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Cómo pelar un chango a nalgadas

16-May-2017

ARTÍCULO Por Marián Camacho
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SudcaliCiencia

Por Marián Camacho

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Consígase un chango de regular tamaño, póngalo en su regazo boca abajo, dele muchas nalgadas hasta que vea que la región glútea empieza a mostrar ausencia de pelo y vea qué sucede… En el caso de los chimpancés, esta operación debe resultarle en extremo sencilla, porque estos changos carecen de pelo en las nalgas. Por lo tanto, podemos comprender que la expresión de “ese tipo no pela un chango a nalgadas” hace referencia a que la persona es una inútil. Sin embargo, para los chimpancés, la falta de pelo en el trasero es una característica evolutiva bastante útil que utilizan para reconocer a sus congéneres con facilidad.

Los chimpancés llevan por nombre científico Pan troglodytes y son de los parientes más cercanos que tiene el ser humano, al compartir con ellos más del 95% del material genético. Al igual que nosotros, los chimpancés pueden reconocer individualmente a sus congéneres, al observar sus rasgos físicos, solo que con una pequeña diferencia: además de verse a la cara para saber quién es quién, los chimpancés se ven el trasero.

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Para las especies sociales como los primates, donde se incluyen los seres humanos, chimpancés, gorilas, etcétera, el reconocimiento de los congéneres es crucial para la supervivencia. En los seres humanos, el reconocimiento del rostro es particularmente importante, ya que, los rasgos distintivos de ojos blancos, cejas, labios rojos y mejillas de una persona, señalan emociones, intenciones, salud y atracción sexual. De tal forma, los seres humanos somos expertos en reconocer caras, ya que tenemos áreas cerebrales específicas para ello. Asimismo, reconocemos las caras de las personas basados en la evaluación de toda la cara, no en las partes individuales. Por eso no somos muy buenos para reconocer caras cuando están al revés; la cara al revés tiene las mismas partes, pero es más difícil para nuestro cerebro ponerlo todo junto. Esto se llama “efecto de inversión” oefecto Thatcher”.

Los chimpancés son una historia diferente. Sabemos por una reciente investigación, presentada el año pasado por una científica holandesa y un científico japonés, que los chimpancés confían en observar los traseros de sus congéneres para reconocerlos. Las hembras muestran una hinchazón y enrojecimiento alrededor de la región anogenital en el momento de la ovulación, lo cual constituye una importante señal socio-sexual para los machos. Pero hasta ahora, no sabíamos si los chimpancés procesaban los traseros de la misma manera que los humanos procesan los rostros. Los investigadores teorizaron que, si este fuera el caso, habría un “efecto de inversión trasera”, es decir, tendrían más problemas para identificar los traseros invertidos que para reconocer los traseros en la posición normal.

Entonces, los investigadores realizaron una serie de experimentos. Primero, reclutaron alrededor de 100 humanos para mirar fotos de caras, traseros, y pies (de seres humanos y de chimpancés) y emparejarlos. Por ejemplo, veían una foto del pie de alguien y después otras fotos, y luego se le pedía que escogieran si esa era la que habían visto. Algunas de estas imágenes estaban en posición normal y otras estaban invertidas. Luego, los investigadores hicieron lo mismo con chimpancés.

Como se predijo, los seres humanos tuvieron “el efecto de inversión” para las caras, pero no para los traseros. Los chimpancés, por otro lado, tenían más problemas para emparejar las fotos de los traseros cuando estaban al revés, pero no las fotos de las caras. De tal forma, que la investigación concluye que los chimpancés procesan la configuración de los traseros de una manera similar en la que los seres humanos procesamos las caras.

Finalmente queda preguntar, ¿por qué es importante este hallazgo? Esta investigación proporciona una comprensión fundamental de los mecanismos básicos de cómo nos reconocemos unos a otros y cómo eso puede haber cambiado en el curso de la evolución. De tal forma, que comprender de dónde venimos y cómo hemos cambiado a través del tiempo, continúa siendo una pregunta muy atractiva y no tan fácil de responder como lo es “pelar un chango a nalgas”.