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Las sergas de Scammon, o la caza de ballenas en la Sudcalifornia (I)

30-Nov-2021

ENSAYO Por Francisco Draco Lizárraga Hernández 
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FOTOS: Internet.

Colaboración Especial

Por Francisco Draco Lizárraga Hernández

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Dentro de la inconmensurable biodiversidad existente en los océanos del mundo, el orden de los cetáceos es, sin lugar a dudas, uno de los que más ha maravillado a los seres humanos desde tiempos inmemoriales. El término “cetáceo” es muestra de esto mismo, ya que su etimología se deriva del latín cetus, proveniente del griego kétŏs -κῆτος-, que quiere decir “ballena” o “monstruo marino”, según el contexto, siendo Ceto el nombre dado a la bestia que hubiera devorado a Andrómeda de no haber sido rescatada por Perseo cuando petrificó al monstruo con la cabeza de la Medusa. Debido a su permanente asociación con el ambiente acuático como consecuencia de su historia evolutiva, en la Antigüedad se consideraba que los cetáceos eran un tipo de peces gigantes; no obstante, Aristóteles, el precursor de la zoología, fue el primero en acertar en que estos animales son en realidad mamíferos, pues carecen de branquias y son endotermos —es decir, “de sangre caliente”— a diferencia de los peces, como lo pudo observar él mismo acompañando a pescadores en el Mar Egeo según lo registra en Historia Animalium.

En Baja California, se tiene registro de la existencia de cetáceos desde el período Oligoceno —hace 30 millones de años—, según los restos fósiles encontrados en las formaciones geológicas de El Cien y San Gregorio, en los alrededores de La Purísima y San Juan de la Costa, respectivamente. Gracias a esto, dentro del territorio de Baja California Sur se tiene un importante registro paleontológico de cetáceos que permite conocer mejor la evolución de estos mamíferos, proporcionando valiosa información sobre su diversificación y cambios a lo largo de las eras geológicas, como lo es la división de Cetacea en misticetos —ballenas, es decir, cetáceos con barbas en vez de piezas dentales— y odontocetos —delfines, cachalotes y orcas, que poseen dientes verdaderos. Consecuentemente, cuando los primeros seres humanos se asentaron en la Antigua California hace aproximadamente 11 mil años, las ballenas y delfines ya tenían eones poblando el vasto océano que rodea a la península.

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Las impresionantes pinturas rupestres que pueden observarse en la Sierra de San Francisco evidencian que los antiguos pobladores de la península sentían cierta fascinación por los cetáceos debido a que las ballenas son figuras recurrentes en estos conjuntos pictóricos. Pese a que todavía no se tiene un consenso sobre el verdadero significado de estas representaciones artísticas de animales en las pinturas rupestres, algunos arqueólogos y antropólogos especulan que pueden tener una connotación mágica o mitológica; esto coincidiría con muchas culturas antiguas en el mundo que han tenido contacto con el mar, en las cuales los cetáceos han ocupado un lugar importante dentro de sus leyendas. Hasta el día de hoy, se desconoce si los antiguos californios llegaron a cazar ballenas como lo hicieron otras culturas en el mundo, empero, Russell (2001) propone que es probable que los guaycuras y los cochimíes llegasen a consumir carne de ballenas grises que encontraban varadas en las inmediaciones de sus zonas de reproducción en Bahía Magdalena y las lagunas costeras de San Ignacio y Guerrero Negro. Por otra parte, el padre Miguel Venegas, autor y compilador de la Noticia de la California de su conquista temporal y espiritual, reportó que los pericúes pensaban que Niparajá, su Dios creador, había creado a las ballenas para asustar y encarcelar a su enemigo Wac-Tuparán, a quien había derrotado luego de que se rebeló contra él y que decidió encerrar en el fondo del mar a fin de castigarlo. En consecuencia, es posible afirmar que los cetáceos han sido parte importante de la identidad sudcaliforniana desde tiempos inmemoriales.

Al leer las crónicas jesuíticas sobre la exploración y evangelización de la California, el lector aguzado podrá percatarse de que los misioneros ignacianos poca atención prestaron a los cetáceos durante las siete décadas en que vivieron en la península. El padre Miguel del Barco, quien fue un prolífico observador de la flora y fauna sudcaliforniana, dentro de su vasta obra Historia natural y crónica de la Antigua California, apenas dedica a los cetáceos las siguientes parcas líneas: Los más notables peces de uno y otro mar son las ballenas, que dieron motivo a los antiguos cosmógrafos a llamar Punta de Ballenas a la California, y las cuales hoy día dan su nombre a una canal en el golfo y a una ensenada en el Mar del Sur (el océano Pacífico), por las muchas que frecuentan ambos parajes. Los marineros comúnmente las llaman ballenatos; acaso porque, aunque muy grandes, no lo son tanto, como las que se dice haber en otros mares. Los tiburones y los delfines, o toninas, son demasiadamente frecuentes en el golfo. Asimismo, Francisco Xavier Clavijero, dentro de la Historia de la Antigua o Baja California, prácticamente dice lo mismo que Del Barco sobre los cetáceos que habitan en los mares de la península, y únicamente se atreve a sugerir que las ballenas que visitan el Canal de las Ballenas —entre la isla Ángel de la Guarda y la península— pertenecen a la especie del rorcual común (Balaenoptera physalus); cabe mencionar que en esto último acertó, gracias a la comparación que hizo entre las descripciones de Carl Linnaeus sobre la especie con las obtenidas de parte del padre Del Barco. Por su parte, en las cáusticas Noticias de la península americana de la California, escritas por el mordaz alsaciano Johann Jacob Baegert, ni siquiera se hace mención de los cetáceos de la península de Baja California.

Esta parquedad y aparente desinterés por parte de los misioneros jesuitas hacia los cetáceos pudiera explicarse, en primera instancia, por el poco contacto que estos tuvieron con estos mamíferos debido a que la mayor parte de su tiempo se encontraban estacionados en sus respectivas misiones; estas últimas, en su mayoría, distaban muchos kilómetros del océano, por lo cual en pocas ocasiones los ignacianos podían observar a las ballenas de la California. Aunado a lo anterior, las grandes zonas que existen en la península para la reproducción y descanso invernal de las ballenas grises, Bahía Magdalena y las lagunas de San Ignacio y Ojo de Liebre, además de distar bastante de los asentamientos jesuíticos —con excepción de la misión de San Ignacio de Kaadakamaán—, fueron muy poco visitadas por los ignacianos debido a que no eran zonas propicias para establecer un puerto. Misioneros como Fernando Consag, George Retz o Johann Xavier Bischoff se empeñaron arduamente en recorrer la costa del Pacífico de Baja California con el objetivo de encontrar un puerto natural que permitiese el paso del Galeón de Manila, mas no prestaron mucha atención a sus lagunas costeras por ser demasiado someras. Por su parte, los sucesores de los jesuitas, dominicos y franciscanos continuaron con esta misma tendencia. No obstante, unas décadas más tarde, el intrépido y sagaz ballenero estadounidense Charles Melville Scammon fue quien se encargó de subsanar la gran laguna de información sobre los cetáceos de la California que dejaron los antiguos misioneros.

Cuando en 1855 terminó la era misional de Baja California con el cierre de las últimas misiones dominicas, las bahías y lagunas costeras de la costa occidental de la península habían dejado de ser sitios solitarios y totalmente periféricos. En contraste, se habían convertido en zonas muy codiciadas al ser muy propicias para la cacería de ballenas. Éste cambio se debió a que, en tan sólo 60 años, a partir de 1790, las ballenas y odontocetos alcanzaron un valor comercial inédito debido a la alta demanda de sus productos derivados como consecuencia de la Revolución industrial y del rápido crecimiento de las grandes ciudades.

Pese a que la caza de ballenas es una actividad que ha sido practicada desde hace milenios, en el siglo XIX vivió su época dorada debido a que los derivados de misticetos y odontocetos se convirtieron en insumos necesarios para la creciente industria europea y norteamericana. El aceite de ballena, gracias a su alto contenido de triglicéridos insaturados, es altamente inflamable y combustiona muy eficientemente, por lo cual produce una flama bastante brillante y clara, aún mejor que la de la cera de las abejas; además, los aceites de ballena eran usados como lubricantes para las maquinarias de las grandes factorías de la época, siendo una sustancia indispensable para un óptimo funcionamiento en las industrias decimonónicas. Ante esto, en los puertos del Atlántico Norte se formaron grandes flotas de embarcaciones dedicadas única y exclusivamente a cazar la mayor cantidad de cetáceos posible, esto con el fin de procesarlos industrialmente y con ello saciar la ávida demanda que tenían sus productos.

Para darse una idea de la importancia de la industria ballenera, basta con leer las siguientes líneas escritas por el capitán Scammon en sus memorias: Hubo una época en la que el aceite de ballena estadounidense iluminaba el mundo. Fue utilizado en la producción de jabón, textiles, cuero, pinturas y barnices, y en la lubricación de las herramientas y máquinas que impulsaron la Revolución Industrial. Las barbas de la boca de las ballenas marcaban el curso de la moda femenina, usándose en las faldas de miriñaque y para dar forma al opresivo cierre de los corsés. El esperma de ballena, la sustancia cerúlea de las cabezas de los cachalotes, produjo las velas más brillantes y de combustión más limpia que el mundo haya conocido, mientras que el ámbar gris, una secreción biliar de los intestinos del cachalote, capaz de fijar los aceites volátiles mediante evaporación lenta en perfumería, valía su peso en oro. Con todo esto, el valor comercial de las ballenas y cachalotes alcanzó niveles inéditos; en consecuencia, las aguas de muchas partes del mundo se tornaron carmesí ante la gran matanza de cetáceos que se comenzó a llevar a cabo.

En un inicio, la actividad ballenera se concentró en el Atlántico Norte y las costas occidentales del África, siendo llevada a cabo mayoritariamente por naves estadounidenses e inglesas. Desafortunadamente, las poblaciones de ballenas de éste océano rápidamente comenzaron a ser insuficientes, lo cual llevó a que pronto se tuvieran que incursionar a Sudamérica. Eventualmente, los balleneros empezaron a explorar y cazar en el enorme e inhóspito océano Pacífico, siguiendo una ruta al Norte que eventualmente los hizo llegar a la península de Baja California.

Se tiene registro de exploraciones y visitas a la California llevadas a cabo por balleneros rusos e ingleses desde la década 1790, empero, debido a la poca vigilancia de estas costas, se desconoce qué tanto se haya cazado durante estos años; cabe mencionar, que en estas etapas tempranas era más codiciada la piel de las nutrias marinas –Enhydra lutris– que el aceite de las ballenas. Hacia 1811, el gobierno virreinal de la Nueva España autorizó la cacería de ballenas, nutrias y lobos marinos en las costas de la Baja y Alta California a embarcaciones de todas las naciones siempre y cuando se registraran en alguna de las tres aduanas que regían a estas dos provincias: la de San Blas, Nayarit; la de Mazatlán; y, a partir de 1814, la de Monterey, California. Una vez que se consumó la independencia nacional, el gobierno del primer Presidente de la República, el general Guadalupe Victoria, en 1824 refrendó la legislación previa con respecto a estas actividades, y asimismo autorizó e incitó el establecimiento de asentamientos formados por marineros de los barcos balleneros.

Durante los años siguientes, el despoblamiento general de las Californias, las inestabilidades de los múltiples gobiernos del México independiente y la escasez de barcos de la Marina que vigilaran estas aguas generó un estado de anarquía en la caza de mamíferos marinos, llevando a estos últimos al borde de la extinción. Una vez que las poblaciones de nutrias comenzaron a escasear hacia 1825, la costa del Pacífico de Baja California pasó a ser una zona de cacería de ballenas ya que los marineros rusos provenientes desde Alaska –que en ése entonces pertenecía a Rusia– se percataron de que una de las especies más apreciadas de cetáceos en el mercado de aquella época, la ballena gris (Escrichtius robustus), tiene un patrón migratorio muy bien definido. De manera general, las ballenas grises empiezan su viaje desde Alaska en octubre para llegar a la península de Baja California durante los primeros días del invierno, a finales de diciembre, o más comúnmente en enero. eventualmente, estos cetáceos emprenden su viaje de regreso a Alaska al inicio de la primavera a fines de marzo o principios de abril una vez que se han reproducido en las lagunas costeras de la península, con lo cual regresan al Norte del Pacífico para alimentarse todo el verano.

Esta información registrada por los rusos no tardó en llegar a oídos de los balleneros anglosajones, quienes se aprestaron para aprovechar la gran oportunidad económica que les ofrecía la península; sin embargo, el largo viaje desde Nantucket, ubicado en la lejana región de Nueva Inglaterra y capital mundial de la industria ballenera, o desde Liverpool para los ingleses, dificultaba enormemente que se pudiese competir contra los rusos al tardar más de un año en llegar a la California desde el Atlántico Norte. Fue hasta 1845 que se registró de la primera incursión de los balleneros Hibernia y United States a Bahía Magdalena, dirigidos por James Smith y Josiah Stevens respectivamente.

Con el bloqueo naval de las Californias durante la Intervención estadounidense de 1846 a 1848, se restringió la cacería de ballenas a las embarcaciones rusas, y, naturalmente, se les garantizó exclusividad a los norteamericanos. Una vez que la Alta California fue anexada por los Estados Unidos en 1848, los balleneros de Nueva Inglaterra prestamente establecieron sucursales de sus emporios en los puertos de Monterey y San Francisco. Con esto, rápidamente desplazaron a los balleneros rusos y se lanzaron a explotar las poblaciones de cetáceos de las dos Californias. Entre estos nuevos cazadores de ballenas, se encontraba el intrépido y perspicaz capitán Charles Melville Scammon.

Continuará…

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