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Entre más conocemos, menos sabemos

26-Oct-2021

ENSAYO Por Mario Jaime
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FOTOS: Internet.

La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Esta paradoja es la ironía de los avances científicos, descubrimientos prodigiosos y teorías matemáticas que nos deslindan del azar y nos acercan a un determinismo material que, aunque parezca extraordinario, es en realidad lo ordinario –el orden, el cosmos de lo real.

¿Es lo mismo la sabiduría que el conocimiento? Quizá tengamos la ilusión de que sabemos mientras conocemos, pero, piénselo bien Lector. ¿Los científicos son sabios? ¿Siglos de progreso nos han llevado a una mejora ética o únicamente tecnológica?

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Pensemos en un hombre de hace 100 mil años. Horrorizado por las llagas y la muerte no tenía idea de la existencia de bacterias o anticuerpos. Quizá él cree que sabe ciertas cosas, que los espíritus se han llevado a su hijo, que la maldición de los astros lo tiene lisiado.

Pensemos en un cardenal católico europeo del siglo XV. La observación del atardecer y las inferencias bíblicas le tiene  convencido de su sabiduría. Él cree que sabe. Que la Tierra no se mueve, que las estrellas son fijas  y que el Sol gira alrededor de ella. No conoce las órbitas elípticas, ni que hay más planetas de los que ve a simple vista, ni que es la Tierra la que orbita alrededor de un Sol que no es centro, porque quizás no existen los centros.

Pensemos en un médico del siglo XVI. Desconoce los leucocitos o las células T, no sabe de neuronas o antibióticos. Él cree que sabe. Aplica enemas y sanguijuelas para sangrar a un paciente de fiebres, está convencido de que los vapores de los miasmas provocan calenturas.

Pensemos en un profesor de Física en 1870. Él cree que sabe. Está convencido de que las leyes de Newton y su sistema de tiempo – espacio absolutos  han dado sentido y explicación al movimiento. Ya no hay nada que conocer después de ello, tan sólo comprobarlo. Aún no intuye la revolución de la Relatividad que será propuesta por Einstein cincuenta años después, ni las nociones de quarks o partículas elementales. No sueña en sus pesadillas con posibles armes termonucleares.

Ni Al Jaziz en el 810, ni Darwin –mil años después— en 1860 conocieron los genes, ni el DNA, ni los cromosomas aun cuando imaginaron presiones de selección natural que hacia evolucionar lo vivo.

Ahora contamos con telescopios gigantescos, estaciones espaciales y el misterio de la materia y energía oscuras minimizan la sabiduría mientras maximizan el conocimiento.

Conocemos datos, figuraciones, teorías que mañana serán mitos, hechos fascinantes. Que los átomos de un objeto representan 99.9% de espacio vacío; que el ojo humano detecta menos de 1 % del espectro electromagnético; y que nuestro oído escucha menos del 1 % del espectro acústico.

Parece que entre más conocemos, nuestra conciencia de la nimiedad aumenta y de lo que Kant llamó sublime matemático. Si el Sol fuera del tamaño de una célula, la vía láctea tendría el tamaño de los Estados Unidos.  Podemos calcular eso, pero… ¿Imaginarlo en su justa proporción?

Según el genio de Königsberg, la grandeza de lo sublime nace del intelecto y se opone a la comprensión. Una magnitud que nos rebasa en poder y tamaño, la magnitud de la inconmensurabilidad universal, las consideraciones metafísicas acera de la eternidad.

Este hombre aparentemente pequeño, que murió a comienzos del siglo XIX y que puso diques a la razón en su afán por comprender las esencias, no conoció la teoría del Big Bang, la expansión del espacio – tiempo, los agujeros de gusano, la fisión atómica y, sin embargo, sus antinomias son válidas para demostrar que estas teorías son abusos de los noúmenos. Kant más que un científico, fue un sabio.

Confucio no vio a Urano en el telescopio ni conoció las vacunas, pero su ética universal vale para todo humano que desee tratar a otro con dignidad. Confucio fue un sabio.

¿Sabemos más que nuestros ancestros o conocemos más?

Una alumna me confesó que sus compañeros tenían la noción de saberlo todo en algún punto de sus carreras científicas. Tamaña desproporción es absurda. ¿Arrogancia juvenil?

Sin embargo conforme conocen más, la catarata de conocimientos y teorías nuevos que van sucediéndose unos a otros abruma al científico que se minimiza ante tal potestad.

Entre más conocemos, sabemos menos, una ironía que ya subrayó Cyrano cuando le espetó a Christian: No eres tonto, pues te das cuenta de que lo eres.

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