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De dinosaurios y odios

20-Ago-2019

ARTÍCULO Por Mario Jaime

FOTOS: Internet.

La demencia de Atenea

Por Mario Jaime

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). Justo después de la Guerra de Secesión de los Estados Unidos, dos de los más célebres paleontólogos protagonizaron una farsa, ejemplo de falta de ética total, odios y pasiones envenenadas, que tuvo como marco el descubrimiento de las más célebres especies de dinosaurios. Este episodio se conoce en la historia paleontológica como La Guerra de los Huesos.

Othniel Charles Marsh descubrió más de  80 especies, describió 12 familias y 5 subórdenes de dinosaurios, reptiles marinos, aéreos y mamíferos de la era Cenozoica.  Entre sus más famosos descubrimientos se encuentra el Apatosaurio, el Alosaurio, el Triceratops, el Diplodocus, el Camarosaurio, el Hesperonis y muchos más. Su trabajo sugirió que las aves evolucionaron a partir de los reptiles y describió la evolución de los equinos. El mismo Darwin, ya anciano, le felicitó en una carta y Thomas Huxley le honró también.

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Por su parte, Edward Drinker Cope ostenta todavía el récord de entre todos los científicos como un escritor fecundo: 13 000 mil organismos descritos, cerca de 1400 artículos científicos, una teoría evolutiva, y 56 dinosaurios descubiertos.

Uno podría pensar en dos gigantes de la ciencia; y en efecto, ambos lo eran, pero también fueron sendos egoístas que hicieron todo lo posible para destruir la carrera y hasta la vida del otro.

Su conflicto comenzó en la década de 1870. Los Estados Unidos salían de su Guerra de Secesión, el oeste estaba casi virgen para la exploración. El gobierno masacraba a los nativos para apropiarse de sus tierras, buscaba llegar al Pacífico como designio divino según sus políticos a través del Destino Manifiesto y encontraba grandes riquezas en los territorios conquistados a México. En este teatro explotó el conflicto entre Cope y Marsh.

Marsh era nueve años más viejo que Cope. Marsh era geólogo, Cope era biólogo autodidacta. Marsh era sobrino del magnate George Peabody que le financió casi toda su vida, mientras que Cope heredó una fortuna de su padre que dilapidó sabiamente en sus aventuras científicas. Cope era un cuáquero pacifista de Filadelfia mientras que Marsh era neoyorkino. Cope era lamarckiano y hasta desarrolló una curiosa teoría de la evolución en contra de la noción de la selección natural, mientras que Marsh era un darwinista de cepa. Cope escribía sus artículos, Marsh explotaba a sus alumnos. Cope era guapo y furioso, Marsh calvo y sosegado. Cope era racista y misógino, Marsh era ególatra e ingrato.

Ninguno luchó en la Guerra Civil. El padre de Cope le envió a Europa para evitar las levas y Marsh no pudo pelear por la Unión debido a una intensa miopía.

Ambos fueron corruptos. Marsh compró su plaza como profesor en la Universidad de Yale como condición de que su millonario tío financiara el museo de la universidad. Por su parte, Cope robó un esqueleto completo del Museo de Zoología Comparada.

Hubo un tiempo en que eran amigos. Incluso Cope nombró el fósil de un anfibio como Ptyonius marshii en honor a Marsh.

Pero todo acabó cuando comenzó la carrera hacia el oeste. El desarrollo del ferrocarril de la Union Pacific permitió al gobierno financiar exploraciones. Y allí fueron Marsh, con sus alumnos y trabajadores contratados por medio de Yale, y Cope, con su ayudante y su pico, para cavar y desenterrar fósiles en los estratos de Wyoming, Texas y Nuevo México.

Entre las guerras indias, ambos paleontólogos hablaban lenguas nativas y los indios les permitieron pasar por sus tierras. Durante años viajaron al oeste a desenterrar huesos gigantes, acampaban bajo tormentas de flechas y relámpagos, iban armados, amenazados por los guerreros que deseaban sus cabelleras y por los osos. Debían defenderse. A veces les escoltaba la caballería, a veces personajes legendarios como Búfalo Bill.

El que publica primero gana el reconocimiento. Marsh tenía a su disposición el American Journal of Science de Yale mientras que Cope compró la revista American Naturalist para ser su propio editor. ¿Quién les rechazaría un trabajo?

En 1872 ambos desenterraban fósiles similares en estratos del Eoceno, Cope en Washakie, Marsh a 100 millas de distancia en Bridger. Consciente de esto, ¡Cope telegrafió el artículo científico a Filadelfia! Por supuesto que el documento final fue un revoltijo de nombres en latín y descripciones confusas. Para colmo, el artículo de Marsh fue publicado sospechosamente dos días antes que el de Cope, y el crédito a los descubrimientos fue suyo. Digo sospechosamente, pues durante toda su carrera, ambos autores se acusaron uno al otro de falsear las fechas de sus artículos.

Un año después, Cope también excavaba en Bridger y Marsh se ofendió, pues consideraba que aquella cuenca era su dominio privado. Cope desenterró cráneos de dinocerados bautizados como Uintaterios, quizá ungulados cornudos de 3.5 m de largo. Publicó 16 artículos sobre estos animales y Marsh le atacó burlándose de su interpretación anatómica.

Cope había dibujado una trompa en el cráneo del uinaterio relacionándolo con los elefantes. Marsh dijo que ese era un animal de las mil y una noches, además de acusarle de haber falsificado datos. Ahora los paleoartistas dibujan a estos animales sin trompa y confirman la tesis de Marsh.

La anécdota más famosa y que encendió el odio de Cope fue la siguiente:

En 1868 recibió un cargamento de fósiles de Kansas. Se apresuró a reconstruir un reptil marino desconocido hasta entonces al que nombró Elasmosaurus platyurus. Era un curioso animal con un pequeño cuello y una larguísima cola. Se apresuró a publicarlo y el esquema original que dibujó se muestra en la figura 1.

Cuando Marsh leyó el artículo notó que había un error. Cope colocó el cráneo en la cola en lugar del cuello. Antes de difundir la falla, Marsh pidió consejo a su colega, el gran Joseph Leidy, quien confirmó la pifia. Marsh hizo ver a Cope como un chapucero sin entrenamiento anatómico, incapaz de colocar las vértebras de forma correcta.

Cope intentó borrar las huellas, publicó de nuevo el esquema corregido (Figura 2) compró todas las copias que pudo de la revista donde salió su artículo y las quemó pero no pudo evitar su descrédito.

Desde entonces el rencor de Cope se acrecentó, mientras que el ego de Marsh lo hizo un enemigo formidable.

Marsh también tuvo sus yerros. Describió un enorme dinosaurio al que nombró Brontosaurio y después, con pocos elementos describió otro llamado Apatosaurio. En 1903 otros paleontólogos decidieron que eran el mismo género. Hay que subrayar que en 2015 nuevamente se han separado, considerando a estos dos dinosaurios nuevamente como distintos.

Marsh también propuso una teoría muy revolucionaria. Al pensar que era imposible que los enormes saurópodos tuvieran un cerebro minúsculo (es como si un buque fuese dirigido por una taza de azúcar), propuso que tal orden de dinosaurios tenía otro cerebro en el ensanchamiento de la cadera. ¡Dos cerebros! Este último, llamado sacro, coordinaría los movimientos de la parte posterior de estos dinosaurios. Ni cabe decir que Cope se burlaba de esta teoría, para él tan absurda.

Las acciones deshonestas plagaron la vida de ambos.

Marsh contrataba espías para seguir a Cope y revelar los lugares donde había fósiles. ¡En alguna ocasión mandó dinamitar toda una veta de fósiles para que su rival no la pudiera hallar!

Ambos fueron sospechosos de plagiar, falsificar, cambiar las fechas de sus publicaciones. Marsh tenía un ejército de alumnos y trabajadores que se afanaban por él, escribían sus tratados y a los que no daba crédito. Cope tuvo un criado llamado Jacob Geismar al que no pagaba con regularidad y llegó a deberle cientos de dólares. Marsh cerraba la colección de Yale a otros investigadores, les negaba el acceso y también se retrasaba en los pagos a sus trabajadores.

Cuando Cope intentó publicar su segundo volumen de su obra magistral Los vertebrados de las formaciones terciarias del oeste, le fueron negados los fondos. Sospechó de Marsh, que ya entonces tenía un poder político considerable, era presidente de la Academia Nacional de Ciencias.

El 12 de enero de 1890 Cope tuvo su venganza, su amigo, el reportero amarillista Ballou publicó en el New York Herald un artículo, donde se exponían todas las acusaciones posibles contra Marsh. Eran veinte años de  denuncias. Entre otras, se destaca la imputación de que Marsh había plagiado su estudio sobre la evolución de los caballos de Huxley de un ruso llamado Kowalevsky. Lo acusó de corrupción, de establecer un monopolio científico político, de conspiración y muy sutilmente hasta de homosexual.

Marsh contraatacó. Acusó a Cope de robar fósiles que no le pertenecían, de rondar por Yale para extraer datos de otros y, respecto a Kowalevsky, le recordó que el ruso se había volado la cabeza de remordimiento, en cambió Cope seguía vivo sin arrepentirse.

El ataque de Cope lastimó realmente a Marsh. El congreso dejó de financiar sus investigaciones, pero la Academia de Ciencias francesa le otorgó el Premio Cuvier en 1897.

Cope, por su parte, murió solo en el mismo año que Marsh recibía su premio. Perdió su fortuna invirtiendo en una mina de plata que le dejó seco, perdió su casa hipotecada y a su esposa, que le había abandonado. Le encontraron rodeado de fósiles, con un dolor insoportable, agonizando a dosis de morfina y formol, con una grave afección renal. Hay una leyenda donde se asegura que Cope quiso ser el holotipo de la especie Homo sapiens. Donar su cadáver para ello. Recuerden que Linneo no describió al humano a partir de ningún espécimen. Pues Drinker Cope quiso serlo, pero no pudo debido a que le faltaban dientes.

Marsh le siguió dos años después, también solo. Jamás se había casado. El gobierno había confiscado su colección de fósiles en Yale y le habían despedido de su cargo.

Cuando en 1902 se publicó Leading American Men of Science, las biografías de Cope y Marsh carecían de estos datos, tan solo nombraban sus logros científicos, lo mismo sucede en enciclopedias actuales sobre dinosaurios. La llamada Guerra de los Huesos casi no se menciona, como si fuesen indiscreciones, como si los científicos fueran bronces sin pasiones, éticos absolutos, honorables hombres racionales. Nada más falso.

En 1890, un bromista escribió el epitafio de ambos paleontólogos: Así marcha la Ciencia, con paso sereno, su corona como un ramo de olivo, su meta solo la verdad sagrada y la ociosidad con dignidad.

Nada más falso.

Nota: Este sábado 24 de agosto en el Teatro de la Ciudad de La Paz a las 20 horas se representará “La Guerra de los Dinosaurios”, comedia sobre esta historia de egos y farsas.  Lector, estás cordialmente invitado.

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