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¿Porqué es tan frágil la masculinidad?

15-Nov-2019

ARTÍCULO Por Andrea Elizabeth Martínez Murillo

FOTO: Internet

Sexo y psique

Por Andrea Elizabeth Martínez Murillo

La Paz, Baja California Sur (BCS). ¿Qué significa ser hombre en nuestra sociedad actual? El ser hombre está asociado al coraje, fuerza, valentía, a lo masculino, sin embargo, el solo uso de una falda te hace ser poco hombre, entonces, ¿por qué es tan fácil poner en peligro la masculinidad de un hombre?

La masculinidad es una construcción social, ubicada en un tiempo y espacio determinado sobre lo que se considera ser un hombre.

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Michael Kimmel menciona en su artículo Homofobia, temor, vergüenza y silencio en la identidad masculina que: “Dentro de la cultura dominante, la masculinidad que define a los blancos, de clase media, adultos jóvenes heterosexuales, es el modelo que establece los standards para otros hombres, con la que se miden otros varones y, a los que, más comúnmente de lo que se cree, ellos aspiran.”

El sociólogo Erving Goffman (1963) escribió que en Estados Unidos, hay sólo “un varón completo, íntegro”: un joven, casado, blanco, urbano, heterosexual norteño, padre protestante de educación universitaria, empleado a tiempo completo, de buen aspecto, peso y altura, con un récord reciente en deportes. Todo hombre que falle en calificar en cualquiera de esas esferas, es probable que se vea a sí mismo como indigno, incompleto, e inferior.”

Esta es la definición que llamaremos masculinidad hegemónica, la imagen de masculinidad de aquellos hombres que controlan el poder, los verdaderos hombres. La definición hegemónica de la virilidad es “un hombre en el poder, un hombre con poder, y un hombre de poder. Igualamos la masculinidad con ser fuerte, exitoso, capaz, confiable, y ostentando control”.

Las propias definiciones de masculinidad que hemos desarrollado en nuestra cultura, perpetúan el poder que unos hombres tienen sobre otros, y que los hombres tienen sobre las mujeres. A todo lo anterior se le conoce como machismo, mismo que abarca cada una de las esferas de nuestra sociedad, pero, ¿cómo interviene el machismo en todo esto? Si consideramos al machismo como un código cultural que incluye un modelo del verdadero hombre y las normas de conducta asociadas a él, resaltan ciertas conductas permitidas y otras no.

Si consideramos que el machismo establece roles familiares y sociales distintos para hombres y mujeres, se evidencia que en estas también hay diferencias marcadas sobre lo que se debe o no hacer, y si consideramos finalmente que en la división del trabajo afectivo los roles masculinos y femeninos se contraponen — es decir, los hombres deben de alejarse lo más posible de los atributos femeninos para afirmar su masculinidad —entonces veremos que las emociones prohibidas de cada lado le serán asignadas necesariamente al otro. Si los hombres no deben ser miedosos, entonces las mujeres lo serán.

Con base en lo anterior, el machismo se ha fortalecido por la opresión y la negación de todo aquello que es femenino, pero, retomando lo que se mencionó al principio, todo esto sigue siendo una construcción social, por ejemplo, lo feo, fuerte y formal se ha transformado en hombres más delgados que se preocupan por su apariencia, ósea, lo masculino se transforma dependiendo de la época histórica en la que nos encontremos, sin embargo, algo que no se ha modificado mucho en el último siglo son las emociones y comportamientos que realzan la masculinidad.

Dentro del modelo machista de la masculinidad, la ausencia de temor ocupa un lugar central: el verdadero hombre no debe tener miedo y si lo siente, no debe demostrarlo jamás, de hacerlo, se acercaría a lo femenino y eso está prohibido.

Desde pequeños, se alienta a los niños a demostrar quién es más valiente o quién se atreve a más, en la adolescencia es común que jueguen arrancones, o beban en exceso sin considerar las consecuencias, y hasta se involucren en peleas, en su mayoría innecesarias, solo para no parecer cobardes.

 

La reticencia a mostrar miedo impide a los hombres pedir ayuda. Ahí donde una mujer no vacilaría en buscar asistencia —en la carretera o en un lugar desconocido—, muchos hombres rehúsan mostrarse temerosos o inseguros y buscan solucionar dicha dificultad sin recurrir a alguien y a veces este alguien es solo un mapa. Esto se ve reflejado en las relaciones interpersonales, el miedo al rechazo y/o al abandono se viven en solitario, se privan de poder compartir su emoción y anulan la única ayuda real que podrían encontrar.

Otra emoción que hace tambalear la masculinidad es la tristeza. La postura estoica del hombre que nunca llora o que nada lo quiebra no puede durar por mucho tiempo. La tristeza es una de las emociones propias de la condición humana, todos estamos expuestos a la pérdida, las decepciones, enfermedades, entre otras. Además, la tristeza que no se asume puede manifestarse de otras formas afectando la salud física y psicológica y dando como resultado un mal manejo de la emoción, así que, en vez de demostrar la tristeza con llanto, melancolía u otra emoción similar, lo que emana es la explosión del coraje o frustración.

Por otro lado, el rechazar la tristeza, los aleja de poder recibir consuelo, cariño y simpatía de los demás. La tristeza es una emoción que necesita la compañía de un otro, al compartirla, se crean o se fortalecen los vínculos afectivos que permiten afrontarla y sobrepasarla.

La sociedad actual sigue considerando ciertas acciones como inaceptables para los hombres, algunas de ellas rayan en lo ridículo, como es el video que se ha popularizado sobre un hombre que no es capaz de limpiarse el trasero porque eso solo lo hacen los gays. Dentro de estos comportamientos encontramos también sentirse acomplejados porque la mujer sea más alta, o sentirse intimidados por un juguete sexual,  comprar productos de higiene básica que digan solo para hombres o tener que crear espacios varoniles como las barberías porque las estéticas son solo para mujeres. Por nombrar algunas. La realidad es que, tenemos tan introyectado lo que un hombre debe de ser, que no percibimos el alcance y por supuesto el daño que hace esta ideología sobre cada una de las personas que conforma esta sociedad.

El hecho de considerar ciertos sentimientos aceptables y otros no, la incapacidad de reconocer las emociones en uno mismo, la tendencia a reprimir, proyectar y distorsionarlas, la incapacidad de expresarlas adecuadamente, constituyen una seria limitación para la vida y para la felicidad.

Si lo pensamos detenidamente, ser hombre en esta sociedad tampoco es tan fácil como se cree, para poder mantener todos los privilegios deben de pagar un precio bastante caro, que es el nunca permitirse sentir ni expresar emoción alguna que no sea el coraje, rabia o frustración, de ahí, todas las demás emociones los hacen parecer menos hombre —ya que, un hombre de verdad controla todo de sí mismo—. Obviamente en la realidad esto se vuelve insostenible y en vez de poder hablarlo con alguien, recurren a los golpes o a los excesos, es por esto que es muy común encontrar hombres que solo borrachos expresen sus sentimientos.

Por lo tanto, lo que vuelve frágil la masculinidad es seguir apegándose a modelos de comportamiento del siglo pasado. Seguir perpetuando formas de ver la realidad distorsionadas de lo que el hombre debe de ser o hacer y justificar esta visión con la supremacía masculina solo porque la biología los hizo más fuertes.

La frágil situación por la que atraviesa la masculinidad en la actualidad, invita a todos los hombres a cuestionarse sobre el modelo que se ha impuesto como verdadero, no debe verse como una agresión al hombre, pero sí es y debe ser, una solicitud urgente de reflexión y de cambio, que permita ponerle fin al machismo, a la opresión y a la desigualdad.

 

Bibliografía

  • Capítulo V. El catálogo machista de las emociones. Autor desconocido.
  • Kimmel, M. Homofobia, temor, vergüenza y silencio en la identidad masculina. Biblioteca Virtual de Ciencias Sociales.
  • Schongut, N. (2012). La construcción social de la masculinidad: poder, hegemonía y violencia. Universidad Autónoma de Barcelona. Psicología, conocimiento y sociedad.

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