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Comunicación de la ciencia en BCS. Funciones, disfunciones y retos (II)

24-Ago-2021

ARTÍCULO DE FONDO Por Modesto Peralta Delgado
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El Beso de la Mujer Araña

Por Modesto Peralta Delgado

 

La Paz, Baja California Sur (BCS). En la primera parte de este texto, expuse la precaria divulgación de la ciencia que se refleja en medios locales, pero en especial, en los sitios web de escuelas de nivel superior en BCS. Haciendo una comparación, la UABCS resulta ser la de mejor defensa en cuanto a difundir lo que investigan, opinan y comparten académicos y estudiantes sobre temas científicos; aún así, también comenté que es incipiente —¡¿cómo estarán las demás?!—, pues su potencial de conocimiento sigue, francamente, desaprovechado a nivel público y se enfoca mucho en ver sólo hacia adentro.

En esta segunda y final parte de este artículo, expreso algunas ideas en torno a la comunicación de la ciencia que podría —¿debería?—, realizarse en la media península. ¿Qué es y qué no es la divulgación científica? ¿Cuáles serían los extremos de una óptima difusión y la de una peligrosa manipulación de este tipo de comunicados? ¿Por qué es importante y qué necesitamos para avivar esta llama, llamita, de la comunicación de la ciencia en Sudcalifornia?

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Una ciencia que no es ciencia

Ana María Sánchez Mora, en su Introducción a la comunicación escrita de la ciencia, explica que la divulgación científica es un quehacer relativamente nuevo —surgió, ya como una ‘preocupación’, apenas en los 90 del siglo pasado—, por tanto, su definición y límites aún no están plenamente establecidos. Sin embargo, ella misma aporta un concepto: “es una labor multidisciplinaria cuyo objetivo es comunicar, utilizando una diversidad de medios, el conocimiento científico a distintos públicos voluntarios, recreando ese conocimiento con fidelidad y contextualizándolo para hacerlo accesible”.

Según el mismo libro, aunque hay diferentes opiniones sobre qué es la divulgación científica, parece haber ciertos consensos. Sí es un trabajo —profesional o no tanto, pagado o mal pagado—, que implica “hacer saber” contenido que tiene que ver con la ciencia, aunque, paradójicamente, no se le equipara a una ciencia, sino como un “área emergente” o disciplina; lo que sí es claro, es que siempre entrará en frontera con éstas, pues implica la labor de alguien que comunica algo de cualquier ciencia o disciplina. Y algo no menos importante, es que procura usar un lenguaje entretenido o amable, de manera que pueda ser fácil de entender para gran parte de la población.

¿Qué no es? La ciencia ficción y las pseudociencias —es decir, ni una novela sobre un apocalíptico futuro gobernado por máquinas, ni una revista de astrología. Tampoco es enseñanza formal, pues va dirigida al público en general y a nadie se le aplicarán evaluaciones; si bien, es evidente que este tipo de mensajes sí ayudan enormemente a cultivar la ciencia en todos y todas. Y el límite opuesto: la comunicación o divulgación de la ciencia tampoco es una traducción literal del conocimiento científico; sin duda, acerca de manera fácil a las y los lectores sobre recientes descubrimientos, pero no implica abarcar —comprender a fondo—, el descubrimiento en sí; es tanto como decir que ‘leí’ Cien años de soledad por una recomendación que vi en Facebook, que por haber tomado el libro en mis manos.

Por supuesto, tampoco es, y es otro extremo de este tipo de comunicación que tiende a caer en la manipulación, la exaltación de equis personaje o escuela, e incluso de ciertas ‘teorías’. Ejemplo: la Familia Natural ha hecho creer a medio mundo que en la comunidad LGBT+ hay una ‘ideología de género‘ en contra del modelo —de su modelo—, de familia, cuando es exactamente al revés: los grupos conservadores son los que realmente portan una ideología de género. Sé que el ejemplo puede soltar la sonrisa a más de uno, porque poco relacionarían a estos actores o temas con ‘lo científico’, pero resulta que sí: son objetos o sujetos de estudios de ciencias sociales y cuando información así se divulga a nivel masivo, se trata de una justificación de las intenciones de equis o ye grupo. Tan poco ético es difundir mentiras o medias verdades, como buscar posicionar políticamente, por ejemplo, a un científico o científica; podemos ver nombres y caras en los medios, asociándolos a la educación, cuando en realidad lo que más hacen o quieren seguir haciendo es ¡tener puestos políticos!

Ventilar el conocimiento

De cualquier manera, como explicamos ya en la primera, en realidad, poco o nada se hace en la comunicación de la ciencia tanto en los medios de comunicación locales como en las áreas de comunicación de las universidades públicas y privadas. Entre los reporteros, reconozco la labor que hacía y podría seguir haciendo Joel Cosío en la difusión de temas científicos. Y paro de contar. Es un tanto comprensible, por una cuestión de costumbre —la verdad no sé cuál palabra sea la más precisa—, ya que los noticieros locales podrían hablar de los boletines de prensa que les hacen llegar las universidades —que no son tantos—, y no siempre son invitados a participar en eventos de este tipo. De manera que no es, para nada, que entre prensa y escuelas haya una mala relación, más bien hay cierta indiferencia.

¿Por qué es importante que se den a conocer los eventos científicos, investigaciones o sus avances, desarrollos de tecnologías, trabajos académicos destacados, científicos o científicas invitados a nuestras ciudades, en fin, el trabajo científico de estos centros de enseñanza? La razón más poderosa, pero también quizás sea la menos valorada, es tan sencillo como que la divulgación científica significa compartir conocimiento: equis información va cortar de tajo chismes y noticias falsas, integraría a interesados en ciertos temas a ampliarlos y difundirlos, y a través de un lenguaje ameno, simplemente, nos entera de su trabajo.

Por supuesto, serviría para posicionar a equis universidad, darle relevancia y seriedad —nadie dice que no se difunda lo social, pero qué descuidada está la cosecha del aprendizaje generado allí—; y creo que también ejercería una motivación en todas las direcciones: tanto en estudiantes y académicos que hacen cosas interesantes, como del joven que sueña con integrarse a las universidades o del adulto que tiene la esperanza de saber que hay quien trabaja en un tema de su interés.

Y otra razón no menos importante: se nos olvida que en muchos casos, todo ello se realiza con recursos públicos, es decir, con nuestros impuestos pagados en las tiendas se consiguen sueldos, becas y equipamiento —sí, en escuelas públicas, pero también en las privadas se puede participar de recursos estatales o federales. Si la comunicación de la ciencia en BCS fuera la óptima, no habría que preguntar a dónde va a parar ese dinero. Lo que pasa es que no hay quién lo pregunte y por eso no hay quién responda. La divulgación científica —no lo sé, pero supongo que así podría pasar en todo el país—, pareciera un lujo, cuando debe responder a inversiones públicas y a información que puede ser útil.

¿Maneras de hacerlo? Hoy hay más que nunca. La comunicación escrita que se hace desde boletines de prensa, es una herramienta de lo más útil, pero actualmente las tecnologías pueden ser todavía más aprovechadas para llevar a la ciudadanía lo que se hace en centros de investigación. Desde el aprovechamiento de las redes sociales hasta la publicación de podcast en plataformas virtuales; desde la realización de foros públicos, en físico o virtuales, hasta la aparición de investigadores en los medios —o que inviten a los reporteros a sus actividades:  las maneras de difundir es infinita.

Creo que una de las principales causas para no hacer divulgación científica —no hace falta ser una gran investigador para deducirlo—, tiene que ver con presupuesto, y a su vez, con las viejas ideas de lo que ciertas autoridades consideran gastos inútiles. La ciencia, como la cultura, siempre son las áreas castigadas para la inversión pública. Los que administran los dineros en educación deben sentirse como las funerarias, donde no hace falta publicidad porque ‘el muerto va a llegar porque va a llegar’, y quizás también han enterrado bajo tres metros la necesidad —que no ven como obligación, por cierto—, de enterar al público en general qué se hace con su dinero. El conocimiento se va a pudrir si no se ventila fuera de las aulas, si no se comparte y se aterriza en la realidad.

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