado de este lenguaje a través de películas, series, e incluso las redes sociales, como Tik Tok, nos han enseñado a editar nuestros recuerdos y la forma en que interactuamos con la realidad. Precisamente, este léxico es la base sobre la que se construye El Editor, planteando una pregunta inquietante: ¿Quiénes somos como espectadores cuando el séptimo arte moldea nuestra interpretación de la realidad y nuestra interacción con ella? 

El mediometraje, dirigido por el paceño Alejandro Savant, se eleva aún más con su elenco estelar: Juan José Antuna, Abril Ortiz, Cecilia Galván, Mario Jaime, Cecilia Rodríguez y Rodrigo Neymar. Así como con la productora y co-cinematógrafa Itzú Martínez que desempeña un papel crucial en la transmisión de este léxico en una narrativa que se siente tan real como natural. Destacando en el ámbito de la imagen la forma en que La Paz se convierte en la co-protagonista de la historia, con sus parques y murales, el malecón, el palacio de gobierno, e incluso las playas, todos ellos representando un papel preponderante en esta interpretación cinematográfica de la vida. No como un simple telón de fondo, sino como un miembro integral de la trama, mostrando la belleza inherente de la ciudad a través de su lente.

Alejandro Savant

Esta obra es un fiel testimonio de la esencia paceña: una producción independiente que se rodó durante dos años con recursos propios y bajo el esquema guerrillero de filmación. Es un auténtico hito para el cine local, un fenómeno que, similar a su geografía insular, brota de la visión de Alejandro Savant. Este cineasta, formado íntegramente en Baja California Sur, un estado que carece de escuelas de cine y de cinetecas, logra hacer visible el talento local y desvela una sed inherente por narrar historias sudcalifornianas que van más allá del cliché, escapando de la añoranza caduca y forzada por la Ciudad de los Molinos, las pinturas rupestres y el pasado perlero para dialogar con lo universal desde lo local en un deslumbrante lenguaje millenial.

Sin duda, El Editor marcará un antes y un después, será recordada como la chispa que encendió la primavera del cine en Sudcalifornia. Pero esta no será una primavera convencional, sino más bien otoñal. Así como el desierto florece a la primera señal de lluvia en agosto, parece que la desolada cinematografía sufcaliforniana vislumbra el preludio de una lluvia creativa. Directores jóvenes y prometedores ya se asoman en el horizonte, dispuestos a irrumpir en escena, ya sea a través del documental o del cortometraje. Nombres como Paula de Anda, José Permar, David Liles, Reynaldo Meza, Mike Henaine, Gabriel Rodríguez, Manelick Ortega y Rey Hiram Lucero Marín, por citar a algunos, son los que están encendiendo las luces de este nuevo amanecer del cine sudcaliforniano. 

¡Festejemos pues el talento de casa! Y no pierdas de vista las próximas presentaciones de El Editor: Versión Final. Pero, ya te lo adelanto, no la busques en la cartelera de tu cine más cercano y tampoco en tu servicio de streaming preferido: ahí solo encontrarás cine gringo o chilango. La obra de Alejandro Savanta, como auténtico fruto de un esfuerzo guerrillero y contracultural, será proyectada en cines independientes, cineclubs y circuitos alternativos. Así que, prepara tus palomitas y disponte a disfrutar de esta joya fuera del circuito habitual. ¡El cine sudcaliforniano ha llegado para quedarse!

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Spider-Man: Across the Spider-Verse y la reinvención del cine de superhéroes

Colaboración especial

Alejandro Aguirre Riveros

La Paz, Baja California Sur (BCS). Los superhéroes, esos seres enmascarados y en mallas que hemos idolatrado desde nuestra niñez, son en esencia un reflejo, una metáfora brillante y colorida de la sociedad en la que nacieron y se desarrollaron. A través de su historia se despliega un panorama sociocultural que trasciende sus viñetas, permitiendo descubrir facetas ocultas y menos exploradas de nuestro propio mundo. Es precisamente esta capacidad de reflejo social y cultural lo que hace que el análisis de Spider-Man: Across the Spider-Verse sea una propuesta fascinante, revelando una nueva dimensión del concepto de superhéroe.

Comencemos por entender el contexto de su origen: los superhéroes son una fantasía boomer norteamericana. Son la proyección de una generación que, en su infancia y adolescencia, gozó de una abundancia sin precedentes. Los ‘baby boomers’ disfrutaron de un crecimiento económico robusto, costos de vida bajos, y acceso a la educación de calidad. No es casualidad que la edad de oro de las historietas coincidiera con este periodo: los cómics de superhéroes reflejaban las aspiraciones y preocupaciones de la época, se convirtieron en el emblema del Sueño Americano y simbolizaban una prosperidad que parecía inagotable.

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Pero esta imagen del superhéroe cambió radicalmente tras la crisis de 2008. La pérdida masiva de viviendas, el aumento del desempleo y la creciente desigualdad económica desfiguraron el sueño americano, transformándolo en un espejismo inalcanzable. Los superhéroes, tradicionalmente alineados con el sistema y los defensores del orden, se desenmascararon, revelando su verdadero rostro como herramientas de propaganda y adoctrinamiento. Los superhéroes pasaron a ser lo que siempre fueron, en esencia: fascistas con capas y superpoderes.

El fascismo de los superhéroes se evidencia en el uso frecuente de la fuerza física para resolver problemas, su tendencia al vigilantismo que desafía el estado de derecho, su representación como seres superiores y la dicotomía maniqueísta y simplificada de una supuesta lucha entre el bien y el mal dentro de sus narrativas. Todo ello se pone en evidencia en la crisis narrativa actual que ha llevado a dos principales corrientes dentro de las adaptaciones del comic al séptimo arte: por un lado el Universo Cinematográfico de Marvel como máximo exponente de una infantilización del público, ofreciendo películas llenas de humor, acción y una moralidad simplificada que dan como resultado cintas por demás aburridas y llenas de clichés. Por otra parte, una narrativa más crítica busca explorar diversos temas para resignificar el papel del superhéroe en una realidad en la que parece ya no encontrar arraigo: en Logan (2017), se indaga acerca de la muerte del superhéroe; mientras que Joker (2019) nos brinda una revalorización del villano; en Dredd (2012) y la serie The Watchmen  (2019) se examina al superhéroe desde una perspectiva fascista; y por último cabría mencionar The Boys (2019-) en la que el superhéroe se redescubre como la expresión máxima del ultracorporativismo y el necro-capitalismo en acción.

Spider-Man: Across the Spider-Verse, sin embargo, elige una tercera vía, un camino menos transitado. El personaje de Miles Morales y el concepto del multiverso que incorpora la película aportan diversidad cultural y étnica a la ecuación, promoviendo la justicia colectiva y representando superhéroes como jóvenes comunes de comunidades multiculturales. Esta es una visión radicalmente diferente de la figura del superhéroe, que se aleja de la tradicional idea del superhombre» individualista y solitario y nos acerca a un concepto de héroe más inclusivo y democrático.

La trama de la película es una montaña rusa de emociones y sorpresas, que nos lleva desde las calles de Nueva York hasta las dimensiones más inesperadas del multiverso, entre las que sobresalen Mumbhattan — una ciudad en la Tierra-50101 basada en Mumbai y Manhattan — y la Gran Manzana en su versión Lego. Miles Morales, ahora un adolescente con aspiraciones universitarias, tiene que lidiar con la presión parental y su responsabilidad como Spider-Man, mientras enfrenta a un nuevo villano, The Spot, interpretado de manera magistral por Jason Schwartzman; al tiempo que recibe la visita inesperada de su amor imposible: Spider-Gwen. No obstante, Miles Morales no está solo en esta lucha. A su lado, se congrega una pléyade de superhéroes provenientes de diversos universos, dispuestos a afrontar el reto. Esta alianza ilustra que la lucha por la justicia es una contienda colectiva y multicultural: una Spider-Woman en estado de gestación, un Spiderman de origen hindú y un rebelde Spider-Punk británico, interpretado por Daniel Kaluuya, destacan entre el innumerable ejército de Spider-Men al que finalmente se une Miles Morales.

Into the Spider-Verse se llevó a casa el Oscar a la mejor película animada en 2018, redefiniendo el panorama de la animación al apartarse del tradicional estilo Pixar, hasta entonces replicado por los principales estudios. Esta innovación rompió con los convencionalismos al incorporar texturas y efectos que remiten al mundo de los cómics, abriendo así la puerta hacia una animación no fotorrealista donde la pantalla grande se transforma en un lienzo de múltiples posibilidades estéticas. Spider-Man: Across the Spider-Verse aprovecha al máximo estas posibilidades, evidenciando que no es una simple secuela, sino una excepcional película animada que se sostiene por sí misma, en gran medida gracias a la atención meticulosa, el detalle y la riqueza de su diseño artístico.

En conclusión, Spider-Man: Across the Spider-Verse es mucho más que una digna secuela. Se trata de una poderosa reinvención del cine de superhéroes, que demuestra que es posible combinar entretenimiento y una visión crítica de la realidad sin dejar de lado el aspecto artístico del séptimo arte.

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Rápido y Furioso 10: adoctrinamiento con sabor a caucho quemado

Colaboración especial

Alejandro Aguirre Riveros

La Paz, Baja California Sur (BCS). Si eres de aquellos que encuentran placer culpable en las películas tan malas que son buenas, entonces Rápido y Furioso 10 será un regocijo para tu paladar cinematográfico. Es una cinta que parece haberse propuesto desafiar no solo las leyes de la física, sino también del buen juicio. Y es que, en este pandemonio a alta velocidad, la muerte parece más un receso que una despedida definitiva para los personajes.

El reparto estelar, con nombres que van desde Charlize Theron hasta Jason Statham y John Cena, no logra esquivar los diálogos insípidos y repletos de frases cliché. Y a pesar de haber soportado el peso de una saga de diez películas, los personajes mantienen un nivel de superficialidad que, paradójicamente, resulta admirable. Pero, no nos engañemos, la saga Rápido y Furioso nunca pretendió ser un tratado de profundidad y complejidad. La risa -y a veces la incredulidad- es la reina de este espectáculo.

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Vin Diesel, retomando el rol de Dominic Toretto, emerge como un coloso de la masculinidad exagerada que deambula a lo largo del filme. Si buscas actuaciones inolvidables, quizás debas seguir buscando, a menos que encuentres memorable el empeño casi frenético de Jason Momoa por inyectar vida a su personaje.

El último episodio de la saga Rápido y Furioso presenta en su tablero de juego a caras recurrentes y otras que, simplemente, hacen una aparición relámpago. Pero la carta maestra del film es el personaje de Dante, interpretado con una extravagancia desbordante por Jason Momoa. Su rol de villano, con un apetito de venganza que se despliega desde la secuencia inicial, podría recordarnos a una versión descarriada del Joker, evocando de manera torpe más a Cesar Romero que a Nicholson o Ledger. El resultado: más patético que fascinante.

Pero este misil descontrolado encarna una amenaza para Dom (Vin Diesel) y su clan automovilístico, iniciando con una persecución descomunal que pone en jaque a la ciudad de Roma. Luego, el epicentro se desplaza a Río de Janeiro, donde se desarrolla una carrera automovilística, un guiño nostálgico a la esencia de la saga, en medio de su extravío narrativo actual.

El plan del villano Dante pone a Dom y a su banda huyendo de la justicia, con la ayuda compasiva de una agente gubernamental (Brie Larson) y la implacable persecución de otro agente (Alan Ritchson).

A estas alturas, las entregas de Rápido y Furioso han logrado una sofisticación de la acción que resulta hilarantemente absurda, obligándote a aceptar su ridiculez en forma de esteroides o, como es más frecuente en esta última entrega, provocándote risas por su absurdo sin límites.

Visualmente, Rápido y Furioso 10 es una orgía de efectos CGI que, sin embargo, parecen pertenecer a una época anterior, una donde aún podíamos sorprendernos con la magia digital. No obstante, el verdadero atractivo de esta décima entrega radica en su audacia para presentar una trama absurda con la solemnidad de un drama de época.

La saga sigue tropezando con la representación femenina, presentando personajes que parecen más atuendos decorativos que individuos complejos en el mundo de alta testosterona de Dominic Toretto. Resulta desconcertante que, a estas alturas, una franquicia tan rentable siga manteniendo una visión tan arcaica y superficial de sus personajes femeninos.

Pero no se equivoquen, Rápido y Furioso 10 es un viaje desbocado y absurdo que atrapará tu atención con su audacia. Sin embargo, detrás de su fachada de espectáculo palomero, se esconde un análisis perturbador. En «La máquina del desamparo», una obra inédita del autor Pablo Chiw, se utiliza la metáfora de las avispas parasitoides para ilustrar cómo ciertos sistemas socioeconómicos pueden manipular y controlar a las comunidades en beneficio de un poder superior.

La saga de Rápido y Furioso, y en particular su décima entrega, se convierte en un caso de estudio de cómo el cine comercial estadounidense se vuelve cada vez más explícito en su adoctrinamiento. Dominic Toretto, el prototipo de la masculinidad contemporánea, es un individuo musculoso, adinerado y con arraigados valores familiares. Su vida está rodeada de automóviles de lujo y mujeres hermosas, un modelo que, para el hombre promedio, es un ideal inalcanzable. Esta brecha crea en el inconsciente colectivo una frustración constante y alimenta una percepción distorsionada de la realidad social.

La saga Rápido y Furioso, de este modo, promueve el automóvil como un elemento de deseo, un símbolo de estatus que enmascara su verdadera naturaleza. Anualmente, alrededor de 1.3 millones de personas pierden la vida en accidentes de tráfico en todo el mundo. Además, la contaminación producida por los vehículos puede ocasionar más de 11,000 muertes anuales.

Pero quizá el daño más profundo es cómo el autocentrismo transforma nuestras ciudades en pesadillas de tráfico, favoreciendo a unos cuantos propietarios de vehículos, en vez de impulsar el transporte público y las vías ciclistas.

En resumen, Rápido y Furioso 10 es un carrusel vertiginoso y absurdo que, tras su inocente fachada, esconde una realidad perturbadora sobre cómo ciertas lógicas socioeconómicas pueden manipular a la sociedad. Es un deleite para los amantes del cine tan malo que es bueno, un festín de acción y adrenalina que, sin embargo, deja un sabor agridulce tras su estela de polvo y caucho quemado.

 

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¡Qué viva México!

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Colaboración especial

Alejandro Aguirre Riveros

La Paz, Baja California Sur (BCS). ¡Alerta spoiler! Pero nada que no te ahorre el sufrimiento de sentarte a ver ¡Qué Viva México! (2023), la última entrega de Luis Estrada, el rebelde de la cinematografía mexicana, famoso por sus ataques frontales y sin piedad a la política y la sociedad de nuestro país. En sus cintas pasadas, Estrada ha demostrado una capacidad notable para mezclar el humor y la sátira en una disección brutal de la realidad mexicana. Sin embargo, en esta ocasión, su nuevo proyecto deja mucho que desear.

A lo largo de su carrera, este audaz director ha homenajeado a los grandes del cine internacional, desde Fellini hasta De Sica, y ha incorporado elementos de la Época de Oro del cine mexicano, en especial de humoristas como Cantinflas y Tin Tan. Pero en esta ocasión, lo que nos entrega es más una caricatura que una película, y nos deja preguntándonos: ¿Dónde quedó Estrada?

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Después de casi una década de silencio desde «La dictadura perfecta» (2014), Estrada vuelve con «¡Qué Viva México!», una cinta que genera mucha expectativa pero que termina cayendo en una parodia de sí misma. Nos presenta la historia de Pancho Reyes, quien tras olvidar sus raíces humildes durante dos décadas, regresa a su pueblo natal, La Prosperidad, para enfrentarse a una guerra despiadada por la herencia de su adinerado abuelo minero.

Los Reyes de La Prosperidad, una excéntrica familia que no duda en usar cualquier medio para ganar esta guerra por la herencia, se transforman en el centro de un espectáculo caótico y folclórico. Pero lo que parece un inicio prometedor se apaga a medida que la película se prolonga. Lo que podría haber sido una crítica mordaz y aguda se convierte en un enervante espectáculo de tres horas que te deja exhausto y frustrado.

El humor, que alguna vez fue la gran arma de Estrada, se siente forzado y repetitivo en ¡Qué Viva México! El contraste entre los familiares fifís y «el pueblo noble» pierde su gracia en poco tiempo y lo que queda es un abismo sombrío de desesperanza donde ningún personaje se salva. En lugar de ofrecer una visión fresca y audaz sobre el México contemporáneo, Estrada nos presenta una cinta llena de estereotipos y clichés que parecen sacados de un meme de Facebook.

Los personajes son caricaturas sin redención, lejos de la complejidad y profundidad que nos había acostumbrado este maestro del cine. Desde el corrupto gobierno hasta la población de doble moral, todos reciben su dosis de ironía, pero lo hacen en una serie de chistes y situaciones que parecen más propias de una telenovela de bajo presupuesto que de una película de un director reconocido como Estrada.

Y aquí es donde duele más. ¡Qué Viva México! se siente como una oportunidad desperdiciada, una crítica superficial que se queda corta en todos los aspectos. En lugar de ofrecer una visión incisiva y mordaz de la sociedad mexicana, la cinta cae en la repetición y la trivialidad, sin ofrecer nada nuevo o provocador.

Estrada, alguna vez considerado un visionario, parece haberse rendido ante la facilidad de los estereotipos y el humor simple. Su crítica, antes aguda y penetrante, se ha diluido en una lluvia de chistes sin gracia y situaciones forzadas que apenas provocan una sonrisa. Su película se convierte en un reflejo sombrío de la desesperanza y la corrupción que parece justificar lo mal que está México, sin ofrecer ninguna propuesta o solución.

Este mar de trivialidades se siente aún más evidente en la construcción de los personajes. Los actores, algunos de ellos reconocidos por su talento, como Damián Alcázar y Joaquín Cosío, parecen perdidos en este revoltijo de clichés y situaciones ridículas. A pesar de que interpretan tres roles distintos, la falta de un guion bien desarrollado y una dirección clara convierte sus actuaciones en algo olvidable.

Estas referencias a Los Tres Huastecos, una clásica película de la época de oro del cine mexicano, parecen forzadas y sin ningún sentido, como si Estrada estuviera tratando de emular el éxito de sus anteriores cintas sin realmente entender lo que las hacía únicas.

Incluso el mensaje político, siempre presente en las obras de Estrada, se pierde en este mar de absurdos. Lo que debería ser una crítica mordaz al nuevo jugador en la escena política mexicana, Morena, se convierte en una sátira superficial y vacía, que no aporta nada nuevo a la conversación.

La duración de la película, innecesariamente larga, solo agrega a la frustración del espectador. Lo que podría haber sido un divertido sketch se convierte en una agonía de tres horas que se siente más como un castigo que como una experiencia cinematográfica.

En conclusión, ¡Qué Viva México! es una gran decepción. Lejos de ser una crítica audaz y mordaz a la política y la sociedad mexicanas, se convierte en una burla de sí misma, que deja al espectador con un sabor amargo y la sensación de haber desperdiciado tres horas de su vida. Es una lástima que un director tan talentoso y provocador como Luis Estrada haya perdido su rumbo de esta manera.

Nos queda la esperanza de que este patito feo de la filmografía de Estrada sea solo un traspié y que en el futuro nos entregue cintas que nos devuelvan la fe en su talento. Mientras tanto, quédense con La ley de Herodes y olviden que ¡Qué Viva México! existe. Porque, aunque suene duro, este es un filme que ni merece ser recordado ni, mucho menos, ser visto.

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