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El neófito Andrés Comanají, el arquitecto ciego

07-Jun-2021

ARTÍCULO por Sealtiel Enciso Pérez
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Tierra Incógnita

Por Sealtiel Enciso Pérez

La Paz, Baja California Sur (BCS). Cuando los jesuitas llegaron a estas tierras en el año de 1697, encontraron una gran cantidad de naturales, se tiene el cálculo de entre 40 a 50 mil de ellos que habitaban todo lo ancho de la península de California. Si bien, es cierto que habían desarrollado algunos rasgos culturales como la pintura de grandes murales en altas cuevas, petrograbados, un lenguaje que los distinguía en diferentes “naciones” —así los llamaron los sacerdotes—, y diferentes costumbres, algo que los distinguió fue su gran habilidad para apropiarse de la nueva lengua, religión y cultura que portaban estos recién llegados.

Conforme los jesuitas fueron explorando la península de California, descubrían nuevos parajes y convivían con grupos de californios que en su mayoría los recibían con algo de miedo y desconfianza, pero paulatinamente, fueron cediendo y acercándose a ellos conforme les daban pequeños regalos, así como comida y buenos tratos. El propósito de los jesuitas para convivir con estos nativos era evangelizarlos, convertirlos a su fe católica para enseñarles la cultura que detentaban pretendiendo incorporarlos a ella, como la mejor forma de conducirlos al progreso y modernidad. Los años pasaron y cercano a la mitad del siglo XVIII, los jesuitas habían logrado establecer en toda la mitad sur de la California más de una decena de establecimientos misionales, siendo la misión de San Ignacio de Kadakaamán la más norteña.

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En el año de 1751, el sacerdote rector de esta misión era el croata Fernando Consag que se distinguió por su gran amor a sus catecúmenos, así como por sus constantes y largas exploraciones por el norte de la península, en donde había estado procurando, durante 14 años, un nuevo sitio para establecer otra misión, pero que debido a la dificultad de localizar parajes con agua suficiente para mantener tanto al sacerdote residente como a los naturales que estuvieran catequizándose, no se había podido afincar.

Fue en un viaje que realizó hacia parajes aledaños al golfo de California (1751), que a unas veinte leguas de la misión de San Ignacio Kadakaamán localizó un sitio de agua muy escasa al cual puso por nombre La Piedad, sabiendo que no encontraría algo mejor decide iniciar los preparativos para establecer ahí la próxima misión de la cual, ya se había manejado el nombre de Nuestra Señora de los Dolores del Norte desde hacía algunos años . Sin embargo, cuando estaban por iniciarse los trabajos de construcción de este asentamiento se les notifica que el presupuesto que existía para ello estaba agotado.

Pero, como bien se dice coloquialmente, “cuando te toca aunque te quites, y cuando no, ni aunque te pongas”, en esos días surge una solución al problema de falta de presupuesto para crear la nueva misión, pues acababa de cerrase la misión de San José del Cabo por la escasez de habitantes y los pocos pericúes que la habitaban fueron enviados a la misión de Santiago El Apostol. Es entonces que el marqués de Villapuente —gran benefactor de las misiones de la California—, decide destinar una fuerte suma de dinero para que se construya una nueva misión, pero con la condición de ponerle el nombre de su esposa Gertrudis. Fue así que al fin pudo salvarse de los obstáculos y proseguir con esta obra misional.

Lamentablemente, el sacerdote Consag no pudo ser el titular para la nueva misión, ya que debido a su gran labor en la prolífica misión de San Ignacio, se le pedía que se quedara al frente de esta y continuar haciéndola tan próspera como hasta entonces. El sacerdote encargado de esta nueva misión fue el alemán Jorge Retz, quien a su llegada, ya contaba con 548 catecúmenos que había evangelizado nuestro laborioso y entregado padre Consag. El nombre que llevaría la nueva misión sería Santa Gertrudis La Magna.

Como en los inicios de todos los asentamientos misionales, lo primero que se realizaba eran unas endebles construcciones que más que cuartos son especies de enramadas con el propósito de darle albergue a un templo, al sacerdote y a los soldados que lo acompañaban. Es aquí donde entra en escena el neófito Andrés Comanají, también conocido como Andrés Sestiaga —su apellido lo tomó, como era la costumbre, del que tenía el sacerdote Sebastián de Sestiaga, quien lo bautizó. Andrés tenía la característica peculiar de ser ciego de nacimiento, sin embargo, tenía una inteligencia natural que lo hacía sumamente hábil para la construcción de todo tipo de casas y edificios, aunque como dice el padre Miguel del Barco “porque eran tan toscas, que no necesitaban de reglas de arquitectura, y la habilidad de Andrés era tal que suplía con el tacto la falta de vista”.

Las construcciones que realizó, con ayuda de otros californios y soldados, eran sencillas. Consistían en cuatro horcones que servían como las esquinas del cuarto que se ataban con tiras de cuero a los palos que darían forma a las paredes y al techo. Posteriormente, se enjarraban las paredes con lodo y piedras pequeñas, al techo se le tapizaba con junco que era liviano y protegía del sol y un poco de la lluvia. Sin embargo, no se piense que esto era una obra sencilla y carente de cierta complejidad, si para un vidente era un tanto pesado y dificultoso, imagínese para un ciego como Andrés Comanají.

Pero, no sólo esta habilidad tenía Andrés, algo por lo cual era muy apreciado, sobre todo, por el sacerdote Consag y en su tiempo, el sacerdote Sistiaga —”Sestiaga”, lo escribía el padre Del Barco—, era por su gran entrega y devoción hacia la oración y la catequesis de sus hermanos californios. Escribe Del Barco:

Este indio fue al principio catequista en la misión de Mulegé y después ejerció el mismo empleo con mucho aprecio en las de San Ignacio y Santa Gertrudis hasta la expulsión de los jesuitas. Su virtud ejemplar, el celo que manifestaba por la conversión de sus paisanos, la gracia particular que tenia para explicarles y hacerles entender los misterios de nuestra religión, la constancia en instruirlos, la paciencia inalterable con que sufría la inquietud de los niños y la rudeza de los catecúmenos que enseñaba, hicieron famoso el nombre de Andrés y le captaron el aprecio de los misioneros y soldados, así como el respeto y la veneración de los indios. Frecuentemente, fortificaba su alma inocente con los santos sacramentos, y todo el tiempo que no empleaba en el catequismo o en las necesidades de la vida, se estaba en la iglesia orando con mucha devoción.

Qué lejos están estas palabras tan encomiosas hacia un californio, de los conceptos que vertió en su libro el sacerdote Juan Jacobo Baegert el cual los tachaba de “tontos, torpes, toscos, sucios, insolentes, ingratos, mentirosos, pillos, perezosos en extremo, grandes habladores y, en cuanto a su inteligencia y actividades, como quien dice, niños hasta la tumba”. Conforme ustedes, amables lectores, vayan profundizando en los textos a los que hago referencia van a poder tener una mejor idea de lo grande que fueron nuestros californios, y que a pesar de no tener tantas manifestaciones de su cultura, tuvieron una gran inteligencia que rivalizaba con la de cualquier habitante de otra parte del mundo.

Bibliografía:

Historia de la Antigua ó Baja California  – Francisco Javier Clavijero

Historia natural y crónica de la antigua California – Miguel del Barco

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