La influencia de los jesuitas en la colonización de California (1697–1768) y las razones de su expulsión

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La colonización europea de la península de Baja California no debe pensarse únicamente como una empresa militar o de conquista, sino también como un proyecto religioso y cultural cuyo motor principal, durante buena parte del siglo XVIII, fue la Compañía de Jesús (los jesuitas). Entre 1697 y 1768 —aproximadamente siete décadas— los jesuitas fundaron un entramado de misiones, caminos e intercambios con los pueblos originarios, transformando radicalmente la geografía social, económica y demográfica de lo que hoy conocemos como Baja California. Sin embargo, su presencia terminó abruptamente con la Pragmática Sanción de 1767 dictada por el rey Carlos III de España, un acto que refleja las tensiones entre poder real, iglesia y orden religiosa. En este artículo de opinión analizo la doble cara de la labor jesuítica: su contribución a la colonización, y las causas —políticas, religiosas y económicas— de su expulsión.

La colonización efectiva de Baja California desde territorio europeo comienza en 1697, cuando los jesuitas desembarcan en lo que hoy es Loreto. Ese 25 de octubre de 1697 se funda la Misión Nuestra Señora de Loreto Conchó, considerada la “madre” de todas las misiones californianas de la mano del sacerdote Juan María de Salvatierra. A partir de Loreto, los jesuitas iniciaron un ambicioso proyecto misional: entre 1697 y 1767 fundaron 16 misiones que abarcaron prácticamente toda la península, especialmente la parte central y sur, y comenzaron también la expansión hacia el norte.  Estas misiones no fueron simples capillas: representaron la estructura básica de colonización. A través de ellas, los jesuitas intentaron evangelizar a pueblos originarios como los pericúes, guaycuras y cochimíes, imponer un nuevo orden económico (agricultura, ganadería, introducción de cultivos europeos), transformar patrones de vida, y al mismo tiempo asegurar la presencia efectiva de la corona española en territorios remotos.

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El resultado fue una reorganización drástica del paisaje humano: nuevos asentamientos, caminos de comunicación, un contacto consistente —aunque conflictivo— con los pueblos indígenas, y una estructura que vinculaba directamente a la península con la Nueva España mediante la evangelización, la administración eclesiástica y las relaciones —aunque asimétricas— con los nativos. No obstante, este proceso también significó la aculturación indígena, pérdida de autonomía, impactos demográficos (enfermedades, reducción poblacional), desestructuración social. Las misiones representaron la punta de lanza de una colonización espiritual y cultural, con consecuencias de largo plazo para la península.

Los jesuitas introdujeron el primer modelo estable de colonización permanente en Baja California. Sin ellos, la península habría permanecido mucho más aislada, fragmentada, sin una articulación religiosa, social y territorial clara. En ese tiempo, la península presentaba enormes desafíos: geografía difícil, clima árido, dispersión de pueblos indígenas, ausencia de asentamientos europeos permanentes. La corona española no contaba con recursos —ni voluntad suficiente— para llevar colonos masivos, instalar ciudades o invertir dinero.

Para la monarquía, la estrategia misionera —encabezada por órdenes religiosas como la Compañía de Jesús— resultó ideal: les permitía extender la soberanía española con mínima inversión militar o civil, confiando en religiosos cuya “misión” era espiritual, pero que en la práctica actuaban como colonizadores, maestros, administradores, hacendados y mediadores entre pueblo, territorio y corona. Los jesuitas ofrecían disciplina, organización, compromiso religioso, y —gracias a su red internacional y autonomía interna— podían administrar grandes extensiones, mantener misiones aisladas, negociar con pueblos indígenas, sostener economías de subsistencia y producción, y consolidar la presencia española en territorios marginales.

Su influencia iba más allá de lo espiritual: definieron el trazado de caminos, establecieron núcleos de población, transformaron el uso de la tierra, introdujeron ganado, cultivos y estructuras productivas, y cimentaron una colonización paulatina que con el tiempo daría forma a lo que ahora son comunidades, pueblos y centros urbanos en Baja California Sur. Todo este proyecto, sin embargo, tuvo un final abrupto: el 2 de abril de 1767, el rey Carlos III promulgó la Pragmática Sanción que decretó la expulsión de los jesuitas de todos sus dominios —España y ultramar—, confiscando sus bienes.

La justificación oficial fue variada, manejada en parte como propaganda política: se acusó a la Compañía de fomentar ideas peligrosas, servilismo a Roma más que a la corona, excesiva acumulación de bienes y tierras, y hasta se les responsabilizó por disturbios recientes, como el Motín de Esquilache en 1766. Detrás de esos cargos se ocultaban motivos más profundos: con la llegada de los Borbones al trono español y la consolidación de un Estado centralista, absolutista y laicizante, las autoridades reales buscaban debilitar cualquier poder autónomo —religioso, local o internacional— que pudiera competir con el poder real. Los jesuitas, con su voto de obediencia al Papa y su red mundial, representaban un contrapeso incómodo.

Además, su autonomía, su capacidad para acumular propiedad, administrar misiones, tierras y riquezas, generaba recelos económicos: su patrimonio era cuantioso, y su control sobre amplios territorios implicaba un poder efectivo que escapaba al control directo del Estado. Así, lo que comenzó como una empresa religiosa y colonizadora fue vista, por la nueva lógica borbónica, como un obstáculo político: los jesuitas debían salir para que el poder real —centralizado, secular, reformista— se impusiera sin intermediarios.

En Baja California, este decreto supuso la evacuación forzosa de las misiones. Para finales de 1767 y comienzos de 1768 los misioneros jesuitas habían sido removidos de sus 16 misiones y 32 estaciones en la Nueva España. Poco después, las autoridades eclesiásticas y civiles asignaron la administración de las misiones a otras órdenes religiosas (franciscanos primero, luego dominicos) —una decisión con profundas implicaciones: la articulación entre misiones, colonización espiritual, control territorial y el antiguo “modelo jesuítico” quedó roto.

La expulsión de los jesuitas significó una transformación en la lógica de la colonización. Se rompió el proyecto de colonización “misionera-establecida”: los jesuitas habían construido un entramado de misiones casi contiguas que actuaban como nodos de colonización, producción, evangelización y articulación social. Su salida dejó un vacío difícil de llenar.

Las órdenes sucesoras (franciscanos, dominicos) llegaron con una visión distinta: bajo supervisión más estricta del Estado, con menor autonomía, recursos más limitados. El impulso expansivo disminuyó; la atención se orientó primero hacia nuevas áreas (Alta California) y luego a consolidar las misiones existentes. Muchas de las misiones antiguas entraron en decadencia con el tiempo, especialmente aquellas donde la transición fue difícil o los nuevos religiosos no consolidaron las relaciones con comunidades indígenas. La dinámica de colonización cambió: pasó de ser misionera, religiosa, casi “autónoma”, a ser una colonización guiada por autoridades civiles y eclesiásticas bajo control estatal.

Para los pueblos indígenas, la expulsión representó desestabilización: las relaciones asentadas con los jesuitas, por mal que hayan sido en cuanto a dominación cultural, esperaban cierta continuidad. Pero el cambio abrupto trajo incertidumbre, abandono, reorganización forzada. En ese sentido, la expulsión marcó el fin de una etapa original, compleja y controversial de la colonización de Baja California.

Es tentador, desde nuestra perspectiva actual, condenar la labor de los jesuitas como parte de un proyecto colonial y de imposición cultural, lo cual es cierto. Pero también es justo reconocer que sin ellos, California quizá hubiera permanecido como territorio marginal por mucho más tiempo: su presencia representó el primer intento sostenido de poblar, organizar, evangelizar, y articular la península con la Nueva España. La expulsión de 1767 —disfrazada de reformas ilustradas y de razones políticas, religiosas o económicas— implicó, en la práctica, el abandono de un proyecto de colonización sostenible, participativo (aunque desigual) con los nativos, y con un sistema comunitario ya en marcha. La abrupta salida de los jesuitas y la confiscación de sus bienes significaron una ruptura traumática: no sólo para las órdenes religiosas, sino para las poblaciones locales, para la continuidad de las misiones, para la estructura social y económica que apenas comenzaba a tomar forma.

Creo que la expulsión de los jesuitas —aunque comprensible desde la perspectiva del poder central borbónico— fue, en muchos sentidos, una pérdida histórica para la península de California: se sacrificó un incipiente proceso de colonización con sentido comunitario, con presencia de largo plazo, con compromisos religiosos, sociales, económicos, por una reforma que priorizó eficiencia, control estatal y uniformidad sobre los territorios del imperio. Fue una paradoja: la corona española necesitó de los jesuitas para colonizar, explotó su capacidad misionera y su red global; luego, cuando esos mismos jesuitas se volvieron incómodos, los desechó.

Hoy, quienes habitamos Baja California Sur convivimos con ese legado de templos misionales, ruinas de misiones, nombres de lugares y estructuras históricas. Reconocer la labor de los jesuitas no significa celebrarlos sin crítica. Significa entender que parte de nuestra identidad territorial, religiosa, social y arquitectónica se forjó bajo su impulso. Pero también significa asumir que esa colonización tuvo costos enormes —para los pueblos originarios, para la naturaleza, para la autonomía cultural.

Y finalmente, reflexionar que la expulsión de 1767 no fue solo un ajuste administrativo, sino un quiebre dramático: puso fin a un modelo, abrió paso a otro bajo nuevos parámetros, y resignificó nuestra historia. La memoria de la Baja California debe asumir esa ambivalencia: sin los jesuitas quizá no existiríamos como hoy; con su marcha, se interrumpió un proceso que bien pudo haber tenido un rumbo muy distinto.

Referencias bibliográficas

  • Mathes, W. M. (1970). Las misiones de Baja California, 1683–1849. Editorial Jus.
  • Venegas, M. (1943). Noticia de la California y de su conquista temporal y espiritual hasta el tiempo presente. Academia Mexicana de la Historia.

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Proponen Diputados promover la cultura del ranchero sudcaliforniano

FOTO: Archivo | INTERIOR: Congreso del Estado.

La Paz, Baja California Sur (BCS). Turnan a la Comisión Permanente de Puntos Constitucionales y de Justicia la iniciativa presentada por los diputados Fernando Hoyos Aguilar y Sergio Ricardo Huerta Leggs, mediante la cual se busca que el Estado promueva y difunda la cultura regional que caracteriza las raíces históricas, identidad y tradiciones, atendiendo la diversidad cultural existente en Baja California Sur.

Hoyos Aguilar expuso que lo que persigue la iniciativa es que se reconozca en la Constitución a las comunidades originarias del Estado, a los descendientes de la cultura ranchera, de costas y agrícola, por medio de la promoción de políticas públicas que logren abatir las desigualdades entre las ciudades y el campo y las costas, sin desnaturalizar sus elementos que los hacen reconocibles como tal.

En consecuencia, dijo, se aspira a que la ley provea las disposiciones que sean necesarias para elevar su bienestar social y preservar, promover y enriquecer la identidad, tradiciones, costumbres, conocimientos y modo de vida de sus comunidades originarias.

A su vez, el diputado Sergio Huerta Leggs manifestó que lo que se busca es obtener una protección a todos aquellos elementos que constituyan la identidad, tradiciones y costumbres, dentro del marco que respete el pacto federal y la soberanía del Estado, así como promover el desenvolvimiento social, cultural, artístico, deportivo, científico y tecnológico de la comunidad. “Por medio de este impulso, consideramos preservar la cultura ranchera, de costas y agrícola que proviene de sus comunidades originarias”, afirmó.

Huerta Leggs concluyó que dicho proceso parlamentario surgió del deseo legítimo de mineros, rancheros, pescadores, y familias de las costas del Golfo y del Pacífico, del Norte y del Sur sudcaliforniano quienes por generaciones con su presencia y trabajo han dado vida y sentido de pertenencia para México y los mexicanos a las más de 2 mil 500 comunidades en los más de 77 mil kilómetros cuadrados de nuestra geografía sudpeninsular.




Entregan Medalla al Mérito Artístico a Enoc Leaño

FOTOS: Gobierno del Estado.

La Paz, Baja California Sur (BCS). Al encabezar la sesión solemne del Congreso del Estado, el gobernador Víctor Manuel Castro Cosío entregó la medalla al Mérito Artístico y Cultural al actor sudcaliforniano Enoc Leaño Domínguez, reconocimiento otorgado por los poderes Ejecutivo, Legislativo y Judicial por su destacada contribución al impulso y difusión de las artes en Baja California Sur.

El mandatario expresó que esta distinción es merecida para quien ha aportado “mucho más que un festival de cine”, al subrayar que la trayectoria de Leaño inspira esperanza y demuestra que siempre es posible transformar la realidad, incluso en circunstancias complejas, rescatando las raíces y la memoria colectiva.

Castro Cosío destacó que este es un día especial para la entidad, al reconocer en Enoc un colaborador valioso que ha regresado a su tierra con propuestas que fortalecen la identidad sudcaliforniana. Añadió que su aportación trasciende lo artístico, ya que reafirma el orgullo por la cultura y las tradiciones de la región.

El Gobernador de BCS señaló que la promoción del cine y las expresiones culturales genera espacios de reflexión y unión comunitaria, al invitar a la ciudadanía a reencontrarse con sus orígenes. “Nos recuerda la importancia de no perder lo que nos define y de valorar nuestras raíces”, enfatizó.

Finalmente, reiteró que el arte y la cultura son ejes prioritarios para su administración, y afirmó que se ha destinado una inversión superior a la ejercida tradicionalmente para fortalecer su desarrollo y ampliar las oportunidades de participación en todo el Estado.




La huella de Hernán Cortés en la exploración y arribo a la península de California

FOTOS: IA.

Tierra Incógnita

Sealtiel Enciso Pérez

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). La historia de la exploración de la península de Baja California y del golfo que hoy denominamos “Golfo de California” o “Mar de Cortés” está íntimamente ligada a las ambiciones, decisiones y fracasos del conquistador Hernán Cortés. Más allá de su papel —mucho más conocido— en la caída del imperio mexica, Cortés desempeñó un rol fundamental en la expansión hacia el océano Pacífico y en los primeros contactos europeos con lo que hoy es nuestra península sudcaliforniana. Su influencia —mezcla de determinación, visión imperialista y pragmatismo económico— marcó el rumbo de una empresa colonial que, aunque efímera en su intento de poblar, no pudo borrar su significado simbólico: la “descubierta” (o “recuperación”, según perspectiva) de California.

Tras la conquista del ámbito mexica y la consolidación de su poder en la Nueva España, Cortés fijó su mirada al Oeste. El descubrimiento del océano Pacífico por Vasco Núñez de Balboa en 1513 despertó nuevas esperanzas en los conquistadores de hallar riquezas, rutas hacia Asia o civilizaciones desconocidas. Cortés, con el firme respaldo de una capitulación real, recibió de la corona el mandato de explorar y “descubrir” nuevos territorios en la llamada “Mar del Sur”. En ese contexto, entre 1532 y 1534 patrocinó diversas expediciones marítimas —como las de Diego Hurtado de Mendoza y Hernando de Grijalva— que, recolectando relatos de marineros y nativos, fueron tanteando el litoral pacífico del actual México.

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Estas primeras exploraciones, aunque plagadas de naufragios, desapariciones y fracasos materiales, fueron decisivas: levantaron un sistema de conocimiento geográfico y marítimo que habilitó la ambiciosa empresa siguiente: enviar a Hernán Cortés mismo hacia lo desconocido. En abril de 1535, Cortés tomó personalmente la decisión de encabezar una expedición con tres barcos y un contingente de soldados, jinetes y colonos con la intención de poblar lo que hoy es Baja California. El 3 de mayo de 1535 desembarcaron en una bahía cercana al puerto que hoy se llama La Paz, Baja California Sur; Cortés bautizó ese lugar como “bahía de la Santa Cruz”, sin tener la claridad de si esta tierra era una península o una isla.

El nombre “California” —que con el tiempo sería patrimonio toponímico de una enorme región— empieza a usarse en ese contexto, posiblemente influido por las leyendas y la topografía insular que proyectaba la imaginación de los europeos.  Pero el proyecto de colonización pronto se convirtió en un desastre: las tierras resultaron áridas, el clima duro, los suministros insuficientes y, sobre todo, la resistencia de los pueblos nativos (como los guaycuras y pericúes) obstaculizó cualquier intento de asentar una colonia estable. Para finales de 1535 y comienzos de 1536, más de setenta de sus hombres habían muerto por hambre, escaramuzas o enfermedad. Ante ese desastre, tras algunos intentos fallidos de proveer víveres desde la Nueva España, la corona ordenó abortar la empresa. La naciente colonia se abandonó, y los supervivientes —o quienes quedaban— fueron repatriados.

Aunque fracasó como asentamiento, ese episodio fundacional dejó una marca indeleble: ese primer contacto formal con la península, el inicio del nombre “California” en documentos europeos, y el antecedente de posteriores exploraciones que, décadas más tarde, permitirían cartografiarla con más detalle. El saldo del esfuerzo de Cortés en el Pacífico no debe medirse solo en colonias permanentes.

Su verdadero legado está en tres dimensiones fundamentales:

Geográfico: Al encabezar personalmente la expedición, Cortés vinculó la península de Baja California a la geografía imperial española. Su bautizo de “Santa Cruz” y la concepción de “isla de California” establecieron el marco simbólico y cartográfico para los europeos. Más aun, al organizar viajes posteriores (como el de Francisco de Ulloa en 1539), se sentaron las bases para explorar todo el golfo y, eventualmente, reconocer la península como tal.

Política/colonial: El proyecto de poblar la tierra formaba parte de un propósito mayor: afirmar la soberanía española en el Pacífico, inscribir nuevas tierras bajo la corona, y preparar rutas que, acaso, condujeran hacia Asia o hacia otras riquezas. Esa visión expansionista era típica del periodo, pero en este caso, Cortés fue pionero entre los conquistadores en mirar hacia el Pacífico.

Simbólica y narrativa: Aunque la colonización falló, la “descubierta de California” se convirtió en un mito fundador —una promesa incumplida que, sin embargo, alimentó sueños de riquezas, de reinos desconocidos, de perlas y metales preciosos. Esa aspiración motivó exploraciones posteriores y dejó una huella en cartas, crónicas y mapas que —antes de nada— fijaron a Baja California en la imaginación colonial europea.

Por eso, aunque no veamos hoy vestigios vivos de la colonia de 1535-1536, esa gesta pionera representó el inicio formal de la presencia europea en la península.

Desde nuestra perspectiva actual, es muy fácil ver en el intento de Hernán Cortés un fracaso: pobres resultados, colonia abandonada, sufrimiento para quienes quedaron. Sin embargo, reducir todo a eso sería ignorar su enorme trascendencia simbólica y estratégica. El episodio de 1535-1536 no fue una mera aventura fallida, sino un pivote histórico que abrió un nuevo rumbo para la Nueva España —hacia el océano, hacia territorios que pocos europeos conocían y hacia una geografía que hoy forma parte esencial de México y Estados Unidos. Cortés, con sus contradicciones —soldado, conquistador, colonizador, buscador de fortuna—, adoptó una visión expansiva: no se contentó con dominar el centro de México; proyectó su ambición hacia lo desconocido. Ese impulso expansivo fue clave para que la península saliera del anonimato, apareciera en los mapas europeos y comenzara su lento proceso de integración al mundo colonial.

Es cierto que sus fines fueron personales, de lucro, de prestigio, de ambición imperial. Pero ese afán —tan criticable desde hoy— resultó, paradójicamente, en un acto fundacional: la península de Baja California fue presentada al mundo occidental como espacio de conquista, exploración y proyecto europeo. En ese sentido, el “fracaso” material contrasta con el “éxito” simbólico y geográfico. Su llegada marcó el visceral comienzo de lo que siglos después daría forma a identidades, territorios, ciudades, incluso la riqueza cultural y biológica propia de ese rincón del continente

Hoy, viviendo en Baja California Sur, es imposible soslayar el legado contradictorio de Hernán Cortés. Sus motivaciones fueron coloniales, su trato a los pueblos originarios violento, sus expectativas de oro y riquezas muchas veces ingobernables. Pero también puso en movimiento engranajes históricos: exploraciones, mapas, nombres, rutas. La península, la Mar de Cortés, las costas de California, son parte de una historia larga, compleja, con heridas, con olvidos, pero también con memoria. Reconocer la influencia de Cortés en ese proceso no significa celebrarlo sin crítica. Significa entender que parte de nuestra identidad territorial y cartográfica comenzó con ese primer arribo de 1535, con esa “Santa Cruz” nombrada por un conquistador.

Como comunidad del Pacífico Mexicano, conviene recordar: la conquista no fue el final, sino el principio —de contextos coloniales, de mestizajes, de resistencias; de una relación con el territorio que continúa definiéndonos. Y en ese principio, la huella de Hernán Cortés es indeleble: difícil, polémica, fundacional.

Referencias bibliográficas

  • Duverger, C. (2015). Hernán Cortés. Fondo de Cultura Económica.
  • León-Portilla, M. (2004). Cartas de relación de Hernán Cortés. Editorial Porrúa.
  • Mathes, W. M. (1973). Cortés and the Baja California explorations, 1533–1535. Dawson’s Book Shop.

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Enoc Leaño recibirá Medalla al Mérito Artístico y Cultural en Congreso del Estado

FOTOS: Archivo.

La Paz, Baja California Sur (BCS). Por su destacada trayectoria artística y compromiso con la promoción cultural en su comunidad y en el Estado, el Congreso del Estado aprobó otorgar una medalla a Enoc Leaño Domínguez, actor originario de Ciudad Insurgentes, también conocida como “La Toba”.

Enoc Leaño ha sido un ejemplo de dedicación y pasión por el arte y la cultura, y es un orgullo para Baja California Sur, por lo que recibirá una medalla chapada en oro, con la inscripción “H. Congreso del Estado de Baja California Sur, XVII Legislatura” y la leyenda “Reconocimiento al Mérito Artístico y Cultural del Estado a Enoc Leaño Domínguez”, y una placa firmada por los titulares de los tres poderes públicos del Estado de Baja California Sur, que será entregado en una sesión pública solemne que se llevará a cabo el jueves 4 de diciembre de 2025.

La propuesta fue presentada por el diputado Venustiano Pérez Sánchez y dictaminada a favor por la Comisión de Cultura y Artes, en sesión ordinaria de este martes 25 de noviembre, por la destacada trayectoria de un actor reconocido nacional e internacionalmente, con una carrera de más de 30 años en el cine, teatro y televisión quien ha participado en más de 40 películas, 30 telenovelas y series de televisión, y ha sido galardonado por su trabajo en producciones cinematográficas como «Colosio» y «Roma».